martes, 20 de diciembre de 2011

WALK
Una de las cosas más importantes que aprendí en la carrera es que el Derecho nos hace la vida mejor porque nos ahora “costes de transacción”. En aquel momento esto me sonó tan críptico como el archimanoseado Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera, pero aquél buen profesor que nos hizo esa, para mí, revelación, supo explicárnoslo con gran elocuencia y eficacia: “imagínense que no hubiera semáforos, que en cada ocasión en la que llegamos a un cruce tuviéramos que pactar quién pasa antes… Para evitar ese engorro nada mejor que un buen semáforo con un código de colores bien clarito que nos dice qué corresponde hacer a cada quien”. Cuando me hice un poco más mayor y sabio pude incluso entender la idea con el utillaje de la teoría económica: los semáforos son “equilibrios de Nash” (por el célebre matemático y Premio Nobel John Nash, soberbiamente retratado en Una mente maravillosa). Con perdón de Nash, la idea viene a significar que, peatones y coches, están felices (por bien coordinados en sus acciones).
Este profesor, cuyo nombre no retengo en la memoria, no había paseado las calles de Boston, y tal vez la paranoia que sufrió el pobre John Nash se debió a que se dio algún paseo por aquí. Y es que no hay en Brookline y alrededores un solo cruce que se pueda transitar con tranquilidad de espíritu. Les confieso que, a estas alturas, transcurridos ya 4 meses desde nuestra llegada, no he conseguido saber bien de qué modo han decidido las autoridades bostonianas ahorrarnos los dichosos costes de transacción.
Es más, empiezo a pensar que, con ese código de señales indiscernible, hay un deliberado y conspirativo propósito de persuadir al peatón a que abandone el bipedismo callejero, pues se le hace transitar con la angustia existencial de quien sigue la evolución de la prima de riesgo española. El saneamiento de las cuentas de resultados de la maltrecha industria automovilística debe estar en juego.
Esta es, amigos, mi desoladora conclusión, irrebatible, me temo, a la luz de la experiencia acumulada tras semanas de investigación empírica exhaustiva. Si son peatones y andan por Brookline, olvídense del rojo, amarillo y veeeeeeerde, de la nunca bien ponderada tonadilla “En el coche de papá” de los (in)olvidables “Los payasos de la tele”.
Para empezar, la universal silueta del presto hombrecillo blanco funciona “a demanda” (como dicen ahora los pediatras en referencia a cómo ha de darse la alimentación maternal). Así que, ustedes llegan a un semáforo, y si no dan a un botón que insta a cambiar el disco, ya pueden esperar sentados y congelados (antes aceptará Merkel los eurobonos). Si le dan, la silueta del presto hombrecillo blanco dura lo que el caramelo a la puerta del colegio, o el bosón de Higgs en la rosquilla de Ginebra.
Así y todo, he de participarles que yo creo haberlo visto. Fue una tarde, a principios de noviembre en el cruce de Cypress y la Route 9, pero no estoy seguro de si no fue un espejismo. Creo que no, porque en aquella ocasión, a una señora que compartía conmigo la espera en el cruce se le llenaron los ojos de lágrimas de la emoción, como si se le hubiera aparecido el Santo José María (Escrivá de Balaguer). Un poeta local maldito también ha referido el hecho en su reciente poemario “Estampas de Brookline”. El poema se titula “A Blink of humanity” (“Un pestañeo de humanidad”).
Inmediatamente de esa fugaz aparición del hombrecillo, el semáforo sufre una mutación y comienza a pestañear en rojo. Seguidamente, un cronómetro nos anuncia el tiempo del que disponemos para pasar. Todos los intervalos están calculados, créanme, con el patrón de Usain Bolt, el flamante recordman jamaiquino de los 100 y 200 metros. Quiero decir con ello, que ni siquiera Usain Bolt, en su momento de mayor aceleración en la recta de los 100 metros, cuando asesta 4 zancadas por segundo al tartán, en pasos que miden 2,44 metros, a una velocidad de 43 km/h, podría cruzar a tiempo la intersección.
Pero aún hay más. Cuando hemos visto el cronómetro del semáforo, y nos hemos quedado petrificados por el reto que el aparato nos propone, se produce lo peor: una calma chicha o tensa espera, pues el semáforo no cambia, sino que el rojo permanece expectante, como nosotros, sumidos en la confusión sobre lo que corresponde hacer a continuación. Y es que uno esperaría, una vez que aparece el hombrecillo rojo, a que los coches se pongan en marcha. Pues no. Llega el momento fatal en el que uno no sabe si salir o no – como en el juego del pañuelo- o si acercarse a hacer la transacción esa de la que hablaba mi profesor: “Mire, que es que llevo prisa que cierran la pescadería y mi señora me encargó cuarto y mitad de gallos de ración. No le importaría, por el amor de God, dejarme cruzar”.
Esa opción la descartas inmediatamente cuando ves las caras de ir a disputar la pole del Premio de Montecarlo que llevan ellos y ellas al volante, cómo hacen rugir sus motores, cómo miran por el espejo retrovisor, cómo te están incitando – “anda, pasa, majete, que ya verás, que te voy a dejar planchao como al correcaminos”. Entonces, como hace frío y tienes una cita, y eso, te animas y sales, medio flexionado, queriendo absurdamente proteger los ligamentos de tus rodillas del que presumes va a ser topetazo inminente y de consecuencias traumáticas no marginales, intentando apaciguar con tus manos las ansias motoras, como si te hubieras despertado en medio de la curva de la estafeta en el encierro de los mihuras en Pamplona y estuviera justo delante de ti “Follonero”, de 600 en canal y pitones del tamaño de la zancada de Bolt.
Esa actitud, patética por lo demás, he logrado abandonarla por una estrategia mucho más sutil que he aprendido de los locales, mucho más sutiles: la discapacidad sobrevenida, ora física (cojera repentina), ora mental, que es mucho más efectiva (caminar haciendo eses, desequilibrado, con el abrigo abierto y la bragueta bajada, e imprecando al viento por lo poco que ha desvelado Rajoy en su discurso de investidura). Oiga, y funciona, les aseguro que funciona. He logrado, incluso, que algún coche recule.
Al final, y en la medida en que algún grano de compasión queda en los poderosos automovilistas, se mantiene un cierto equilibrio. Aunque inestable, se lo aseguro. Triunfa, así, el (des)equilibrio, lo cual no deja de ser, también, un homenaje a Nash.  

Pd. He abierto otra "tienda", con el querido amigo y colega Josep Lluís Martí, una tienda en la que se ofrece... bueno... si gustan, pasen y vean: http://filodetica.wordpress.com

martes, 13 de diciembre de 2011

IT
El domingo por la noche, uno de esos gusanos a los que cree mi hijo que tanta gratitud debemos, se introdujo en mi ordenador portátil causando una debacle de proporciones armagedónicas.
Que sea virtual da igual, los efectos son igualmente desconsoladores. Uno de ellos, el que, en mitad de mi desesperación, me animo a relatarles, se produce cada vez que escribo algo. El bichito ha optado, al modo de los aparatos “smart” que tanto nos corrigen y desorientan en estos tiempos, por modificar, no ya la gramática y sintáctica de mis textos, sino el contenido mismo. Ahí les va el ejemplo más descorazonador. Escribía yo mi tradicional carta a sus majestades los Reyes Magos, que rezaba:
Brookline, a 11 de diciembre de 2011
Mis queridos Melchor, Gaspar y Baltasar:
Este año me he portado muy bien, he sido aplicado, cariñoso con mis amiguitos, fiel a mi santa, buen padre y respetuoso con Dios y mis mayores. Mucho me gustaría que hicierais el bien a todos los niños y al mundo en general, pero a mí en particular me convendría que ralentizarais estas arrugas que ya no son de esas que llaman “de expresión”, sino auténticos surcos de viejo pellejo. Un pelín de testosterona también me viene haciendo falta, así como un buen tajo en los flotadores que se me van inflando justo encima de las caderas (con el sobrante os sale un caldo que ni pintao). Creo que no es mucho pedir. Quedo a vuestros pies majestades.
Fdo. Pablo
Doy a “Guardar como” (la he llamado “Magos de oriente”), y cuando lo recupero me encuentro con un archivo llamado “Magos de Bruselas” que dice así:
Calle Genova, a 11 de diciembre de 2011
Mis queridos Nicolas, Mario y Angela (tu sabes que eres mi favorita…)
Me voy a portar muy bien, mucho mejor con la prima que Jose Luis, que sí que hizo algunos deberes pero ya era tarde, y la prima tiene poca paciencia. Ya me voy a ocupar yo, y por eso os pido ahora mucha confianza, que es también lo que necesitamos. Bueno, eso, y los siguientes regalos que he visto en la tele:
A)     El “Cacabank” de Juegos Reunidos pero con los activos tóxicos y todo, ¿eh?
B)      El “BCE ultimate lender” de Sony, no la versión anterior que ya me la sé y le gano siempre.
C)      Unos “Eurobonds” con el estuche y la caja fuerte
Fdo. Mariano
Alarmado por estos, y otros efectos secundarios de la infección que sería muy prolijo contar, el lunes me puse en manos de un llamado IT del departamento. Yo estoy entregado a él de tal forma que traduzco el acrónimo como “Individuo Todopoderoso”. El tal Individuo Todopoderoso, que también se llama Tom, ha hecho una radiografía del asunto y ha concluido que tengo la motherfucker, digo, la motherboard, vuelta loca y sin ideas, que dicen en Cuba. Tom Todopoderoso ha aplicado una primera vacuna que, poco a poco, va eliminando la sepsis generalizada que corroe la puta madre, digo la placa madre del POC (Puto Ordenador de los Cojones). A su juicio, se trata de un ‘troyano’ poderoso y no es seguro que pueda recuperar del todo lo que guardo en el POC. Así que mi vida está en peligro, no les digo mas (y sí, ya sé que es mi vida virtual, pero no sé si es menos importante, honestamente…). Mientras sigo rezando, me animo a colgar esto que he escrito durante la cuarentena, con el miedo incrustado en los cartílagos por si el troyano escribiente sigue agazapado, dispuesto a la recreación tergiversadora y a acabar con mi reputación… Cierro los ojos, me encomiendo al IT, le doy al publish, y que sea lo que el worm quiera…

domingo, 4 de diciembre de 2011

COMMITTEE
Les llamaremos XX y XY por aquello de la vinculación cromosómica y por el tonillo de lo que les refiero a continuación. Esta es la típica historia de XX conoce a XY en el campus de una prestigiosa universidad de la costa este. Una noche se entregan al amor carnal y, al día siguiente, entre clase y clase, comentan en el yard:

XX: Lo pasamos muy bien anoche, ¿verdad?
XY: Sí.
XX: Sobre todo el segundo, ¿eh?
XY: ¿Cuál segundo? Yo solo recuerdo uno…

Con las mismas, XY denuncia a XX por “asalto sexual”.
El comité de turno – compuesto por dos profesores, el decano, un estudiante y dos miembros de la administración - recibe la denuncia, y, si es que el dicho comité pudiera sufrir un proceso de hipóstasis, deberían ustedes representárselo como un T-Rex que, de repente, tras haber superado un episodio de indigestión estomacal que le ha obligado a ayunar varios días, se despertara en Cibeles en mitad de la manifestación del Orgullo Gay. Se cuenta que algunos miembros del comité estuvieron un buen rato llorando de la emoción ante semejante caramelo.
Por supuesto, en este punto, a ustedes les asaltan muchas dudas, como a mí, como a los juzgadores de la Universidad que se reunieron durante horas con nuestros protagonistas para alcanzar un veredicto.
La audiencia consistió, esencialmente, en una reconstrucción del tracto de los acontecimientos de aquella noche y para ello se contó con la deposición de nuestros protagonistas, sometidos a una inquisición que no tiene nada que envidiar a los procesos de nulidad matrimonial que se ventilan en el Tribunal de la Rota cuando la causa alegada es la legendaria “impotencia coeundi”. Todo quedó grabado, y, por algunos extraños mecanismos de la distribución global, tales cintas han llegado a venderse en una estación de servicio de Mejorada del Campo, con gran éxito, por cierto, entre quienes frecuentan el lineal de pelis guarras.
No es extraño. En aras a que el Comité pudiera determinar fehacientemente que en todo momento hubo consentimiento, XX y XY tuvieron que detallar los pelos y las señales, verbigracia, todas y cada una de sus acciones conscientes (y también las reflejas) desde que entran en el cuarto hasta que termina el combate. Estoy pensando pedir que me dejen acudir a estos comités, en calidad de observador internacional.
A la vista de la frecuencia con la que estas denuncias se están produciendo, pero, sobre todo, del hecho de que algunos influyentes lobbies académicos insisten en que dar carácter positivo al silencio es una nueva instancia del “terrorismo patriarcal”, la universidad ha elaborado unos complejos formularios que ya se encuentran convenientemente adheridos a la puertas de los cuartos de las residencias universitarias (junto con las normas de evacuación del edificio). En ellos se puede firmar y rubricar que se consiente, sí, que adelante con los faroles con esto, aquello y “lo de más allá” (con perdón). ¡El encuentro sexual protocolizado y hecho contrato! El último territorio que quedaba por conquistar a la legalista sociedad estadounidense. ¿Se imaginan?
Antaño, cuando la cita tenía visos de prosperar, uno tenía que preparar el escenario y no debía olvidar meter el champán en la nevera, probar bien los altavoces, tener dispuesto el disco de lentas, la ropa interior sin una mácula. Añádanle ahora la doble copia y el bolígrafo, que pinte, para, visto lo que se puede avecinar, sentarse tranquilamente y repasar las cláusulas añadiendo finalmente: “firma aquí, y aquí y aquí, donde la X” (con perdón de la broma fácil). Así hubiera tenido que proceder XX, por lo que parece, para evitarse el disgustillo del “misterioso segundo lance”. Antaño el anticlímax se rompía con el recuerdo de las consecuencias procreativas de lo que se estaba perpetrando, y la consiguiente búsqueda frenética del remedio (“juraría que los dejé en el cajón de la mesilla, cachi en diez”, mientras ella acaba optando por quitarse un padrastro). Ahora, además, a por el formulario maldito en pleno ardor guerrero. Y mucho cuidado con no confundir el pliego con las instrucciones de qué hacer si salta la alarma anti-fuegos, que apuesto a que no cuela en el comité como prueba de aceptación alguna. Pero ¡cómo no va a haber novelas de campus! Aunque, como suele ocurrir, la realidad supera a la ficción. Y hablando de ficción, en lo anteriormente contado cualquier parecido con la realidad NO es pura coincidencia.

jueves, 24 de noviembre de 2011

STUFFING
(un entremés… de pavo…)

ACTO I
ESCENA I
(tres personajes: María Victoria, madre española, farmacéutica con oficina de farmacia en Orihuela, ha venido a Boston siguiendo a su marido, médico; Begoña, madre española, documentalista, ha venido siguiendo a su marido, ingeniero… Yo mismo, padre español. Los tres personajes se encuentran a la salida del colegio St. Mary’s of the Assumption, en Harvard Street, tras haber dejado a los niños… Yo mismo asiste a la conversación, silente, en un segundo plano).

María Victoria: “¿Sabéis dónde puedo conseguir una buena receta para el stuffing del pavo…? Es que hemos invitado a los vecinos y tengo un agobio…”

Begoña: “Pues en la clase de adult education del año pasado, el profe, que era muy enrrollado nos dio un día una clase de cocina en inglés, y nos enseñó las smashed potatoes y el stuffing, creo que tengo todavía los apuntes… ahora en casa lo miro…hasta un cuchillo se trajo para enseñarnos a trincharlo…”

María Victoria: “Es que si lo haces tú todo es un trabajazo…”

Begoña: “Y tanto, que están todo el día cocinando… chica ¿y hacerles unas croquetas y tortilla de patatas?””

María Victoria “Hombre, es por la tradición, y eso… aquí es una fiesta superimportante, más que la Navidad…”.

Begoña: “La navidad es más para los niños… creo yo, vamos… Y aquí Thanksgiving es más importante porque como son menos familiares…”

María Victoria: “A mí me parece una tradición preciosa… ¿Sabes que Obama indultó ayer a dos pavos? Y Miguel Ángel me cuenta que una chica de su laboratorio que es vegana o vegetariana… bueno, lo que sea, que ella se toma un pavo de tofu, pero con la forma y todo, eh…”

Begoña: “Chica, estos americanos…”

ESCENA II

María Victoria: “Bueno, nosotros tenemos el mensaje del Rey en Nochebuena que ya verás tú este año, el pobre con el ojo morado y la tirita…”

Begoña: “Nadie lo ve, nosotros en casa, que nos juntamos 27 este año, ya me dirás con el jaleo… mi madre la pobre el tute que se pega… Pero este año por el morbo seguro que es record de audiencia aunque mi cuñada odia que se ponga la tele…”

María Victoria: “Mujer, a lo mejor ya está curado. Y ¿os habéis fijado que ya están poniendo las luces de Navidad?  Y al día siguiente del Thanksgiving hay unas rebajas que no veas y la gente como loca…”.

Begoña: “En el Best Buy ya están algunos acampados, dispuestos a pasar la noche bajo cero, pero no son los del Occupy ese, sino los que se pelean por las gangas… Y en España también ponen las luces cada vez antes, y los anuncios en la tele… Es una pasada… Y el décimo de lotería. En la oficina ya lo han comprado y me han mandado la participación. Termina en 7… no sé yo…”

María Victoria: “Yo este año voy a echar de menos, lo de poner la radio el día del gordo, y la ilusión…”

Begoña: “Uy, seguro que por internet lo puedes seguir… “

María Victoria: “Nosotros en Orihuela hacemos un Belén viviente y Miguel Ángel hace de San José… Y otros de su hospital de pastorcillos… Es muy bonito”.

Begoña: “Es que Miguel Ángel es de un animado…”

María Victoria: “Él lo vive muchísimo… En casa se vive mucho por los niños… El espíritu…”.

ESCENA III

Yo mismo: “Puestos a comparar, ¿a vosotras qué os parece peor Thanksgiving o Navidad?”

Cae el telón



domingo, 20 de noviembre de 2011

WORMS
Es sabido que Fernando de los Ríos fue instado, al llegar a la aduana de Nueva York, a rellenar un formulario donde se le pedía declarar le religión que profesaba. Imposibilitado de poder hacer constar que era ateo o agnóstico, se declaró “Erasmista”. Una forma asaz ingeniosa y efectiva de revancha, que sin embargo, tuvo sus consecuencias: años después, una estadística sobre religiones en Estados Unidos arrojaba que entre los millones de protestantes, católicos, judíos y demás, también había espacio para 1 “erasmista”.
Lo anterior viene a cuento de la respuesta que mi hijo, Matías, ha dado a la pregunta “¿a qué o a quienes das las gracias?”, una actividad desarrollada en su colegio coincidiendo con la próxima celebración de “Thanksgiving”. Esas contestaciones se han desplegado en un gran mural al que el otro día pude asomarme. Cuando los historiadores del futuro se encuentren con los resultados que a continuación desgloso – qué mejor día el de hoy para desglosar resultados- las conjeturas aflorarán y con ellas las tesis doctorales. Yo, mientras tanto, sigo perplejo, confuso, tanto como cuando leo la futura composición de nuestro Congreso de los Diputados.  Ahí van las “preferencias de gratitud” de los niños de K1 del St. Mary’s of the Assumption. Cuando lleguen al final entenderán porqué, mi hijo, como Fernando de los Ríos, puede pasar a la (micro)historia, aunque nunca llegaremos a saber bien bajo qué categoría o en qué condición. Mejor así.

Número de votantes: 20
Abstenciones: 0
Votos en blanco: 1 (este voto es probablemente del hijo de un escéptico radical, o un inconformista, un peligro vamos)
Mi papá y mi mamá: 3 (el niño vive en una armonía familiar con la que hay que tener cuidado porque mata la creatividad).
Mis papás y mi hermana: 1 (ídem).
Mi familia: 1 (ídem).
Mi mamá y mi abuelo: 1 (¿seguro que es tu abuelito, hija?)
Mi mamá (cuando me da agua): 1 (esta niña confirma el darwinismo social).
Mi casa: 3 (estos tres niños ya son conscientes de las consecuencias del estallido de la burbuja inmobiliaria).
El arcoíris: 2 (un protopoeta, tópico, no llegará a ningún lado)
Los coches: 1 (los verdes no serán su opción política, si es que para cuando vote hay planeta todavía) 
Los tractores: 1 (los padres sobrevaloran la vida rural)
La tarta: 1 (la niña, en efecto, ha empezado ya la carrera hacia la obesidad mórbida).
Mi cumpleaños: 1 (veremos cuando te aproximes a los 50)
Mis peluches: 1 (me puedo imaginar la dimensión de los muñequitos y el tamaño del cuarto que los alberga)
Las flores: 1 (acompañará en su fracaso literario al del arcoíris)
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡LOS GUSANOS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!: 1 (¿¿??).

Éste, éste es mi ¡¡Matías!! Olé sus gusanos.

domingo, 13 de noviembre de 2011

BARBER
Hay sitios, espacios físicos cerrados (habitaciones, locales públicos) donde uno tiene la inquietante sensación de que en la historia de ese lugar, en un momento preciso, más o menos lejano en el tiempo, pero cierto, alguien, alguna vez, en esas exactas coordenadas espaciales, se metió el dedo en la nariz, trató de compactar el material, amasándolo a conciencia y, con más o menos impunidad, se desembarazó del moco PE-GÁN-DO-LO.
Cuando esta sensación nos asalta, entonces uno no puede dejar de pensar dónde exactamente habrá tenido lugar la impregnación y cuál fue su contexto. Esto me pasó a mí recientemente en Mike’s Barber Shop, 225 Washington Street, a donde acudí a cortarme el pelo.
Uno entra en Mike’s Barber Shop, 225 Washington Street, y no puede salir corriendo – que sería en abstracto, pero sólo en la frialdad de la reflexión abstracta, lo que procedería. Y no puede porque el asombro es ralentizador, casi paralizante. Entré parsimoniosamente, tratando de disimular mi afán por escudriñarlo todo con mirada de geólogo; me senté, tras haber dicho “hi” a la parroquia, y a quien presumí sería el barbero Mike, un saludo pacato que sólo oímos yo y mi abrigo.
Atisbé lo que se ofrecía en la mesa de centro y tomé la revista Men’s Health como opción menos traumática. Con ese escudo pude ya mirar sin recato y reparar, en primer lugar, en el papel pintado con el que Mike le había dado al negocio un toque inconfundiblemente “casa de huéspedes en el deprimido Manchester de entreguerras”. Para atemperar la desolación Mike pensó en una escena campestre, en tenues marrones, con un ciervo famélico, una cascada y unos grandes helechos jurásicos. En realidad parecía una prolongación del papel pintado, y más que relajar, lo cierto es que nos permite hacernos una idea del apocalipsis nuclear. Así y todo, el conjunto pasa a un segundo plano una vez que se toma conciencia del marco, un marco que Mike sólo puede haber conseguido una noche en la que los vigilantes del Hermitage han estado de borrachera y él ha sido especialmente diestro para descolgar el Canaletto.
A diferencia de las peluquerías a las que uno está acostumbrado, en Mike’s Barber Shop el cliente y el barbero, de una manera muy teatral, ocupan el centro del espacio, en franca exhibición para los clientes que ocupamos una antesala-platea a la espera de nuestro turno. Hay algo, también, de sala de disecciones de primera hora en esta puesta en escena, aunque Mike, con sus movimientos de hiena herida en su orgullo, no evoca tanto esa quietud del gran anatomista Vesalio exhibiendo la vena cava a sus pupilos, cuanto al Sugar Ray Leonard de su mejor momento pugilístico, cuando el frenético movimiento de sus piernas permitía atribuirle condición de cuadrúpedo. Una televisión que podía ser perfectamente una Telefunken de la primera mitad de los setenta comparte protagonismo con Mike y su víctima, digo, su cliente.
Por momentos, cuando repaso el mobiliario, pienso en la increíble amalgama lograda, en cómo a Mike, o a su interiorista, se les ha ocurrido  recuperar esos enseres pero, sobre todo, me pregunto cuál fue el proceso mental que llevó a la fusión de esos aparadores, cajoneras, estanterías y armarios de pared. Porque una vez recuperados del vertedero de Tijuana (por un poner), su ensamblaje constituía todo un reto desde un doble punto de vista: el de las ciencias de la ebanistería y el de la superación de los mínimos estéticos que nos han acompañado en Occidente desde las cuevas de Altamira. La profusión de embellecedores dorados deslumbra al principio, pero tiene también un cierto “efecto llamada” sobre los desperfectos, la implacable acción de la humedad en los zócalos, la imperiosa necesidad de una desinfección generalizada sobre las superficies donde se amontonan botes con lociones, champús, cremas y fragancias que, presumo, ya estaban en desuso cuando el bombardeo de Pearl Harbour; peines, cepillos, rasuradores eléctricos, vetustos transformadores y alargadores en los que se conectan de manera muy torturada cables de mil colores que presagian un cortocircuito inminente. ¿Y el fregadero? Ese fregadero en el que ya apenas queda esmalte, ¿qué posible valoración conduce a encastrarlo y darle algún uso que no sea el de comedero para las gallinas de una granja de Nueva Inglaterra? ¿Y con qué presencia de ánimo encastraré yo ahí la testa? ¿Y el cable de la ducha-teléfono con la que, aventuro, Mike el barbero me lavará la cabeza? ¿De qué material estará hecho ese cable? ¿Proviene del desguace del reactor principal de Chernóbil?
En esas andaba mi cabecita cuando, ¡ays!, me volví a acordar del moco. El asiático-americano y el recién graduado de West Point que me precedían miraban sin disimulo mi agitación creciente en la butaca. Y es que, claro, me dio por pensar que la dicha exploración nasal, extracción, compostaje e impregnación del residuo muy bien podría haberse dado aquí, precisamente aquí donde ahora yo me siento. Y es conocimiento común, una ley universal de hierro que trasciende culturas y religiones, que cuando el ser humano ha llevado hasta sus últimas consecuencias esa secuencia de acciones, el moco se pega justo debajo del asiento, o sea, del que ahora era mi asiento.
La perspectiva de tener que esperar así, con ese comecome, hasta que llegara el turno se me aparecía como una tortura peor que el “waterboarding” tan del gusto de los candidatos republicanos. Pero héteme aquí que el Marine recién graduado preguntó a Mike si cabía pagar con tarjeta. La respuesta negativa hizo que tanto él como el asiático americano se levantaran dejándome en primera línea de fuego.
Terminaba Mike de esquilar al cliente y me preguntaba yo porqué iba a ponerme en sus manos, qué extraño mecanismo me impedía evitar ese destino, en qué insólita resignación me había instalado esa mañana. Y no era sólo el local, era también el propio Mike el que, con su aspecto de secular desaliño – su cabello enmarañado, su bigote y cejas abandonadas a su suerte, su presbicia evidenciada por unas gafas que pendían de manera imposible de la punta de su nariz- no podía ofrecer garantía alguna de que saliera de allí con la cabeza alta. Y la respuesta, mis queridos lectores, es que lo hice por pura responsabilidad, porque me debo a ustedes. Porque todo sacrificio es poco para seguir engordando este blog y mi fama en la llamada “blogsphere”.
Llegó mi hora, y Mike, una vez sentado y cubierto con el babero, se limitó a preguntarme: “¿short or shorter?”. Quedé emocionadamente rendido a sus pies. Y es que, desesperado ya uno de cómo en estos dominios está permanentemente urgido a tener que elegir (ya saben, América “the land of opportunities”), en un elenco infinito de posibilidades y combinaciones (ya hemos tratado este asunto al narrar mi experiencia en Cutty’s), y temeroso de que tuviera que hacer una disertación sobre mi personalidad capilar, Mike no me lo pudo poner más fácil con esa simple, diáfana, entrañable disyuntiva, una elección que, tengo para mí, denota la sabiduría de quien, como el barbero Mike, está ya de vuelta de modas y chorradas estilísticas en el noble arte del corte de pelo.  
“Shorter” – dije. Mike se puso a ello con brío, sin hacerme pasar por el calvario del fregadero, rociando con un misterioso spray su maquinilla (¿sería aceite?), mascullando todo el rato en un idioma completamente ajeno, como si estuviera hablando con sus antepasados muertos allá en Israel, o Chipre, o Turquía, o en la Alta Silesia, o vaya usted a saber dónde. Sin que le tuviera que decir nada, y sin mostrar él reticencia ninguna, no dudó en ir a la caza de los más recónditos pelos, se alojaran donde se alojaran, ora con la maquinilla ora con sus propios dedos si hacía falta, que yo notaba como se introducían, no superficialmente, en mi nariz y oídos. Tras dar por concluida la exterminación me pasó un espejo agrietado y un cepillo que, por el tamaño de sus cerdas, uno pensaría que es de uso exclusivo en el porche para los días en que nieva.
Me levanté en estado de éxtasis y confusión, una confusión evaporada de un plumazo por la dicha cuando Mike el barbero me pidió 18$ por la faena y me despidió con un “see you in a month” (“te veo en un mes”). “Si no antes, Mike, si no antes”, pensé, mientras introducía mi dedo en el orificio nasal. Ustedes me perdonen pero me quedaba por ahí un pelillo…

domingo, 6 de noviembre de 2011

ABSTRACT
El hombre (o mujer) común que (para su fortuna o desdicha) no se dedica a estos menesteres de la vida académica, vive sin saber el número de revistas “científicas” que existen y los más increíbles dominios del conocimiento que cubren. Desconoce probablemente la existencia del Journal of Thermal Spray Technology, cuyo último número se abre con el artículo: “Microstructure and Thermal Cycling Behavior of Air Plasma-Sprayed YSZ/LaMgAl11O19 Composite Coatings” de Xiaolong Chen, Binglin Zou, Ying Wang, Hongmei Ma, y Xueqiang Cao (no intenten quedarse con los nombres).
Para poder navegar con algún éxito en las oceánicas aguas de la producción intelectual, existen los llamados “abstracts” que sirven al estimable objetivo de proveer al potencial lector de suficiente información sobre el argumento o asunto que quien firma el artículo se propone desarrollar más extensamente a lo largo del mismo. Son, por decirlo así, una garantía para que el “consumidor” sepa lo que se dispone a ingerir, y, en su caso, pueda rechazarlo a tiempo. A la proliferación de publicaciones se suma el hecho de que, con más frecuencia de la deseable, el autor es demasiado genérico al titular su trabajo, o, en el otro extremo del espectro, tiene una irrefrenable querencia literaria que vuelca, muy imprudentemente, en el título, o, al fin, busca descaradamente una audiencia que, si fuera honesto como los amigos del spray, sería sustancialmente más reducida. Imaginen que Xiaolong Chen, Binglin Zou, Ying Wang, Hongmei Ma, y Xueqiang Cao sí hubieran tenido ese arrebato por darse un baño de multitudes lectoras y hubieran titulado su trabajo: “Un adiós definitivo a la depilación de las ingles (Microstructure and Thermal Cycling Behavior of Air Plasma-Sprayed YSZ/LaMgAl11O19 Composite Coatings)”. Entonces, repentinamente, el último número del Journal of Thermal Spray Technology poblaría, no solo los estantes de la Widener Library de Harvard o las grandes bases de datos académicas, sino también esos entrañables módulos que, apostados junto a las cajas de los supermercados, despliegan los últimos números de las revistas de actualidad televisiva y del llamado “corazón” (yo, en particular, ansío ese momento de espera para pagar en la caja del Stop&Shop y así ponerme al día de la anorexia de Demi Moore, convenientemente amplificada en titulares chillones y horripilantes fotos en la portada de mi tabloide favorito, el In Touch Weekly).
Se cuenta que el editor de la versión castellana del clásico de la filosofía del lenguaje How to do things with words (J. L. Austin) quiso titularlo Cómo hacer cosas con la lengua, que, podemos conjeturar con bastante confianza, habría tenido muchos más lectores de los que finalmente tuvo. Me puedo perfectamente imaginar a buena parte de la audiencia que hubiera comprado Cómo hacer cosas con la lengua buceando impaciente y frustradamente en la discusión sobre la fuerza perlocucionaria de los enunciados y no hallando finalmente nada nuevo que poner en práctica en su vida íntima, o al jefe de la sección de crítica de libros del magazine Supertetas devolviendo el ejemplar a la editorial pues la reseña que se proponía hacer de Austin no iba a ser de interés alguno para sus lectores.
La garantía de los abstracts se refuerza con los “términos clave”, que permiten, de un plumazo, atisbar si aquello va o no con uno. El que sin duda debe ser trepidante trabajo de Xiaolong y compañía va acompañado de los siguientes términos clave o keywords: “composite, magnetoplumbite oxide, plasma spraying, thermal barrier coating, thermal cycling, YSZ”. Sin poner en duda la relevancia de la ciencia del spray térmico – aunque no deja de asombrarme que la dicha tecnología dé para una revista semestral, como supongo que a estos coreanos les sorprenderá que exista un Anuario de Filosofía del Derecho o los Anales de la Academia Matritense del Notariado- en este momento de mi vida, honestamente, pues chica como que no, que no me pica ahora mismo la curiosidad del comportamiento del ciclo térmico (no digo yo de otros ciclos); que ni fú ni fa, ni frú frú, como imagino hacen los sprays que estudian estos asiáticos.
Y todo esto de los abstracts viene a cuento de una próxima presentación en uno de los seminarios a los que asisto regularmente. El autor es un filósofo del MIT (sí, ese lugar en el que todo padre que cree haber transmitido su genialidad e inteligencia sueña como destino universitario para su hijo) y el “paper” lleva por título: “It is not so Easy to Separate People”, que, más o menos podríamos traducir como: “No es tan fácil separar a la gente”.
Uno se queda dudando, ¿no? Teniendo en cuenta que se presenta en el Edmond J. Safra Center for Ethics (uno de los muchos centros de investigación de la Universidad de Harvard) es plausible pensar que el autor se propone, no sé, evaluar las dificultades éticas que surgen a la hora de disolver una riña tumultuaria. Pensemos en una que pudiera tener lugar en la cola de la caja del Stop&Shop, sin ir más lejos, entre devotos y detractores de Demi Moore: si va uno con mucha prisa, ¿cabe rehusar intervenir como cuando declinamos dar limosna al pobre? O a lo mejor es que uno piensa que ya lo hará otro: ¿es eso justificación bastante? Estas han sido, y siguen siendo, típicas preguntas que se/nos hacen/hacemos cuando pensamos en el alcance de nuestros deberes de ayuda o solidaridad con los demás. ¿O alude el autor en realidad a los problemas que arrastra la discriminación por sexo o raza en la escuela, por ejemplo? ¿O a la liquidación de la sociedad de gananciales en una separación matrimonial? En esas cavilaciones andaba yo cuando leí el “abstract”. Ahí va:
“¿Cuándo es la siguiente consideración moralmente relevante, si es que lo es en algún caso?: ‘mi proceder de esta manera es mejor para esta persona, mi proceder de esta otra mejor para aquella. Pero el interés de esa persona en que proceda de este modo es MÁS FUERTE que el interés de la otra en proceder de aquella forma’. Aporto algunos recursos que provienen de la metafísica de la modalidad para abordar esta cuestión”.
“Coño, pues sí que es abstract el abstract”, pensé. Tras leerlo un par de veces más me acordé de esos alumnos recalcitrantes que, tras agotar toda su batería de razones por las que consideran injusto el suspenso, concluyen señalando: “es que esto (la asignatura de Filosofía del Derecho) es muy abstracto”. ¿Habré pasado a engrosar yo también la lista de los que sólo lidian cognitivamente con lo concreto, o muy concreto? Y es que, como en el caso de tantas otras categorías, la abstracción no es una cuestión de todo o nada sino de grado, y, a veces, abstraernos de los contextos particulares nos ayuda a ver mejor el bosque, como en la célebre imagen, pero, en otras ocasiones, un exceso de abstracción nos hace olvidarnos de lo verdaderamente importante y urgente.
Y hablando de contextos particulares, de separar gente, de lo perentorio y relevante, de ética… Déjenme hoy concluir intentando emular al bueno de mi amigo Rafa Tesoro, el sabio de las matemáticas que hace unos días nos ha hecho distraernos un poco de las tormentas financieras que vienen permeando las páginas de El País. Aquí les dejo un pequeño desafío que, como el suyo, tiene también un componente aleatorio como “problema” (en este caso moral, no matemático):

Sabemos que dentro de 3 años 6 millones de personas en el Tercer Mundo se verán afectadas de una enfermedad mortal X. En el primer mundo, esa enfermedad es remediable con una dosis Y de la medicina Z, pero administrar esa dosis a todos los enfermos de X es carísimo. A día de hoy, en el Tercer Mundo ese tratamiento es inviable. Tal vez la enfermedad X se puede paliar con una dosis menor, y entonces el tratamiento sería viable por ser más barato. Pero no estamos seguros de la eficacia de esa menor administración de la medicina Z. Una manera de probarlo es seleccionar dos grupos de enfermos de X en el Tercer Mundo: al primer grupo se le da un placebo (un medicamento sin efectos) y al otro grupo se le da la menor dosis de la medicina Z para comprobar si el tratamiento es eficaz. A los enfermos se les pide su consentimiento para participar, y se les informa de que, aleatoriamente, pueden estar en el grupo de los que reciben el tratamiento o en el grupo de los que reciben el placebo. ¿Es este un experimento éticamente admisible? Si no es el caso, ¿en qué condiciones sí lo sería?

Buenas noches y buena suerte.

domingo, 30 de octubre de 2011

RECYCLE
La próxima edición del célebre DSM, el Diagnostics and Statistics of Mental Disorders (la Biblia diagnóstica de la psiquiatría contemporánea) recogerá el ya conocido como PRSS (Post Recycle Syndrome Stress), es decir, el Síndrome de Estrés Post-Reciclaje. Lo hará por tres razones, cuyo orden de importancia no es aparente: a) es un acrónimo conseguido y fonéticamente atractivo; decirlo (“Prsss, prsss”), relaja los músculos faciales e invita al interlocutor a saber más sobre lo que le pasa al paciente; b) todavía hay un importante sector de la población estadounidense, y occidental en general, huérfano de algún tipo de síndrome, que no le pasa nada en particular, con lo que, con esta iniciativa, se contribuye a la lucha contra esa indeseable orfandad patológica o sintomática y se abre una ventana de oportunidad a la sufriente industria farmacéutica, siempre dispuesta a proteger nuestra salud mental y física a cualquier precio (insisto, a cualquier precio); c) en las grandes urbes de los Estados Unidos cada vez más ciudadanos viven con enorme angustia el recuerdo de lo que han hecho con su basura o cómo deben afrontar su disposición futura en el corto, medio o largo plazo. Yo mismo me enfrento, muchas mañanas, en la esquina de Washington Street y Harvard con un desafío colosal ante un conjunto de recipientes que, inicialmente, tomé como un homenaje escultórico a algún prócer local, pero que resulta es nuestro “punto limpio” de Brookline Village, mi particular muro de las lamentaciones residuales.
Me consuelo. Un psiquiatra me ha participado, con toda la confidencialidad debida, del siguiente intercambio en su consulta con un paciente diagnosticado de PRSS.
“¿Qué siente al acabar el zumo de naranja?”
“Empiezo a sentir un sudor frío, un nudo en el estomago y en la garganta. Dos nudos…”
“¿Ha determinado la causa?”
“Tengo que tirar el envase”
“¿Por qué eso le resulta un problema? ¿Acostumbraba su madre cuando era bebé a hacerle recoger restos de potito en la basura? ¿Era su padre un basurero frustrado? ¿Han sido muy frecuentes los análisis de orina en su vida?”
“No, no, mi madre me dio el pecho hasta los 8 años y mi padre del Cuerpo de Inspectores de Aduanas y la orina bien, gracias… No, me angustia no saber si lo que tengo que tirar pertenece a la categoría “Compost”, “Recycle”, “Non-recyclable” o simplemente “Trash”… Algunos días he partido en trocitos pequeños el envase y me lo he ido tragando poco a poco hasta llegar a la oficina…”
“Ya veo, un caso agudo…”.
Una variante del síndrome cursa en un subgrupo poblacional que responde, grosso modo, al siguiente perfil: personas en edad madura que en su juventud se comprometieron en la lucha contra la extinción de los grandes cetáceos – o alguna causa ecológica similar-, de buena posición económica, con estudios superiores, lectores ávidos de libros de “crecimiento personal” y de divulgación científica, que han seguido una dieta radical para adelgazar (sirope, enemas de café, restricción total de carbohidratos), que sólo confían en la medicina homeopática y que leen toda la información nutricional de los productos que compran en los herbolarios y comparan los porcentajes de monosacáridos saturados. Estos enfermos son devotos del ejercicio moderado, generalmente en la forma de una práctica presuntamente ancestral proveniente de Asia que les obliga a concentrarse en su respiración, andar en calcetines y contorsionarse en una colchoneta.
La sintomatología, en este caso, es la siguiente: el paciente llega a la papelera, o al cubo de la basura, y extrae, de una gran bolsa, un conjunto de envases, papeles, latas y otros desperdicios. A la paresia facial se acompaña una subida apreciable de tensión, temblores y una penetrante y creciente jaqueca.
“El problema no es sólo la ranura que corresponde en cada caso – refiere un paciente-, pues los cubos presentan distintos tamaños, formas y colores, sino también mis dudas sobre si lo que voy a insertar allí es un polipéptido o más bien un componente en el que predomina la celulosa… Y entonces recuerdo que mi pequeña acción es contribuyente a la extinción de la especie… un paso en falso con esa lata de “clam chowder”, en la que la presencia de zinc no me parece tan clara, genera consecuencias no desdeñables, y yo, yo seré también responsable planetario… Se me aparece la Antártida plagada de coches abandonados y montañas de vetustos ordenadores, y un cormorán implorándome directamente a los ojos… Así no puedo vivir, doctor”.
Glaxo ya se ha puesto manos a la obra y este invierno lanza, bajo el nombre comercial Mierdixal (Shitix en los Estados Unidos), un ansiolítico-euforizante de vanguardia específicamente diseñado para aliviar los síntomas del PRSS. En el primer ensayo clínico, que ya ha superado la fase III, los resultados no pueden ser más prometedores. El tratamiento con Mierdixal convierte al enfermo en un individuo confiado y estable, indiscriminado en la disposición de sus residuos, capaz de ponerse la basura por montera.

La buena noticia, además, es que la administración de Mierdixal genera efectos colaterales – un estado parsimonioso de total desprendimiento en el que el paciente de PRSS deposita en la papelera ropa recién comprada, bonos alemanes a 3 años, escrituras originales de compraventa, un autógrafo de Steve Jobs y hasta el anillo de compromiso. La misma compañía ya está terminando de perfilar la medicación que los alivia. Todo un alivio.

domingo, 23 de octubre de 2011

CUSTOME

Les pongo en situación. Un típico gimnasio de colegio americano, como aquel en el que se celebra el baile del “Encantamiento bajo el mar” en Regreso al Futuro. Un disc-jockey, que piensa que está destinado a triunfar en el Pachá Ibiza, somete al personal a una imprudente selección de hits setenteros a un volumen insano. Una iluminación intermitentemente insuficiente, en la forma de destellos de colorines, favorece todavía más, si cabe, la sensación de que nada es cierto. Hay incontables criaturas desplegando una actividad física mareante que discurre en tres patrones: los que van de los 12 años hasta la muerte intentan seguir alguna coreografía colectiva del tipo “dale a tu cuerpo alegría Macarena”, un baile en el que se empeñan incondicionalmente, esto es, suene lo que suene, acompase o desentone clamorosamente, y con una coordinación que tiene un amplio margen de mejora. En este grupo se integran todos los que, por obesidad cuasi mórbida, apenas si deambulan en condiciones no festivas. Predominan las hadas de imposible miriñaque, las brujas con cara de no haber roto nunca un plato, los zombis andrajosos y los Dráculas con el color de tez de la late Amy Winehouse.

El segundo grupo lo conforman niños de entre 5 y 12, y todos rinden un sentido homenaje a Michael Jackson. También incondicionalmente. Aunque abundan los que han optado por extremar el realismo en la representación de algún martirio corporal infligido por un asesino en serie (hachas o puñales clavados en la cabeza, horribles heridas abiertas en la espalda, mucha tinta roja en la ropa) también hay espadachines, jedis, princesas, piratas, bomberos y un Obi Wan Kenobi peripatéticamente despistado al que yo, con jovialidad patriótica, tomé por Don Quijote (el padre me sacó del error, y yo pude comprobar pronto que su ignorancia sobre Alonso Quijano y su creador, era enciclopédica).

El tercer contingente, el de los más pequeños, estaba compuesto por superhéroes e insectos. Entre los primeros, mi hijo, de Batman, junto con otros niños de origen asiático y nombres que he escuchado muchas veces pero que nunca he podido reproducir con mínima fidelidad (no espero ya lograrlo). Advierto al Capitán América, a Thor, Superman, un ejército de Spidermans, una pareja de hombres Hulk, varias mariquitas, abejas y hormigas. Los miembros de este grupo no bailan, estrictamente hablando, sino que corren sin parar en círculos a lo largo de todo el gimnasio. No lo hacen todos en el mismo sentido, ni agrupados por pesos o tamaños, ni lejos de los que bailan en cualquiera de las dos modalidades antes descritas, ni de algunas de las columnas que siembran la superficie del gimnasio, columnas que, me parece a mí, sólo resultan visibles cuando el impacto es demasiado próximo. Creo advertir a Matías, a la caza del Capitán América y perseguido a su vez por Darth Vader a punto de probar la eficacia de su espada de luz. Mis gritos insistentes en que lleguen a algún tipo de acuerdo son en vano.

Dos imágenes me asaltaron en ese momento, justo cuando a mi lado pasaba un tipo vestido de cocinero con unas tijeras clavadas en un ojo. La primera es mi última experiencia psicotrópica, en sentido propio. Fue en el 92, el año de todos nuestros milagros (oh, qué tiempos aquellos) cuando junto con el resto de mis colegas de un curso de doctorado en Sevilla, decidimos falsar la hipótesis común de que “beber fino es como beber agua”. Yo sin duda lo conseguí. Aún no me explico de qué modo pude regresar al colegio mayor donde me alojaba. Formulado así, con esta síntesis, no hago suficiente justicia a lo homérico que tuvo que ser completar, en tal estado de embriaguez, todas y cada una de las pequeñas acciones que se encierran en el enunciado “volver al colegio Mayor”: subir el brazo para llamar a un taxi; mantenerlo y agitarlo sin espasmos; abrir la puerta del taxi (la que corresponde al viajero, no al conductor); introducirme dentro del taxi; decir “hola, buenas noches” de un tirón; recordar la dirección; decirla de un tirón; estar calladito durante el trayecto; no dormirme; bajar del taxi; llegar hasta la puerta del colegio mayor; sacar una llave del bolsillo; encajarla en una cerradura; subir un tramo de escaleras; localizar mi habitación; sacar una llave distinta, pero enojosamente parecida a la primera, y encajarla en la cerradura correspondiente; desvestirme; encontrar el pijama; ponerme bien el pantalón del pijama y la chaqueta (de botones); tumbarme en mi cama, y no en la de Agustín, mi compañero de curso, que dormía desde hacía horas; levantarme de la cama pues se estaba moviendo; llegar a la conclusión de que no había un terremoto en Sevilla; llegar al baño; abrir la taza del váter; vomitar con buena puntería y con el estruendo mínimo para no despertar a Agustín. Y recordarlo todo. Es increíble.

La segunda imagen es la del acelerador de partículas LHC (Large Hadron Collider) de Ginebra, ya saben, esa rosquilla kilométrica que nos ha costado un Potosí en la que los físicos más preclaros tratan de localizar el “bosón de Higgs”, para así confirmar o desmentir el denominado “modelo estándar” de la física de partículas. La idea consiste, si lo he entendido bien, en hacer que colisionen partículas subatómicas a velocidades y energías colosales para estudiar su comportamiento tras esos choques. Muchos que no practican la Física fundamental temen que el descubrimiento de partículas aún más fundamentales de paso a la necesidad de una nueva rosquilla, más grande y cara, con la que seguir con los choquecitos, y así hasta el infinito, y más allá, como dice el héroe infantil Buzz Lightyear.

Me pareció entonces que algún genio maligno se había confabulado para hacer de este gimnasio del St. Mary’s of the Assumption un espontáneo laboratorio donde estudiar las reacciones físicas y psicológicas de los preescolares acelerados irremisiblemente por el imán de la música festiva y el jolgorio de los disfraces, un remedo del LHC pero que en este caso habría de responder a Large Hostion in Childhood o algo así. A punto de empezar a extraer leyes universales sobre el comportamiento de los batmanes, el spin de los spidermanes, la masa de los thores y la velocidad de los hulkes, conclusiones que, tal vez, me llevaran a poder publicar algo en el Journal of Catastrophic Interaction at Early Stages, una voz me sacó de mi ensueño:

“Pero Pablo, ¿tú te has visto?”

Cuando tu pareja te llama por tu nombre puedes tener por muy probable que la has cagado.

Distinguía a Ana difícilmente, pues, aunque ella no iba disfrazada, mi mascara (una especie de gigantesca calavera de color deposición) me impedía tener una buena visión periférica. Después se me ha insistido en lo muy cercano al rigor mortis de la palidez del rostro de Ana al comprobar que aquel ser, ese ente supra-atómico pero ciertamente sub-normal, que llevaba su (de ella) vestido de tirantes color marengo, prieto, prieto, ya probablemente dado de sí, dejando al aire sus peludos brazos, su pechambre peluda y sus peludas patorras, sí aquel que para darle todavía un toque más desmesurado a su “propuesta”, calzaba un zapato mocasín en un pie, y una de sus zapatillas de correr en el otro, y, por supuesto, oh qué originalidad tan original, calcetines distintos en cada pie, sí, aquel Norman Bates en versión Puerto Hurraco, ese, era SU (de ella) pareja, es decir el padre de SU (de ella y de él) hijo.

“¿No te convence mi custome?”

“Pablo, no me lo puedo creer Pablo, pareces un travelo”. La reiteración de mi nombre, el tono, pero, sobre todo, el empleo por parte de Ana de esa expresión tan “vulgar” como referencia del fenómeno de la transexualidad, confirmaban mi presagio.

“¿Pero no estamos en una fiesta de Halloween?”

“Sí, esto es Halloween, y no la fiesta de disfraces del Círculo de Bellas Artes… ¿no has visto cómo te miran los niños?”

“Pero qué van a mirar, si no paran de dar vueltas como locos…”.

“Claro, huyendo de… de esta cosa… Pero si te salen tetas y todo… Nos van a echar, mira, mira cómo te está observando la mamá de Kazuki… Por favor, ya te estás volviendo a casa a cambiarte”.

Salí del gimnasio con la prolongación de la espina dorsal entre las piernas, portando la máscara como acostumbran a hacer los esgrimistas victoriosos, aunque mi orgullo estaba herido. Por mucho que levantara la mano, y escondiera la máscara, no hubo taxista que tuviera a bien acercarme a 4 Davis Avenue. Eché a andar pensando en Sevilla, y en aquel año psicotrópico, y en lo maravilloso que sería que esos físicos del CERN hicieran de la rosquilla una máquina del tiempo para volver a ser niños y poder disfrazarnos de lo que nos sale de los protones. De “travelo”, incluso. Y poder dar vueltas corriendo sin parar, hasta que el sudor nos ahogue y nos derrote el cansancio.


lunes, 17 de octubre de 2011

WEEKEND
Cuando Violet, la colosal Condesa de Grantham en la maravillosa serie británica Downton Abbey, conoce a Matthew, el lejano sobrino que heredará todo el patrimonio familiar, uno de los elementos de su vida que más le perturba es el hecho de que trabaje, aunque Matthew apostilla que cuenta con los fines de semana para desplegar otras actividades. “¿Fines de semana? ¿Qué son los fines de semana?” pregunta la Condesa con aparente ignorancia.
Casi 100 años después y bastante lejos del condado de York, aunque en un lugar con reminiscencias inglesas, en la Nueva Inglaterra en la que vivimos, la pregunta es rabiosamente pertinente.
“Amor, nos han invitado los Kuchonksy a un second coffe el sábado 13 de marzo de 2017”
“Pero, ¿no es ese el día que tenemos el early brunch con Nathaniel y Josh?”
“Yo creo que nos dará tiempo a llegar, aunque recuerda que estamos luego emplazados a un light snack en casa de Saul Levy e Indira con los niños y todo”.
“No sé si podremos, a esa hora el Mass Pike está hasta arriba, y siendo sábado… La última vez nos llevó hora y media…”
“Uff, con la de veces que hemos cambiado esa merienda, que ya están avisados los Bachman, los Brock y los Di Tella que llegan de Nueva Delhi esa misma tarde”.
Una división cada vez más fina de las comidas que típicamente uno hace al día (cuando yo era pequeño eran cuatro, desayuno, comida, merienda y cena, y luego sólo tres) permite vivir con la ilusión de que en un mismo día es posible visitar esa cantidad de personas que se mencionan en esa conversación no tan ficticia. Antaño, las posibilidades eran la comida y la cena y eso daba ocasión para sobremesas prolongadas – que se pueden acabar convirtiendo deliciosa y relajadamente en merienda y posterior cena- o copas hasta el amanecer. Antaño uno tenía “una” cuadrilla de amigos y “una” familia más o menos nuclear (que por supuesto no se ramificaba genética o gestacionalmente, ni por descubrimientos sobrevenidos de una nueva identidad sexual). Ahora, en estos pagos en los que nos encontramos, una jornada sabatina (no se pierdan la ironía) no tiene nada que envidiar al programa de actividades del CEO de Amazon de un día cualquiera. Piensen ustedes que la estampida empieza a las 7:00 yendo al partido de Lacrosse del niño, y acaba a eso de las 22:00 recogiendo la cena del programado convite en casa para “ver a la familia” (los consuegros de la ex del tío segundo del concuñado que vendrán como supervivientes de un parecido periplo social y viario). Cientos de kilómetros, decenas de litros de gasolina, 15 horas de sociabilidad sin tregua.
Los fines de semana han dejado de ser los fines de semana para convertirse en una prolongación del frenesí laboral semanal sólo que en versión “ver – no mucho más cabe hacer- a los amigos y/o familia”. No debe sorprender al bisoño visitante de estas tierras que en algunos de esos “encuentros con amigos”, el anfitrión haya dispuesto también un ordenador portátil para que, entre canapé y canapé, sus invitados puedan hacer Skype con otros “entrañables amigos” que pueden eventualmente estar de vacaciones con sus familias o amigos en la Isla de Nueva Caledonia, pero que se sienten igualmente urgidos a seguir de alguna forma “viendo” al resto de sus otros “amigos” desplegados por el ancho mundo. Hay quien ha reclamado, a la sultán de Brunei, haber llegado a la cifra de 1.500 amigos. En Facebook, claro. He oído que pronto la dicha aplicación Skype va a permitir tener hasta 20 conversaciones de vídeo simultáneas. Parece que el software necesario llevará como nombre el del legendario realizador de la televisión española Hugo Stuven. ¿Han hecho ustedes, amables lectores, Skype alguna vez? ¿No les ha sorprendido que su video-oyente dirige su mirada hacia las esquinas o laterales de la pantalla? Está viendo, en otra ventana, qué hay de nuevo en Youtube, y, en otra, terminando de mandar una receta de cocina a su prima. Y el móvil al alcance, claro, y la televisión y la música puestas.  
A la vista de las dificultades que afronta la pareja del siglo XXI para sobrevivir a esa tela de araña social en la que se ve atrapada los fines de semana, la Universidad Taco Bell y la Universidad Cid Campeador de Zamora, con una gran visión de futuro (y presente) y tras haber hecho un exhaustivo estudio de mercado, acaban de lanzar el Master en Ciencias del Fin de Semana (MSC in Weekends), con un currículo único que posibilita la obtención del título de PACWM (Personal and Family Counseling in Weekend Management) y que, para este primer curso académico, cuenta con un programa de estudios atractivo y estimulante que cubre materias como, entre otras: “La excusa de la gripe: modulación de la voz y coherencia en la descripción de los síntomas (I)”; “La llamada imprevista: Gestión. Psicomotricidad en el trance de salir precipitadamente. Gestualidad”; “Por el interés te quiero Andrés: un análisis sociobiológico de la captación social en el súper y a la salida del cole”; “Cita seria y cita por decir: modelos algorítmicos para la determinación”; “Genealogía, tipología y anatomía del bostezo”.
Un Personal and Family Counselor in Weekend Management es, ante todo, un PROFESIONAL al servicio de nuestros intereses. Su primera tarea consistirá en elaborar un profile: quiénes somos, de dónde venimos y qué coño nos proponemos. Para ello, se instala en nuestra casa, cual convidado de piedra, y escruta nuestra vida diaria: nuestras alegrías, penas, broncas y miserias, para construir así un portafolio de amigos de fin de semana con los que interactuar, así como un conjunto de temas – redactados en amables y sintéticas fichas que el profesional elabora- que aprenderemos de memoria para cada ocasión y que garantizan nuestra brillantez, oportunidad, ocurrencia y relevancia en la conversación: “Con los Sachs conviene mucho evocar el mundo de la disección en el Antiguo Egipto y evitar a toda costa la paridad en las listas electorales, la pena de muerte y la nueva cocina mediterránea; en cambio los Edmonson gustan del cine clásico checo y los coches antiguos, pero ni se os ocurra mencionar la palabra “globalización” o recordar las actuaciones de Los tres tenores o interrumpir a Fred cuando cuenta su visita al mausoleo de Lenin”. Y así.
Junto a ello, se nos adiestra en todo un conjunto de técnicas tanto para el escaqueo ex ante o in situ (conseguir que se nos autorice a echarnos la siesta en algún diván, o jugar al Lego con los niños o fregar todos los cacharros desde el desayuno de la semana anterior), como para lograr una máxima productividad en la actividad “ver a los amigos”: desde trucos para la digestión veloz al estudio de las carreteras secundarias del condado, pasando por los desdobles, el friends merging y el multidate.
En definitiva, las nobles instituciones académicas citadas se han encomendado a la laudable tarea de lograr acercarnos al viejo anhelo humano que con tanta precisión y síntesis identificó el novelista y político inglés del siglo XIX Benjamin Disraeli: “Mi modo de ser exige o perfecta soledad o perfecta compañía”. Seguro que la Condesa de Grantham, de haber podido, lo habría votado.