martes, 20 de diciembre de 2011

WALK
Una de las cosas más importantes que aprendí en la carrera es que el Derecho nos hace la vida mejor porque nos ahora “costes de transacción”. En aquel momento esto me sonó tan críptico como el archimanoseado Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, pero aquél buen profesor que nos hizo esa, para mí, revelación, supo explicárnoslo con gran elocuencia y eficacia: “imagínense que no hubiera semáforos, que en cada ocasión en la que llegamos a un cruce tuviéramos que pactar quién pasa antes… Para evitar ese engorro nada mejor que un buen semáforo con un código de colores bien clarito que nos dice qué corresponde hacer a cada quien”. Cuando me hice un poco más mayor y sabio pude incluso entender la idea con el utillaje de la teoría económica: los semáforos son “equilibrios de Nash” (por el célebre matemático y Premio Nobel John Nash, soberbiamente retratado en Una mente maravillosa). Con perdón de Nash, la idea viene a significar que, peatones y coches, están felices (por bien coordinados en sus acciones).
Este profesor, cuyo nombre no retengo en la memoria, no había paseado las calles de Boston, y tal vez la paranoia que sufrió el pobre John Nash se debió a que se dio algún paseo por aquí. Y es que no hay en Brookline y alrededores un solo cruce que se pueda transitar con tranquilidad de espíritu. Les confieso que, a estas alturas, transcurridos ya 4 meses desde nuestra llegada, no he conseguido saber bien de qué modo han decidido las autoridades bostonianas ahorrarnos los dichosos costes de transacción.
Es más, empiezo a pensar que, con ese código de señales indiscernible, hay un deliberado y conspirativo propósito de persuadir al peatón a que abandone el bipedismo callejero, pues se le hace transitar con la angustia existencial de quien sigue la evolución de la prima de riesgo española. El saneamiento de las cuentas de resultados de la maltrecha industria automovilística debe estar en juego.
Esta es, amigos, mi desoladora conclusión, irrebatible, me temo, a la luz de la experiencia acumulada tras semanas de investigación empírica exhaustiva. Si son peatones y andan por Brookline, olvídense del rojo, amarillo y veeeeeeerde, de la nunca bien ponderada tonadilla “En el coche de papá” de los (in)olvidables “Los payasos de la tele”.
Para empezar, la universal silueta del presto hombrecillo blanco funciona “a demanda” (como dicen ahora los pediatras en referencia a cómo ha de darse la alimentación maternal). Así que, ustedes llegan a un semáforo, y si no dan a un botón que insta a cambiar el disco, ya pueden esperar sentados y congelados (antes aceptará Merkel los eurobonos). Si le dan, la silueta del presto hombrecillo blanco dura lo que el caramelo a la puerta del colegio, o el bosón de Higgs en la rosquilla de Ginebra.
Así y todo, he de participarles que yo creo haberlo visto. Fue una tarde, a principios de noviembre en el cruce de Cypress y la Route 9, pero no estoy seguro de si no fue un espejismo. Creo que no, porque en aquella ocasión, a una señora que compartía conmigo la espera en el cruce se le llenaron los ojos de lágrimas de la emoción, como si se le hubiera aparecido el Santo José María (Escrivá de Balaguer). Un poeta local maldito también ha referido el hecho en su reciente poemario “Estampas de Brookline”. El poema se titula “A Blink of humanity” (“Un pestañeo de humanidad”).
Inmediatamente de esa fugaz aparición del hombrecillo, el semáforo sufre una mutación y comienza a pestañear en rojo. Seguidamente, un cronómetro nos anuncia el tiempo del que disponemos para pasar. Todos los intervalos están calculados, créanme, con el patrón de Usain Bolt, el flamante recordman jamaiquino de los 100 y 200 metros. Quiero decir con ello, que ni siquiera Usain Bolt, en su momento de mayor aceleración en la recta de los 100 metros, cuando asesta 4 zancadas por segundo al tartán, en pasos que miden 2,44 metros, a una velocidad de 43 km/h, podría cruzar a tiempo la intersección.
Pero aún hay más. Cuando hemos visto el cronómetro del semáforo, y nos hemos quedado petrificados por el reto que el aparato nos propone, se produce lo peor: una calma chicha o tensa espera, pues el semáforo no cambia, sino que el rojo permanece expectante, como nosotros, sumidos en la confusión sobre lo que corresponde hacer a continuación. Y es que uno esperaría, una vez que aparece el hombrecillo rojo, a que los coches se pongan en marcha. Pues no. Llega el momento fatal en el que uno no sabe si salir o no – como en el juego del pañuelo- o si acercarse a hacer la transacción esa de la que hablaba mi profesor: “Mire, que es que llevo prisa que cierran la pescadería y mi señora me encargó cuarto y mitad de gallos de ración. No le importaría, por el amor de God, dejarme cruzar”.
Esa opción la descartas inmediatamente cuando ves las caras de ir a disputar la pole del Premio de Montecarlo que llevan ellos y ellas al volante, cómo hacen rugir sus motores, cómo miran por el espejo retrovisor, cómo te están incitando – “anda, pasa, majete, que ya verás, que te voy a dejar planchao como al correcaminos”. Entonces, como hace frío y tienes una cita, y eso, te animas y sales, medio flexionado, queriendo absurdamente proteger los ligamentos de tus rodillas del que presumes va a ser topetazo inminente y de consecuencias traumáticas no marginales, intentando apaciguar con tus manos las ansias motoras, como si te hubieras despertado en medio de la curva de la estafeta en el encierro de los mihuras en Pamplona y estuviera justo delante de ti “Follonero”, de 600 en canal y pitones del tamaño de la zancada de Bolt.
Esa actitud, patética por lo demás, he logrado abandonarla por una estrategia mucho más sutil que he aprendido de los locales, mucho más sutiles: la discapacidad sobrevenida, ora física (cojera repentina), ora mental, que es mucho más efectiva (caminar haciendo eses, desequilibrado, con el abrigo abierto y la bragueta bajada, e imprecando al viento por lo poco que ha desvelado Rajoy en su discurso de investidura). Oiga, y funciona, les aseguro que funciona. He logrado, incluso, que algún coche recule.
Al final, y en la medida en que algún grano de compasión queda en los poderosos automovilistas, se mantiene un cierto equilibrio. Aunque inestable, se lo aseguro. Triunfa, así, el (des)equilibrio, lo cual no deja de ser, también, un homenaje a Nash.  

Pd. He abierto otra "tienda", con el querido amigo y colega Josep Lluís Martí, una tienda en la que se ofrece... bueno... si gustan, pasen y vean: http://filodetica.wordpress.com

martes, 13 de diciembre de 2011

IT
El domingo por la noche, uno de esos gusanos a los que cree mi hijo que tanta gratitud debemos, se introdujo en mi ordenador portátil causando una debacle de proporciones armagedónicas.
Que sea virtual da igual, los efectos son igualmente desconsoladores. Uno de ellos, el que, en mitad de mi desesperación, me animo a relatarles, se produce cada vez que escribo algo. El bichito ha optado, al modo de los aparatos “smart” que tanto nos corrigen y desorientan en estos tiempos, por modificar, no ya la gramática y sintáctica de mis textos, sino el contenido mismo. Ahí les va el ejemplo más descorazonador. Escribía yo mi tradicional carta a sus majestades los Reyes Magos, que rezaba:
Brookline, a 11 de diciembre de 2011
Mis queridos Melchor, Gaspar y Baltasar:
Este año me he portado muy bien, he sido aplicado, cariñoso con mis amiguitos, fiel a mi santa, buen padre y respetuoso con Dios y mis mayores. Mucho me gustaría que hicierais el bien a todos los niños y al mundo en general, pero a mí en particular me convendría que ralentizarais estas arrugas que ya no son de esas que llaman “de expresión”, sino auténticos surcos de viejo pellejo. Un pelín de testosterona también me viene haciendo falta, así como un buen tajo en los flotadores que se me van inflando justo encima de las caderas (con el sobrante os sale un caldo que ni pintao). Creo que no es mucho pedir. Quedo a vuestros pies majestades.
Fdo. Pablo
Doy a “Guardar como” (la he llamado “Magos de oriente”), y cuando lo recupero me encuentro con un archivo llamado “Magos de Bruselas” que dice así:
Calle Genova, a 11 de diciembre de 2011
Mis queridos Nicolas, Mario y Angela (tu sabes que eres mi favorita…)
Me voy a portar muy bien, mucho mejor con la prima que Jose Luis, que sí que hizo algunos deberes pero ya era tarde, y la prima tiene poca paciencia. Ya me voy a ocupar yo, y por eso os pido ahora mucha confianza, que es también lo que necesitamos. Bueno, eso, y los siguientes regalos que he visto en la tele:
A)     El “Cacabank” de Juegos Reunidos pero con los activos tóxicos y todo, ¿eh?
B)      El “BCE ultimate lender” de Sony, no la versión anterior que ya me la sé y le gano siempre.
C)      Unos “Eurobonds” con el estuche y la caja fuerte
Fdo. Mariano
Alarmado por estos, y otros efectos secundarios de la infección que sería muy prolijo contar, el lunes me puse en manos de un llamado IT del departamento. Yo estoy entregado a él de tal forma que traduzco el acrónimo como “Individuo Todopoderoso”. El tal Individuo Todopoderoso, que también se llama Tom, ha hecho una radiografía del asunto y ha concluido que tengo la motherfucker, digo, la motherboard, vuelta loca y sin ideas, que dicen en Cuba. Tom Todopoderoso ha aplicado una primera vacuna que, poco a poco, va eliminando la sepsis generalizada que corroe la puta madre, digo la placa madre del POC (Puto Ordenador de los Cojones). A su juicio, se trata de un ‘troyano’ poderoso y no es seguro que pueda recuperar del todo lo que guardo en el POC. Así que mi vida está en peligro, no les digo mas (y sí, ya sé que es mi vida virtual, pero no sé si es menos importante, honestamente…). Mientras sigo rezando, me animo a colgar esto que he escrito durante la cuarentena, con el miedo incrustado en los cartílagos por si el troyano escribiente sigue agazapado, dispuesto a la recreación tergiversadora y a acabar con mi reputación… Cierro los ojos, me encomiendo al IT, le doy al publish, y que sea lo que el worm quiera…

domingo, 4 de diciembre de 2011

COMMITTEE
Les llamaremos XX y XY por aquello de la vinculación cromosómica y por el tonillo de lo que les refiero a continuación. Esta es la típica historia de XX conoce a XY en el campus de una prestigiosa universidad de la costa este. Una noche se entregan al amor carnal y, al día siguiente, entre clase y clase, comentan en el yard:

XX: Lo pasamos muy bien anoche, ¿verdad?
XY: Sí.
XX: Sobre todo el segundo, ¿eh?
XY: ¿Cuál segundo? Yo solo recuerdo uno…

Con las mismas, XY denuncia a XX por “asalto sexual”.
El comité de turno – compuesto por dos profesores, el decano, un estudiante y dos miembros de la administración - recibe la denuncia, y, si es que el dicho comité pudiera sufrir un proceso de hipóstasis, deberían ustedes representárselo como un T-Rex que, de repente, tras haber superado un episodio de indigestión estomacal que le ha obligado a ayunar varios días, se despertara en Cibeles en mitad de la manifestación del Orgullo Gay. Se cuenta que algunos miembros del comité estuvieron un buen rato llorando de la emoción ante semejante caramelo.
Por supuesto, en este punto, a ustedes les asaltan muchas dudas, como a mí, como a los juzgadores de la Universidad que se reunieron durante horas con nuestros protagonistas para alcanzar un veredicto.
La audiencia consistió, esencialmente, en una reconstrucción del tracto de los acontecimientos de aquella noche y para ello se contó con la deposición de nuestros protagonistas, sometidos a una inquisición que no tiene nada que envidiar a los procesos de nulidad matrimonial que se ventilan en el Tribunal de la Rota cuando la causa alegada es la legendaria “impotencia coeundi”. Todo quedó grabado, y, por algunos extraños mecanismos de la distribución global, tales cintas han llegado a venderse en una estación de servicio de Mejorada del Campo, con gran éxito, por cierto, entre quienes frecuentan el lineal de pelis guarras.
No es extraño. En aras a que el Comité pudiera determinar fehacientemente que en todo momento hubo consentimiento, XX y XY tuvieron que detallar los pelos y las señales, verbigracia, todas y cada una de sus acciones conscientes (y también las reflejas) desde que entran en el cuarto hasta que termina el combate. Estoy pensando pedir que me dejen acudir a estos comités, en calidad de observador internacional.
A la vista de la frecuencia con la que estas denuncias se están produciendo, pero, sobre todo, del hecho de que algunos influyentes lobbies académicos insisten en que dar carácter positivo al silencio es una nueva instancia del “terrorismo patriarcal”, la universidad ha elaborado unos complejos formularios que ya se encuentran convenientemente adheridos a la puertas de los cuartos de las residencias universitarias (junto con las normas de evacuación del edificio). En ellos se puede firmar y rubricar que se consiente, sí, que adelante con los faroles con esto, aquello y “lo de más allá” (con perdón). ¡El encuentro sexual protocolizado y hecho contrato! El último territorio que quedaba por conquistar a la legalista sociedad estadounidense. ¿Se imaginan?
Antaño, cuando la cita tenía visos de prosperar, uno tenía que preparar el escenario y no debía olvidar meter el champán en la nevera, probar bien los altavoces, tener dispuesto el disco de lentas, la ropa interior sin una mácula. Añádanle ahora la doble copia y el bolígrafo, que pinte, para, visto lo que se puede avecinar, sentarse tranquilamente y repasar las cláusulas añadiendo finalmente: “firma aquí, y aquí y aquí, donde la X” (con perdón de la broma fácil). Así hubiera tenido que proceder XX, por lo que parece, para evitarse el disgustillo del “misterioso segundo lance”. Antaño el anticlímax se rompía con el recuerdo de las consecuencias procreativas de lo que se estaba perpetrando, y la consiguiente búsqueda frenética del remedio (“juraría que los dejé en el cajón de la mesilla, cachi en diez”, mientras ella acaba optando por quitarse un padrastro). Ahora, además, a por el formulario maldito en pleno ardor guerrero. Y mucho cuidado con no confundir el pliego con las instrucciones de qué hacer si salta la alarma anti-fuegos, que apuesto a que no cuela en el comité como prueba de aceptación alguna. Pero ¡cómo no va a haber novelas de campus! Aunque, como suele ocurrir, la realidad supera a la ficción. Y hablando de ficción, en lo anteriormente contado cualquier parecido con la realidad NO es pura coincidencia.