domingo, 4 de diciembre de 2011

COMMITTEE
Les llamaremos XX y XY por aquello de la vinculación cromosómica y por el tonillo de lo que les refiero a continuación. Esta es la típica historia de XX conoce a XY en el campus de una prestigiosa universidad de la costa este. Una noche se entregan al amor carnal y, al día siguiente, entre clase y clase, comentan en el yard:

XX: Lo pasamos muy bien anoche, ¿verdad?
XY: Sí.
XX: Sobre todo el segundo, ¿eh?
XY: ¿Cuál segundo? Yo solo recuerdo uno…

Con las mismas, XY denuncia a XX por “asalto sexual”.
El comité de turno – compuesto por dos profesores, el decano, un estudiante y dos miembros de la administración - recibe la denuncia, y, si es que el dicho comité pudiera sufrir un proceso de hipóstasis, deberían ustedes representárselo como un T-Rex que, de repente, tras haber superado un episodio de indigestión estomacal que le ha obligado a ayunar varios días, se despertara en Cibeles en mitad de la manifestación del Orgullo Gay. Se cuenta que algunos miembros del comité estuvieron un buen rato llorando de la emoción ante semejante caramelo.
Por supuesto, en este punto, a ustedes les asaltan muchas dudas, como a mí, como a los juzgadores de la Universidad que se reunieron durante horas con nuestros protagonistas para alcanzar un veredicto.
La audiencia consistió, esencialmente, en una reconstrucción del tracto de los acontecimientos de aquella noche y para ello se contó con la deposición de nuestros protagonistas, sometidos a una inquisición que no tiene nada que envidiar a los procesos de nulidad matrimonial que se ventilan en el Tribunal de la Rota cuando la causa alegada es la legendaria “impotencia coeundi”. Todo quedó grabado, y, por algunos extraños mecanismos de la distribución global, tales cintas han llegado a venderse en una estación de servicio de Mejorada del Campo, con gran éxito, por cierto, entre quienes frecuentan el lineal de pelis guarras.
No es extraño. En aras a que el Comité pudiera determinar fehacientemente que en todo momento hubo consentimiento, XX y XY tuvieron que detallar los pelos y las señales, verbigracia, todas y cada una de sus acciones conscientes (y también las reflejas) desde que entran en el cuarto hasta que termina el combate. Estoy pensando pedir que me dejen acudir a estos comités, en calidad de observador internacional.
A la vista de la frecuencia con la que estas denuncias se están produciendo, pero, sobre todo, del hecho de que algunos influyentes lobbies académicos insisten en que dar carácter positivo al silencio es una nueva instancia del “terrorismo patriarcal”, la universidad ha elaborado unos complejos formularios que ya se encuentran convenientemente adheridos a la puertas de los cuartos de las residencias universitarias (junto con las normas de evacuación del edificio). En ellos se puede firmar y rubricar que se consiente, sí, que adelante con los faroles con esto, aquello y “lo de más allá” (con perdón). ¡El encuentro sexual protocolizado y hecho contrato! El último territorio que quedaba por conquistar a la legalista sociedad estadounidense. ¿Se imaginan?
Antaño, cuando la cita tenía visos de prosperar, uno tenía que preparar el escenario y no debía olvidar meter el champán en la nevera, probar bien los altavoces, tener dispuesto el disco de lentas, la ropa interior sin una mácula. Añádanle ahora la doble copia y el bolígrafo, que pinte, para, visto lo que se puede avecinar, sentarse tranquilamente y repasar las cláusulas añadiendo finalmente: “firma aquí, y aquí y aquí, donde la X” (con perdón de la broma fácil). Así hubiera tenido que proceder XX, por lo que parece, para evitarse el disgustillo del “misterioso segundo lance”. Antaño el anticlímax se rompía con el recuerdo de las consecuencias procreativas de lo que se estaba perpetrando, y la consiguiente búsqueda frenética del remedio (“juraría que los dejé en el cajón de la mesilla, cachi en diez”, mientras ella acaba optando por quitarse un padrastro). Ahora, además, a por el formulario maldito en pleno ardor guerrero. Y mucho cuidado con no confundir el pliego con las instrucciones de qué hacer si salta la alarma anti-fuegos, que apuesto a que no cuela en el comité como prueba de aceptación alguna. Pero ¡cómo no va a haber novelas de campus! Aunque, como suele ocurrir, la realidad supera a la ficción. Y hablando de ficción, en lo anteriormente contado cualquier parecido con la realidad NO es pura coincidencia.

3 comentarios:

  1. Observo que frío bostoniano es más perceptible en los despachos que en las alcobas, si bien las cosas que nos cuentas dejan helado a cualquiera...

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  3. Pablo: cada vez es más difícil hacer algo sin instrucciones ni tutelas. Entendería que eso fuera así si se refiriera sólo a lo que puede hacerse de nuevas en la ultracivilizada sociedad de hoy. Pero, que la saciedad de los instintos más elementales tb deba regirse por tales burocracias... La tarea del profesor lleva camino de ceñirse a indicador. Suerte!

    ResponderEliminar