BARBER
Hay sitios, espacios físicos cerrados (habitaciones, locales públicos) donde uno tiene la inquietante sensación de que en la historia de ese lugar, en un momento preciso, más o menos lejano en el tiempo, pero cierto, alguien, alguna vez, en esas exactas coordenadas espaciales, se metió el dedo en la nariz, trató de compactar el material, amasándolo a conciencia y, con más o menos impunidad, se desembarazó del moco PE-GÁN-DO-LO.
Cuando esta sensación nos asalta, entonces uno no puede dejar de pensar dónde exactamente habrá tenido lugar la impregnación y cuál fue su contexto. Esto me pasó a mí recientemente en Mike’s Barber Shop, 225 Washington Street, a donde acudí a cortarme el pelo.
Uno entra en Mike’s Barber Shop, 225 Washington Street, y no puede salir corriendo – que sería en abstracto, pero sólo en la frialdad de la reflexión abstracta, lo que procedería. Y no puede porque el asombro es ralentizador, casi paralizante. Entré parsimoniosamente, tratando de disimular mi afán por escudriñarlo todo con mirada de geólogo; me senté, tras haber dicho “hi” a la parroquia, y a quien presumí sería el barbero Mike, un saludo pacato que sólo oímos yo y mi abrigo.
Atisbé lo que se ofrecía en la mesa de centro y tomé la revista Men’s Health como opción menos traumática. Con ese escudo pude ya mirar sin recato y reparar, en primer lugar, en el papel pintado con el que Mike le había dado al negocio un toque inconfundiblemente “casa de huéspedes en el deprimido Manchester de entreguerras”. Para atemperar la desolación Mike pensó en una escena campestre, en tenues marrones, con un ciervo famélico, una cascada y unos grandes helechos jurásicos. En realidad parecía una prolongación del papel pintado, y más que relajar, lo cierto es que nos permite hacernos una idea del apocalipsis nuclear. Así y todo, el conjunto pasa a un segundo plano una vez que se toma conciencia del marco, un marco que Mike sólo puede haber conseguido una noche en la que los vigilantes del Hermitage han estado de borrachera y él ha sido especialmente diestro para descolgar el Canaletto.
A diferencia de las peluquerías a las que uno está acostumbrado, en Mike’s Barber Shop el cliente y el barbero, de una manera muy teatral, ocupan el centro del espacio, en franca exhibición para los clientes que ocupamos una antesala-platea a la espera de nuestro turno. Hay algo, también, de sala de disecciones de primera hora en esta puesta en escena, aunque Mike, con sus movimientos de hiena herida en su orgullo, no evoca tanto esa quietud del gran anatomista Vesalio exhibiendo la vena cava a sus pupilos, cuanto al Sugar Ray Leonard de su mejor momento pugilístico, cuando el frenético movimiento de sus piernas permitía atribuirle condición de cuadrúpedo. Una televisión que podía ser perfectamente una Telefunken de la primera mitad de los setenta comparte protagonismo con Mike y su víctima, digo, su cliente.
Por momentos, cuando repaso el mobiliario, pienso en la increíble amalgama lograda, en cómo a Mike, o a su interiorista, se les ha ocurrido recuperar esos enseres pero, sobre todo, me pregunto cuál fue el proceso mental que llevó a la fusión de esos aparadores, cajoneras, estanterías y armarios de pared. Porque una vez recuperados del vertedero de Tijuana (por un poner), su ensamblaje constituía todo un reto desde un doble punto de vista: el de las ciencias de la ebanistería y el de la superación de los mínimos estéticos que nos han acompañado en Occidente desde las cuevas de Altamira. La profusión de embellecedores dorados deslumbra al principio, pero tiene también un cierto “efecto llamada” sobre los desperfectos, la implacable acción de la humedad en los zócalos, la imperiosa necesidad de una desinfección generalizada sobre las superficies donde se amontonan botes con lociones, champús, cremas y fragancias que, presumo, ya estaban en desuso cuando el bombardeo de Pearl Harbour; peines, cepillos, rasuradores eléctricos, vetustos transformadores y alargadores en los que se conectan de manera muy torturada cables de mil colores que presagian un cortocircuito inminente. ¿Y el fregadero? Ese fregadero en el que ya apenas queda esmalte, ¿qué posible valoración conduce a encastrarlo y darle algún uso que no sea el de comedero para las gallinas de una granja de Nueva Inglaterra? ¿Y con qué presencia de ánimo encastraré yo ahí la testa? ¿Y el cable de la ducha-teléfono con la que, aventuro, Mike el barbero me lavará la cabeza? ¿De qué material estará hecho ese cable? ¿Proviene del desguace del reactor principal de Chernóbil?
En esas andaba mi cabecita cuando, ¡ays!, me volví a acordar del moco. El asiático-americano y el recién graduado de West Point que me precedían miraban sin disimulo mi agitación creciente en la butaca. Y es que, claro, me dio por pensar que la dicha exploración nasal, extracción, compostaje e impregnación del residuo muy bien podría haberse dado aquí, precisamente aquí donde ahora yo me siento. Y es conocimiento común, una ley universal de hierro que trasciende culturas y religiones, que cuando el ser humano ha llevado hasta sus últimas consecuencias esa secuencia de acciones, el moco se pega justo debajo del asiento, o sea, del que ahora era mi asiento.
La perspectiva de tener que esperar así, con ese comecome, hasta que llegara el turno se me aparecía como una tortura peor que el “waterboarding” tan del gusto de los candidatos republicanos. Pero héteme aquí que el Marine recién graduado preguntó a Mike si cabía pagar con tarjeta. La respuesta negativa hizo que tanto él como el asiático americano se levantaran dejándome en primera línea de fuego.
Terminaba Mike de esquilar al cliente y me preguntaba yo porqué iba a ponerme en sus manos, qué extraño mecanismo me impedía evitar ese destino, en qué insólita resignación me había instalado esa mañana. Y no era sólo el local, era también el propio Mike el que, con su aspecto de secular desaliño – su cabello enmarañado, su bigote y cejas abandonadas a su suerte, su presbicia evidenciada por unas gafas que pendían de manera imposible de la punta de su nariz- no podía ofrecer garantía alguna de que saliera de allí con la cabeza alta. Y la respuesta, mis queridos lectores, es que lo hice por pura responsabilidad, porque me debo a ustedes. Porque todo sacrificio es poco para seguir engordando este blog y mi fama en la llamada “blogsphere”.
Llegó mi hora, y Mike, una vez sentado y cubierto con el babero, se limitó a preguntarme: “¿short or shorter?”. Quedé emocionadamente rendido a sus pies. Y es que, desesperado ya uno de cómo en estos dominios está permanentemente urgido a tener que elegir (ya saben, América “the land of opportunities”), en un elenco infinito de posibilidades y combinaciones (ya hemos tratado este asunto al narrar mi experiencia en Cutty’s), y temeroso de que tuviera que hacer una disertación sobre mi personalidad capilar, Mike no me lo pudo poner más fácil con esa simple, diáfana, entrañable disyuntiva, una elección que, tengo para mí, denota la sabiduría de quien, como el barbero Mike, está ya de vuelta de modas y chorradas estilísticas en el noble arte del corte de pelo.
“Shorter” – dije. Mike se puso a ello con brío, sin hacerme pasar por el calvario del fregadero, rociando con un misterioso spray su maquinilla (¿sería aceite?), mascullando todo el rato en un idioma completamente ajeno, como si estuviera hablando con sus antepasados muertos allá en Israel, o Chipre, o Turquía, o en la Alta Silesia, o vaya usted a saber dónde. Sin que le tuviera que decir nada, y sin mostrar él reticencia ninguna, no dudó en ir a la caza de los más recónditos pelos, se alojaran donde se alojaran, ora con la maquinilla ora con sus propios dedos si hacía falta, que yo notaba como se introducían, no superficialmente, en mi nariz y oídos. Tras dar por concluida la exterminación me pasó un espejo agrietado y un cepillo que, por el tamaño de sus cerdas, uno pensaría que es de uso exclusivo en el porche para los días en que nieva.
Me levanté en estado de éxtasis y confusión, una confusión evaporada de un plumazo por la dicha cuando Mike el barbero me pidió 18$ por la faena y me despidió con un “see you in a month” (“te veo en un mes”). “Si no antes, Mike, si no antes”, pensé, mientras introducía mi dedo en el orificio nasal. Ustedes me perdonen pero me quedaba por ahí un pelillo…