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| Pleasant Street (Brookline, Massachussetts) |
El acontecimiento de la semana ha sido,
por supuesto, el que llamaremos "rapto de la bitácora". Ustedes
han tenido que intuirlo, son personas sagaces, pero habrán estado todos estos días urgidos por saber cómo fue posible. Muy sencillo: un
wannacry, aunque no electrónico, ni digital ni virtual;
analógico o, si quieren, el secuestro físico de toda la vida. Con sus condiciones para
el rescate, aunque no en bitcoins sino en la forma de "no
tocar ni una coma", o sea, nada de desmentidos ni enmiendas ni notas
aclaratorias, ni mucho menos borrado de esa burda historia que, bajo el más
burdo título de "Yo, Paco", apareció en la última entrada de este
blog (y con este introito ya me estoy jugando el bigote). Pero ha pasado el
plazo y yo he cumplido mi parte. De Jack ni rastro.
Volvíamos Matías y yo de dar un paseo, haciendo nuestro recorrido
favorito, ese tramo desde Kent a Harvard Street por la calle Longwood que nos
ha visto crecer - más a Matías que a mí- tantas tardes de diario y mañanas de sábado o domingo en
las que había que, simplemente, dar una vuelta, hang around como
dicen aquí, despejarse, o salir a comprar algo de leche o yogur o fruta en el
Traders Joe; regresábamos a casa, digo, por ese segmento al que Matías llama la
"calle Caníbal", y la llama así porque en algunos de esos paseos nos
hemos encontrado una rata muerta, un pájaro herido, huesos, un guante de esquí
y un vómito provocado por la jarana de Saint Patrick; retornábamos, digo, antes
de que se me vaya el hilo del todo, por la calle Caníbal en animada charla, y,
como el que no quiere la cosa, nos encontramos ya abriendo la puerta de casa.
Matías insistía en ese momento en que era urgente introducir un tercer estado
entre el botón de like y el de dislike (el célebre
pulgar arriba pulgar abajo atribuido a los Romanos hasta que apareció Mark
Zuckerberg en nuestras vidas) un calificativo intermedio, una especie de ni fú,
ni fá, un comme ci comme ça con el que él, por ejemplo,
calificaría la última película de Hitchcock que hemos visto juntos (North by
Northwest).
Noté enseguida algo raro nada más entrar en el apartamento. Me dirigí a mi
habitación, y, en efecto, allí, en lugar de mi portátil, o sea, en lugar de mi
vida en verso (y prosa, sobre todo prosa) se hallaba una nota en la que se me
decía que recuperaría mi ordenador al día siguiente siempre que no accediera,
con ningún otro dispositivo, a este blog y modificara nada en una semana.
Apenas pude conciliar el sueño que sólo me venció ya casi amaneciendo. Me
levanté sobresaltado, con el cacharreo de Matías que últimamente me sorprende
preparando el desayuno para ambos. Abrí la puerta de casa y allí estaba, en el
descansillo, mi preciada joya. Y bueno, el resto de la historia ya la conocen.
Matías jura y perjura que no tiene nada que ver y que no sabe de qué le hablo,
pero yo, pues no las acabo de tener todas conmigo. Este "Paco"…
Por lo demás fue semana de graduaciones.
La más señalada para nosotros la del primo Alex, brillante egresado en Físicas de
Reed College (Oregon) a la que no pudimos acudir pero de la que tuvimos cumplida
cuenta con los vídeos que nos mandaban Andy y Lola. Por aquí, claro, la más
celebrada y comentada la de Harvard – pasada por agua, y mucha- que contó para la
ocasión de la Commencement Address precisamente con el travieso Zuckerberg que volvía a su vieja Universidad para obtener el
título que nunca llegó a lograr, y, encima, dar el speech. Pasé por allí y
pensé en trasladarle la inquietud de Matías que había dibujado incluso cómo
tendría que ser ese botón de “ni chicha ni limoná”. “Obviamente un pulgar en
horizontal, ni para arriba ni para abajo” – me decía con cierto desdén por tener que responder a una pregunta absurda.
Vivimos ya con una cierta sensación de
graduación, la verdad. Se agota nuestra estancia aquí, y, tal vez por influjo
de un tiempo que sigue siendo otoñal, nos empieza a invadir una tenue nostalgia prematura. Caminamos por la calle Caníbal camino de JP Licks, nuestra
heladería favorita. Pasamos junto al número 200, un solar en el que, desde que
se apaciguó el invierno, vemos crecer a buen ritmo el edificio de apartamentos. “¿Y qué?”, le preguntó. “¿Cómo te parece que les está
quedando?”. “Bueeeeno”, me responde Matías con ese alargamiento de la vocal que
denota pulgar horizontal.
En la calle Caníbal hemos compartido
silencios, chanzas y también apuestas, sobre todo las que a Matías más le
chiflan, las que tienen que ver con el “precio” de nuestras repulsiones: lo que
nos tendrían que pagar por hacer determinadas cosas – tragarnos una oruga viva,
quedarnos sin dedo meñique, vivir aislados- de acuerdo con el célebre estudio
del psicólogo Edward Thorndike con el que pretendía dar con una métrica para
las preferencias. “Yo una oruga, por 1.000$ sí me la comía, pero una rata como
la que vimos aquí… vamos” – decía haciendo un dislike mayúsculo con su pulgar. “Antes
me quito el meñique”- sentenciaba.
Doblamos ya la esquina de Harvard Street y
me suelta: “Oye, papá, ¿cómo hacen los ciegos para limpiarse bien el culo
después de hacer caca?”
Ni a Zuckerberg se le hubiera ocurrido. Aún ando dándole vueltas.



