domingo, 30 de octubre de 2011

RECYCLE
La próxima edición del célebre DSM, el Diagnostics and Statistics of Mental Disorders (la Biblia diagnóstica de la psiquiatría contemporánea) recogerá el ya conocido como PRSS (Post Recycle Syndrome Stress), es decir, el Síndrome de Estrés Post-Reciclaje. Lo hará por tres razones, cuyo orden de importancia no es aparente: a) es un acrónimo conseguido y fonéticamente atractivo; decirlo (“Prsss, prsss”), relaja los músculos faciales e invita al interlocutor a saber más sobre lo que le pasa al paciente; b) todavía hay un importante sector de la población estadounidense, y occidental en general, huérfano de algún tipo de síndrome, que no le pasa nada en particular, con lo que, con esta iniciativa, se contribuye a la lucha contra esa indeseable orfandad patológica o sintomática y se abre una ventana de oportunidad a la sufriente industria farmacéutica, siempre dispuesta a proteger nuestra salud mental y física a cualquier precio (insisto, a cualquier precio); c) en las grandes urbes de los Estados Unidos cada vez más ciudadanos viven con enorme angustia el recuerdo de lo que han hecho con su basura o cómo deben afrontar su disposición futura en el corto, medio o largo plazo. Yo mismo me enfrento, muchas mañanas, en la esquina de Washington Street y Harvard con un desafío colosal ante un conjunto de recipientes que, inicialmente, tomé como un homenaje escultórico a algún prócer local, pero que resulta es nuestro “punto limpio” de Brookline Village, mi particular muro de las lamentaciones residuales.
Me consuelo. Un psiquiatra me ha participado, con toda la confidencialidad debida, del siguiente intercambio en su consulta con un paciente diagnosticado de PRSS.
“¿Qué siente al acabar el zumo de naranja?”
“Empiezo a sentir un sudor frío, un nudo en el estomago y en la garganta. Dos nudos…”
“¿Ha determinado la causa?”
“Tengo que tirar el envase”
“¿Por qué eso le resulta un problema? ¿Acostumbraba su madre cuando era bebé a hacerle recoger restos de potito en la basura? ¿Era su padre un basurero frustrado? ¿Han sido muy frecuentes los análisis de orina en su vida?”
“No, no, mi madre me dio el pecho hasta los 8 años y mi padre del Cuerpo de Inspectores de Aduanas y la orina bien, gracias… No, me angustia no saber si lo que tengo que tirar pertenece a la categoría “Compost”, “Recycle”, “Non-recyclable” o simplemente “Trash”… Algunos días he partido en trocitos pequeños el envase y me lo he ido tragando poco a poco hasta llegar a la oficina…”
“Ya veo, un caso agudo…”.
Una variante del síndrome cursa en un subgrupo poblacional que responde, grosso modo, al siguiente perfil: personas en edad madura que en su juventud se comprometieron en la lucha contra la extinción de los grandes cetáceos – o alguna causa ecológica similar-, de buena posición económica, con estudios superiores, lectores ávidos de libros de “crecimiento personal” y de divulgación científica, que han seguido una dieta radical para adelgazar (sirope, enemas de café, restricción total de carbohidratos), que sólo confían en la medicina homeopática y que leen toda la información nutricional de los productos que compran en los herbolarios y comparan los porcentajes de monosacáridos saturados. Estos enfermos son devotos del ejercicio moderado, generalmente en la forma de una práctica presuntamente ancestral proveniente de Asia que les obliga a concentrarse en su respiración, andar en calcetines y contorsionarse en una colchoneta.
La sintomatología, en este caso, es la siguiente: el paciente llega a la papelera, o al cubo de la basura, y extrae, de una gran bolsa, un conjunto de envases, papeles, latas y otros desperdicios. A la paresia facial se acompaña una subida apreciable de tensión, temblores y una penetrante y creciente jaqueca.
“El problema no es sólo la ranura que corresponde en cada caso – refiere un paciente-, pues los cubos presentan distintos tamaños, formas y colores, sino también mis dudas sobre si lo que voy a insertar allí es un polipéptido o más bien un componente en el que predomina la celulosa… Y entonces recuerdo que mi pequeña acción es contribuyente a la extinción de la especie… un paso en falso con esa lata de “clam chowder”, en la que la presencia de zinc no me parece tan clara, genera consecuencias no desdeñables, y yo, yo seré también responsable planetario… Se me aparece la Antártida plagada de coches abandonados y montañas de vetustos ordenadores, y un cormorán implorándome directamente a los ojos… Así no puedo vivir, doctor”.
Glaxo ya se ha puesto manos a la obra y este invierno lanza, bajo el nombre comercial Mierdixal (Shitix en los Estados Unidos), un ansiolítico-euforizante de vanguardia específicamente diseñado para aliviar los síntomas del PRSS. En el primer ensayo clínico, que ya ha superado la fase III, los resultados no pueden ser más prometedores. El tratamiento con Mierdixal convierte al enfermo en un individuo confiado y estable, indiscriminado en la disposición de sus residuos, capaz de ponerse la basura por montera.

La buena noticia, además, es que la administración de Mierdixal genera efectos colaterales – un estado parsimonioso de total desprendimiento en el que el paciente de PRSS deposita en la papelera ropa recién comprada, bonos alemanes a 3 años, escrituras originales de compraventa, un autógrafo de Steve Jobs y hasta el anillo de compromiso. La misma compañía ya está terminando de perfilar la medicación que los alivia. Todo un alivio.

domingo, 23 de octubre de 2011

CUSTOME

Les pongo en situación. Un típico gimnasio de colegio americano, como aquel en el que se celebra el baile del “Encantamiento bajo el mar” en Regreso al Futuro. Un disc-jockey, que piensa que está destinado a triunfar en el Pachá Ibiza, somete al personal a una imprudente selección de hits setenteros a un volumen insano. Una iluminación intermitentemente insuficiente, en la forma de destellos de colorines, favorece todavía más, si cabe, la sensación de que nada es cierto. Hay incontables criaturas desplegando una actividad física mareante que discurre en tres patrones: los que van de los 12 años hasta la muerte intentan seguir alguna coreografía colectiva del tipo “dale a tu cuerpo alegría Macarena”, un baile en el que se empeñan incondicionalmente, esto es, suene lo que suene, acompase o desentone clamorosamente, y con una coordinación que tiene un amplio margen de mejora. En este grupo se integran todos los que, por obesidad cuasi mórbida, apenas si deambulan en condiciones no festivas. Predominan las hadas de imposible miriñaque, las brujas con cara de no haber roto nunca un plato, los zombis andrajosos y los Dráculas con el color de tez de la late Amy Winehouse.

El segundo grupo lo conforman niños de entre 5 y 12, y todos rinden un sentido homenaje a Michael Jackson. También incondicionalmente. Aunque abundan los que han optado por extremar el realismo en la representación de algún martirio corporal infligido por un asesino en serie (hachas o puñales clavados en la cabeza, horribles heridas abiertas en la espalda, mucha tinta roja en la ropa) también hay espadachines, jedis, princesas, piratas, bomberos y un Obi Wan Kenobi peripatéticamente despistado al que yo, con jovialidad patriótica, tomé por Don Quijote (el padre me sacó del error, y yo pude comprobar pronto que su ignorancia sobre Alonso Quijano y su creador, era enciclopédica).

El tercer contingente, el de los más pequeños, estaba compuesto por superhéroes e insectos. Entre los primeros, mi hijo, de Batman, junto con otros niños de origen asiático y nombres que he escuchado muchas veces pero que nunca he podido reproducir con mínima fidelidad (no espero ya lograrlo). Advierto al Capitán América, a Thor, Superman, un ejército de Spidermans, una pareja de hombres Hulk, varias mariquitas, abejas y hormigas. Los miembros de este grupo no bailan, estrictamente hablando, sino que corren sin parar en círculos a lo largo de todo el gimnasio. No lo hacen todos en el mismo sentido, ni agrupados por pesos o tamaños, ni lejos de los que bailan en cualquiera de las dos modalidades antes descritas, ni de algunas de las columnas que siembran la superficie del gimnasio, columnas que, me parece a mí, sólo resultan visibles cuando el impacto es demasiado próximo. Creo advertir a Matías, a la caza del Capitán América y perseguido a su vez por Darth Vader a punto de probar la eficacia de su espada de luz. Mis gritos insistentes en que lleguen a algún tipo de acuerdo son en vano.

Dos imágenes me asaltaron en ese momento, justo cuando a mi lado pasaba un tipo vestido de cocinero con unas tijeras clavadas en un ojo. La primera es mi última experiencia psicotrópica, en sentido propio. Fue en el 92, el año de todos nuestros milagros (oh, qué tiempos aquellos) cuando junto con el resto de mis colegas de un curso de doctorado en Sevilla, decidimos falsar la hipótesis común de que “beber fino es como beber agua”. Yo sin duda lo conseguí. Aún no me explico de qué modo pude regresar al colegio mayor donde me alojaba. Formulado así, con esta síntesis, no hago suficiente justicia a lo homérico que tuvo que ser completar, en tal estado de embriaguez, todas y cada una de las pequeñas acciones que se encierran en el enunciado “volver al colegio Mayor”: subir el brazo para llamar a un taxi; mantenerlo y agitarlo sin espasmos; abrir la puerta del taxi (la que corresponde al viajero, no al conductor); introducirme dentro del taxi; decir “hola, buenas noches” de un tirón; recordar la dirección; decirla de un tirón; estar calladito durante el trayecto; no dormirme; bajar del taxi; llegar hasta la puerta del colegio mayor; sacar una llave del bolsillo; encajarla en una cerradura; subir un tramo de escaleras; localizar mi habitación; sacar una llave distinta, pero enojosamente parecida a la primera, y encajarla en la cerradura correspondiente; desvestirme; encontrar el pijama; ponerme bien el pantalón del pijama y la chaqueta (de botones); tumbarme en mi cama, y no en la de Agustín, mi compañero de curso, que dormía desde hacía horas; levantarme de la cama pues se estaba moviendo; llegar a la conclusión de que no había un terremoto en Sevilla; llegar al baño; abrir la taza del váter; vomitar con buena puntería y con el estruendo mínimo para no despertar a Agustín. Y recordarlo todo. Es increíble.

La segunda imagen es la del acelerador de partículas LHC (Large Hadron Collider) de Ginebra, ya saben, esa rosquilla kilométrica que nos ha costado un Potosí en la que los físicos más preclaros tratan de localizar el “bosón de Higgs”, para así confirmar o desmentir el denominado “modelo estándar” de la física de partículas. La idea consiste, si lo he entendido bien, en hacer que colisionen partículas subatómicas a velocidades y energías colosales para estudiar su comportamiento tras esos choques. Muchos que no practican la Física fundamental temen que el descubrimiento de partículas aún más fundamentales de paso a la necesidad de una nueva rosquilla, más grande y cara, con la que seguir con los choquecitos, y así hasta el infinito, y más allá, como dice el héroe infantil Buzz Lightyear.

Me pareció entonces que algún genio maligno se había confabulado para hacer de este gimnasio del St. Mary’s of the Assumption un espontáneo laboratorio donde estudiar las reacciones físicas y psicológicas de los preescolares acelerados irremisiblemente por el imán de la música festiva y el jolgorio de los disfraces, un remedo del LHC pero que en este caso habría de responder a Large Hostion in Childhood o algo así. A punto de empezar a extraer leyes universales sobre el comportamiento de los batmanes, el spin de los spidermanes, la masa de los thores y la velocidad de los hulkes, conclusiones que, tal vez, me llevaran a poder publicar algo en el Journal of Catastrophic Interaction at Early Stages, una voz me sacó de mi ensueño:

“Pero Pablo, ¿tú te has visto?”

Cuando tu pareja te llama por tu nombre puedes tener por muy probable que la has cagado.

Distinguía a Ana difícilmente, pues, aunque ella no iba disfrazada, mi mascara (una especie de gigantesca calavera de color deposición) me impedía tener una buena visión periférica. Después se me ha insistido en lo muy cercano al rigor mortis de la palidez del rostro de Ana al comprobar que aquel ser, ese ente supra-atómico pero ciertamente sub-normal, que llevaba su (de ella) vestido de tirantes color marengo, prieto, prieto, ya probablemente dado de sí, dejando al aire sus peludos brazos, su pechambre peluda y sus peludas patorras, sí aquel que para darle todavía un toque más desmesurado a su “propuesta”, calzaba un zapato mocasín en un pie, y una de sus zapatillas de correr en el otro, y, por supuesto, oh qué originalidad tan original, calcetines distintos en cada pie, sí, aquel Norman Bates en versión Puerto Hurraco, ese, era SU (de ella) pareja, es decir el padre de SU (de ella y de él) hijo.

“¿No te convence mi custome?”

“Pablo, no me lo puedo creer Pablo, pareces un travelo”. La reiteración de mi nombre, el tono, pero, sobre todo, el empleo por parte de Ana de esa expresión tan “vulgar” como referencia del fenómeno de la transexualidad, confirmaban mi presagio.

“¿Pero no estamos en una fiesta de Halloween?”

“Sí, esto es Halloween, y no la fiesta de disfraces del Círculo de Bellas Artes… ¿no has visto cómo te miran los niños?”

“Pero qué van a mirar, si no paran de dar vueltas como locos…”.

“Claro, huyendo de… de esta cosa… Pero si te salen tetas y todo… Nos van a echar, mira, mira cómo te está observando la mamá de Kazuki… Por favor, ya te estás volviendo a casa a cambiarte”.

Salí del gimnasio con la prolongación de la espina dorsal entre las piernas, portando la máscara como acostumbran a hacer los esgrimistas victoriosos, aunque mi orgullo estaba herido. Por mucho que levantara la mano, y escondiera la máscara, no hubo taxista que tuviera a bien acercarme a 4 Davis Avenue. Eché a andar pensando en Sevilla, y en aquel año psicotrópico, y en lo maravilloso que sería que esos físicos del CERN hicieran de la rosquilla una máquina del tiempo para volver a ser niños y poder disfrazarnos de lo que nos sale de los protones. De “travelo”, incluso. Y poder dar vueltas corriendo sin parar, hasta que el sudor nos ahogue y nos derrote el cansancio.


lunes, 17 de octubre de 2011

WEEKEND
Cuando Violet, la colosal Condesa de Grantham en la maravillosa serie británica Downton Abbey, conoce a Matthew, el lejano sobrino que heredará todo el patrimonio familiar, uno de los elementos de su vida que más le perturba es el hecho de que trabaje, aunque Matthew apostilla que cuenta con los fines de semana para desplegar otras actividades. “¿Fines de semana? ¿Qué son los fines de semana?” pregunta la Condesa con aparente ignorancia.
Casi 100 años después y bastante lejos del condado de York, aunque en un lugar con reminiscencias inglesas, en la Nueva Inglaterra en la que vivimos, la pregunta es rabiosamente pertinente.
“Amor, nos han invitado los Kuchonksy a un second coffe el sábado 13 de marzo de 2017”
“Pero, ¿no es ese el día que tenemos el early brunch con Nathaniel y Josh?”
“Yo creo que nos dará tiempo a llegar, aunque recuerda que estamos luego emplazados a un light snack en casa de Saul Levy e Indira con los niños y todo”.
“No sé si podremos, a esa hora el Mass Pike está hasta arriba, y siendo sábado… La última vez nos llevó hora y media…”
“Uff, con la de veces que hemos cambiado esa merienda, que ya están avisados los Bachman, los Brock y los Di Tella que llegan de Nueva Delhi esa misma tarde”.
Una división cada vez más fina de las comidas que típicamente uno hace al día (cuando yo era pequeño eran cuatro, desayuno, comida, merienda y cena, y luego sólo tres) permite vivir con la ilusión de que en un mismo día es posible visitar esa cantidad de personas que se mencionan en esa conversación no tan ficticia. Antaño, las posibilidades eran la comida y la cena y eso daba ocasión para sobremesas prolongadas – que se pueden acabar convirtiendo deliciosa y relajadamente en merienda y posterior cena- o copas hasta el amanecer. Antaño uno tenía “una” cuadrilla de amigos y “una” familia más o menos nuclear (que por supuesto no se ramificaba genética o gestacionalmente, ni por descubrimientos sobrevenidos de una nueva identidad sexual). Ahora, en estos pagos en los que nos encontramos, una jornada sabatina (no se pierdan la ironía) no tiene nada que envidiar al programa de actividades del CEO de Amazon de un día cualquiera. Piensen ustedes que la estampida empieza a las 7:00 yendo al partido de Lacrosse del niño, y acaba a eso de las 22:00 recogiendo la cena del programado convite en casa para “ver a la familia” (los consuegros de la ex del tío segundo del concuñado que vendrán como supervivientes de un parecido periplo social y viario). Cientos de kilómetros, decenas de litros de gasolina, 15 horas de sociabilidad sin tregua.
Los fines de semana han dejado de ser los fines de semana para convertirse en una prolongación del frenesí laboral semanal sólo que en versión “ver – no mucho más cabe hacer- a los amigos y/o familia”. No debe sorprender al bisoño visitante de estas tierras que en algunos de esos “encuentros con amigos”, el anfitrión haya dispuesto también un ordenador portátil para que, entre canapé y canapé, sus invitados puedan hacer Skype con otros “entrañables amigos” que pueden eventualmente estar de vacaciones con sus familias o amigos en la Isla de Nueva Caledonia, pero que se sienten igualmente urgidos a seguir de alguna forma “viendo” al resto de sus otros “amigos” desplegados por el ancho mundo. Hay quien ha reclamado, a la sultán de Brunei, haber llegado a la cifra de 1.500 amigos. En Facebook, claro. He oído que pronto la dicha aplicación Skype va a permitir tener hasta 20 conversaciones de vídeo simultáneas. Parece que el software necesario llevará como nombre el del legendario realizador de la televisión española Hugo Stuven. ¿Han hecho ustedes, amables lectores, Skype alguna vez? ¿No les ha sorprendido que su video-oyente dirige su mirada hacia las esquinas o laterales de la pantalla? Está viendo, en otra ventana, qué hay de nuevo en Youtube, y, en otra, terminando de mandar una receta de cocina a su prima. Y el móvil al alcance, claro, y la televisión y la música puestas.  
A la vista de las dificultades que afronta la pareja del siglo XXI para sobrevivir a esa tela de araña social en la que se ve atrapada los fines de semana, la Universidad Taco Bell y la Universidad Cid Campeador de Zamora, con una gran visión de futuro (y presente) y tras haber hecho un exhaustivo estudio de mercado, acaban de lanzar el Master en Ciencias del Fin de Semana (MSC in Weekends), con un currículo único que posibilita la obtención del título de PACWM (Personal and Family Counseling in Weekend Management) y que, para este primer curso académico, cuenta con un programa de estudios atractivo y estimulante que cubre materias como, entre otras: “La excusa de la gripe: modulación de la voz y coherencia en la descripción de los síntomas (I)”; “La llamada imprevista: Gestión. Psicomotricidad en el trance de salir precipitadamente. Gestualidad”; “Por el interés te quiero Andrés: un análisis sociobiológico de la captación social en el súper y a la salida del cole”; “Cita seria y cita por decir: modelos algorítmicos para la determinación”; “Genealogía, tipología y anatomía del bostezo”.
Un Personal and Family Counselor in Weekend Management es, ante todo, un PROFESIONAL al servicio de nuestros intereses. Su primera tarea consistirá en elaborar un profile: quiénes somos, de dónde venimos y qué coño nos proponemos. Para ello, se instala en nuestra casa, cual convidado de piedra, y escruta nuestra vida diaria: nuestras alegrías, penas, broncas y miserias, para construir así un portafolio de amigos de fin de semana con los que interactuar, así como un conjunto de temas – redactados en amables y sintéticas fichas que el profesional elabora- que aprenderemos de memoria para cada ocasión y que garantizan nuestra brillantez, oportunidad, ocurrencia y relevancia en la conversación: “Con los Sachs conviene mucho evocar el mundo de la disección en el Antiguo Egipto y evitar a toda costa la paridad en las listas electorales, la pena de muerte y la nueva cocina mediterránea; en cambio los Edmonson gustan del cine clásico checo y los coches antiguos, pero ni se os ocurra mencionar la palabra “globalización” o recordar las actuaciones de Los tres tenores o interrumpir a Fred cuando cuenta su visita al mausoleo de Lenin”. Y así.
Junto a ello, se nos adiestra en todo un conjunto de técnicas tanto para el escaqueo ex ante o in situ (conseguir que se nos autorice a echarnos la siesta en algún diván, o jugar al Lego con los niños o fregar todos los cacharros desde el desayuno de la semana anterior), como para lograr una máxima productividad en la actividad “ver a los amigos”: desde trucos para la digestión veloz al estudio de las carreteras secundarias del condado, pasando por los desdobles, el friends merging y el multidate.
En definitiva, las nobles instituciones académicas citadas se han encomendado a la laudable tarea de lograr acercarnos al viejo anhelo humano que con tanta precisión y síntesis identificó el novelista y político inglés del siglo XIX Benjamin Disraeli: “Mi modo de ser exige o perfecta soledad o perfecta compañía”. Seguro que la Condesa de Grantham, de haber podido, lo habría votado.

sábado, 8 de octubre de 2011

ABS

Fue una mañana de hace unos cuantos años. En el hotel Paraíso, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), haciendo tiempo mientras me venían a buscar para impartir una sesión en un Máster sobre argumentación jurídica. Había fallecido Juan Pablo II y casi todos los canales de televisión transmitían las exequias desde el Vaticano. Fue entonces cuando supe de la existencia del “Camarlengo”, el cardenal encargado, entre otras cosas, de cerciorarse de que el Santo Padre ha muerto administrándole suavemente unos golpecitos en la frente con un martillo de plata e invocándole tres veces con intervalos de tres minutos. Empecé a darle y darle, y darle y darle al botón y, más allá del canal cien, después de unas brujas que leen el Tarot, un programa de jardinería doméstica, la venta telefónica de un limpiapelos de perro para el coche y un concierto de un grupo de rancheras tex-mex (Los Forajidos, creo recordar), después de todo eso, se me apareció cual La Española a Cristobal Colón.

Esa mañana fui consciente de los esfuerzos de tantas mentes en pos de lograr que el hombre común se asemeje, pecho para abajo, a los superhéroes de los dibujos animados sin que ello le suponga costes excesivos; ni físicos ni mentales. Esa mañana, lo confieso, me quedé prendado de los anuncios de abdominales, esos en los que se muestra un nuevo cachivache con el que lograr una tableta (no la de Jobs, que en paz descanse, la otra, la de la tripa). Me pirran. Lo confieso, aquí y ahora. Y ahora, otra vez en el Imperio y recién estrenado nuestro proveedor de cable “Comcast”, me he ido más allá del 100, y Dios mío, vuelvo a pecar unos minutejos cuando no me ven…

Después de algunos años de estudio, siquiera sea modesto y clandestino, he llegado a la conclusión de que estamos ante un género en sí mismo. Para mí, los anuncios de abdominales incorporan los elementos de la mejor tragedia clásica. No tienen nada que envidiar a las piezas de Sófocles, Esquilo o Moliére. Son como… cómo decirlo, entremeses, eso Entremeses, donde se convocan, sutilmente, las entretelas de nuestra condición, la vicisitud del alma humana en su transitar mundano.

Hay un canon, eso sí. Un buen anuncio de aparato para hacer abdominales tiene, en primer lugar, un escenario. Éste es, casi siempre, un interior, tipo sala de gimnasio, con un toque pelín pista de baile de la discoteca Vértigo de Moralzarzal (pueblo de la serranía madrileña, año 1983). A veces el drama se traslada a un exterior: una playa de arenas finas y palmeras, en, pongamos, Cozumel (México), donde ocasionalmente cabe advertir paseantes y curiosos que se paran a mirar el despliegue, e, incluso, al camarero de Vacaciones en el Mar, pero en versión yucateco, llevando una bandeja de brebajes coloristas.  

Los personajes. El anuncio es conducido por un tipo rubio, hinchado como Chávez, y que viste una camiseta de largos tirantes dados de sí, una prenda que no aguanta un pase más por la lavadora. La camiseta está pero no está, es decir, apenas si cubre y tiene una doble e importante misión: hacerte especular sobre el número de pliegues abdominales que gasta el gachó, tal vez incluso más de los que son típicos en la anatomía del Homo sapiens sapiens, y, por otro lado, cuánto va a tardar la que se apuesta a su lado (de ella hablaremos luego) en arrancarle la camiseta de un bocado certero. Y es que el componente sexual permea este género de manera latente pero indeleble.

El que lleva la camiseta y se sitúa en primer plano es el monitor experimentado, el que ha visto de todo en el gimnasio y sabe bien lo que conviene. Es el que ha corregido resabios posturales y mitos varios sobre cómo lograr unas abdominales de película. Él nos va a persuadir de que ni subiendo las piernas, ni aguantando la respiración en la contracción, ni encima de una pelotita, ni con los codos aquí, o acullá, ni reteniendo los gases, ni ingiriendo grandes cantidades de líquidos, ni administrando enemas de café o aumentando la frecuencia del acto conyugal vamos a lograr lo que nos proponemos, que todo eso NO SIRVE PARA NADA, ABSOLUTAMENTE PARA NADA. Nuestra salvación está en Crunch Ex Plos III (las anteriores versiones ya se han superado).

Para ello, su compañera de presentación – una rubia de pelo cardado y uñas larguísimas, con unas mallas de la primera época de Eva Nasarre, que habla con el acento mexicano de las viejas películas de vaqueros, que te parece haber visto en otro canal al pasar, haciendo cochinadas con dos negros – da paso a todo un conjunto de historias de frustración de gente muy cercana, con la que nos podemos sentir plenamente solidarizados en su desazón abdominal. El común denominador de esa épica de esfuerzo y perseverancia es el cuello, es decir, los tremendos castigos que hemos tenido que infligir a nuestras cervicales por no disponer del Crunch Ex Plos III. Esto se muestra con unos primeros planos de gente en su casa, en chándal y calcetines blancos de felpa, metiendo los pies en el primer hueco del armario-pared que pillan, tirándose al suelo y esforzándose en subir el tronco hasta lograr tocar con la frente el cajón donde guardan la mantelería de los domingos. En ese momento, un zoom nos acerca a las cervicales, aparece una X muy grande, de color rojo, y, en el rostro del actor, una expresión descaradamente exagerada de dolor tipo pinchazo y resignación tipo “ni de coña llegaré yo a tener lo de Forlán cuando tras marcar un gol exhibe su poderío ventral”.

Aparece entonces el rubio de la camiseta y nos da una teórica de fuerzas, resistencias, tendones y músculos, junto con otro fulano, este sin camiseta, que muestra el correcto modo de proceder y cómo los ingenieros detrás del Crunch Ex Plos III han traducido correctamente al aparato el tipo de castigo que nuestro cuerpo viene mereciendo por pesado y fofo. Y tú te preguntas: ¿verdaderamente el moreno ha labrado esos abdominales a base de hacer presión en la tripa con ese artilugio, esa, esa… esa especie de ballesta de las películas de Robin Hood? Pero tienes fe.

El rubio y el moreno siguen hablando y la del pelo cardado apostilla, asiente y se ríe. Es muy característico en estos anuncios que el doblaje está particularmente desfasado, es decir, que por unos momentos seguimos oyendo la admonición del rubio a pesar de que en ese instante muestra una sonrisa equina mirándonos fijamente. Monitor y modelo para la ocasión nos ilustran además sobre las razones profundas del fracaso, por inutilidad, de otros aparatos con los que falsamente se nos ha prometido el oro y el moro en materia de músculo abdominal. Es sumamente instructivo y esperanzador. Téngase en cuenta, además, que con el Crunch Ex Plos III o semejantes, lograr un “poderoso abdominal” (este suele ser casi siempre el modo de enunciar nuestro objetivo) no exige sudor, ni largas sesiones de aburrido ejercicio aeróbico, ni restricciones dietéticas quiméricas. Es la hostia, y punto.

Al fondo, el corifeo, sí, como si se diera cita la Antígona en el Templo de Dionisio. En nuestro caso, se trata de un grupo de personas que se afanan desganados en algunos ejercicios gimnásticos. De cuando en cuando la cámara se posa en alguno de ellos y descubrimos que son uno de los nuestros: descoordinados, flácidos e inadecuadamente ataviados para la ocasión.

Pero hay un antes y un después en las vidas de quienes componen  esa muestra representativa de la ciudadanía agobiada por el fracaso de su figura. Tras mostrar el correcto uso del Crunch Ex Plos III, y el exhaustivo análisis comparativo con otros métodos e instrumentos, el corifeo de visitadores médicos, contables o administrativos de aluvión se ha transformado en el ballet Zoom que acompaña a Norma Duval en sus reposiciones en el Cleofás. Ahora son todo turgencia, sonrisa y bienestar íntimo y público. Se suceden los volatines y los estiramientos imposibles mientras se abre el plano y el monitor insta a que llamemos al número que aparece debajo de la pantalla y nos aprovechemos de una oferta única y únicos aplazamientos en el pago.

Han pasado los años y ayer por la mañana les he vuelto a ver. Ellos no han cambiado, siguen como siempre, son eternos, como los dramas en su trasfondo. Ahora la ballesta se ha sustituido por un balancín semejante a una maxicosi para bebés (es el Total ABS Balance II) pero el fondo, ese fondo de palmeras, o espejos y fluorescentes, esa atmósfera de anhelos imposibles, permanece. Tenemos, eso sí, un Papa nuevo: el Benedict XVI.

domingo, 2 de octubre de 2011

Archivo:Kippot.jpg

KI
El pasado miércoles 28 de septiembre se celebró el año nuevo judío (Rosh Hashaná). Ese día de hace 5772 años se supone que Dios creó el mundo y al primer hombre, Adam. Este primero de año también es conocido como “Día del juicio” porque Dios nos juzga y nos inscribe en el Libro de la Muerte o en el Libro de la Vida, o bien nos hace esperar hasta el Yom Kippur (“Día del perdón”) para alcanzar el veredicto final. No sin razón, este período es conocido como el de los “días temibles”.
Todo esto me lo he aprendido porque fui amablemente invitado el viernes 30 a celebrar el Rosh Hashaná en casa de unos queridos amigos, y, claro, qué menos que saber uno a lo que va. Además de la correspondiente entrada en Wikipedia, me topé también con el muy práctico “The 8 Most Important Things to Know About Rosh HaShanah” que me ilustró convenientemente, como espero que haya quedado demostrado en el párrafo con el que he iniciado la entrada.
Pero una vez recibida la invitación y leídas esas dos fuentes empezaron mis dudas. ¿Qué debía hacer? Mis anfitriones son ambos profesores de universidad. Ingenieros, para más señas, y él creador de una exitosa empresa de alta tecnología. Tras leer la Wikipedia no les iba a llamar para sacarles del error: “¿Sabéis que de acuerdo con las mejores estimaciones de los geólogos, astrónomos y físicos la Tierra se formó hace más de 4.000 millones de años? ¿Y no os intriga el hecho de que Dios sea un semi-ignorante sobre nuestro destino, y tenga que esperar hasta el 8 de octubre (Yom Kippur) para aclarar nuestro estatus? ¿Pero no hemos quedado en que es omnisciente? Y si lo es, ¿entonces, qué pasa, que está jugando con nosotros? No me parece muy bien, la verdad. ¿Me lo podéis aclarar?”
No. Todas esas inquietudes eran improcedentes, y así me lo hizo ver Ana. “Se trata simplemente de una “cuestión cultural”, una tradición y ya está. No te lo tomes tan en serio”. “Ya – dije yo- y la kipá ¿qué? Te importa preguntarles si me la voy a tener que poner”.
El asunto de la kipá, ese solideo con el que los judíos se cubren la cabeza en las celebraciones religiosas, viene de antaño. Resulta que en 2009, coincidiendo con una corta visita a Boston, fuimos invitados por estos mismos amigos a celebrar con ellos la Pascua (Pésaj) con la que conmemoran la salida de los hebreos de Egipto tal y como se narra en el Éxodo. Se acordarán ustedes – quizá por la colosal cinta de Cecil B. DeMille “Los Diez Mandamientos”- que la liberación de los hebreos del yugo egipcio, y su nacimiento como pueblo, tuvo al mismo Dios como cómplice que mandó 10 plaguitas, 10, para que el Faraón se enterara de lo que valía un peine. Tras la de la sangre, las ranas y otras varias calamidades enviadas con toda furia, llegó el apoteosis con la décima que supuso nada más y nada menos que la muerte de todos los recién nacidos (Éxodo, 11:4). Cosas de los inescrutables caminos…
En aquella cena de hace dos años, decía, se repartieron las dichas kipás para que los caballeros nos cubriéramos. Yo, tras una tormenta interior de dudas, me negué y permanecí toda la cena con mi cabeza descubierta y un tanto afligido por la posible incorrección de mi gesto y lamentando también que no se haya inventado aún el “tocado ateo”, pues seguro que al sij de turno que llega con su turbante identificativo, o al budista con su cabeza pelona o al monje camaldulense con su capucha, no le hacen invitación alguna a pasarse de un Dios a otro y tiro porque me toca. Y tengo que decir que aunque nadie me lo afeó, aquél episodio me dio mucho que pensar. ¿Había sido ofensivo, falto de delicadeza, de respeto, una grosería incluso el no ponerme la kipá?
Tiempo después, el destino, o Yavé, vaya usted a saber, hizo que me topara con un artículo de un sesudo filósofo de Cambridge (Simon Blackburn, “Religion and Respect”) donde relata su renuencia a participar de la creencia ajena en una situación exactamente idéntica a la mía, y ello le da pie para elaborar algunas distinciones interesantes y pertinentes a propósito de la “tolerancia religiosa”, un ensayo que tuvimos ocasión de discutir animadamente en el departamento. Pero no, no se asusten, no les voy a soltar una matraca teórica sobre lo que dice Blackburn. Si lo traigo a colación es para que vean que estoy en buena compañía al haber pasado este trance, y que hay filósofos que también se ocupan de estas menudencias de la vida social.
En la cena de la Pésaj, a pesar de no observar el atuendo al que fui cortés y sutilmente invitado, fui completamente respetuoso, sin embargo. A medida que se les iba leyendo a los niños – y había varios presentes- los horrores de la historia bíblica, me tuve que contener las ganas de apostillar, con un tono igualmente sacerdotal: “en verdad, en verdad les digo, lean la vida maravillosa de quienes han hecho grandes descubrimientos para librarnos de enfermedades, de quienes nos han hecho desentrañar algunos misterios del mundo ampliando nuestro conocimiento, de los grandes matemáticos, inventores, artistas… y no piensen que son un pueblo aliado de semejante Dios sanguinario y que ello les da derecho a violar los derechos humanos básicos, etc. etc.”. Por respeto, me callé. Pero igualmente por respeto, mío y ajeno, me negué entonces, y el pasado día 28 durante la celebración del Rosh Hashaná, a cubrirme con la kipá. ¿Debería haber declinado la invitación a la cena sin hacerme mayores cruces y hacerles mayores feos?
Este comecome mío se evita, claro, siendo más pragmático, no atribuyendo tanta relevancia a la liturgia, pues muchas veces – y tal vez también en esta ocasión- los primeros que no le dan esa importancia que el no creyente sí le da con su negativa, son los propios participantes. Como saben bien, el viernes al anochecer empieza el Sabbath y está prohibido “hacer fuego”. A la anfitriona, fumadora compulsiva, la pillé varias veces fumando a escondidas, como una adolescente. “Es por respeto a mi suegra” – judía más ortodoxa y también presente en la cena. “Ya…” - dije yo. “¿Sabes que la sinagoga a la que acude mañana tiene un ascensor en constante movimiento que se detiene en todas las plantas para que así no tengan que darle al botón?” – me dijo con una sonrisa cómplice. “Ya…” – añadí. A mí, por otro lado, no me haría mucha gracia saber que quien me sigue el juego de mis creencias lo hace porque le importa una higa, y hoy se pone la kipá, y mañana se disfraza de Darth Vader si le invitan a una misa de seguidores de Star Wars, o, como en el ejemplo de Blackburn, se compromete de alguna forma con las patrañas de la secta Puerta del Cielo, un nutrido grupo de cuyos miembros se suicidó masivamente en 1997 para ser así “teletransportados” a la nave espacial que, según ellos, viajaba a la estela del cometa Hale-Bopp.  
Es verdad que, como se me ha dicho, tomarse muy, muy en serio el dogma ajeno te clausura en tu propia red de afinidades y te impide el trato social con personas que, por lo demás, son bondadosas, divertidas, enriquecedoras, interesantes, buenos amigos (aunque claro, uno no aceptaría ir a una cena de supremacistas blancos donde los anfitriones estuvieran disfrazados como los miembros del Ku Klus Kan y se recrearan historias de los tiempos legendarios en los que se linchaban negros). Pero, en todo caso, los que participan de la práctica no pueden pedir al extraño, en el nombre del respeto o la tolerancia a su fe, que claudique de lo que son, igualmente, sus creencias más firmes (la kipá, como tantos otros gorretes religiosos, no deja de simbolizar nuestra subordinación al Altísimo), o que participe, aunque sea por un rato, como una suerte de “judío a tiempo parcial”, de dicha fe, cuando, como es mi caso, considera que esas creencias, así como muchos de los preceptos morales y sociales que las acompañan, son absurdas, y, aun así, comprensibles asideros ante nuestro muy deprimente destino mortal.
Y hablando de nuestro destino… Apenas queda una semana para el Yom Kippur, ¡¡¡y yo con estos pelos!!!