domingo, 25 de septiembre de 2011

Cutty's

BREAD
Cutty’s pasa por ser el mejor sitio de sándwiches de todo Boston. Lo dice Roberto, que es un residente de toda la vida. Roberto es, además, teólogo, es decir, experto en las cosas importantes. Guiado por su estimación y por la curiosidad, ayer al mediodía probé fortuna.
El local bullía de gente y los parroquianos se ordenaban religiosamente en una cola. La espera me permitió estudiar bien las especialidades que ofrecían y prepararme para la petición. Algunos nombres no me decían gran cosa (“spuckie”) y los ingredientes no siempre me eran familiares. Por eliminación, el elegido fue el “eggplant spuckie”. Tras valorar las posibilidades fonéticas – ¿spuki?, ¿spaki?- y decantarme por spaki me preparé para formular mi deseo y enseguida llegó mi turno. De un tirón, y con la despreocupación del que lleva toda la vida de Dios yendo a Cutty’s, pedí el dicho emparedado añadiendo que era “to go” (“para llevar”). Entonces…
“guacainabredduyuguon”.
Entonces estás muerto. De lo que ha proferido el individuo dependiente, solo has entendido “bred”, o sea, pan.
Se activan muchas sinapsis neuronales y germinan los árboles decisionales. La primera posibilidad interpretativa que se te ocurre es que te haya preguntado si lo quieres con pan. A punto de decir tú: “Yes, bred”, piensas que esa alternativa presupone que existe la posibilidad de un sándwich sin pan, lo cual es absurdo, y en Cutty’s, en materia de sándwiches nada puede ser absurdo. La persona que te sigue en la cola carraspea. La rojez de tu rostro ya es imparable. El sudor asoma. A punto de claudicar y marcharte, se te ocurre pensar que te está preguntando por el tipo de pan que quieres. Por supuesto, desconoces las posibilidades (te imaginas, por un momento, lo intrincados que pueden ser los equivalentes a “gallega”, “candeal”, “hogaza”) y, lo que es todavía más atemorizante, la fonética que les acompaña. En un segundo, y con un gesto con el que, en el fondo, pides árnica al chino-americano que se apuesta tras el mostrador, dices: “Normal bred”. Intento fallido. No cuela – de hecho oyes el típico “guaguagua” lastimero que suena en los concursos de la tele cuando el concursante dice que la capital de Indonesia es “Kamasutra”.
El chino-americano no se da por enterado y a continuación enuncia un catálogo del posibilidades. Justo cuando ha empezado, se presenta una nueva disyunción de opciones. La primera es que, una vez termine el elenco, le digas con tu mejor sonrisa y complicidad mediterránea: “Yu chus” (o sea, que te pones en sus manos expertas, que Roberto, que es persona cabal y además teólogo pondera grandemente el lugar, etc. etc.). Pero te parece que el chino-americano no es muy dado a las complicidades, que está entrenado en los valores del país: libertad, responsabilidad, el consumidor manda, y toda esa mandanga. Además, piensas que él pensará que voy a demandarle por “sandwich emotional distress” si finalmente ese tipo de pan no me gusta o me provoca – bajo certificado médico- una retención intestinal. La otra alternativa es apuntar, genéricamente, al primer o último de los tipos de pan enunciados (cuya referencia por supuesto se te escapa). Obviamente no puedes decir “el del medio”, porque “en medio”, como en los sándwiches de Cutty’s, hay un huevo de cosas. Así que dirás “the first one”, con lo que llevarás al ánimo del chino americano dos cosas: tu escasa excelencia lingüística, pero también, y esto es mucho peor, tu roma personalidad, pues eres capaz de escoger aquello que desconoces radicalmente. Estrategia descartada.
El orgullo te inclina entonces a hacer lo siguiente (el chino americano aún sigue con su retahíla): aguzarás muy bien el oído, y, en milésimas de segundo, retendrás una de las clases listadas, lo practicarás mentalmente con tu mejor acento adoptivo de Brookline y lo repetirás con el desdén de quien, claro, conocía ese tipo de pan, ha sido su preferido de toda la vida, pero esta mañana anda ocupado mentalmente en la crisis financiera española y ha olvidado, joder qué tontería, que él adora los sándwiches hechos de:
“joulguitmultigrein” (“Whole Wheat Multigrain”) – le dices de un tirón (como hace él). Y entonces…
“guacainadresindoyuguan”. Estás muerto. Otra vez.
Como el chino americano ya sabe a estas alturas que no vas a poder tener la iniciativa, que no entiendes un eggplant, ni tienes criterio, vuelve a enunciar una panoplia de posibles tipos de “algo” (¿cortes del sándwich? ¿papel de envolver? ¿moneda con la que pagar? ¿si me quiero hacer un seguro médico con el sándwich? ¿si quiero lotería?). Antes pillaste “bred”, ahora nada. Bueno sí, algo así como “dresin”. ¿Vestido? ¿Ropa? ¿Será que me ofrece servilletas para no mancharme la ropa con el sándwich? ¿Un delantal por alguna cantidad suplementaria? Estás definitivamente perdido.
En ese estado me hallaba, muerto y rematado como una cucaracha latino-europea, cuando oí una voz familiar, alguien que, salvíficamente, y con un notable acento cubano, me decía desde el fondo de la cola: “Pídelo con mayonesa”. Me sentí, me sentí… preso de una emoción indescriptible, como si, al borde de ser eyectado al infierno, se me hubiera dado una última oportunidad redentora, una copia de las llaves de San Pedro. “Make it with garlic mayonnaise, Lee” ("pónselo con mayonesa y ajo, Lee"), añadió Roberto.  
Has resucitado. Gracias Roberto. Tú sí que sabes.

jueves, 15 de septiembre de 2011

BASEMENT

1, 2, 3, 4, hasta 34 cajas de kleenex, me cuenta Amalia, ha podido contabilizar en el “basement” de la casa que alquila. Además, hay aproximadamente 50 cajas de concentrado de sopa de tomate. Cada caja cuenta con 6 envases, así que hagan la cuenta. También, me dice, diez neveras – “diez”, insiste ante mi incredulidad- para hacer picnic. “Pero son de tamaño ataúd” – añade- “para llevarte la vaca entera y filetearla en el yard”.
Desde que Homer y Langley Collyer fueran extraídos de su morada – la gran mansión de la quinta avenida con la calle 128- allá por 1947 (extraídos sus cuerpos sin vida, quiero decir, junto con 10 pianos de cola, varios coches, miles de discos, máquinas de rayos X, entre otros muchas toneladas de objetos) resulta haber crecido inexorablemente el afán recopilatorio del estadounidense. Pareciera que todos están dispuestos a no verse sorprendidos por un prolongado invierno nuclear sin un buen cargamento de pañuelos (supongo que para las lágrimas además de los mocos) y sopa.
En su arrebatadora autobiografía, Castilla del Pino confiesa (amén de otros muchos pecados) su escatológico sueño de llegar a disponer de una biblioteca bajo tierra en la que pasar todas sus horas y donde tal vez morir. No creo que todos los estadounidenses con aspiraciones de grandeza económica alberguen un parecido anhelo de ser literales ratas de biblioteca, pero sin duda todos sueñan con una casa dotada de “basement” donde almacenar con perspectiva de hecatombe próxima. Todo favorece la necesidad de espacio. Para empezar, el tamaño de los envases de comida y líquido, pero también y de manera muy notable, esa muy acendrada forma suya de comportarse como un homo economicus en sus decisiones vitales. Hay que ir al baño todos los días, lo sabemos bien, y es loable, ciertamente, una previsión al respecto. Quién no se ha quejado amargamente de haberse tenido que limpiar con lo primero que haya tenido a mano puesto que olvidó comprar papel higiénico en la última visita al súper. Pero resulta que aquí, en “TJ Max”, pongamos, venden palés que contienen 225 rollos de papel higiénico por un precio estupendo (por rollo te ahorras, digamos, 77 centavos). “Hombre, Rishana, nos llevaremos por lo menos 4 palés…”.
Yo confieso – y me arrepiento- que cuando he tenido ocasión de visitar estos silos he pensado inmediatamente en los herederos, esto es (y vuelvo a pedir indulgencia) he atisbado no la invasión de bacterias, chinos o unos canadienses socialdemócratas, sino el futuro fallecimiento de los dueños del basement y me he planteado la inconmensurablemente enojosa tarea de desalojarlo para otros usos. He recordado que a los mencionados cuerpos de los hermanos Collyer (Homer, ciego y paralítico, murió de inanición porque su hermano Langley falleció mientras le llevaba la comida Dios sabe cómo) no pudieron sacarlos hasta tanto no se abrió un boquete en el tejado y se habilitaron varias “galerías” por las que se pudo llegar hasta ellos (a Langley tardaron 18 días en encontrarlo y resulta que estaba al ladito de su hermano). Estos Diógenes de primera hora mejor hubieran sido sencillamente incinerados junto con toda su acumulación, como se hace con las centrales nucleares que han culminado su vida útil. Nadie mejor que aquellos bomberos para haber organizado el incendio.
Pues lo mismo con los actuales basement, lo quieran o no sus actuales propietarios. Y es que el ciclo del almacenaje-disposición se alimenta perversamente pues prevé la posibilidad del “garage sale” (la manera en la que aquí aluden a una suerte de “mercadillos”) donde efectivamente se pueden encontrar todo tipo de gangas, pero también colosales paridas con las que seguir alimentando la espiral acumulativa. “Mira, mira esa práctica y cómoda máquina de barajar cartas, Antonia, que seguro que nos hace un apaño y tienes tú el escafoides muy tensionado… Total, son 3 dólares”. Que no, coño, a la hoguera, junto con las dos baterías electrónicas, y los muebles sin cajones, las seis máquinas de remo, la colección de neoprenos y todos los trofeos de bridge, y...
Fíjense, fíjense qué cotas se han alcanzado aquí en la storagemania que son ya más de 1.000 los muertos (bueno, ellos se denominan así mismos “pacientes”) que han optado por “criopreservarse”, esto es, permanecer vitrificados en tanques especiales a la espera de poder ser revividos en el futuro. Aunque la ocurrencia es estadounidense – el afán universal y eviterno, huelga decirlo- ha cundido en otros pagos. En 1984, el doctor Raymond Martinot decidió congelar a su esposa Monique y depositó el cuerpo en el basement (no tengo a mano el diccionario inglés-francés) de su castillo cercano a Nantes. Pidió que se hiciera lo propio con él mismo, y su muy diligente hijo Remi así obró en la creencia de que la última voluntad de una persona es sagrada. Menos mal que un juez puso un grano de sensatez en el asunto y mandó esos intereses póstumos a la hoguera y los cuerpos a alimentar los gusanos. Y ahora que lo pienso… ¿habrá abierto Amalia las neveras esas…?

martes, 6 de septiembre de 2011

U Haul

El fin de semana previo al llamado “Labor Day” (el 5 de septiembre) todos los estudiantes universitarios a lo largo del país “se mueven”. “Everybody is moving this weekend”, se repite por doquier en Brookline. “Moverse” quiere decir que se trasladan cientos o miles de kilómetros fuera del hogar paterno – algunos por primera vez, con lo que al “moverse” se suma el emanciparse- para alcanzar su apartamento – generalmente compartido- o habitación –generalmente compartida- en una residencia- o casa – generalmente compartida. No se mueven solos. Les acompaña la familia – sobre todo si el desplazado es primerizo- y un cargamento de enseres que incluye desde lo más básico – la televisión- hasta lo más prescindible – productos e instrumental para la limpieza doméstica. Todo lo que se porta es bastante grande y voluminoso, y se acarrea mucha morralla, condición ésta que permanece oculta hasta que, introducido todo en el nuevo hogar, se descubre que el espacio que se pretende habitar también es finito.

Un “U haul” es, a este desplazamiento colosal, lo que el camello a los hombres azules del desierto. El modo de vida de los tuaregs sería imposible sin camellos, y, de la misma forma, la extraordinaria cultura de la movilidad estadounidense no habría germinado sin la existencia de estos vehículos con los que, por otro lado, el cine nos ha familiarizado (me vienen ahora a la cabeza los primeros compases de “Cuando Harry encontró a Sally”, cuando Sally llega a Nueva York a iniciar su carrera cargando sus trastos en uno de estos cachivaches).
Hay básicamente dos tipos de U haul, o por lo menos este observador ha conseguido establecer esta taxonomía básica. Están en primer lugar los remolques que se enganchan a un coche convencional, y que, tengo la impresión, sirven a un propósito modesto en cuanto a la cantidad y volumen de los trastos. Estos días, contemplándolos, a cientos, adheridos a coches repletos hasta la bandera de todo lo que en ese cajón con ruedas no cupo, he pensado que: a) o bien el estudiante en cuestión afronta su período universitario como una ocasión para el ascetismo, o b) el estudiante en cuestión va a comprar nuevo casi todo lo que necesite y se lo mandarán a casa. Conjeturo que, si es ese el caso, el estudiante es un niño de papá, y tal vez el hecho de que la mayoría de esos carromatos vayan acoplados a un 4x4 de gran cilindrada conducido por un individuo blanco, frisando los cincuenta y con cara de dirigir mucho, me permite aventurar esa hipótesis. Pero, bah, es una conjetura, otra más, como las de Lagarde o Barroso. 
El segundo tipo de U haul es el camión o furgoneta, de tamaños variados, que van de lo gigantesco a la dimensión “cúmulo de galaxias”. A mí me tocó una intermedia, o sea, el típico vehículo que usamos para trasladar todo lo que haya cabido en la torre de Valencia desde que se construyó. El jueves y el viernes, cuando la movida comenzó – y uno se da cuenta de esto porque, de la noche a la mañana, aparecen los U haul copando todas las calles como si viviéramos una invasión de alienígenas – pensaba en quién tendría las narices de ponerse al volante de semejantes naves. No tardé mucho en descubrir que yo mismo las tuve que tener.
“You are all set”, me dijo el encargado del U haul de 270 Boylston St. Brookline, MA 02445 (nunca me olvidaré de esta dirección), una vez que me extendió la copia del contrato firmada (que, por supuesto, leí, discutí y negocié por extenso con él) y me dio un manojo de llaves. “Todo en orden”, pensaba yo, sí, para cualquiera de las siguientes alternativas funestas: a) morir en un accidente; b) morir en un accidente y matar a alguien (en número de 0 a n), y, todavía peor, c) matar a alguien en un accidente en el que yo sobrevivo, o, una alternativa ésta que casi no se puede ni pensar: d) colisionar con un coche de policía conduciendo yo ese camión exagerado y sobrevivir.
Un U haul tiene una puerta trasera que se abre como una persiana, pero el mecanismo requiere una fuerza inicial que logre vencer la contrapuesta fuerza gravitatoria, para, una vez derrotada, desplazarse todo ese tapiz metálico en sinuoso y armónico movimiento por el techo. Siendo el camión tan alto, el asa con el que tirar hacia arriba de la puerta queda situado prácticamente a la altura del hombro de un español medio nacido a finales de los 60. Ese es mi caso. Mi primer intento de abrir la puerta trasera no arrojó ningún resultado perceptible. Tan sólo un ligero crepitar de alguna bisagra mal aceitada. Tony, uno de los africano-americanos que por aquella campa deambulaban cansinamente entre docenas de U hauls, se aproximó hacia mí y mi bicharraco recién alquilado con una mezcla de conmiseración y enojo. Como el que espanta un mosquito molesto, abrió la cueva de Alí Babá produciendo el sonido que el huracán Irene, que había transitado por esta zona hacía una semana, no produjo. El universo entero se había precipitado en aquel espacio que no parecía tener confines. Yo, por mi parte, miré a Tony con una mezcla de terror cerval e inconmensurable admiración. Hay dos razones que explican la diferencia de resultados entre Tony y yo: a) Tony mide aproximadamente 30 centímetros más que yo, y b) el perímetro de su antebrazo (he dicho antebrazo, no bíceps que es lo típico, y mi comparación no puede quedar devaluada) es aproximadamente el de mi muslo. Me quedé corto: el de mis muslos.
Para igualar el provechoso resultado de la combinación de esos dos factores anatómicos que concurren en Tony pero no en mí, debía subirme a una especie de bordillo plataforma que sobresale del suelo del U haul, y, desde allí, hacer el lanzamiento de puerta. Esto le permitía a mi brazo disponer de mayor recorrido, aun a riesgo de desequilibrarme por el esfuerzo y caer (rendido y redondo) a sus pies. Otros empleados se aproximaban como aves carroñeras esperando poder estar en la primera fila del show. Le pregunté a Tony si cabía la posibilidad de desplazarme con el U haul por Boston con la puerta trasera abierta ya que lo que iba a llevar pesaba bastante, y, tal vez no se iba a mover mucho, y... Retiré la pregunta antes de que me contestara mientras él la cerraba con parsimonia. También calibré la posibilidad de preguntar al propio Tony cuánto cobraba por hora de alzado de muebles, pero en un rapto de optimismo agarré el asa y tiré arriba con fuerza, con toda la que pude como en el gong de las ferias. Milagrosamente, aunque con un sonido incomparablemente más pacato que el que había generado Tony, la puerta del U haul se abrió, y yo, que había resistido en equilibrio inestable, salté al suelo con una inusitada “self-assurance”. Tras enseñarme el mecanismo para bloquear la dichosa puerta (lo tuve que probar yo mismo no menos de 4 veces para que la “assurance” no se disipara), Tony se despidió con un – todavía más reafirmante: “You will be fine”.
Con las mismas me subí al vehículo, si bien, tras inspeccionar concienzudamente aquella cabina desde la que parece que todos los demás coches son de miniatura, tuve que volver a buscar a mi “U haul advisor” para preguntarle si el vehículo no tenía freno de mano. Y resulta, por lo que le entendí (no mucho), y por lo que pude comprobar empíricamente, que no. “You will be fine”, repitió. ¿Que este armatoste se puede dejar aparcado en una cuesta abajo, cargado de muebles, sin haber echado el freno de mano? Estos americanos son la hostia, me dije. A diferencia de Tertuliano, creí en Tony – que remedio me quedaba- aunque me pareciera absurdo y temiera en la existencia de un oscuro complot. 
Fueron 6 horas exactas de ir de acá para allá con el bicho y con mi compañero de (mud)andanzas, el generoso Joel, que vino a mi rescate cual Trichet, en el último momento, y a quien nunca agradeceré bastante el gran favor que nos hizo prestándonos su tiempo, su entusiasmo y sus espaldas bilbaínas. Abrí por última vez esa persiana endiablada a eso de las 10:30 p.m., para sacar de aquel agujero negro un canapé que, allí perdido, al fondo del camión, bien parecía un canapé. Y lo hice como Tony, desde el suelo, como quien oye llover (sólo llovía en mi pecho). A las 11 p.m., más menos, dejaba con bien y bien sudado a Joel en 1129 Beacon Street para dirigirme a depositar sin un rasguño el muy rasguñado, aparcado, cargado, conducido y traqueteado U haul.
¿Qué es un U haul me preguntaba enfilando Boylston Street? Hay algo de intestino grueso en el U Haul, pensaba, de artilugio procesador que engulle y expulsa en cada estación del recorrido –la casa paterna, o la de los amigos o la vieja casa- un nuevo residuo de la que fue pasada rutina y es ahora cotidianeidad futura. “Está claro que tengo que cenar”, me decía en el momento en el que depositaba las llaves en el conveniente buzón del que U haul dispone en todas sus instalaciones para los que, como yo, acabamos fuera de hora. Estos tíos lo tienen todo muy, pero que muy bien pensado.