jueves, 24 de noviembre de 2011

STUFFING
(un entremés… de pavo…)

ACTO I
ESCENA I
(tres personajes: María Victoria, madre española, farmacéutica con oficina de farmacia en Orihuela, ha venido a Boston siguiendo a su marido, médico; Begoña, madre española, documentalista, ha venido siguiendo a su marido, ingeniero… Yo mismo, padre español. Los tres personajes se encuentran a la salida del colegio St. Mary’s of the Assumption, en Harvard Street, tras haber dejado a los niños… Yo mismo asiste a la conversación, silente, en un segundo plano).

María Victoria: “¿Sabéis dónde puedo conseguir una buena receta para el stuffing del pavo…? Es que hemos invitado a los vecinos y tengo un agobio…”

Begoña: “Pues en la clase de adult education del año pasado, el profe, que era muy enrrollado nos dio un día una clase de cocina en inglés, y nos enseñó las smashed potatoes y el stuffing, creo que tengo todavía los apuntes… ahora en casa lo miro…hasta un cuchillo se trajo para enseñarnos a trincharlo…”

María Victoria: “Es que si lo haces tú todo es un trabajazo…”

Begoña: “Y tanto, que están todo el día cocinando… chica ¿y hacerles unas croquetas y tortilla de patatas?””

María Victoria “Hombre, es por la tradición, y eso… aquí es una fiesta superimportante, más que la Navidad…”.

Begoña: “La navidad es más para los niños… creo yo, vamos… Y aquí Thanksgiving es más importante porque como son menos familiares…”

María Victoria: “A mí me parece una tradición preciosa… ¿Sabes que Obama indultó ayer a dos pavos? Y Miguel Ángel me cuenta que una chica de su laboratorio que es vegana o vegetariana… bueno, lo que sea, que ella se toma un pavo de tofu, pero con la forma y todo, eh…”

Begoña: “Chica, estos americanos…”

ESCENA II

María Victoria: “Bueno, nosotros tenemos el mensaje del Rey en Nochebuena que ya verás tú este año, el pobre con el ojo morado y la tirita…”

Begoña: “Nadie lo ve, nosotros en casa, que nos juntamos 27 este año, ya me dirás con el jaleo… mi madre la pobre el tute que se pega… Pero este año por el morbo seguro que es record de audiencia aunque mi cuñada odia que se ponga la tele…”

María Victoria: “Mujer, a lo mejor ya está curado. Y ¿os habéis fijado que ya están poniendo las luces de Navidad?  Y al día siguiente del Thanksgiving hay unas rebajas que no veas y la gente como loca…”.

Begoña: “En el Best Buy ya están algunos acampados, dispuestos a pasar la noche bajo cero, pero no son los del Occupy ese, sino los que se pelean por las gangas… Y en España también ponen las luces cada vez antes, y los anuncios en la tele… Es una pasada… Y el décimo de lotería. En la oficina ya lo han comprado y me han mandado la participación. Termina en 7… no sé yo…”

María Victoria: “Yo este año voy a echar de menos, lo de poner la radio el día del gordo, y la ilusión…”

Begoña: “Uy, seguro que por internet lo puedes seguir… “

María Victoria: “Nosotros en Orihuela hacemos un Belén viviente y Miguel Ángel hace de San José… Y otros de su hospital de pastorcillos… Es muy bonito”.

Begoña: “Es que Miguel Ángel es de un animado…”

María Victoria: “Él lo vive muchísimo… En casa se vive mucho por los niños… El espíritu…”.

ESCENA III

Yo mismo: “Puestos a comparar, ¿a vosotras qué os parece peor Thanksgiving o Navidad?”

Cae el telón



domingo, 20 de noviembre de 2011

WORMS
Es sabido que Fernando de los Ríos fue instado, al llegar a la aduana de Nueva York, a rellenar un formulario donde se le pedía declarar le religión que profesaba. Imposibilitado de poder hacer constar que era ateo o agnóstico, se declaró “Erasmista”. Una forma asaz ingeniosa y efectiva de revancha, que sin embargo, tuvo sus consecuencias: años después, una estadística sobre religiones en Estados Unidos arrojaba que entre los millones de protestantes, católicos, judíos y demás, también había espacio para 1 “erasmista”.
Lo anterior viene a cuento de la respuesta que mi hijo, Matías, ha dado a la pregunta “¿a qué o a quienes das las gracias?”, una actividad desarrollada en su colegio coincidiendo con la próxima celebración de “Thanksgiving”. Esas contestaciones se han desplegado en un gran mural al que el otro día pude asomarme. Cuando los historiadores del futuro se encuentren con los resultados que a continuación desgloso – qué mejor día el de hoy para desglosar resultados- las conjeturas aflorarán y con ellas las tesis doctorales. Yo, mientras tanto, sigo perplejo, confuso, tanto como cuando leo la futura composición de nuestro Congreso de los Diputados.  Ahí van las “preferencias de gratitud” de los niños de K1 del St. Mary’s of the Assumption. Cuando lleguen al final entenderán porqué, mi hijo, como Fernando de los Ríos, puede pasar a la (micro)historia, aunque nunca llegaremos a saber bien bajo qué categoría o en qué condición. Mejor así.

Número de votantes: 20
Abstenciones: 0
Votos en blanco: 1 (este voto es probablemente del hijo de un escéptico radical, o un inconformista, un peligro vamos)
Mi papá y mi mamá: 3 (el niño vive en una armonía familiar con la que hay que tener cuidado porque mata la creatividad).
Mis papás y mi hermana: 1 (ídem).
Mi familia: 1 (ídem).
Mi mamá y mi abuelo: 1 (¿seguro que es tu abuelito, hija?)
Mi mamá (cuando me da agua): 1 (esta niña confirma el darwinismo social).
Mi casa: 3 (estos tres niños ya son conscientes de las consecuencias del estallido de la burbuja inmobiliaria).
El arcoíris: 2 (un protopoeta, tópico, no llegará a ningún lado)
Los coches: 1 (los verdes no serán su opción política, si es que para cuando vote hay planeta todavía) 
Los tractores: 1 (los padres sobrevaloran la vida rural)
La tarta: 1 (la niña, en efecto, ha empezado ya la carrera hacia la obesidad mórbida).
Mi cumpleaños: 1 (veremos cuando te aproximes a los 50)
Mis peluches: 1 (me puedo imaginar la dimensión de los muñequitos y el tamaño del cuarto que los alberga)
Las flores: 1 (acompañará en su fracaso literario al del arcoíris)
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡LOS GUSANOS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!: 1 (¿¿??).

Éste, éste es mi ¡¡Matías!! Olé sus gusanos.

domingo, 13 de noviembre de 2011

BARBER
Hay sitios, espacios físicos cerrados (habitaciones, locales públicos) donde uno tiene la inquietante sensación de que en la historia de ese lugar, en un momento preciso, más o menos lejano en el tiempo, pero cierto, alguien, alguna vez, en esas exactas coordenadas espaciales, se metió el dedo en la nariz, trató de compactar el material, amasándolo a conciencia y, con más o menos impunidad, se desembarazó del moco PE-GÁN-DO-LO.
Cuando esta sensación nos asalta, entonces uno no puede dejar de pensar dónde exactamente habrá tenido lugar la impregnación y cuál fue su contexto. Esto me pasó a mí recientemente en Mike’s Barber Shop, 225 Washington Street, a donde acudí a cortarme el pelo.
Uno entra en Mike’s Barber Shop, 225 Washington Street, y no puede salir corriendo – que sería en abstracto, pero sólo en la frialdad de la reflexión abstracta, lo que procedería. Y no puede porque el asombro es ralentizador, casi paralizante. Entré parsimoniosamente, tratando de disimular mi afán por escudriñarlo todo con mirada de geólogo; me senté, tras haber dicho “hi” a la parroquia, y a quien presumí sería el barbero Mike, un saludo pacato que sólo oímos yo y mi abrigo.
Atisbé lo que se ofrecía en la mesa de centro y tomé la revista Men’s Health como opción menos traumática. Con ese escudo pude ya mirar sin recato y reparar, en primer lugar, en el papel pintado con el que Mike le había dado al negocio un toque inconfundiblemente “casa de huéspedes en el deprimido Manchester de entreguerras”. Para atemperar la desolación Mike pensó en una escena campestre, en tenues marrones, con un ciervo famélico, una cascada y unos grandes helechos jurásicos. En realidad parecía una prolongación del papel pintado, y más que relajar, lo cierto es que nos permite hacernos una idea del apocalipsis nuclear. Así y todo, el conjunto pasa a un segundo plano una vez que se toma conciencia del marco, un marco que Mike sólo puede haber conseguido una noche en la que los vigilantes del Hermitage han estado de borrachera y él ha sido especialmente diestro para descolgar el Canaletto.
A diferencia de las peluquerías a las que uno está acostumbrado, en Mike’s Barber Shop el cliente y el barbero, de una manera muy teatral, ocupan el centro del espacio, en franca exhibición para los clientes que ocupamos una antesala-platea a la espera de nuestro turno. Hay algo, también, de sala de disecciones de primera hora en esta puesta en escena, aunque Mike, con sus movimientos de hiena herida en su orgullo, no evoca tanto esa quietud del gran anatomista Vesalio exhibiendo la vena cava a sus pupilos, cuanto al Sugar Ray Leonard de su mejor momento pugilístico, cuando el frenético movimiento de sus piernas permitía atribuirle condición de cuadrúpedo. Una televisión que podía ser perfectamente una Telefunken de la primera mitad de los setenta comparte protagonismo con Mike y su víctima, digo, su cliente.
Por momentos, cuando repaso el mobiliario, pienso en la increíble amalgama lograda, en cómo a Mike, o a su interiorista, se les ha ocurrido  recuperar esos enseres pero, sobre todo, me pregunto cuál fue el proceso mental que llevó a la fusión de esos aparadores, cajoneras, estanterías y armarios de pared. Porque una vez recuperados del vertedero de Tijuana (por un poner), su ensamblaje constituía todo un reto desde un doble punto de vista: el de las ciencias de la ebanistería y el de la superación de los mínimos estéticos que nos han acompañado en Occidente desde las cuevas de Altamira. La profusión de embellecedores dorados deslumbra al principio, pero tiene también un cierto “efecto llamada” sobre los desperfectos, la implacable acción de la humedad en los zócalos, la imperiosa necesidad de una desinfección generalizada sobre las superficies donde se amontonan botes con lociones, champús, cremas y fragancias que, presumo, ya estaban en desuso cuando el bombardeo de Pearl Harbour; peines, cepillos, rasuradores eléctricos, vetustos transformadores y alargadores en los que se conectan de manera muy torturada cables de mil colores que presagian un cortocircuito inminente. ¿Y el fregadero? Ese fregadero en el que ya apenas queda esmalte, ¿qué posible valoración conduce a encastrarlo y darle algún uso que no sea el de comedero para las gallinas de una granja de Nueva Inglaterra? ¿Y con qué presencia de ánimo encastraré yo ahí la testa? ¿Y el cable de la ducha-teléfono con la que, aventuro, Mike el barbero me lavará la cabeza? ¿De qué material estará hecho ese cable? ¿Proviene del desguace del reactor principal de Chernóbil?
En esas andaba mi cabecita cuando, ¡ays!, me volví a acordar del moco. El asiático-americano y el recién graduado de West Point que me precedían miraban sin disimulo mi agitación creciente en la butaca. Y es que, claro, me dio por pensar que la dicha exploración nasal, extracción, compostaje e impregnación del residuo muy bien podría haberse dado aquí, precisamente aquí donde ahora yo me siento. Y es conocimiento común, una ley universal de hierro que trasciende culturas y religiones, que cuando el ser humano ha llevado hasta sus últimas consecuencias esa secuencia de acciones, el moco se pega justo debajo del asiento, o sea, del que ahora era mi asiento.
La perspectiva de tener que esperar así, con ese comecome, hasta que llegara el turno se me aparecía como una tortura peor que el “waterboarding” tan del gusto de los candidatos republicanos. Pero héteme aquí que el Marine recién graduado preguntó a Mike si cabía pagar con tarjeta. La respuesta negativa hizo que tanto él como el asiático americano se levantaran dejándome en primera línea de fuego.
Terminaba Mike de esquilar al cliente y me preguntaba yo porqué iba a ponerme en sus manos, qué extraño mecanismo me impedía evitar ese destino, en qué insólita resignación me había instalado esa mañana. Y no era sólo el local, era también el propio Mike el que, con su aspecto de secular desaliño – su cabello enmarañado, su bigote y cejas abandonadas a su suerte, su presbicia evidenciada por unas gafas que pendían de manera imposible de la punta de su nariz- no podía ofrecer garantía alguna de que saliera de allí con la cabeza alta. Y la respuesta, mis queridos lectores, es que lo hice por pura responsabilidad, porque me debo a ustedes. Porque todo sacrificio es poco para seguir engordando este blog y mi fama en la llamada “blogsphere”.
Llegó mi hora, y Mike, una vez sentado y cubierto con el babero, se limitó a preguntarme: “¿short or shorter?”. Quedé emocionadamente rendido a sus pies. Y es que, desesperado ya uno de cómo en estos dominios está permanentemente urgido a tener que elegir (ya saben, América “the land of opportunities”), en un elenco infinito de posibilidades y combinaciones (ya hemos tratado este asunto al narrar mi experiencia en Cutty’s), y temeroso de que tuviera que hacer una disertación sobre mi personalidad capilar, Mike no me lo pudo poner más fácil con esa simple, diáfana, entrañable disyuntiva, una elección que, tengo para mí, denota la sabiduría de quien, como el barbero Mike, está ya de vuelta de modas y chorradas estilísticas en el noble arte del corte de pelo.  
“Shorter” – dije. Mike se puso a ello con brío, sin hacerme pasar por el calvario del fregadero, rociando con un misterioso spray su maquinilla (¿sería aceite?), mascullando todo el rato en un idioma completamente ajeno, como si estuviera hablando con sus antepasados muertos allá en Israel, o Chipre, o Turquía, o en la Alta Silesia, o vaya usted a saber dónde. Sin que le tuviera que decir nada, y sin mostrar él reticencia ninguna, no dudó en ir a la caza de los más recónditos pelos, se alojaran donde se alojaran, ora con la maquinilla ora con sus propios dedos si hacía falta, que yo notaba como se introducían, no superficialmente, en mi nariz y oídos. Tras dar por concluida la exterminación me pasó un espejo agrietado y un cepillo que, por el tamaño de sus cerdas, uno pensaría que es de uso exclusivo en el porche para los días en que nieva.
Me levanté en estado de éxtasis y confusión, una confusión evaporada de un plumazo por la dicha cuando Mike el barbero me pidió 18$ por la faena y me despidió con un “see you in a month” (“te veo en un mes”). “Si no antes, Mike, si no antes”, pensé, mientras introducía mi dedo en el orificio nasal. Ustedes me perdonen pero me quedaba por ahí un pelillo…

domingo, 6 de noviembre de 2011

ABSTRACT
El hombre (o mujer) común que (para su fortuna o desdicha) no se dedica a estos menesteres de la vida académica, vive sin saber el número de revistas “científicas” que existen y los más increíbles dominios del conocimiento que cubren. Desconoce probablemente la existencia del Journal of Thermal Spray Technology, cuyo último número se abre con el artículo: “Microstructure and Thermal Cycling Behavior of Air Plasma-Sprayed YSZ/LaMgAl11O19 Composite Coatings” de Xiaolong Chen, Binglin Zou, Ying Wang, Hongmei Ma, y Xueqiang Cao (no intenten quedarse con los nombres).
Para poder navegar con algún éxito en las oceánicas aguas de la producción intelectual, existen los llamados “abstracts” que sirven al estimable objetivo de proveer al potencial lector de suficiente información sobre el argumento o asunto que quien firma el artículo se propone desarrollar más extensamente a lo largo del mismo. Son, por decirlo así, una garantía para que el “consumidor” sepa lo que se dispone a ingerir, y, en su caso, pueda rechazarlo a tiempo. A la proliferación de publicaciones se suma el hecho de que, con más frecuencia de la deseable, el autor es demasiado genérico al titular su trabajo, o, en el otro extremo del espectro, tiene una irrefrenable querencia literaria que vuelca, muy imprudentemente, en el título, o, al fin, busca descaradamente una audiencia que, si fuera honesto como los amigos del spray, sería sustancialmente más reducida. Imaginen que Xiaolong Chen, Binglin Zou, Ying Wang, Hongmei Ma, y Xueqiang Cao sí hubieran tenido ese arrebato por darse un baño de multitudes lectoras y hubieran titulado su trabajo: “Un adiós definitivo a la depilación de las ingles (Microstructure and Thermal Cycling Behavior of Air Plasma-Sprayed YSZ/LaMgAl11O19 Composite Coatings)”. Entonces, repentinamente, el último número del Journal of Thermal Spray Technology poblaría, no solo los estantes de la Widener Library de Harvard o las grandes bases de datos académicas, sino también esos entrañables módulos que, apostados junto a las cajas de los supermercados, despliegan los últimos números de las revistas de actualidad televisiva y del llamado “corazón” (yo, en particular, ansío ese momento de espera para pagar en la caja del Stop&Shop y así ponerme al día de la anorexia de Demi Moore, convenientemente amplificada en titulares chillones y horripilantes fotos en la portada de mi tabloide favorito, el In Touch Weekly).
Se cuenta que el editor de la versión castellana del clásico de la filosofía del lenguaje How to do things with words (J. L. Austin) quiso titularlo Cómo hacer cosas con la lengua, que, podemos conjeturar con bastante confianza, habría tenido muchos más lectores de los que finalmente tuvo. Me puedo perfectamente imaginar a buena parte de la audiencia que hubiera comprado Cómo hacer cosas con la lengua buceando impaciente y frustradamente en la discusión sobre la fuerza perlocucionaria de los enunciados y no hallando finalmente nada nuevo que poner en práctica en su vida íntima, o al jefe de la sección de crítica de libros del magazine Supertetas devolviendo el ejemplar a la editorial pues la reseña que se proponía hacer de Austin no iba a ser de interés alguno para sus lectores.
La garantía de los abstracts se refuerza con los “términos clave”, que permiten, de un plumazo, atisbar si aquello va o no con uno. El que sin duda debe ser trepidante trabajo de Xiaolong y compañía va acompañado de los siguientes términos clave o keywords: “composite, magnetoplumbite oxide, plasma spraying, thermal barrier coating, thermal cycling, YSZ”. Sin poner en duda la relevancia de la ciencia del spray térmico – aunque no deja de asombrarme que la dicha tecnología dé para una revista semestral, como supongo que a estos coreanos les sorprenderá que exista un Anuario de Filosofía del Derecho o los Anales de la Academia Matritense del Notariado- en este momento de mi vida, honestamente, pues chica como que no, que no me pica ahora mismo la curiosidad del comportamiento del ciclo térmico (no digo yo de otros ciclos); que ni fú ni fa, ni frú frú, como imagino hacen los sprays que estudian estos asiáticos.
Y todo esto de los abstracts viene a cuento de una próxima presentación en uno de los seminarios a los que asisto regularmente. El autor es un filósofo del MIT (sí, ese lugar en el que todo padre que cree haber transmitido su genialidad e inteligencia sueña como destino universitario para su hijo) y el “paper” lleva por título: “It is not so Easy to Separate People”, que, más o menos podríamos traducir como: “No es tan fácil separar a la gente”.
Uno se queda dudando, ¿no? Teniendo en cuenta que se presenta en el Edmond J. Safra Center for Ethics (uno de los muchos centros de investigación de la Universidad de Harvard) es plausible pensar que el autor se propone, no sé, evaluar las dificultades éticas que surgen a la hora de disolver una riña tumultuaria. Pensemos en una que pudiera tener lugar en la cola de la caja del Stop&Shop, sin ir más lejos, entre devotos y detractores de Demi Moore: si va uno con mucha prisa, ¿cabe rehusar intervenir como cuando declinamos dar limosna al pobre? O a lo mejor es que uno piensa que ya lo hará otro: ¿es eso justificación bastante? Estas han sido, y siguen siendo, típicas preguntas que se/nos hacen/hacemos cuando pensamos en el alcance de nuestros deberes de ayuda o solidaridad con los demás. ¿O alude el autor en realidad a los problemas que arrastra la discriminación por sexo o raza en la escuela, por ejemplo? ¿O a la liquidación de la sociedad de gananciales en una separación matrimonial? En esas cavilaciones andaba yo cuando leí el “abstract”. Ahí va:
“¿Cuándo es la siguiente consideración moralmente relevante, si es que lo es en algún caso?: ‘mi proceder de esta manera es mejor para esta persona, mi proceder de esta otra mejor para aquella. Pero el interés de esa persona en que proceda de este modo es MÁS FUERTE que el interés de la otra en proceder de aquella forma’. Aporto algunos recursos que provienen de la metafísica de la modalidad para abordar esta cuestión”.
“Coño, pues sí que es abstract el abstract”, pensé. Tras leerlo un par de veces más me acordé de esos alumnos recalcitrantes que, tras agotar toda su batería de razones por las que consideran injusto el suspenso, concluyen señalando: “es que esto (la asignatura de Filosofía del Derecho) es muy abstracto”. ¿Habré pasado a engrosar yo también la lista de los que sólo lidian cognitivamente con lo concreto, o muy concreto? Y es que, como en el caso de tantas otras categorías, la abstracción no es una cuestión de todo o nada sino de grado, y, a veces, abstraernos de los contextos particulares nos ayuda a ver mejor el bosque, como en la célebre imagen, pero, en otras ocasiones, un exceso de abstracción nos hace olvidarnos de lo verdaderamente importante y urgente.
Y hablando de contextos particulares, de separar gente, de lo perentorio y relevante, de ética… Déjenme hoy concluir intentando emular al bueno de mi amigo Rafa Tesoro, el sabio de las matemáticas que hace unos días nos ha hecho distraernos un poco de las tormentas financieras que vienen permeando las páginas de El País. Aquí les dejo un pequeño desafío que, como el suyo, tiene también un componente aleatorio como “problema” (en este caso moral, no matemático):

Sabemos que dentro de 3 años 6 millones de personas en el Tercer Mundo se verán afectadas de una enfermedad mortal X. En el primer mundo, esa enfermedad es remediable con una dosis Y de la medicina Z, pero administrar esa dosis a todos los enfermos de X es carísimo. A día de hoy, en el Tercer Mundo ese tratamiento es inviable. Tal vez la enfermedad X se puede paliar con una dosis menor, y entonces el tratamiento sería viable por ser más barato. Pero no estamos seguros de la eficacia de esa menor administración de la medicina Z. Una manera de probarlo es seleccionar dos grupos de enfermos de X en el Tercer Mundo: al primer grupo se le da un placebo (un medicamento sin efectos) y al otro grupo se le da la menor dosis de la medicina Z para comprobar si el tratamiento es eficaz. A los enfermos se les pide su consentimiento para participar, y se les informa de que, aleatoriamente, pueden estar en el grupo de los que reciben el tratamiento o en el grupo de los que reciben el placebo. ¿Es este un experimento éticamente admisible? Si no es el caso, ¿en qué condiciones sí lo sería?

Buenas noches y buena suerte.