domingo, 26 de febrero de 2012

STONER

Las clasificaciones de los individuos son tan diversas como aquella célebre de Borges relativa a los animales. Tengo un amigo que divide a quienes conoce entre aquellos a los que se imagina copulando y a los que no, y otro que se refiere a los taciturnos y melancólicos como individuos a los que “les duele vivir”.

La persona de quien les voy a hablar hoy se situaría en la intersección de esos dos diagramas de Venn, es decir, no me lo puedo imaginar en plena cópula, y, cada vez que me encuentro con él, siento ganas de proporcionarle infinito consuelo.

Le llamaré “Stoner” en homenaje al personaje de esa gran novela de John Williams – con quien presumo que comparte mucho de su estoicismo-, pero además porque en la edición de clásicos del New York Review of Books, la portada incluye este retrato que he situado al inicio de la entrada: un calco de quien hoy es protagonista de esta semblanza.

Stoner es alto, frisa los cincuenta y trabaja entre libros - los de una afamada biblioteca de zoología comparada de una prestigiosa universidad de esta ciudad. Pero también vive entre ellos – los que, junto con revistas y periódicos diversos, carga siempre en un enorme bolsón negro. Stoner es bizco y combate su presbicia con unas gafas que apenas dejan ver sus ojos grises, todo lo cual no merma un cierto atractivo. Stoner habla bajito y tartamudea. Ambas circunstancias han hecho de nuestra interacción todo un reto desde que, allá por septiembre, nos cruzamos por primera vez en la entrada del colegio a donde acude su hijo, compañero y amigo del mío, a quien, por razones demasiado obvias y evocadoras llamaré Guillermo (sobre él más enseguida).

Cuando he logrado entender a Stoner me he encontrado con alguien que conoce bastante bien la historia reciente de España, los entresijos de la política europea y la deriva de las revoluciones populares en el medio oriente. Stoner rehúye hablar sobre la pugna entre los candidatos republicanos de quienes se avergüenza como compatriota con lo que presumo que es demócrata, si no algo todavía más prometedor. 

Mi encuentro con Stoner se produce algunas mañanas cuando le veo bajar por la cuesta de la calle Harvard como un ave zancuda persiguiendo a Guillermo, rápido e indómito como un felino. Stoner no puede competir con él: a la pesada bolsa une su condición de supinador, lo que le resta eficacia en la zancada. Guillermo viene al colegio en camiseta, indefectiblemente, haga 10º o -10º. Su padre trata de añadir una segunda capa – qué menos- al cuerpo de su vástago, sin resultado casi nunca. Viéndoles bajar en esa suerte de pilla-pilla, Stoner y Guillermo componen la curiosa estampa de un mundo invertido, un mundo en el que un torero ya veterano corre detrás de una vaquilla intentando dar al menos un capotazo. Contemplándoles muchas mañanas pienso que Guillermo está destinado a batir el récord de ser la persona más joven que más tiempo pernocta en alguna cima himalayense.

Hace tres viernes Guillermo bajaba la cuesta corriendo, como siempre, pero esta vez en pijama. Colegí que, como a mí, le había ocurrido a Stoner que pensaba que la “pajama party” que iban a celebrar en el colegio era ese viernes – cuando resulta que era la semana siguiente (la party en cuestión consiste en “trasladar” al aula los primeros momentos tras el despertar, haciendo un desayuno conjunto al que los niños llegan con su pijama y su fetiche de los sueños, el osito, o su mantita, o su pequeña Marilyn en la escena del respiradero de La tentación vive arriba). Así se lo dije a Stoner con un tono de complicidad en la negligencia parental: “A mí me ha pasado lo mismo, pero el pajama party no es hoy”. Se sonrió y me confesó que no era un error de fecha, sino que no les había dado tiempo a hacer la colada esa semana y no tenían nada que poner a Guillermo. Para algunas madres y padres españoles cuyos hijos van al St. Mary’s, la “pajama party” constituía todo un desafío (alguna de las madres me comentó que había reservado un pijama limpio para ese día, no el que hubiera usado el niño la noche anterior, sólo faltaba, y uno de esos niños españoles, de 4 años para más señas, no quería entrar en la clase sin ir “vestido para el cole”). Para Stoner y Guillermo el reto era más bien acudir en traje de chaqueta cruzada gris marengo.

La semana pasada compartí toda una mañana con Stoner y Guillermo. No había cole y decidimos aliarnos para afrontar la jornada de parque, pizza, helado y biblioteca. Todo transcurrió de manera placentera con los sobresaltos propios de la edad (la nuestra y la de ellos) y de los despistes de Stoner que lo mismo se queda mirando un pájaro que no había visto hasta entonces en ese parque, mientras su Guillermo se balancea más de lo necesario y debido en las “monkey bars”, que se transporta a los Urales mientras lee – en el original en ruso- muy concentradamente un oscuro poeta ucranio de entreguerras, lo cual es aprovechado por Guillermo (y Matías) para deleitar a los comensales de la pizzería con un campeonato de eructos. La reprimenda me tocó a mí, y también la limpieza de mocos de Guillermo, harto de verle desde primera hora ese gesto tan infantil y estomagante de poner continuamente la punta de su lengua como fútil dique de contención.

Camino de la heladería – la penúltima de las estaciones- pasamos junto a “Magic Beans” la mejor juguetería de Brookline. El instinto comercial, o algún taller-workshop sobre estrategias de mercado en la Taco Bell University, habían llevado a los dueños a la muy sabia decisión de mantener abiertas las puertas de par en par, en una apelación nada disimulada a que se cumpliera con la exhortación de nuestro Señor en el Evangelio según San Marcos (10, 14). Les recuerdo que era día de vacación. Para más inri, hacía bueno.   

Y bien raudos que se acercaron al Reino de los Juguetes Guillermo y Matías, que cuando nos quisimos dar cuenta andaban ya encaminados a una expropiación en toda regla de los medios de diversión. Pero la reacción más desconcertante fue la de Stoner, quien, lejos de ver en aquella tentación no evitada una posibilidad de que les tuviéramos otro rato entretenidos, se introdujo tienda adentro, poseído febrilmente, en posición de placaje, maldiciendo las tretas comerciales del juguetero, y del sistema todo, y, de paso, invitándome a mí también a sumarme a la operación antidisturbios: “yo cubro los Legos y tu los Playmobil”, vino a darme a entender, como si estuviéramos a punto de asistir a uno de aquellos muchos saqueos que se sucedieron en Buenos Aires tras la instauración del corralito.

El espontáneo operativo fue un fracaso rotundo. En su afán por disolver a Guillermo – la disuasión dialogada pronto se comprobó inútil- Stoner perdió varios de los libros que llevaba en su bolsón y a punto estuvo de perder también la vista del todo al tropezarse con un lineal y salir sus gafas telescópicas volando. Mientras, Guillermo y Matías siguieron tan campantes durante un buen rato, “pidiéndose” juguetes, esa actividad que, a esta edad, cuando la fuerza del “no” ha empezado a hacerles mella, resulta entrañable pues ellos ya saben que no va a ser el caso de que les compremos toda la tienda, pero soñar, simplemente soñar sigue resultándoles gratis y divertido. Hasta nueva orden, claro.  

En fin, que así se lo teorizaba yo a Stoner al concluir nuestra jornada laboral, digo, parental, mientras degustábamos un delicioso helado de J.P. Licks al que Guillermo añadía los “toppings” nasales propios de su cosecha, y, con infinita perversidad e infinito cachondeo de Matías, le daba a probar a su padre, quien… no, no se preocupen que no llegó a aceptar la malévola invitación. Un santo Stoner.   

sábado, 18 de febrero de 2012

CHILDREN'S

“Esto parece la feria de Torrelodones” – exclamó Matías, nada más entrar.

“Pues sí – pensé yo- o el Chuck E. Cheese’s” (ya saben, ese establecimiento del que ya hemos tenido ocasión de hablar aquí).

Y el caso es que donde habíamos entrado era en el macro-multi-archi-giga-super célebre “Children´s Hospital”, la meca mundial del tratamiento sanitario infantil, el hospital asociado a la Facultad de Medicina de Harvard, la joya del triángulo de oro de la curación que se concentra entre las calles Longwood y Huntington (en los otros vértices se ubican el Beth Israel Deaconess Medical Center y el Brigham’s and Women’s Hospital).

En el Children’s se practica cirugía in utero a partir de la semana 15 de gestación, se aplica la terapia génica más avanzada, los tratamientos más punteros en oncología infantil, se procede a las separaciones de siameses más arriesgadas. Dos premios Nobel de Medicina han prestado allí sus servicios. ¿Y ustedes vosotros qué hacían por allí, se preguntarán vosotros ustedes?

Pues con toda humildad, pidiendo perdón a todo el que nos salía al paso – y fueron muchos, como a continuación relataré-, recordando con mucha conciencia de culpa esas consignas de no acudir a urgencias “para cualquier tontería”, lo que este pasado jueves nos había conducido hasta el Children’s al hijo y al padre, es que alguien pusiera remedio a la “cualquier tontería” que había sobrevenido en el dedo de Matías cuando, con la osada certidumbre que dan los casi 5 años, se había puesto a pelar una naranja.

Además de la disculpa por delante, blandía, cual espada triunfadora o feraz cuchillo naranjero, mi VISA (sólo plata) y mi seguro (con franquicia de 100$). Tan a mano llevaba ambos salvoconductos (salvavidas, más bien) que se mancharon un poco con la sangre del accidentado dedo de Matías, lo cual acabó componiendo una arrebatadora metáfora visual del capitalismo sanguinario que subyace a la asistencia sanitaria en este país.

Eran las 6:15 pm cuando el policía apostado en la puerta nos pre-registraba y pedía que aguardáramos “en el pódium”, como si a continuación una señorita a la que le cuelga un micrófono de la quijada nos fuera a preguntar si queríamos mesa de fumador o no fumador, o ventana o pasillo, o si queríamos cambiar fichas, o a qué fiesta de cumpleaños acudíamos.  

La que apareció no mucho después – mientras aún nos entreteníamos con la visión de los ramilletes de globos, el gran acuario, las sillas de ruedas a las que se les han dado las formas típicas de los tiovivos, los legos y el gigantesco recorrido donde unas pelotas de golf suben y bajan por rieles y tubos siguiendo las viejas leyes de Sir Isaac- daba más bien el perfil de relaciones públicas de Ansorena, una mujer tipo Miss Moneypenny - ya saben, la secretaria con la que flirtea Bond cuando está de paso por la City camino de un nuevo sobresalto en un oleoducto de Turkmenistán-, a quien el desaguisado de la mano de Matías no le conmovió lo más mínimo. “Lo que habrá visto esta mujer de gafitas en la punta de la nariz y voz meliflua”, pensé.

Tras tomarle la tensión, pesarle, pedirnos más datos y quitarle la tercermundista gasa con la que habíamos taponado la sangría, nos empaquetó, junto con otras contingencias de menor cuantía, en un tour hacia la primera planta, allí donde se solventan las menudencias. Ustedes vosotros se representarán ahora como cicerone del grupo hasta esos dominios a un siniestro celador encorvado y de pecho paloma, que habla solo, maldiciendo la mala folla del gerente del hospital por mantenerle en ese turno. ¿Se lo imaginan, verdad? Pues nada más lejos de la realidad. Nuestro guía podría ser perfectamente uno de los apuestos danzarines del “Cantajuegos”.

¿A qué ahora mismo les viene a la mente esa bajada a la sala de rayos X en un montacargas chirriante, junto con un señor en pijama que lleva la percha móvil con el goteo, y donde se intenta meter también una señora en silla de ruedas a la que empuja otro celador mal encarado y a la que se le van cayendo las radiografías que guardan esos grandes sobres de color marrón primera deposición por la mañana que la pobre señora lleva en muy inestable equilibrio sobre sus rodillas?

Pues nada más lejos de la realidad del Children’s, oiga. Si no fuera por las caras compungidas o cabreadas de los padres acompañantes, los gestos de dolor de la niña al caminar, el dedo de mi hijo o el llanto del bebé febril en brazos de su inmensa madre, parecería que acabáramos de llegar al Hilton de Orlando donde nos disponemos a pasar una semana en Disneyworld.   

Por supuesto que toda esta desdramatización escénica está deliberadamente producida y el objetivo es retardar tanto como sea posible el duro encuentro con la realidad, es decir, que aunque sea para “nuestro bien”, venimos a que nos pinchen, cosan, enyesen o cosas aún peores. Es lo de aquél chiste del cura que en su sermón no para de describir las penitencias del Averno y finalmente es interrumpido por un feligrés que exclama: “padre si hay que ir al infierno se va, pero no nos acojone”.

En España, de momento, seguimos más bien en la idea de tenerlo clarito desde el principio, aunque he sido testigo de cómo, en escenarios tan melancólicos – aunque por otro lado tan espléndidos en cuanto a la asistencia sanitaria- como el hospital Niño Jesús de Madrid, se han hecho grandes esfuerzos por arrumbar las sombrías figuras de los arcángeles, y alguna que otra imaginería doliente, y aportar un poco de color y diversión. En el ‘Children’s’ es a lo bestia.    

Y también al pobre Matías le llegó su hora después de una valoración en la que intervinieron tres médicos, tres, calibrando hasta qué punto “el punto”, que fue lo que finalmente resultó como opción preferida (yo, y su madre, después de su aguante y bravura, le hemos dado “10 puntos” a la criatura). Y mientras terminaban de curarle y preparar el resto del llamado “paperwork”, especulaba yo con la “otra sangría”, la que, como primera medida antes de que el seguro intervenga, se iba a producir en mi VISA plata una vez que volviéramos al pódium. Y oiga, que no, que inmaculada quedó, impoluta, sin un rasguño. Miss Moneypenny corroboró todos nuestros datos y los de nuestra prima (de seguro) y nos dejó marchar.

Y el Matías y yo, como si nuestra siguiente misión estuviera a punto de iniciarse, o hubiéramos reventado la ruleta rusa, o nos hubiéramos llevado un Zurbarán por el irrisorio precio de salida, salimos de allí poniendo pies en polvorosa. ¿Mira que si el ogro del despiadado y mercantilizado sistema sanitario yanqui no va a ser tan fiero como se pinta? Es lo más probable que un día de estos nos llegue la factura – y tengamos que batallar con el ogro del aseguramiento- pero, mientras tanto, dedo arreglado – y muy bien arreglado, vive Dios- y VISA incólume. Qué más se puede pedir, amigos ustedes.     

sábado, 4 de febrero de 2012

SUPERBOWL

Las neveras a reventar, los hornos ya precalentándose, la tele ajustada y el sonido comprobado, la familia avisada, los dedos cruzados, el supermercado ya visitado pues esta noche no habrá quién consiga una bolsa de patatas fritas… ¿Es que llega la revolución bolivariana a nuestras costas? ¿Acaso el régimen iraní terminó con los últimos preparativos y dispone ya del arma nuclear apuntándonos? No. Mañana, a las 18:30, en el Lucas Oil Stadium de Indianapolis, se juega la final de la Superbowl entre los “New England Patriots” (los nuestros) y los “New York Giants” (los de ellos).
Los rasgos excesivos de la cultura estadounidense se encapsulan en este acontecimiento único, la enormidad se traslada a toda las cifras que uno quiera valorar, desde el número de espectadores, hasta la cantidad de salchichas ingeridas, pasando por el gasto en publicidad televisiva, o las dimensiones de nuestra estrella Rob Gronkowski, cuya participación peligra por una inoportuna lesión en el tobillo (no es de extrañar si tenemos en cuenta que el gachó mide 2 metros y pesa 120 kilos lo cual no le impide desplazarse a toda velocidad balón ovalado en ristre, o interponerse cual muralla china ante los gladiadores contrarios). Durante toda la semana se nos ha informado puntualmente, y con la frecuencia del famoso parte de Radio Nacional de España, de cómo la hinchazón se iba reduciendo gracias  a los muchos remedios anti-inflamatorios y masajeos de expertos fisioterapeutas. El tobillo de Gronkowski ha hecho desaparecer de la escena a cualquier otro acontecimiento que pudiera considerarse de importancia cósmica – ya saben, la visita de Artur Mas a La Moncloa, el posible recurso a la sentencia en el caso Gürtel o la pugna entre Chacón y Rubalcaba-, como en su día las descripciones de las “heces en forma de melena” con las que se nos informaba de la evolución gastrointestinal del Generalísimo, oscurecieron (oops, perdón) la progresión de la marcha verde hacia el territorio saharaui.

En estas horas previas al enfrentamiento se recuerda el desconsuelo producido en la temporada 2008 cuando “los nuestros”, contra todo pronóstico, cayeron precisamente ante “los de ellos”, impidiéndoles cuajar una “temporada perfecta”. El partido de mañana es ciertamente une vendetta cósmica entre las fuerzas del bien (nosotros) y las del mal (ellos) por habernos arruinado el “encuentro con nuestro destino” hace ahora cuatro años.
A nuestro quarterback, el apuesto Tom Brady, que el año pasado ganó 30 millones de dólares, el destino le deparó el encuentro con Giselle Bündchen, una mujer brasileña que, por lo que he podido investigar, ha desempeñado alternativamente el cargo de Embajadora de buena voluntad para el programa de Naciones Unidas del Medio Ambiente y el de Ángel de Victoria’s Secret. En una entrevista para la revista Harper’s en el año 2010 declaró que todas las mujeres del mundo deberían estar obligadas por ley a dar el pecho. A lo largo de esta última semana, lo que ha pedido a sus familiares y amigos es que manden, a través del correo electrónico, “toda su energía positiva” y “rezos” para su marido ante el destino que le aguarda mañana.   

Una gran agitación se vive también en las llamadas “redes sociales” con motivo de la actuación de Madonna en el intermedio del evento. Ya saben que en el año 2004 la cantante Janet Jackson, comisionada para una similar tarea, montó el numerito, en sentido estrictamente literal, cuando su pareja de actuación, Justin Timberlake, le arrancó sostenidamente el sostén para mostrar a la audiencia cósmica el decorado pezón de la Jackson. El desde entonces llamado “Nipplegate” acabó, por supuesto, en los tribunales, allí donde todo lo serio y lo no serio desagua en este país. El ciudadano Eric Stephenson, un abogado de Utah (pésima combinación), demandó a la emisora del evento por “publicidad engañosa”. Stephenson, y sus tres hijos menores, pensaron que el espectáculo consistiría en “bandas, globos y celebraciones patrióticas”. Quien sabe si en realidad la Jackson no quería sino ejemplificar la importancia del mandato universal de lactancia que promueve la Bündchen (yo se lo habría sugerido como estrategia defensiva por una centésima parte del salario de Brady), pero en todo caso la demanda fue desestimada porque Stephenson equivocó el foro.

Lo que sacude a las redes no es si habrá también ahora una secuela lacto-cósmica, sino con qué canción debe Madonna rendir homenaje a los ochenta como tonadilla más representativa de la época en que reinó. Las casas de apuestas de las Vegas y las encuestas online están que arden: que si “Like a Virgin”, que si “Material Girl”. Yo por mi parte considero que la elección es diáfana: una versión actualizada del “Boys, boys, boys” (qué mejor contexto), aquella inolvidable canción con la que Sabrina Salerno nos sacudió un tetazo catódico en la Nochevieja de 1988. ¿Se acuerdan? ¿Recuerdan, sobre todo los boys, boys, boys, cuántas veces rebobinaron el vídeo? ¿Se imaginan cómo habría sido el “impacto” en la casa de los Stephenson?

En fin, todo lo demás, el juego, y las estrategias y jugadas y lances, mañana. Es lo de menos, por otro lado…