domingo, 25 de marzo de 2012

EMPALABRADO

En Medellín un taxista se llama John Jairo, hay un banco de nombre “Pichincha”, me dicen, a veces, hombre “empalabrado” y a veces “mijito”, y siempre “con mucho gusto”, tras decir yo “gracias”, y “quiubo” al decir yo “hola” y “qué pena con usted” si se quieren disculpar, y el “típico” – arroz, fríjoles, huevo, chicharro de puerco – es comida de mulero, y se acompaña con jugo de lulo, y un estudiante de Filosofía que se llama Gonzalo gusta de leer a Pessoa y a Kierkegaard y acude a la universidad de Antioquia caminando – una hora- y allí come - su comida de todo el día- y Nora y Anibal, del Café Vallejo, ya me conocían y me “regalan” un “perico” – café con leche- como le dicen allá en Bogotá, y también una visita a la casa y a sus recuerdos y trastos, y a la habitación de Darío de cuyo morir supe leyendo El desbarrancadero, escrita por su hermano Fernando, un faraón de las letras, y al decir yo “adiós” en Medellín me dicen: “qué rico que viniste”.

En Medellín ya siempre he vuelto.
Quiubo.

miércoles, 14 de marzo de 2012

PUSEY

Desde los cuentos de Canterbury hasta las novelas de Coetzee; de los bardos celtas a Bob Dylan; de Shakespeare a David Mamet o a Woody Allen; del Tratado de la Naturaleza Humana de David Hume a los escritos de Jefferson en The Federalist, pasando por El viaje del Beagle de Darwin, el idioma inglés, la lingua franca con permiso del chino, ha sido el vehículo para la expresión de los más conmovedores sentimientos, los anhelos más profundos, las más altas aspiraciones y las más sofisticadas bromas o descripciones del mundo que nos rodea.

And yet, en el idioma inglés habitan algunas palabras que, por su carácter traicionero, deben ser inmediatamente derogadas o modificadas. Por Decreto-ley si hace falta.

La razón de esta medida está en que una leve, levísima incluso, diferencia fonética precipita una divergencia semántica de notables consecuencias – cósmicas, incluso- sobre el mensaje transmitido, y, con ello, sobre el relieve moral del hablante y las expectativas futuras en cuanto a su comportamiento. Los tres escenarios que describo a continuación ilustran bien lo que quiero decir y permiten desde ya tener nuestras tres primeras candidatas a la modificación o derogación en su caso. Las palabras en cuestión son “beach”, “dessert” y “pusey”.

Primer escenario: a finales de la década de los 80, principios de los 90 (no recuerdo exactamente el año, aunque sin duda era verano) la familia de Lora (o sea la mía) llega al elegante hotel “The White Elephant” en la encantadora isla de Nantucket (Massachussetts). El patriarca de la familia, o sea mi padre, mostrando una urgencia incomprensible (nunca gustó de las arenas ni del nadar) inquiere aceleradamente al conserje por la playa más cercana. Lo que quería decir, en inglés, es:

“Excuse me, where can I find the nearest beach?”

pero lo que dijo, en (su) inglés es:

“Exqius mi, guer can ay fain de nirest bich”

Y lo que entendió el conserje fue:

“Excuse me, where can I find the nearest bitch?”

Lo que traducido al español significa:

“Disculpe, ¿dónde podría encontrar la puta más cercana?”

La presencia de una señora que bien podría ser su mujer (lo era efectivamente) y dos jovenzuelos que bien podríamos ser sus hijos (tal era el caso) que no se inmutaban ante la apremiante demanda de mi padre, bien explica la paralizante confusión, el cortocircuito verbal que durante unos eternos segundos sufrió el conserje del hotel. Y lo peor del caso es que cuanto más se afanen ustedes en procurar decir “playa”, o sea, “beeeeeeeeeeaaaaaaaaaaaach”, y no “puta”, o sea, “bich”, más probabilidades hay de que la cosa acabe yendo de “putas”. Ello me permite postular la siguiente ley universal del manejo de la lengua inglesa: “el deliberado y premeditado esfuerzo fonético es inversamente proporcional al éxito semántico”.  

Segundo escenario: este es más reciente. Hará un par de semanas fuimos invitados a una fiesta junto con unos muy buenos amigos españoles que también andan por aquí. Sabedores los anfitriones de que pertenecen a un grupo de baile folclórico en su ciudad de residencia, fueron emplazados para que nos bailaran una jota. Antes degustamos una opípara cena, y este amigo nuestro andaba todavía terminando el postre cuando llegó la hora de su baile. Ni corto ni perezoso se puso a ello, junto con su mujer, mientras el resto de invitados asistíamos admirados a su despliegue de coordinación. A los cinco minutos, tras varias vueltas y volatines, quiso decir:

“Now is difficult, with all this dessert”

Pero lo que dijo (en su inglés), mientras se frotaba el estómago buscando la complicidad compasiva del auditorio es:

“Nau is dificult, wiz al dis désert”.

El auditorio no entendía muy bien porqué nuestro amigo aludía a la existencia de un “desierto” en su tripa, hasta que alguien cayó en la cuenta de que se refería al postre.

Tercer escenario: esta misma mañana acudí a la excelsa Widener Library, la joya de la corona de la Universidad de Harvard donde tenía que encontrar un libro. De acuerdo con la base de datos el libro se encuentra en un depósito de nombre “3 Pusey”. Ni corto ni perezoso, me dirijo al bibliotecario apostado en el “reference desk” – un tipo con pinta de trabajar en Trader’s Joe- y le quiero preguntar:

“How can I get 3 Pusey”. Nada más decirlo, justo cuando ya no hay remedio y él empieza a esbozar una sonrisa que luego se tornó en amplificada risilla, cuando ya es imparable la bola de nieve que en forma de chascarrillo para deleite de sus compañertes acabará siendo mi ingenua pregunta, caigo en la cuenta de la traición. Si hubiera dicho:

“Jau can ay get 3 piusi”, y no “Jau can ay get 3 pusi”, el bibliotecario no me habría tomado por el sátiro vicioso que le pregunta “cómo conseguir tres coños”. Coño. 

En fin, que ni mi padre en Nantucket.

Corolario: eviten a toda costa estas traicioneras palabras, y si resulta que se encuentran en la Widener Library del desierto de la isla de Nantucket y alguien les invita a bailar una jota después de almorzar, sencillamente no hablen.

domingo, 4 de marzo de 2012

SKY-MALL

Bigfoot, the Garden Yeti Statue: LargeCasi todo lo que hoy implica viajar en avión es atroz. Desde las táctiles máquinas de  auto-checking hasta la torsión a la que nos somete, al cuerpo y a la maleta, la carencia de espacio en la aeronave exprimida en su ocupación al modo de los presidios en Centroamérica, pasando por el peor trance de todos: los controles de esfínteres, digo, de seguridad a los que se nos viene obligando desde los atentados del 11-S. Así lo he vuelto a experimentar recientemente en mi viaje a Madison, Wisconsin. Pero de lo poco que merece rescatar del viaje en avión es la oportunidad de hojear esas revistas corporativas que las líneas áreas introducen en los bolsillos de los asientos para que, si no tenemos mejor opción de lectura, matemos el tiempo. Se descubren auténticas joyas. Hoy les hago partícipes de una, concretamente la oferta de escultura de exterior de la compañía “Toscano” que pueden encontrar en el catálogo de Sky Mall incluido en la revista Hemispheres, la que edita y distribuye la compañía United Airlines en sus vuelos.

El mundo de la escultura de exteriores y jardines es fascinante. Toscano, una compañía cuyo lema es “espere lo extraordinario para la casa y el jardín” (expect the extraordinary for home and garden), es líder del sector y ciertamente hace honor a dicho lema. ¿Qué les parece si no una de las posibilidades para su jardín – o interior, porqué no- con la que ilustro la entrada de esta semana? Se acabaron las menudencias en forma de gnomos, las copias de jarrones etruscos y otras pretenciosas decoraciones. Hagan paso que llega “Bigfoot: the Garden Yeti Statute” al muy conveniente precio de 125 $.

Hay otras alternativas que nos permiten transportarnos desde las faldas del Himalaya a la sabana  africana – el “walking crocodile”, la “black panther”- o a los profundos ríos de Wyoming – el “Catch of the Day Grand Bear Sculpture”, un colosal oso dando dentelladas a un salmón-, pero sin duda la “propuesta” (¿o instalación?) que más me ha conmocionado es el “Zombie of Montclaire Moors”. De hecho, su visión, en medio de una violenta turbulencia en la aproximación al aeropuerto de Cleveland, cortó de cuajo mis nauseas.

Pueden ustedes ver a continuación la presentación que nos hace de la pieza el “product manager" (Matt Genandt). Antes de que pinchen más abajo, permítanme que les haga algunas indicaciones sobre lo que van a ver, y firmen después el descargo de responsabilidad por los efectos de la contemplación del clip.

a)   A mí me da la sensación de que Matt Genandt fue el modelo para hacer el Zombie de Montclaire. No sé cuál me da más miedo.

b)   Reparen bien en la naturaleza "despedazable" de la cosa y en el mucho potencial expresivo que con ello se logra en el jardín – o interior, porqué no.

c)   Fíjense de qué manera tan ingeniosa y simpática explota el Responsable Zombi del producto, quiero decir, del Producto Zombi, la condición desgajable del ídem para saludarnos y decirnos adiós.  

Y ahora, si tienen cataplines, pinchen más abajo. Suerte.