BASEMENT
1, 2, 3, 4, hasta 34 cajas de kleenex, me cuenta Amalia, ha podido contabilizar en el “basement” de la casa que alquila. Además, hay aproximadamente 50 cajas de concentrado de sopa de tomate. Cada caja cuenta con 6 envases, así que hagan la cuenta. También, me dice, diez neveras – “diez”, insiste ante mi incredulidad- para hacer picnic. “Pero son de tamaño ataúd” – añade- “para llevarte la vaca entera y filetearla en el yard”.
Desde que Homer y Langley Collyer fueran extraídos de su morada – la gran mansión de la quinta avenida con la calle 128- allá por 1947 (extraídos sus cuerpos sin vida, quiero decir, junto con 10 pianos de cola, varios coches, miles de discos, máquinas de rayos X, entre otros muchas toneladas de objetos) resulta haber crecido inexorablemente el afán recopilatorio del estadounidense. Pareciera que todos están dispuestos a no verse sorprendidos por un prolongado invierno nuclear sin un buen cargamento de pañuelos (supongo que para las lágrimas además de los mocos) y sopa.
En su arrebatadora autobiografía, Castilla del Pino confiesa (amén de otros muchos pecados) su escatológico sueño de llegar a disponer de una biblioteca bajo tierra en la que pasar todas sus horas y donde tal vez morir. No creo que todos los estadounidenses con aspiraciones de grandeza económica alberguen un parecido anhelo de ser literales ratas de biblioteca, pero sin duda todos sueñan con una casa dotada de “basement” donde almacenar con perspectiva de hecatombe próxima. Todo favorece la necesidad de espacio. Para empezar, el tamaño de los envases de comida y líquido, pero también y de manera muy notable, esa muy acendrada forma suya de comportarse como un homo economicus en sus decisiones vitales. Hay que ir al baño todos los días, lo sabemos bien, y es loable, ciertamente, una previsión al respecto. Quién no se ha quejado amargamente de haberse tenido que limpiar con lo primero que haya tenido a mano puesto que olvidó comprar papel higiénico en la última visita al súper. Pero resulta que aquí, en “TJ Max”, pongamos, venden palés que contienen 225 rollos de papel higiénico por un precio estupendo (por rollo te ahorras, digamos, 77 centavos). “Hombre, Rishana, nos llevaremos por lo menos 4 palés…”.
Yo confieso – y me arrepiento- que cuando he tenido ocasión de visitar estos silos he pensado inmediatamente en los herederos, esto es (y vuelvo a pedir indulgencia) he atisbado no la invasión de bacterias, chinos o unos canadienses socialdemócratas, sino el futuro fallecimiento de los dueños del basement y me he planteado la inconmensurablemente enojosa tarea de desalojarlo para otros usos. He recordado que a los mencionados cuerpos de los hermanos Collyer (Homer, ciego y paralítico, murió de inanición porque su hermano Langley falleció mientras le llevaba la comida Dios sabe cómo) no pudieron sacarlos hasta tanto no se abrió un boquete en el tejado y se habilitaron varias “galerías” por las que se pudo llegar hasta ellos (a Langley tardaron 18 días en encontrarlo y resulta que estaba al ladito de su hermano). Estos Diógenes de primera hora mejor hubieran sido sencillamente incinerados junto con toda su acumulación, como se hace con las centrales nucleares que han culminado su vida útil. Nadie mejor que aquellos bomberos para haber organizado el incendio.
Pues lo mismo con los actuales basement, lo quieran o no sus actuales propietarios. Y es que el ciclo del almacenaje-disposición se alimenta perversamente pues prevé la posibilidad del “garage sale” (la manera en la que aquí aluden a una suerte de “mercadillos”) donde efectivamente se pueden encontrar todo tipo de gangas, pero también colosales paridas con las que seguir alimentando la espiral acumulativa. “Mira, mira esa práctica y cómoda máquina de barajar cartas, Antonia, que seguro que nos hace un apaño y tienes tú el escafoides muy tensionado… Total, son 3 dólares”. Que no, coño, a la hoguera, junto con las dos baterías electrónicas, y los muebles sin cajones, las seis máquinas de remo, la colección de neoprenos y todos los trofeos de bridge, y...
Fíjense, fíjense qué cotas se han alcanzado aquí en la storagemania que son ya más de 1.000 los muertos (bueno, ellos se denominan así mismos “pacientes”) que han optado por “criopreservarse”, esto es, permanecer vitrificados en tanques especiales a la espera de poder ser revividos en el futuro. Aunque la ocurrencia es estadounidense – el afán universal y eviterno, huelga decirlo- ha cundido en otros pagos. En 1984, el doctor Raymond Martinot decidió congelar a su esposa Monique y depositó el cuerpo en el basement (no tengo a mano el diccionario inglés-francés) de su castillo cercano a Nantes. Pidió que se hiciera lo propio con él mismo, y su muy diligente hijo Remi así obró en la creencia de que la última voluntad de una persona es sagrada. Menos mal que un juez puso un grano de sensatez en el asunto y mandó esos intereses póstumos a la hoguera y los cuerpos a alimentar los gusanos. Y ahora que lo pienso… ¿habrá abierto Amalia las neveras esas…?
Las locuras compartidas ya no parecen locuras. He leido que más de un millón de americanos padecen esa obsesión acumulativa en grado patológico.
ResponderEliminarEl mejor antídoto contra esas angustias: un sentido del humor como el tuyo, Pablo.
Un abrazo.