lunes, 21 de mayo de 2012

COUNTWAY

Una vez a la semana – y a veces dos si se celebra el Seminario de la gran Marcia Angell, ex editora jefa del New England Journal of Medicine, o si hay sesión del Harvard Ethics Consortium, donde se revisan casos del Comité de Ética del Children’s Hospital- acudo a la biblioteca de la Facultad de Medicina nombrada en honor de Francis A. Countway quien fue presidente de la división estadounidense de la poderosa industria química británica “Lever Brothers” (la del jabón Lux), germen de la todavía más poderosa multinacional Unilever, y que a su fallecimiento donó 3 millones y medio de dólares (año 1965) a la Facultad de Medicina.  

La biblioteca alberga el Warren Anatomical Museum que tal vez les suene a ustedes porque en él está depositado el cráneo del famoso Phineas Gage, el operario que a mediados del siglo XIX sufrió un terrible accidente mientras barrenaba en un terreno en el que se construía una vía ferroviaria. El pobre Phineas debió calcular mal, o se despistó, el caso es que la vaina metálica de uno de los cartuchos de dinamita le atravesó literalmente la cabeza, paseándose impunemente por su lóbulo frontal y dejando tras de sí un orificio en el occipital que da gusto (y susto, sobre todo susto) verlo. Y oiga, que sobrevivió, aunque, nunca mejor dicho en este caso, “no volvió a ser el mismo”, como de manera tan sugerente ha documentado el neurólogo Antonio Damasio en el libro El error de Descartes, obra que ha convertido definitivamente a Gage en toda una celebrity y a los estudios en torno a las bases neurológicas del comportamiento moral en una de las disciplinas de más rabiosa actualidad.

Los viernes por la mañana, cuando acudo a una de esos eventos a los que antes me refería, paso respetuosamente por la vitrina donde, cual brazo incorrupto de Santa Teresa, se guarda el agujereado cráneo y me inclino admirado. Pero hasta ahora, en mis visitas a la Countway, siempre deslumbrado por la fortuna de Gage, no me había fijado en esto cuando devolvía o sacaba libros en el mostrador de la primera planta:




El post-it, por si no lo pueden leer, dice: “Su querido personal de préstamo” (Your lovely circulation staff). A continuación una serie de nombres, Beth, Emily, Cooper, Stacie, Keith, Joshua. Uno de ellos es ilegible, pero, en fin, eso es lo de menos. Fíjense en la fotografía y reparen en que entre Beth y Keith, si es que los nombres van de izquierda a derecha y de arriba abajo y el busto no cuenta – ¿Hipócrates?-, hay un individuo de nombre Cooper que, bueno, es sospechoso de, en fin, de ser un perro, ¿no? Y, ¿cómo no le van a asaltar a uno las preguntas? Más que cuando atisba el cráneo de Gage.

Así que después de un par de noches tardando en conciliar el sueño, elucubrando sobre si la legislación del Estado de Massachussetts en materia laboral está tan avanzada que incluso la barrera de la especie se ha levantado para la contratación (que no se entere la del ramo en España); especulando sobre la posibilidad de que usen la lengua de Cooper para impregnar el adhesivo que indica cuándo hay que devolver el libro, me he decidido finamente a inquirir. Así fue la conversación:

Yo: Este Cooper, ¿es un compañero vuestro?

Keith: Sí.

Yo: Pero, parece un perro….

Keith: Lo es. Es un perro sanador (healing dog).   

Yo: ¿Cómo?

Y sí, pensé lo que ustedes ahora mismo, aunque los modos de expresarlo verbalmente puedan variar en el espectro que va de “¡coño!” a “¡la caraba!” pasando por “¡cágate loro!” o los más gráficos todavía “¡cágate lorito!”, “¡toma del frasco carrasco!” y “¡chúpate esa mandarina!”. La conversación siguió, claro, yo no me podía quedar así, que me debo a ustedes.

Keith: A Cooper le vienen a ver pacientes diversos, personas con depresión, autistas, que pasan con él un rato y les equilibra. Está aquí, si quieres pasa.

Y claro, este bloguero intrépido pasó, y…

Decepcionante. Ni fu ni fá. El perrillo, pues hombre, no destaca por nada, es lanudo, como en la foto, pequeñajo, no molesta y está más bien a su bola (de lana, mayormente). O yo estoy muy equilibrado o Cooper está en huelga de celo porque también le han recortado el salario en aras a la consolidación fiscal. Y mira que le conté que ya nos volvemos en plena vorágine, que andamos medio depres por lo que nos vamos a encontrar, pero al can no parecía interesarle gran cosa.

Cuando salía del corralito (uy, perdón) donde tienen a Cooper para que reciba a sus pacientes, y daba las gracias a Keith por el hallazgo, pensaba en que a quien a lo mejor habría venido muy bien la compañía de Cooper era a Gage. Pero ya es pelín tarde. Me temo.  

5 comentarios:

  1. "Muy bueno este post" dijo Fernández. Yo aún diría más (balbuceó Hernández), parafraseando a mi chuchita Cloe: GUAU. Abrazos, Rafael

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  2. ¡LA RISIÓN! Aprovechando la mención tintinesca de Rafael a mí sólo se me ocurre decir, parafraseando a Obélix el Galo "Ils sont fous ces américains!"

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  3. El perro es el mejor amigo... de la perra (José Luis Coll)

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  4. Yo creo que el perrillo esta más bien para el propio personal de préstamo, ya que parece que les vendría de perlas una "total healing".

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  5. Ja, ja, Rebeca, ahí le ha dao, como decía Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall...

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