WALK
Una de las cosas más importantes que aprendí en la carrera es que el Derecho nos hace la vida mejor porque nos ahora “costes de transacción”. En aquel momento esto me sonó tan críptico como el archimanoseado Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, pero aquél buen profesor que nos hizo esa, para mí, revelación, supo explicárnoslo con gran elocuencia y eficacia: “imagínense que no hubiera semáforos, que en cada ocasión en la que llegamos a un cruce tuviéramos que pactar quién pasa antes… Para evitar ese engorro nada mejor que un buen semáforo con un código de colores bien clarito que nos dice qué corresponde hacer a cada quien”. Cuando me hice un poco más mayor y sabio pude incluso entender la idea con el utillaje de la teoría económica: los semáforos son “equilibrios de Nash” (por el célebre matemático y Premio Nobel John Nash, soberbiamente retratado en Una mente maravillosa). Con perdón de Nash, la idea viene a significar que, peatones y coches, están felices (por bien coordinados en sus acciones).
Este profesor, cuyo nombre no retengo en la memoria, no había paseado las calles de Boston, y tal vez la paranoia que sufrió el pobre John Nash se debió a que se dio algún paseo por aquí. Y es que no hay en Brookline y alrededores un solo cruce que se pueda transitar con tranquilidad de espíritu. Les confieso que, a estas alturas, transcurridos ya 4 meses desde nuestra llegada, no he conseguido saber bien de qué modo han decidido las autoridades bostonianas ahorrarnos los dichosos costes de transacción.
Es más, empiezo a pensar que, con ese código de señales indiscernible, hay un deliberado y conspirativo propósito de persuadir al peatón a que abandone el bipedismo callejero, pues se le hace transitar con la angustia existencial de quien sigue la evolución de la prima de riesgo española. El saneamiento de las cuentas de resultados de la maltrecha industria automovilística debe estar en juego.
Esta es, amigos, mi desoladora conclusión, irrebatible, me temo, a la luz de la experiencia acumulada tras semanas de investigación empírica exhaustiva. Si son peatones y andan por Brookline, olvídense del rojo, amarillo y veeeeeeerde, de la nunca bien ponderada tonadilla “En el coche de papá” de los (in)olvidables “Los payasos de la tele”.
Para empezar, la universal silueta del presto hombrecillo blanco funciona “a demanda” (como dicen ahora los pediatras en referencia a cómo ha de darse la alimentación maternal). Así que, ustedes llegan a un semáforo, y si no dan a un botón que insta a cambiar el disco, ya pueden esperar sentados y congelados (antes aceptará Merkel los eurobonos). Si le dan, la silueta del presto hombrecillo blanco dura lo que el caramelo a la puerta del colegio, o el bosón de Higgs en la rosquilla de Ginebra.
Así y todo, he de participarles que yo creo haberlo visto. Fue una tarde, a principios de noviembre en el cruce de Cypress y la Route 9, pero no estoy seguro de si no fue un espejismo. Creo que no, porque en aquella ocasión, a una señora que compartía conmigo la espera en el cruce se le llenaron los ojos de lágrimas de la emoción, como si se le hubiera aparecido el Santo José María (Escrivá de Balaguer). Un poeta local maldito también ha referido el hecho en su reciente poemario “Estampas de Brookline”. El poema se titula “A Blink of humanity” (“Un pestañeo de humanidad”).
Inmediatamente de esa fugaz aparición del hombrecillo, el semáforo sufre una mutación y comienza a pestañear en rojo. Seguidamente, un cronómetro nos anuncia el tiempo del que disponemos para pasar. Todos los intervalos están calculados, créanme, con el patrón de Usain Bolt, el flamante recordman jamaiquino de los 100 y 200 metros. Quiero decir con ello, que ni siquiera Usain Bolt, en su momento de mayor aceleración en la recta de los 100 metros, cuando asesta 4 zancadas por segundo al tartán, en pasos que miden 2,44 metros, a una velocidad de 43 km/h, podría cruzar a tiempo la intersección.
Pero aún hay más. Cuando hemos visto el cronómetro del semáforo, y nos hemos quedado petrificados por el reto que el aparato nos propone, se produce lo peor: una calma chicha o tensa espera, pues el semáforo no cambia, sino que el rojo permanece expectante, como nosotros, sumidos en la confusión sobre lo que corresponde hacer a continuación. Y es que uno esperaría, una vez que aparece el hombrecillo rojo, a que los coches se pongan en marcha. Pues no. Llega el momento fatal en el que uno no sabe si salir o no – como en el juego del pañuelo- o si acercarse a hacer la transacción esa de la que hablaba mi profesor: “Mire, que es que llevo prisa que cierran la pescadería y mi señora me encargó cuarto y mitad de gallos de ración. No le importaría, por el amor de God, dejarme cruzar”.
Esa opción la descartas inmediatamente cuando ves las caras de ir a disputar la pole del Premio de Montecarlo que llevan ellos y ellas al volante, cómo hacen rugir sus motores, cómo miran por el espejo retrovisor, cómo te están incitando – “anda, pasa, majete, que ya verás, que te voy a dejar planchao como al correcaminos”. Entonces, como hace frío y tienes una cita, y eso, te animas y sales, medio flexionado, queriendo absurdamente proteger los ligamentos de tus rodillas del que presumes va a ser topetazo inminente y de consecuencias traumáticas no marginales, intentando apaciguar con tus manos las ansias motoras, como si te hubieras despertado en medio de la curva de la estafeta en el encierro de los mihuras en Pamplona y estuviera justo delante de ti “Follonero”, de 600 en canal y pitones del tamaño de la zancada de Bolt.
Esa actitud, patética por lo demás, he logrado abandonarla por una estrategia mucho más sutil que he aprendido de los locales, mucho más sutiles: la discapacidad sobrevenida, ora física (cojera repentina), ora mental, que es mucho más efectiva (caminar haciendo eses, desequilibrado, con el abrigo abierto y la bragueta bajada, e imprecando al viento por lo poco que ha desvelado Rajoy en su discurso de investidura). Oiga, y funciona, les aseguro que funciona. He logrado, incluso, que algún coche recule.
Al final, y en la medida en que algún grano de compasión queda en los poderosos automovilistas, se mantiene un cierto equilibrio. Aunque inestable, se lo aseguro. Triunfa, así, el (des)equilibrio, lo cual no deja de ser, también, un homenaje a Nash.
Pd. He abierto otra "tienda", con el querido amigo y colega Josep Lluís Martí, una tienda en la que se ofrece... bueno... si gustan, pasen y vean: http://filodetica.wordpress.com
Pd. He abierto otra "tienda", con el querido amigo y colega Josep Lluís Martí, una tienda en la que se ofrece... bueno... si gustan, pasen y vean: http://filodetica.wordpress.com