domingo, 28 de mayo de 2017

GRADUATION

Pleasant Street (Brookline, Massachussetts)
El acontecimiento de la semana ha sido, por supuesto, el que llamaremos "rapto de la bitácora". Ustedes han tenido que intuirlo, son personas sagaces, pero habrán estado todos estos días urgidos por saber cómo fue posible. Muy sencillo: un wannacry, aunque no electrónico, ni digital ni virtual; analógico o, si quieren, el secuestro físico de toda la vida. Con sus condiciones para el rescate, aunque no en bitcoins sino en la forma de "no tocar ni una coma", o sea, nada de desmentidos ni enmiendas ni notas aclaratorias, ni mucho menos borrado de esa burda historia que, bajo el más burdo título de "Yo, Paco", apareció en la última entrada de este blog (y con este introito ya me estoy jugando el bigote). Pero ha pasado el plazo y yo he cumplido mi parte. De Jack ni rastro. 
Volvíamos Matías y yo de dar un paseo, haciendo nuestro recorrido favorito, ese tramo desde Kent a Harvard Street por la calle Longwood que nos ha visto crecer - más a Matías que a mí- tantas tardes de diario y mañanas de sábado o domingo en las que había que, simplemente, dar una vuelta, hang around como dicen aquí, despejarse, o salir a comprar algo de leche o yogur o fruta en el Traders Joe; regresábamos a casa, digo, por ese segmento al que Matías llama la "calle Caníbal", y la llama así porque en algunos de esos paseos nos hemos encontrado una rata muerta, un pájaro herido, huesos, un guante de esquí y un vómito provocado por la jarana de Saint Patrick; retornábamos, digo, antes de que se me vaya el hilo del todo, por la calle Caníbal en animada charla, y, como el que no quiere la cosa, nos encontramos ya abriendo la puerta de casa. Matías insistía en ese momento en que era urgente introducir un tercer estado entre el botón de like y el de dislike (el célebre pulgar arriba pulgar abajo atribuido a los Romanos hasta que apareció Mark Zuckerberg en nuestras vidas) un calificativo intermedio, una especie de ni fú, ni fá, un comme ci comme ça con el que él, por ejemplo, calificaría la última película de Hitchcock que hemos visto juntos (North by Northwest). 
Noté enseguida algo raro nada más entrar en el apartamento. Me dirigí a mi habitación, y, en efecto, allí, en lugar de mi portátil, o sea, en lugar de mi vida en verso (y prosa, sobre todo prosa) se hallaba una nota en la que se me decía que recuperaría mi ordenador al día siguiente siempre que no accediera, con ningún otro dispositivo, a este blog y modificara nada en una semana. Apenas pude conciliar el sueño que sólo me venció ya casi amaneciendo. Me levanté sobresaltado, con el cacharreo de Matías que últimamente me sorprende preparando el desayuno para ambos. Abrí la puerta de casa y allí estaba, en el descansillo, mi preciada joya. Y bueno, el resto de la historia ya la conocen. Matías jura y perjura que no tiene nada que ver y que no sabe de qué le hablo, pero yo, pues no las acabo de tener todas conmigo. Este "Paco"…
Por lo demás fue semana de graduaciones. La más señalada para nosotros la del primo Alex, brillante egresado en Físicas de Reed College (Oregon) a la que no pudimos acudir pero de la que tuvimos cumplida cuenta con los vídeos que nos mandaban Andy y Lola. Por aquí, claro, la más celebrada y comentada la de Harvard – pasada por agua, y mucha- que contó para la ocasión de la Commencement Address precisamente con el travieso Zuckerberg que volvía a su vieja Universidad para obtener el título que nunca llegó a lograr, y, encima, dar el speech. Pasé por allí y pensé en trasladarle la inquietud de Matías que había dibujado incluso cómo tendría que ser ese botón de “ni chicha ni limoná”. “Obviamente un pulgar en horizontal, ni para arriba ni para abajo” – me decía con cierto desdén por tener que responder a una pregunta absurda.
Vivimos ya con una cierta sensación de graduación, la verdad. Se agota nuestra estancia aquí, y, tal vez por influjo de un tiempo que sigue siendo otoñal, nos empieza a invadir una tenue nostalgia prematura. Caminamos por la calle Caníbal camino de JP Licks, nuestra heladería favorita. Pasamos junto al número 200, un solar en el que, desde que se apaciguó el invierno, vemos crecer a buen ritmo el edificio de apartamentos. “¿Y qué?”, le preguntó. “¿Cómo te parece que les está quedando?”. “Bueeeeno”, me responde Matías con ese alargamiento de la vocal que denota pulgar horizontal. 
En la calle Caníbal hemos compartido silencios, chanzas y también apuestas, sobre todo las que a Matías más le chiflan, las que tienen que ver con el “precio” de nuestras repulsiones: lo que nos tendrían que pagar por hacer determinadas cosas – tragarnos una oruga viva, quedarnos sin dedo meñique, vivir aislados- de acuerdo con el célebre estudio del psicólogo Edward Thorndike con el que pretendía dar con una métrica para las preferencias. “Yo una oruga, por 1.000$ sí me la comía, pero una rata como la que vimos aquí… vamos” – decía haciendo un dislike mayúsculo con su pulgar. “Antes me quito el meñique”- sentenciaba.

Doblamos ya la esquina de Harvard Street y me suelta: “Oye, papá, ¿cómo hacen los ciegos para limpiarse bien el culo después de hacer caca?” 
Ni a Zuckerberg se le hubiera ocurrido. Aún ando dándole vueltas. 

domingo, 21 de mayo de 2017

YO, PACO

[En el episodio de hoy hay un "artista invitado", ejem, que toma la alternativa, so to say...]

Jack no existe. Todo lo que os a contado Pablo sobre mi es mentira. En realidad me llamo Paco y naci en Los Angeles. Era un apasionado de la fotografia. Por ejemplo esta foto, esa la hize cuando Matias acababa de hacer un Homerun. Yo tenia unos padres medio espnoles por eso hablo un poco de espanol. Yo me... como lo decis? Brie Ah! no crie claro! Yo me crie en Boston y me gusto tanto que decidi vivir ahi, tambien tengo 60 años y he ganado  10 trofeos de mortales. En College estudie quimica y conoci a dos tias una que era mas fea que un abuelo en vragas y otra que estaba... tela. Luego nos casamos y tuvimos un hijo y mi mujer se suicido hace poco tirandose a la via cuando pasaba un tren. Luego me echaron del trabajo y con el dinero que me quedo (1.000$) estoy aqui :) Ps. Lo siento por las faltas de escritura.

domingo, 14 de mayo de 2017

EMERGENCE

217 Kent Street, Brookline (Massachussetts)
Jack urdió su plan una noche en la que regresó inusualmente pronto a casa - el apartamento número 15 de 217 Kent Street. Y fue precisamente lo que motivó haberse liberado de lo que restaba de jornada laboral lo que le encendió la chispa. 
Desde que volvió del Perú tras su accidente en el Alpamayo, Jack sólo dio tumbos. Y no sólo los físicos, los causados por las congelaciones y una prótesis que, por muy buena que fuera, nunca evitaría su renco caminar. Fue, sobre todo, la inapelable imposibilidad de regresar a la montaña, la única vida que había concebido como viable desde que cumplió 16 años y se convirtió en el más joven escalador en libre en hacer en solitario el Gran Capitán. Saltó de un Estado a otro, de una ocupación a otra, y de un corazón a otro sin encontrar nunca su sitio. Y en ese trajinar amargo le cayeron los 50. Una oferta para trabajar de celador en un hospicio del South Boston le condujo, hará cosa de un año, a Brookline, a la madriguera 15, como él acostumbraba a denominar a su morada. 
Le asignaron desde el principio el turno de noche, el que nadie quiere, el que menos le permitía hacer valer su digna competencia en español, razón principal por la que se ganó el empleo. Los latinos, población muy mayoritaria en el South, son siempre dicharacheros, aun moribundos, pero no lo son tanto de noche. Y además, como todos los muy enfermos que viven sus últimos días fuera de casa, cumplen el universal de morirse a partir del ocaso. Así que a Jack, una noche sí y otra también, "le caía el muerto", como solía repetir a las prostitutas  a las que, ocasionalmente, contrataba en Chinatown después de su jornada. 
Aquella noche, sin embargo, apenas llegó al hospicio le largaron de vuelta a casa. Habían saltado las alarmas, y, por si acaso, habían resuelto evacuar a los pacientes al Mass General Hospital. El despliegue era morrocotudo, el propio de este país exagerado en tantas cosas, y muy especialmente en las emergencias. Los vecinos de los alrededores se habían congregado en pijama junto con algún que otro corresponsal de las teles locales, curiosos, y los propios enfermos, acomodados como buenamente se pudo en la avenida a la espera de su transporte, más animados que nunca por el espectáculo. Florencia, una cubana con un cáncer de pulmón en fase terminal, apuraba su largo cigarro sin quitar ojo a los bomberazos que desfilaban a su lado. "Me traerías los aretes que me dejé en la habitación, y el lápiz de labios" - le pidió a Jack antes de partir alzada por uno de aquellos titanes. "Apúrate chico".
"Me podían haber avisado y me hubiera ahorrado el viaje" - le espetó Jack al gerente, que, como hubiera dicho Florencia, andaba "vuelto loco y sin ideas" sorteando sillas de ruedas y goteros. El gerente no estaba para minucias así que Jack enfiló hacia South Station cuando ya daban casi las 11. 
Camino de Park Street, donde cambiaría a la D line, rumiaba su año y pico en 217 Kent Street, en donde, salvo el simpático niño español y su padre, los del 22, el apartamento en el que acabó su calcetín con los dedos de pega, no había visto nunca a nadie. Y nunca es nunca. Y mira que había tocado puertas fingiendo necesitar algo de sal, o un mechero para encender las supuestas velas de una supuesta tarta en una supuesta fiesta de cumpleaños que celebraba en su madriguera 15. Después de un año en Brookline, conocía a tres putas y a unos cuantos viejos catatónicos deseando les fuera expedido ya el salvoconducto al otro barrio. Y pare usted de contar. 
Entre la estación de Kenmore y Fenway decidió que el horno sería el mejor método. Cuando llegó a casa abrió la nevera y sacó todas las mazorcas que le quedaban, la mayor parte de ellas ya revenidas, y las depositó en la bandeja. Programó el horno a la máxima temperatura y colocó la bandeja tan cerca como pudo de los quemadores superiores. No tardaría. Y no tardó. Escasos minutos. 
"¡Papá, que es ese ruido!" - gritó Matías desaforado desde la cama. 
Me levanté de un salto y corrí hacia la puerta. El chillido era ensordecedor y desde fuera se oía el bullicio de los vecinos que salían de sus apartamentos asustados y somnolientos. Alguno dijo que del 15 salía mucho humo así que, sin mayor demora, nos calzamos las zapatillas y el abrigo y salimos pitando a la calle donde ya nos congregábamos todos. La noche era fresca y algunos bebés lloraban en brazos de sus madres. Me sorprendió ver tanta criatura, tanta gente. Nunca hubiera sospechado que en aquél edificio habitaran tantas almas. 
"¿Pero alguien ha llamado a la puerta? ¿Saben si está? - oí que preguntaba un vecino. A lo lejos se oían ya las sirenas. Matías, disipado el peligro inminente, disfrutaba de lo lindo. "¡¡Ostras y la poli viene también!! Qué guay". 
"Los pasaportes, tenía que haber cogido los pasaportes... Y el ordenador..."- pensaba yo mientras tanto. "Pero no parece que haya fuego... será alguien que se ha echado un pitillo, o que estaba cocinando... vaya usted a saber". 
Matías me sacó de mis cavilaciones. "Mira papá es Jack". "¿Quién hijo?". "Sí, papá, el del calcetín con los dedos". En efecto, emergido de entre las sombras, apoyado en su muleta departía amablemente con una pareja asiática. En ese momento llegaban los bomberazos y mientras entraban parsimoniosamente al edificio (debían saber ya que la cosa era de poca monta) Jack seguía mariposeando entre los corrillos, cual anfitrión del cóctel, sonriendo y estrechando manos como hacen los candidatos en campaña. 
Al poco salieron los bomberazos, instándonos a entrar y seguir nuestros dulces sueños, justo cuando Jack llegaba a nuestra altura. "Hola" - dijo con una sonrisa de oreja a oreja. "Hacía tiempo que no les veía". "Sí" - dije. "Menudo lío que se ha montado en un momento". "Un poco, sí" - replicó Jack mientras enfilábamos la puerta. "Me temo que ha sido mi despiste. Dejé unos maíces en el horno y se me fue... ¿cómo es lo que dicen ustedes? ¿el santo al techo?". "Al cielo"- corrigió Matías. "Sí, eso" - dijo Jack entre risas. "A mí me encanta el maíz" - dijo Matías. "Pues cualquier día les invitó a mi casa a cenar. Me sale muy bien... Pero tiene que ser temprano que luego tengo que ir a trabajar". "Claro" - dije yo. 
"Bueno, y en cuanto haya cambiado mi cocina" - sentenció guiñando el ojo a Matías. "Good night Barbara"- dijo a una de las vecinas. "Good night John, bye Peter..."
"Buenas noches Jack".  

domingo, 7 de mayo de 2017

AGUS

"La esterilla, la sartén, la manta para el sofá...". Agus repasaba el contenido de la bolsa y a continuación el listado de los demás enseres y muebles que serían enviados y montados en su nuevo hogar en una semana, justo a tiempo para la llegada de la familia desde Badajoz. Al menos así lo había asegurado la amable empleada con quien había concretado todos los detalles. "El sofá Ekebol, la estantería Liatorp, la cama Brimnes...". "My name is Nancy", le dijo al terminar el papeleo del pedido. 
Stoughton era un anónimo punto de la ruta 24, a 30 millas al sur de Boston, un lugar dispensable hasta que llegó Ikea, y a su rebufo unos cuantos centros comerciales más, mastodónticos todos ellos. Concentrado en su recuento, Agus casi tropezó con la amable Nancy, que, cambiada de indumentaria, se dirigía presta hacia su coche, el último que quedaba en el parking. "Bye", le oyó decir. Le sorprendió la oscuridad repentina, pero, sobre todo, comprobar el desierto infinito de asfalto en que había mutado lo que pocas horas antes era un océano de vehículos.  
Agus sacó el móvil y se dispuso a abrir la aplicación de Uber. El indicativo de la batería arrojaba un escaso 3%. La pantalla parpadeaba, exhausta. Agus, raramente alterable, sintió que el corazón, casi nunca agitado, se desperezaba, como sólo hacía cuando un alumno que había fracasado estrepitosamente insistía en que su examen no era tan malo, o como cuando veía a sus hijos en la recta de llegada a meta. Las manos le sudaban. Con parsimonia aparecían en la pantalla los coches circundantes; la aplicación, el algoritmo, el ghost in the machine que se oculta en las sombras del cruce entre la oferta y la demanda, hacía sus cábalas tarifarias. "Vamos, me da igual", susurraba Agus. Finalmente apareció la oferta - que aceptó sin mirarla apenas- y su ángel de la guarda: Yusuf, en un Toyota Camry, a 4 minutos de trayecto. El corazón de Agus retomó su siesta bradicárdica.
Hacía calor aquella noche de principios de agosto, un calor húmedo multiplicado por la potencia de los grandes postes de luz que iluminaban el aparcamiento. "¿Por dónde vendrá este tío?" - se preguntaba. A lo lejos atisbó unas luces, las de un vehículo que circulaba por la calle paralela aminorando la marcha. Entonces recordó que había otra entrada. Se cargó a la espalda el saco azul y echó a correr como alma que lleva el mantero. "¡Eh, Yusuf!" El coche desapareció de su vista y al doblar la esquina le vio parado al final de la calle. "¡Yusuf!". Era bastante la distancia y Agus esprintó, como en sus mejores series de 400 entrenando la media maratón de Lisboa. La manta cayó del saco pero no era momento de pararse a recogerla. Le sonaba el móvil. Sería Yusuf. Frenó en seco, tiró la bolsa y sacó el móvil de su bolsillo. Chorreaba sudor. Un número desconocido apareció en la pantalla. Acertó con dificultad a presionar el botón de contestar y la pantalla ennegreció. El coche, a escasos 300 metros, arrancó de nuevo y se alejó irremisiblemente. 
Agus recuperó el resuello y volvió sobre sus pasos. Recogió la manta y la dobló con mimo, con la íntima estrategia mental de no confrontar una realidad implacable que en el fondo atisbaba: eran más de las 10 de la noche, no había ni un alma en muchas millas a la redonda y se encontraba en una encrucijada de carreteras de imposible tránsito. Sacó el móvil y presionó con todas sus fuerzas el botón de encendido. Sin éxito.
Agus no tardó en concluir que lo que no puede llegar a ocurrir es perfectamente posible. Se acordó de su familia, sus amigos, la tertulia de los martes y las cenas de un viernes de cada tres en El Mirador, su dulce vida pacense en la que, a diferencia de Stoughton, Massachussetts, nada puede ser imprevisible. Trató de precisar cuándo exactamente llegaron a idear la aventura de venirse un año a Brookline, el balance de razones que dio sentido a liarse esa manta a la cabeza. 
La manta... la sacó de la bolsa, junto con la esterilla y la sartén que agarró con firmeza amagando una amenaza creíble para el primero que se acercara por aquél páramo con intenciones sospechosas. Empezaba a refrescar pero la temperatura no bajaría mucho. Lástima que no se quedó con ninguno de los cojines o almohadas, ya en el trance de ser despachados a su recién alquilado apartamento. El reloj marcaba las 10:20. Miró hacia la autopista donde el tráfico aún era denso. Se podría acurrucar junto a la puerta, lejos de los focos. Algo dormiría. O no. Qué más daba. Mañana sería otro día. Cuando lo contara en Badajoz no se lo iban a creer. O si.  
"¿Y qué, qué pasó al final?" - le preguntaba yo ansioso por conocer cómo acabó todo. 
"Pues nada, me acurruqué como pude, encima de la esterilla, con la mantita en los pies y bien agarrado a mi sartén. Y me quedé frito. Hacía tiempo que no dormía tan bien, oye. Eran casi las ocho, a punto de abrir estaban, cuando me despertó una voz trémula. Entorné el ojo, con un despiste morrocotudo y un dolor de cervicales que todavía me dura; ¿y sabes quién era? No te lo vas a creer...".
"¿Quién?"
"La tal Nancy, que me miraba como el entomólogo que se encuentra una especie desconocida".
"Hombre, Agus, la verdad es que no es para menos..".
"Y nada, la Nancy, muy amable, tiró de móvil en cuanto le conté la historia y me llamó a un Uber. ¿Y sabes quién apareció?"
"¡Yusuf!"
"Los designios de Dios son inescrutables...".
"O más bien los de Uber".