domingo, 29 de abril de 2012

SPIRIT

 A las ya de por sí superlativas dificultades que encierra el reciclaje – sobre las que ya tuve oportunidad de abundar en una anterior entrada- en mi departamento han decidido añadir un obstáculo: dar las instrucciones en forma de jeroglífico. ¿O es que acaso no es un jeroglífico lo que se puede leer a la derecha?






Me he topado con este mensaje y nada más leer la segunda frase (“Ésta es Harvard. En Harvard, intentamos hacer todo bien”) ha surgido en mí la pulsión del mendigo que hurga, precisamente, en un cubo de basura, confiado en que encontrará desperdicio aprovechable, para el espíritu y el cuerpo, incluso alguna que otra joya. Y así ha sido, amigos, y así les ocurrirá a ustedes si se toman la molestia de leer todas las instrucciones.  ¿Qué me dicen del concepto “basura de la basura”; de los “alimentos de sobra de la sacudida”, o de los materiales reciclables que pueden ser “sacudidos hacia fuera en la basura”? Que manía con sacudir, ¿en qué andaría pensando el traductor? ¿Y de los materiales de esos envases que pueden ser “secos reciclados” que cabe “lanzar lejos”? Lejos, ¿dónde? ¿A la calle, al mar, a México?

El acabose acontece al final, como en las buenas pelis de suspense: “Estamos haciendo el intento esto en el alcohol de hacer todo bien en Harvard”. Aquí al traductor le ha traicionado obviamente el consciente, es decir, su profunda cogorza. No de otra forma cabe entender este galimatías. Anduve toda la mañana dando vueltas a la maldita frase, cortocircuitado en todas mis ocupaciones y preocupaciones académicas, reviviendo el espíritu de Jean-François Champillon. Y al final di con la piedra roseta que me sacó del laberinto: las instrucciones originales en el idioma del imperio. La frase de marras pretende verter al español la siguiente en inglés: “So in the spirit of trying to do everything well at Harvard, don’t recycle badly!” (“Por tanto en el espíritu de intentar hacer las cosas bien en Harvard, ¡no recicle mal!”). Así que “spirit” ha sido tomado por “espiritoso”, lo propio de las bebidas alcohólicas…. Acabáramos.

He informado del particular a la secretaria del departamento, la siempre dulce y eficaz Helena. Tengo el come-come de saber quién está detrás de la fechoría, y, sobre todo, quiénes son los destinatarios de ese esfuerzo en pos de la diversidad lingüística pues los latinos que pululan por aquí entendemos bastante bien inglés. Me responde la dulce Helena que no es asunto de su competencia, que son los del "green team" (al principio entendí "drink team", lo cual tenía ciertamente sentido). Sigo al acecho y les seguiré informando.

Mientras tanto, por si quieren recrearse con toda la disparatada traducción ahí les dejo el original “traicionado” más que “traducido”. En Harvard se intenta hacer las cosas bien (lo cual parece implicar que en otros lugares lo que intentan es hacerlas mal), pero como ven, no siempre les sale. Es un consuelo en estos tiempos de tanto desconsuelo y baja autoestima.

lunes, 23 de abril de 2012

MET

Pensaba titular esta entrada “fenomenología del corrillo infantil”, pero no quería ahuyentarles (si es que no están ya suficientemente ahuyentados). El título era, en todo caso, descriptivo de lo que me propongo hoy que no es sino narrarles un interesante episodio ocurrido el pasado domingo en el MET (así llamamos la gente bien de toda la vida al Metropolitan Museum of Art de Nueva York). Pero procedamos en orden.
Nosotros – o sea, mi familia nuclear, compuesta, como se sabe, por un núcleo estable y un electrón cuya posición y velocidad nunca puede determinarse con absoluta precisión- nos hallábamos en Nueva York (como decía Marita, una amiga pija del Estudio: "quién no va a Nueva York cada dos meses") aprovechando la muy favorable circunstancia de que los acogedores Alfonso y Liz, junto con sus electrones Diego y Ana, se han trasladado recientemente al Upper East Side (no puedo referirme de otro modo a la confluencia de la 77 con York Avenue, discúlpenme).
El domingo se levantó jarreando, con lo que nuestros planes de seguir explorando la ciudad se frustraban. La solución se llama “Museo” – un lugar que a muchos electrones no gusta especialmente, sobre todo si son “de cosas antiguas”. Pero para eso se han inventado - ¡oh loado seas inventor!- los tours o programas infantiles, tan frecuentes en este país donde los electrones son tan preciados. Al pequeñuelo se le enrola en una visita en la que una monitora o monitor les trata de persuadir de lo muy impactante que va a resultar en sus vidas deambular por una sala donde se acumulan decenas de estatuas grecolatinas. Los padres acompañamos la actividad, y, de cuando en cuando, nos despistamos un par de minutos para mirar de reojo otra sala, pendientes siempre de que el electrón no salte de orbital, es decir, que no quiera comprobar si la peana de Perseo va a seguir sometida a las fuerzas de la gravitación macroscópica una vez que el pequeñuelo le ha pegado una patada a la dicha peana.
Han sido varias las ocasiones en las que hemos aprovechado este encomiable servicio, concretamente en el MFA (así nos referimos los cultos al Museum of Fine Arts de Boston), y ello me ha permitido ir elaborando un linneano catálogo de géneros, y sus correspondientes especies, de los pequeñuelos que se concitan en torno al monitor@. Aunque la taxonomía es aún incipiente, creía, cuando empezaba la actividad en el MET, que ya podía identificar las más importantes especies. Descubrí que no. Que una nueva especie inaudita se agazapa, acecha y ataca. Sigan, sigan leyendo.
En cuanto los niños se reunieron en el corrillo – lo que ahora, con grandilocuencia ateniense, se llama “asamblea”- junto a la mística monitora – apréciese en la foto cómo al final de la actividad les pide a los niños que “den gracias” al planeta por ser el día de la tierra- atisbé dos miembros del primer género: el responsivus persistensis, es decir, ese niño que siempre levanta la mano al ser interpelado el grupo. Hay varias especies, y un pequeñuelo de rasgos asiáticos me pareció claramente un responsivus enciclopedicus, esto es, un pequeñuelo que aun no habiendo cumplido los 6 conoce a la perfección los avatares de la mitología griega. Está también el responsivus exasperantis, que también levanta la mano, se le da la palabra, y no dice nada, o bien tarda mucho en decirlo, y la monitor@ se ve obligada a mantener al resto de electrones calladitos para que el responsivus exasperantis no se convierta en responsivus deprimensis. Mayores problemas plantea, sin embargo, el responsivus a boleius, o sea el responsivus que, a diferencia del enciclopedicus, no sabe casi nada pero quiere decir lo primero que se le pasa por la cabeza, venga o no a cuento. El monitor@ se ve entonces obligado a tratar de encauzar la respuesta en la dirección más adecuada, o a reírse, para, de nuevo, no provocar una mutación que convierta al responsivus en rabiosus, frustrensis o en algo incluso peor como bipolarensis. Desgraciadamente, nuestro ecosistema de corrillos infantiles está superpoblado de a boleius: la especie enciclopedicus y el género de los prudensis, modestus o timidus están sin embargo en peligro de extinción.
Al corrillo se incorporó, un poco tarde, un responsivus a boleius. Lo calé a la legua, en cuanto se sentó y levantó la mano. Era de los más peligrosos. Un raro ejemplar con trazas de responsivus a boleius graciosillensis. Quise prevenir a nuestra mística monitora pero no me dio tiempo. En ese momento ella recordaba a los pequeñuelos las reglas del buen comportamiento en el museo; los responsivus enciclopedicus, así como algún modestus al que la monitora inquiría para que los enciclopedicus no monopolizaran el corrillo, ya nos habían ilustrado sobre alguna de las prohibiciones. Por si no lo saben, en Estados Unidos son muy cuidadosos de nunca formularlas como tales, como deberes de “no hacer”, no vaya a ser que el pequeñuelo se traume al saberse en un mundo donde no puede hacer lo que le da la real gana, como otros que se van a Botsuana. No, al niño se le prohíbe mediante el permiso o deber positivo de hacer lo contrario a lo prohibido; verbigracia, que no está prohibido correr en el museo (“don’t run”), sino que debes o puedes “andar” (“walking feet”).
En esas andábamos cuando algún responsivus exasperantis, tras momentos de duda, dijo que no se podía “paint in the painting” (“pintar en el cuadro”), lo cual provocó una carcajada sonora en pequeños y mayores – sonora y nerviosa en los adultos, para qué negarlo, pues algunos proyectamos la ocurrencia... La monitora, en esa línea de “no frustración del destinatario de las normas”, se rio también ("oh, qué positivo todo y qué alegres y ocurrentes estamos a pesar de la lluvia") y tradujo la prohibición a: “paint in the sketch paper” (allí donde los pequeñuelos iban a desplegar toda su inmaculada creatividad). Y hablando de inmaculada creatividad; entonces...
Entonces, el responsivus a boleius graciosillensis levantó sus alas, digo, su mano, y con toda su inocencia infantil, dijo: “no raping” (“prohibido violar”). El silencio – frío como la espada del Perseo que nos vigilaba- sólo se rompió cuando alguien cayó en la cuenta de que la monitor@ había fibrilado. Menos mal que en Nueva York abundan los médicos y los desfibriladores portátiles. Menudo jaleo. Y el a boleius graciosillensis como si con él no fuera la cosa. Menuda pieza. Lo dibujé bien en mi cuaderno de campo, y anoté su edad, un ejemplar de 5 añitos. ¿Qué será de él dentro de 15?

martes, 17 de abril de 2012

EL DÍA D(E) (DESPUÉS)

Estoy confuso y acartonado. Me parece que es primero de año y que anoche me tomé el chocolate con churros ese con el que “rematar la faena”. No me he puesto el chándal, como en aquellos tiempos de resaca post-fin de año, pero me acompaña una semejante confusión ontológica y epistemológica. ¿Qué pasó? ¿Cómo me lo pude beber todo? Porque debió ser todo el agua del condado lo que ingerí, amén de un “Powerade” asquerosamente dulzón pues, total, la faena estaba ya rematada hacía tiempo. Hay maratones que se acaban y otros que acaban con uno, y bien pronto puede llegar a descubrirse que es lo segundo lo que acontecerá. Hubiera preferido el chocolate con churros, aunque en ese momento alcanzáramos los 90º Farenheit (30 centígrados) - desde agosto no ha hecho tanto calor en Boston- y el vencedor del año pasado ya se había retirado hacía tiempo. ¡Qué magnífico consuelo! Claro que, siguiendo la entusiasta recomendación de mi amiga Alicia, allá por la milla 20 me metí para el cuerpo un canapé de anchoa para combatir la hiponatremia. “El maratón es una preciosidad”, me había escrito el día P(revio).
No sé si fue un maratón lo que (mal)corrí o más bien me pasó que andaba de despedida de soltero y los de la cuadrilla tuvieron la ocurrencia de llevarme a un Aquapark. Vuelvo a oír mis zapatillas chapoteando tras atravesar una vez más otra de las muchas duchas y mangueras que los infinitamente generosos vecinos de las localidades de Hapkinton, Framingham, Natick, Wellesley y Newton sacaron a sus jardines para aliviar nuestro sofoco. Me retumban todavía los gritos de ánimo, cuya sonoridad y recurrencia reverberará en mi memoria más allá del día después, y cuya taxonomía daría para una tesis en antropología cultural. Gracias a que, por recomendación insistente de Ana, escribí mi nombre en la camiseta, me vi constantemente interpelado, en esa forma tan fonéticamente encantadora que producen los anglohablantes. Ayer no fui “Pablo” sino “Pablou”, alguien que era “awesome” (impresionante), que “looked great” (tenía una pinta estupenda) que estaba siempre a punto “hacerlo” (llegar a la meta) aunque todavía anduviéramos por la milla 5. La magnitud de los adjetivos es directamente proporcional al aspecto cadavérico que el corredor presenta, y el mío, por lo que oía, debía ser ya de los que ameritan la extremaunción. Incluso fui un sujeto besable, allá por la milla 14, cuando un grupo bien nutrido de estudiantes de Wellesley College (sí, allí donde estudió Hilary Clinton) ofrecían besos con justificaciones tan contundentes como la de ser la ofertante de Hungría (“Kiss me because I am hungarian”).
Y no es que yo tuviera en ese momento animadversión alguna por lo magiar, vive Dios, sino que estaba para poquito y además con una sudorina que ya ni en Hungría aceptan. Era ese el momento en el que el cerebro también se esponja – ayer más que nunca, ciertamente. Desde que me he levantado un fogonazo me asalta en la forma de un cartel que rezaba “Go Mea”; y sí, ya para entonces también me había convertido en incontinente, con lo que hice caso al anuncio. Y ni me paré ni nada, en plena marcha. Mea, claro, debía ser una corredora, pienso yo ahora con mayor equilibrio electrolítico, aunque las piernas, lo que se dice las piernas, no pueden ser más de madera (sobre todo al bajar las escaleras).
Y en esas estábamos, ya hechos pis y todo, que entramos en Newton, la apacible localidad que alberga Boston College, al que se llega subiendo la temible “Heartbreak Hill” (la cuesta rompecorazones) ubicada en la milla 20 y a la que ya hice referencia en mi azucarada misiva del día P(revio), cuando todo es poesía, esperanza e ilusión. Allí, en la infame cuesta, me esperarían Ana y Mariana y ante ellas tenía que pasar con prestancia. No sé si lo conseguí del todo aunque ciertamente su presencia me proporcionó un nuevo impulso. Mariana e Ignacio tuvieron incluso la infinita paciencia de acompañarme unos metros, mientras Ana, convertida en una intrépida ciclista, se lanzaba al siguiente hito, allí donde mi hinchada se había concentrado con pancartas, banderas y una fanfarria digna de mejor causa. Antes de llegar a Coolidge Corner, en la milla 24, advertí de refilón a Inma y a Elizabeth, el preludio de la apoteósica bienvenida que los Joel, Lola, Alex, Ángela, Mariana, Maitane, Mikel, María Ángeles, Matías, Ana, Irene, Gabriel y Begoña me brindaron. Ni a Filípides le organizaron nada semejante al llegar a Atenas, y eso que yo tenía bien poco que comunicar. Tan sólo un débil, aunque profundamente sentido, “gracias”.
Y el resto, o sea, las dos millas de tránsito por Beacon, Kenmore y Boylston, y la meta y la entrada y el tiempo, y todo eso, pues, qué quieren que les cuente; lo de menos. El gentío, eso sí, ya en pleno centro de Boston, aún más entusiasta y ensordecedor. Y yo más parlanchín, y aunque mis piernas apenas si podían ya trotar, empecé a verlo todo más claro, tal vez por el efecto de la anchoa: “tiene razón Alicia” - me dije- “el maratón es precioso”. Sobre todo por la gente que te acompaña en la aventura. Ayyyy, que me he vuelto a poner poético...

domingo, 15 de abril de 2012

MARATÓN
Escribo cuando no estoy corriendo, sólo imaginando, aunque sólo corriendo se imagina con plenitud (para lo bueno y para lo malo). Escribo cuando aún no he salido de casa, con esa bolsa de plástico con tirantes que tan popular se ha hecho en las carreras de larga distancia, en la que habré metido los aperos de la supervivencia – geles, vaselina, gorra, agua, cinturón- y con la cabeza llena de los recuerdos de estos meses pasados en los que he corrido preparando una prueba que siempre es incierta, aunque en esta ocasión más si cabe: la nieve del Reservoir; la pista de Jamaica Pond, el viento impenitente - ¡cuánto te echaré de menos mañana Eolo!- los madrugadores viajeros que cruzan el Riverway, mi Pabloway, camino de la estación de Longwood; los fieles de la parroquia de Boston College y su mirar desconcertado cuando me ven pasar, triunfante, tras haber coronado la “Heartbreak Hill”. Escribo cuando tú estás durmiendo, cuando yo imagino que puedo seguir corriendo sin parar, a pesar del calor y del cansancio, y que la meta está ahí mismo, y que, en el camino, he visto a gente muy querida que me anima, y les he podido responder con sonrisa agradecida. Imagino, incluso, que estoy disfrutando de un cuerpo, el mío, que se mueve ligero, incluso contra un viento que nos viene a refrescar el ánimo. Imagino que imagino que lo que queda por delante no es para tanto, que lo he hecho muchas veces a mayor velocidad y pude salir del embate. Imagino que ya te has levantado y has abierto este blog, y me imaginas. Y entonces me impulsas. Imagino que cruzo la meta y te encuentro.

domingo, 8 de abril de 2012

LUCY
(¡NUESTRA GATA LUCY SE HA PERDIDO! ¡Por favor ayúdennos a que vuelva a nuestra casa de la calle Linden! (esta es una vieja foto – Lucy ahora pesa más y está más prieta y con pelo). Lucy se perdió ayer (viernes) por la mañana, 30 de marzo. Es una Calico y tiene dos años y medio. Es una gata casera así que probablemente esté aterrada de estar en el exterior. Si la ven y escapa, por favor llámennos y acudiremos a recogerla. ¡Muchas gracias! Ginnie, Kathy, Katie, John y Meg. 12 Linden Street 617 277 2384).


Miau. Soy Lucy, la gata Calico de la foto. Es para mondarse. En fin, vamos por partes. No me he perdido, me he pirado harta de esa familia de histéricos encabezada por Meg, la pequeña, que está todo el día tratándome como si fuera imbécil y empeñada en que beba leche de avellanas – que es como decir vino de manzana- para cuidar mi línea. Ella, ella es la que anda a todas horas persiguiéndome para que haga abdominales, ella, a la que sus amigas en secreto llaman “Mega”, y no les tengo que explicar por qué. Y el caso es que la niña empezó haciendo de modelo infantil y salió en la tele y todo anunciado yogures. Aterrada estoy de seguir en ese barullo de casa de la calle Linden. No se si han oído ustedes hablar de Samuel Cartwright, un médico de Louisiana que allá por 1854 calificó como una tendencia “patológica” el irrefrenable ansia de escapar que tenían muchos esclavos negros: "drapetomanía" lo llamó el tío (y no, no empiecen ahora a abrir otra ventanita para buscar este dato en Wikipedia, yo les doy mi palabra de gata de que es verdad lo que les digo). Pues lo mismo padezco yo. "Inside cat", "inside cat"... tiene bemoles el tema, esto es como si decimos que los niños que se mueren de hambre en el Tercer Mundo son inapetentes.
Y es que el cartelito de marras con el que han sembrado las aceras de Brookline miente desde la primera palabra: “Our”, “nuestra”. ¡Pero habrase visto! Estos disfuncionales se creen que soy de su propiedad. Y todo porque un día al pediatra que trataba al pre-delincuente de John se le ocurrió que, para suscitar su empatía “aletargada”, debían comprarse una “mascota”. Y aquí me tienen, 6 años después, sin haber suscitado nada. Y John ya hecho todo un delincuente, un día sí y otro también arrestado por actos vandálicos varios. Y Kathie, su madre, insistiendo en que todo ha sido su culpa por haberle parido por cesárea. Y ahora insiste en que yo necesito un “psicólogo de gatos”, bueno, “psicóloga”, porque según ella la perspectiva de género es muy importante. Qué manía les ha entrado con que estoy deprimida.
Bueno, a Ginnie, el padre y a Kathy, la mayor, les importó un rábano en el fondo. Él dice ser quiropráctico y tortura en casa. Me consta que se propicia a tres de sus clientes, en la propia salita junto al dormitorio conyugal. Y Kathie en Babia, mejor dicho, en sesiones de “retrocesión” con un sanador tradicional de origen nigeriano que la ha persuadido de que en sus otras vidas fue una reina inca que practicaba sexo en grupo. Y Kathy… lo de Kathy es todo virtual, sus quehaceres, su higiene, su actitud, su vida al fin, que discurre ya casi sólo en una pantalla junto a 5 ordenadores, si he contado bien, y varias multi-copiadoras de DVDs. Y los padres pensando que tienen una pequeña Steve Jobs en casa. El día que aparezca el FBI se caerán definitivamente del guindo.
Así que ustedes me entenderán si les ruego que me dejen en paz si me ven por ahí, disfrutando con los gatos arrabaleros de Brookline, persiguiendo ratones, escarbando entre la basura, haciendo el amor en los tejados, compartiendo raspas de sardina del atlántico norte. Aunque dudo que me reconozcan. La foto es horrorosa, recién levantada, sin haberme aseado ni nada. Y el pelo, sí, tengo más, como se dice en ese cartel ignominioso, pero teñido, que me habían salido canas por el encierro. Y no es plan. Miau. 

domingo, 1 de abril de 2012

TAPAS
Entré en el local y vi esto:


¿Creen ustedes que cabía albergar la esperanza de una cena española, pero de las de verdad, de las de convocar añoranza, llorar de emoción como plañidera, volverme todo ñoño en recuerdo del terruño? (reparen, please, en el recurrente uso de esa Ñ tan nuestra de Españñññña, Españñññña que ahora empleo con ansia reivindicativa y compensadora del fiascazo). Pues no, no fue el caso. Lloré, sí, pero de pena. Y también de rabia cuando me sirvieron el “Pisto manchego” y los “Boquerones” que pedí con ilusión renovada. Pero no, no vayamos tan deprisa en el relato de los acontecimientos.

¿Qué coño hacía yo en “La Tasca” de la 1612 Commonwealth Avenue el pasado jueves 29 en compañía de un pintoresco grupo de estadounidenses de variados orígenes étnicos, edades, pelajes y pesajes? Pues satisfacer, un tanto a regañadientes, la petición de una buena excolega de Boston College de mi mujer, ahora dedicada a ciertas labores administrativas en “Team in Training” una de las muchas organizaciones de “caridad” (charities), ONG’s en la jerga más actualizada y políticamente correcta, que se dedican a canalizar dinero para sufragar buenas causas a través del esfuerzo de correr un Maratón: Boston, París, y, ahora también, el renovado Rock&Roll Madrid Marathon que se disputa el próximo día 22 de abril.
Trece - número que tampoco augura nada bueno- gachís y gachós de por estos lares parten próximamente para afrontar ese reto tras haber recaudado la nada despreciable cantidad de, como poco, 4.000 dólares por barba que destinan, en este caso, a la lucha por la erradicación del linfoma y la leucemia. Durante semanas han sableado al personal de su entorno, a su red familiar y sobre todo social, o, en último término, a su propia economía doméstica, para así disponer de un dorsal y toda una pléyade de servicios durante los meses de entrenamiento. Y digo lo de la propia economía doméstica porque aquí los compromisos no son de mantequilla: la solicitud de participar para esa charity incluye un objetivo de recaudación – a partir del mínimo indicado-, un plazo para hacerlo, y, agárrense, un número de tarjeta de crédito donde, en su caso, se cargará el monto que reste hasta sumar el objetivo comprometido. Y lo de la panoplia de servicios también merece comentario aparte: el grupo cuenta con un entrenador que les hace un seguimiento y un programa de actividades entre los que se incluyen cenas donde se confraterniza y se comparten motivaciones y un entrenamiento colectivo todos los fines de semana al que acuden también otros voluntarios encargados de proporcionarles líquidos y avituallamientos en distintos puntos del recorrido por el que les toca transitar ese sábado o domingo. En fin, una suerte de “profesionalización del amateurismo atlético”, un modus operandi, que dista mucho, pero que mucho, de lo que yo he podido vivir entre quienes en Madrid y otras ciudades españolas corren habitualmente carreras populares.

Su espíritu es ciertamente distinto a la hora de afrontar el reto del Maratón: les mueve una mezcla de aventura y de necesidad de rendir tributo a quien, en este caso, ha padecido la enfermedad para la que trabaja esta ONG. Quieren dedicarles el maratón a esa persona, y, con ello, solidarizarse financieramente con la causa de su mejor tratamiento y eventual erradicación. Ustedes seguro que se han fijado en quienes al cruzar la meta de una de esas carreras ha elevado la vista al cielo (¡anda que no lo hacen futbolistas afamados!) o ha descubierto una camiseta que reza “Va por ti Paqui”, o proclamas semejantes. Pues esto viene a ser algo parecido pero con el parné por delante y mucho apoyo logístico.
Conocí a este grupo de solidarios trotamundos a principios de octubre, cuando la organización estaba “lanzando sus redes” para captar benefactores-corredores para el maratón de Madrid. La cita también fue en otro (mal)llamado “bar de tapas españolas”, pero apenas si nos dieron agua y aceitunas. Me querían para que les hablara de Madrid – sus maravillas- y la Maratón – sus peculiaridades. Me lo tomé como si me tocara presentar un paper en mi Departamento de Harvard, pensando que allí acudirían corredores de fuste, altos, robustos y fibrosos, remedos de las viejas glorias fondistas que ha dado este país – Prefontaine, Joan Benoit, Alberto Salazar. Pues no. Allí se concitó una colección de simpáticos “gorditos” – por decirlo con cariño- bisoños todos ellos en esto del correr, y con pinta de no tener la más mínima preocupación por el ritmo al que podrían correr en Madrid o su posible “marca”, y sí en cambio con mucha urgencia por saber donde en Madrid se bailaba flamenco, se compraban "estatuas Lladró" y se veían corridas (enseguida percibí lo impertinente que sería mi muy meditada “disección” del recorrido de la carrera). Alguno se vanagloriaba de haber terminado una media maratón (en un tiempo que me tuvo que repetir porque creía que era la marca que había hecho en la Maratón, y, si era el caso, podría estar cerca de batir el record del mundo). “Tuve que andar un par de kilómetros, eso sí”, añadía con honestidad angelical.

En fin, que yo salí de allí con bastante hambre y con mucha preocupación por el destino cardíaco de aquellos incautos. Para curarme y curarles en salud – y no vaya a ser que me estuvieran grabando y me cayera luego una demanda por “publicidad engañosa” o algo así, que en este país hay que tentarse la ropa- insistí en la dureza del trazado, las muy altas probabilidades de calor, y otras inconveniencias a añadir a la ya muy inconveniente distancia. Como el que oye llover: para esta segunda cita me llamaron porque habían batido todas las expectativas de inscripción.
Esos objetivos más que sobradamente cumplidos han debido traducirse en la existencia de fondos extra para agasajarme con algo más que aceitunas y agua, aunque, a la postre, me conformo con esta opción de régimen de preso saliendo de la huelga de hambre. Camino de la cita me preguntaba cuán enjutos estarían aquellos que conocí en octubre, si ya les habría picado el gusanillo competitivo y si la cena se iría a convertir en una retahíla de ritmos, proezas, pulsaciones, desfallecimientos y recuperaciones imprevistas, y toda esa épica un tanto pesada del corredor aficionado que ha descubierto la medida de todas sus cosas en la carrera popular.

Nada más cruzar la puerta de “La Tasca”, superado el impacto por la visión de la flamenca-stripper, identifiqué a dos de los del grupo de octubre en la barra. Me llamaron la atención dos cosas: la apoteósica jarra de sangría de la que se servían el segundo – si no tercer o cuarto copazo- y ¡que estaban más gordos que en Octubre! Y yo que había acudido, en esta ocasión, con todo un catálogo de restaurantes italianos en los que “reponer carbohidratos”, amén de comparativas y estadísticas relativas a las pérdidas de ritmo en la cuesta de la Ronda de Segovia.
Terminada mi exposición – mucha de la cual me parecía que resultaba de nuevo impertinente- nos lanzamos a “cenar de tapas”, con gran entusiasmo por la novedad de ese modo “tan español” de ingesta alimentaria. En Estados Unidos, y en otros países, la tal novedad ha supuesto unos pingües beneficios para el restaurador de turno – muchas veces, pero no siempre, un avispado emigrante español tan poco experimentado en el negocio de la cocina como los corredores de Team in Training en el Maratón- que no deja de poner precios abultadísimos a ridículas racioncitas de las que, claro, hay que tomarse varias para no salir corriendo al Dunkin Donuts de la esquina y completar.

Leí la carta con una mezcla de confusión y escepticismo (¿“Couscous israelí”?) con la advertencia, por parte de la organizadora, de que no se iba a compartir nada, es decir, que cada cual, muy protestantemente, se lo leía y se lo comía, en un ejercicio de impecable aniquilación del tapeo. Solo faltó que cada cual sacara su Iphone y se echara su partidita de "Angry Birds".
Sucumbí, sin más lectura, al “Pisto manchego”, como señalaba, y “de primero” me trajeron “Boquerones”, concretamente cuatro, por los que pude haber preguntado cómo se llamaban y dónde habían residido hasta ser pescados y llevados a la mesa y qué tipo de ocupaciones les habían alegrado la existencia. El hambre galopante se tornó en revoltijo cuando apareció mi anhelado pisto: una especie de mini-pizza de vegetales que tenía toda la pinta de ser un congelado de La Sirena. Indescriptible.

Me lo tengo merecido. Por acelerado, por no leer la descripción auténtica, la que dan al personal local, en su idioma y para sus gustos. Se la transcribo y traduzco, para que ustedes alcancen a comprender lo que de manchego tenía el dicho pisto, y lo que había de pisto en el plato. Ahí va: “Roasted Mediterranean vegetables in a fresh basil dressing served on a garbanzo bean pesto toasted flatbread (no nuts)”. O sea: “Verduras mediterráneas asadas con una salsa de albahaca fresca servida sobre un pan de pesto de garbanzos (sin nueces)”. Sólo faltaba, claro, que llevara nueces. Garrapiñadas, no te j..e.
Y hablando de nuts, pienso ahora si el paréntesis no será en realidad la advertencia de quien se conoce el percal y quiere avisar al incauto cliente (un camarero oriundo de Campo de Criptana que vela por la denominación de origen). “Nuts” en inglés también significa “tonto, bobo”, con lo que tal vez el paréntesis final debe leerse como: “No (no lo pidas) tonto”.