Una vez a la semana – y a veces dos si se celebra el
Seminario de la gran Marcia Angell, ex editora jefa del New England Journal of Medicine, o si hay sesión del Harvard Ethics Consortium, donde se
revisan casos del Comité de Ética del Children’s Hospital- acudo a la
biblioteca de la Facultad de Medicina nombrada en honor de Francis A. Countway
quien fue presidente de la división estadounidense de la poderosa industria
química británica “Lever Brothers” (la del jabón Lux), germen de la todavía más
poderosa multinacional Unilever, y que a su fallecimiento donó 3 millones y
medio de dólares (año 1965) a la Facultad de Medicina.
La biblioteca alberga el Warren Anatomical Museum que tal
vez les suene a ustedes porque en él está depositado el cráneo del famoso
Phineas Gage, el operario que a mediados del siglo XIX sufrió un terrible
accidente mientras barrenaba en un terreno en el que se construía una vía
ferroviaria. El pobre Phineas debió calcular mal, o se despistó, el caso es que
la vaina metálica de uno de los cartuchos de dinamita le atravesó literalmente la
cabeza, paseándose impunemente por su lóbulo frontal y dejando tras de sí un
orificio en el occipital que da gusto (y susto, sobre todo susto) verlo. Y
oiga, que sobrevivió, aunque, nunca mejor dicho en este caso, “no volvió a ser
el mismo”, como de manera tan sugerente ha documentado el neurólogo Antonio
Damasio en el libro El error de
Descartes, obra que ha convertido definitivamente a Gage en toda una celebrity y a los estudios en torno a
las bases neurológicas del comportamiento moral en una de las disciplinas de
más rabiosa actualidad.
Los viernes por la mañana, cuando acudo a una de esos
eventos a los que antes me refería, paso respetuosamente por la vitrina donde,
cual brazo incorrupto de Santa Teresa, se guarda el agujereado cráneo y me
inclino admirado. Pero hasta ahora, en mis visitas a la Countway, siempre
deslumbrado por la fortuna de Gage, no me había fijado en esto cuando devolvía
o sacaba libros en el mostrador de la primera planta:
El post-it, por si no lo pueden leer, dice: “Su querido
personal de préstamo” (Your lovely
circulation staff). A continuación una serie de nombres, Beth, Emily, Cooper,
Stacie, Keith, Joshua. Uno de ellos es ilegible, pero, en fin, eso es lo de
menos. Fíjense en la fotografía y reparen en que entre Beth y Keith, si es que
los nombres van de izquierda a derecha y de arriba abajo y el busto no cuenta –
¿Hipócrates?-, hay un individuo de nombre Cooper que, bueno, es sospechoso de,
en fin, de ser un perro, ¿no? Y, ¿cómo no le van a asaltar a uno las preguntas?
Más que cuando atisba el cráneo de Gage.
Así que después de un par de
noches tardando en conciliar el sueño, elucubrando sobre si la legislación del
Estado de Massachussetts en materia laboral está tan avanzada que incluso la
barrera de la especie se ha levantado para la contratación (que no se entere la
del ramo en España); especulando sobre la posibilidad de que usen la lengua de
Cooper para impregnar el adhesivo que indica cuándo hay que devolver el libro,
me he decidido finamente a inquirir. Así fue la conversación:
Yo: Este Cooper, ¿es un compañero
vuestro?
Keith: Sí.
Yo: Pero, parece un perro….
Keith: Lo es. Es un perro sanador
(healing dog).
Yo: ¿Cómo?
Y sí, pensé lo que ustedes ahora
mismo, aunque los modos de expresarlo verbalmente puedan variar en el espectro
que va de “¡coño!” a “¡la caraba!” pasando por “¡cágate loro!” o los más
gráficos todavía “¡cágate lorito!”, “¡toma del frasco carrasco!” y “¡chúpate
esa mandarina!”. La conversación siguió, claro, yo no me podía quedar así, que
me debo a ustedes.
Keith: A Cooper le vienen a ver
pacientes diversos, personas con depresión, autistas, que pasan con él un rato
y les equilibra. Está aquí, si quieres pasa.
Y claro, este bloguero intrépido
pasó, y…
Decepcionante. Ni fu ni fá. El
perrillo, pues hombre, no destaca por nada, es lanudo, como en la foto,
pequeñajo, no molesta y está más bien a su bola (de lana, mayormente). O yo
estoy muy equilibrado o Cooper está en huelga de celo porque también le han recortado
el salario en aras a la consolidación fiscal. Y mira que le conté que ya nos
volvemos en plena vorágine, que andamos medio depres por lo que nos vamos a
encontrar, pero al can no parecía interesarle gran cosa.
Cuando salía del corralito (uy,
perdón) donde tienen a Cooper para que reciba a sus pacientes, y daba las
gracias a Keith por el hallazgo, pensaba en que a quien a lo mejor habría venido
muy bien la compañía de Cooper era a Gage. Pero ya es pelín tarde. Me temo.
"Muy bueno este post" dijo Fernández. Yo aún diría más (balbuceó Hernández), parafraseando a mi chuchita Cloe: GUAU. Abrazos, Rafael
ResponderEliminar¡LA RISIÓN! Aprovechando la mención tintinesca de Rafael a mí sólo se me ocurre decir, parafraseando a Obélix el Galo "Ils sont fous ces américains!"
ResponderEliminarEl perro es el mejor amigo... de la perra (José Luis Coll)
ResponderEliminarYo creo que el perrillo esta más bien para el propio personal de préstamo, ya que parece que les vendría de perlas una "total healing".
ResponderEliminarJa, ja, Rebeca, ahí le ha dao, como decía Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall...
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