lunes, 28 de mayo de 2012

lunes, 21 de mayo de 2012

COUNTWAY

Una vez a la semana – y a veces dos si se celebra el Seminario de la gran Marcia Angell, ex editora jefa del New England Journal of Medicine, o si hay sesión del Harvard Ethics Consortium, donde se revisan casos del Comité de Ética del Children’s Hospital- acudo a la biblioteca de la Facultad de Medicina nombrada en honor de Francis A. Countway quien fue presidente de la división estadounidense de la poderosa industria química británica “Lever Brothers” (la del jabón Lux), germen de la todavía más poderosa multinacional Unilever, y que a su fallecimiento donó 3 millones y medio de dólares (año 1965) a la Facultad de Medicina.  

La biblioteca alberga el Warren Anatomical Museum que tal vez les suene a ustedes porque en él está depositado el cráneo del famoso Phineas Gage, el operario que a mediados del siglo XIX sufrió un terrible accidente mientras barrenaba en un terreno en el que se construía una vía ferroviaria. El pobre Phineas debió calcular mal, o se despistó, el caso es que la vaina metálica de uno de los cartuchos de dinamita le atravesó literalmente la cabeza, paseándose impunemente por su lóbulo frontal y dejando tras de sí un orificio en el occipital que da gusto (y susto, sobre todo susto) verlo. Y oiga, que sobrevivió, aunque, nunca mejor dicho en este caso, “no volvió a ser el mismo”, como de manera tan sugerente ha documentado el neurólogo Antonio Damasio en el libro El error de Descartes, obra que ha convertido definitivamente a Gage en toda una celebrity y a los estudios en torno a las bases neurológicas del comportamiento moral en una de las disciplinas de más rabiosa actualidad.

Los viernes por la mañana, cuando acudo a una de esos eventos a los que antes me refería, paso respetuosamente por la vitrina donde, cual brazo incorrupto de Santa Teresa, se guarda el agujereado cráneo y me inclino admirado. Pero hasta ahora, en mis visitas a la Countway, siempre deslumbrado por la fortuna de Gage, no me había fijado en esto cuando devolvía o sacaba libros en el mostrador de la primera planta:




El post-it, por si no lo pueden leer, dice: “Su querido personal de préstamo” (Your lovely circulation staff). A continuación una serie de nombres, Beth, Emily, Cooper, Stacie, Keith, Joshua. Uno de ellos es ilegible, pero, en fin, eso es lo de menos. Fíjense en la fotografía y reparen en que entre Beth y Keith, si es que los nombres van de izquierda a derecha y de arriba abajo y el busto no cuenta – ¿Hipócrates?-, hay un individuo de nombre Cooper que, bueno, es sospechoso de, en fin, de ser un perro, ¿no? Y, ¿cómo no le van a asaltar a uno las preguntas? Más que cuando atisba el cráneo de Gage.

Así que después de un par de noches tardando en conciliar el sueño, elucubrando sobre si la legislación del Estado de Massachussetts en materia laboral está tan avanzada que incluso la barrera de la especie se ha levantado para la contratación (que no se entere la del ramo en España); especulando sobre la posibilidad de que usen la lengua de Cooper para impregnar el adhesivo que indica cuándo hay que devolver el libro, me he decidido finamente a inquirir. Así fue la conversación:

Yo: Este Cooper, ¿es un compañero vuestro?

Keith: Sí.

Yo: Pero, parece un perro….

Keith: Lo es. Es un perro sanador (healing dog).   

Yo: ¿Cómo?

Y sí, pensé lo que ustedes ahora mismo, aunque los modos de expresarlo verbalmente puedan variar en el espectro que va de “¡coño!” a “¡la caraba!” pasando por “¡cágate loro!” o los más gráficos todavía “¡cágate lorito!”, “¡toma del frasco carrasco!” y “¡chúpate esa mandarina!”. La conversación siguió, claro, yo no me podía quedar así, que me debo a ustedes.

Keith: A Cooper le vienen a ver pacientes diversos, personas con depresión, autistas, que pasan con él un rato y les equilibra. Está aquí, si quieres pasa.

Y claro, este bloguero intrépido pasó, y…

Decepcionante. Ni fu ni fá. El perrillo, pues hombre, no destaca por nada, es lanudo, como en la foto, pequeñajo, no molesta y está más bien a su bola (de lana, mayormente). O yo estoy muy equilibrado o Cooper está en huelga de celo porque también le han recortado el salario en aras a la consolidación fiscal. Y mira que le conté que ya nos volvemos en plena vorágine, que andamos medio depres por lo que nos vamos a encontrar, pero al can no parecía interesarle gran cosa.

Cuando salía del corralito (uy, perdón) donde tienen a Cooper para que reciba a sus pacientes, y daba las gracias a Keith por el hallazgo, pensaba en que a quien a lo mejor habría venido muy bien la compañía de Cooper era a Gage. Pero ya es pelín tarde. Me temo.  

lunes, 14 de mayo de 2012

UPS

Sí, United Postal Service, aunque fonéticamente es la interjección que aquí se usa para denotar que uno ha tenido un desliz, un error, un lapsus (en inglés se escribe “oops”). Este año electoral ha habido un comentadísimo “oops”: el del precandidato republicano Rick Perry – a la sazón gobernador de Texas- cuando, en un debate televisado, no recordaba el nombre de la tercera agencia estatal que cerraría si llegaba a ser presidente. Ay, ay, ay, oops, oops, oops, que ya me voy por las ramas…

Sí que era una agencia, sí (la de UPS), adonde acudí con el afán de empezar a organizar algunos detalles logísticos de nuestra vuelta a la patria. Y saben lo que les digo después de mi visita: que es la UPS la que debía tener en la cabeza el gobernador tejano. Por lo siguiente que paso a contarles.

¿No han vivido ustedes más de una vez una aplastante sensación de intromisión cuando entran en un establecimiento público? Ya saben, cruzan la puertay tienen un pálpito nada más ver el geto del dependiente. Este individuo o individua mira concentrado la pantalla del ordenador, pero es obvio, dada esa concentración – ni la del matemático Andrew Miles cuando repensaba su fallida estrategia para resolver el teorema de Fermat-, que lo que hay en la pantalla en ese momento es:

a)   Un “angry bird” calculadamente catapultado en pleno vuelo hacia el monito.

b)   El vídeo clandestino de Pedro J. Ramírez en su encuentro con Exuperancia Rapú Muebake remasterizado.

c)   Las imágenes captadas por una webcam pirata instalada en el gimnasio de la estación de bomberos de Long Island.  

A usted le ha tocado esta tarde el dudoso privilegio de ser un OVNI (Objeto Visitante Numantinamente Impertinente). Y esto no sale gratis.

Este OVNI que les habla tuvo la osadía de interrumpir a Jenny, la empleada de UPS de la sucursal de Brookline, con la cósmicamente banal pretensión de saber las tarifas y otros requisitos para mandar cajas a España.

Jenny no quitaba ojo de la pantalla. La que sigue es una transcripción del jubiloso intercambio, y, en cursivas, lo que Jenny en realidad pensaba y quería decir: 

Jenny: Buenas tardes, ¿de qué modo puedo ayudarle esta tarde? (a ver si este pesado sólo quiere un sello de 25 centavos que está a punto de declararse el sobrino Matthew).

OVNI: Sí. Yo quisiera saber qué cuesta mandar cajas, qué modalidades de envío hay, si las cajas las debo comprar aquí…

Jenny: Depende del peso (sí hombre, cómo que te voy a ahorrar yo el trabajo de investigar online).

OVNI: Ya, ya me imagino, pero eso es precisamente lo que quiero que me diga.

Jenny: Está todo online, en nuestra página (Diosss, Matthew, díselo ya… pesado este tipo).

OVNI: Pero seguro que con usted va ser mucho más entretenido averiguarlo. Especialmente cuando termine de mirar lo que ocurre en esa pantalla. Puedo esperar.

Como si le hubiera mentado a la madre. La tal Jenny me miró, como dicen en México, con “ojitos de pistola”, y debió pensar:

Jenny: Te vas a cagar

Sí, en ese momento la tal Jenny se transformó en una opositora a Registradora de la Propiedad dispuesta a cantar el tema, es decir, proporcionarme tal cantidad de información que habré deseado no haber cruzado nunca el umbral de su territorio. Su felina sed de venganza no encontraba límites.

Jenny: ¿Dónde es el envío? (Te vas a cagar que te voy a dar las dimensiones de las cajas y los pesos en todos los sistemas métricos usados desde que Lucy, la australopiteca, salió de su Etiopía natal)- dijo (y pensó) dándome la espalda.

OVNI: España, dije yo con voz trémula, como si fuera el ministro Guindos en la reunión del Eurogrupo.

Jenny: Mmmm (Te vas a cagar españolito que me he perdido la declaración del sobrino Matthew). En ese momento Jenny consultó un enorme tomo y fue comprobando, uno por uno, si mi pretensión era la de enviar alguno de los artículos prohibidos.

Tras una absurda retahíla, llegamos a un momento climático en nuestro encuentro, cuando Jenny, con indisimulada media sonrisilla, preguntó:

Jenny: ¿Restos humanos? (toma…)

OVNI: No, no creo que sea el caso (a lo mejor los tuyos, guapa).

Jenny: ¿Naipes? (anda, qué curioso…).

Jenny se olvidó del último episodio de Downton Abbey, de mi presencia incordiante, y comentó a su compañero:

Jenny: Me pregunto por qué está prohibido enviar naipes a España.

Y entonces… entonces llegó el éxtasis para este OVNI servidor de ustedes, pues la respuesta del colega, una respuesta dada con el tono de quien ya fue investido como Registrador de la Propiedad con plaza en propiedad, fue:

Colega enteradillo: En los países católicos el juego está muy mal visto. También debe pasar con Italia.

OVNI: Toma jeroma. Éste no se ha enterado aún dónde van a instalar Eurovegas Europa, por no decir que desconoce el hijoputa, la brisca, el tute, el mus, la escoba, la canasta, el dominó, la rana, la pocha, la taba, el bingo del Canoe, el casino de Torrelodones, las cirsas, los trileros de la calle Preciados, Doña Manolita, el cuponcito, el rasca, el gordo, el niño, la quiniela, la loto, la bonoloto… ¿Y lo del país católico?  

Todo esto lo pensaba mientras seguía en estado catatónico. Todavía me dura.







  












  




lunes, 7 de mayo de 2012

CREDIT

A los filósofos aficionados, como este humilde servidor de ustedes, nos encantan las paradojas: ¿puede una aspiradora aspirarse? (¡oh!) ¿Puede Dios hacer una piedra tan grande que ni él mismo pueda levantarla? (je, je) ¿Si un grano no hace un montón de arena, y dos tampoco, tres tampoco… tres mil trillones tampoco? (¡hala!); Yo cretense afirmo que todos los cretenses mienten (mmm). Y así tantas y tantas que, con distintos nombres (a veces debidos a un griego ocioso dado a hacerse paradojas mentales), han ido jalonando el pensar filosófico a lo largo de la historia. Hoy les presento una variante del género “paradoja de la circularidad”, por cortesía de GE Capital Retail Bank, Creditor. Con todos ustedes (chan, chan…): la “paradoja del crédito”.

Cuando abrí el buzón y vi una carta procedente de Orlando pensé: ya se han enterado los del ratoncito que nos vamos pronto y quieren que pasemos por caja. Pero no, no era publicidad de Disneyworld sino de esta compañía que les he mencionado a la que no tenía el gusto. Un individuo llamado Credit Manager (cosas peores se han visto tipo “Darwin Antonio” o “Condoleeza”) me informa, con un pesar genuino, que habiendo recibido una solicitud de una línea de crédito (“credit program”) por mi parte, en este momento no podía ser satisfecha. Al alivio (uff, no dice “jamás” sino “at this time”) siguió la perplejidad. ¿Cuándo he pedido yo una línea de crédito? Los mortales pedimos créditos, y, “líneas de crédito”, o “ayudas públicas para inyectar liquidez en el sistema financiero”, los consejeros delegados de los bancos. ¿A ver si Rato me ha falsificado la firma? Seguí leyendo y ya caí en la cuenta. Había solicitado un crédito aquella mañana de sábado en la que una amable asiático-americana dependienta del GAP de Harvard Street, tras preguntarme si lo había encontrado todo bien (como si realmente quisiera un informe completo sobre el local, el género, sus uñas de manicura francesa, o incluso mi estado de ánimo aquella mañana) me dijo si no quería sacarme el carnet de GAP, o tarjeta o blasón, ustedes me entienden, para, de esa manera, pagar 30 dólares menos en la factura.  Suelo decir que no cuando me tientan con estos carnés. Entre otras razones porque me viene a la mente el gesto de quienes, delante de mí en la cola, se disponen a pagar en uno de estos establecimientos, y pasan tarjetas y tarjetas – como una echadora de cartas- hasta llegar a la que les ha fidelizado con el sitio en cuestión (que puede ser desde un restaurante de comida rápida hasta una tintorería, pasando por una óptica o la cadena de perfumerías Gilgo). Si lo piensan un poco es como si delante de su novia o pareja mostrarán impúdicamente todo su arsenal de cartas de amor de antiguos amores, ¿o no?

Pero en fin, sea como fuere, esa mañana tenía yo baja la aversión al riesgo, y, oiga, que 30 dólares son 30 dólares. Así que dije que sí. La amable dependienta de uñas de manicura francesa se puso a teclear frenéticamente en lo que pensaba era meramente una caja registradora – pero que resultó ser más bien el oráculo de Delfos- y tras unos minutos me dijo que mi solicitud había sido rechazada. Y claro, me vino a la mente aquella genialidad de Groucho Marx, también dulce e inteligentemente paradójica: jamás me integraría en un club que tuviera como socios gente como yo. Pero de lo que no fui entonces consciente es de que había pedido un “credit program”.

Credit Manager de Orlando me informa del resultado del concurso – ya enseguida descubrirán porqué lo digo- en un modo en el que se ha eliminado todo residuo de narración. Hay varias opciones denegatorias – entre las cuales no figura, por ejemplo, ser CEO de algún banco de inversiones de Wall Street- y Credit Manager se ha limitado a marcar con una cruz en la casilla correspondiente a: “nuestra decisión se ha basado en parte en un sistema de puntuación de crédito usado para evaluar su solicitud. La razón o razones por las que no puntuó suficientemente bien en comparación con otros solicitantes se indican a continuación: carecemos en nuestros archivos de suficiente historial de crédito”. Más claro agua: no tengo crédito.

Pero hablando de agua, el procedimiento de Credit Manager y G. E. Capital Retail Bank, Creditor, también me trajo a la memoria nuestras desdichas en natación sincronizada contra las rusas, y, qué quieren que les diga, me he sentido un poco como Gemma Mengual. Me dan ganas de escribir a Credit y pedirle explicaciones por mi “score” e inquirir a qué otros pelagatos les han puntuado por encima. Pero luego, cuando sigo leyendo, veo que el juicio de Credit se ha basado en ciertas “credit reporting agencies” cuya dirección me facilita ya como diciéndome: “reclamaciones al maestro armero”.

Y lo que me dan ganas de escribirles a estos amigos es que me expliquen cómo resuelven lo que podríamos llamar la “paradoja de la primera vez”, es decir, que si me deniegan un crédito porque no consta en ningún sitio que jamás me otorgaran uno ¿cómo a alguien le pudieron conceder el primero? O mejor, que no me lo expliquen que me voy a deprimir más.

Pero es que, bien pensado, la cosa puede ser todavía más kafkiana: ahora alguien, algún otro Credit Manager de estos, sí va a encontrar en mi “credit history” el estigma de mi descrédito, y seguirá así creciendo la bola que empezó, ingenuamente, en un GAP adonde acudí porque me hacían falta calzoncillos. Y todo por ahorrarme 30$. Maldita mi sombra…