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| 217 Kent Street, Brookline (Massachussetts) |
Desde que volvió del Perú tras su accidente en el Alpamayo, Jack sólo dio tumbos. Y no sólo los físicos, los causados por las congelaciones y una prótesis que, por muy buena que fuera, nunca evitaría su renco caminar. Fue, sobre todo, la inapelable imposibilidad de regresar a la montaña, la única vida que había concebido como viable desde que cumplió 16 años y se convirtió en el más joven escalador en libre en hacer en solitario el Gran Capitán. Saltó de un Estado a otro, de una ocupación a otra, y de un corazón a otro sin encontrar nunca su sitio. Y en ese trajinar amargo le cayeron los 50. Una oferta para trabajar de celador en un hospicio del South Boston le condujo, hará cosa de un año, a Brookline, a la madriguera 15, como él acostumbraba a denominar a su morada.
Le asignaron desde el principio el turno de noche, el que nadie quiere, el que menos le permitía hacer valer su digna competencia en español, razón principal por la que se ganó el empleo. Los latinos, población muy mayoritaria en el South, son siempre dicharacheros, aun moribundos, pero no lo son tanto de noche. Y además, como todos los muy enfermos que viven sus últimos días fuera de casa, cumplen el universal de morirse a partir del ocaso. Así que a Jack, una noche sí y otra también, "le caía el muerto", como solía repetir a las prostitutas a las que, ocasionalmente, contrataba en Chinatown después de su jornada.
Aquella noche, sin embargo, apenas llegó al hospicio le largaron de vuelta a casa. Habían saltado las alarmas, y, por si acaso, habían resuelto evacuar a los pacientes al Mass General Hospital. El despliegue era morrocotudo, el propio de este país exagerado en tantas cosas, y muy especialmente en las emergencias. Los vecinos de los alrededores se habían congregado en pijama junto con algún que otro corresponsal de las teles locales, curiosos, y los propios enfermos, acomodados como buenamente se pudo en la avenida a la espera de su transporte, más animados que nunca por el espectáculo. Florencia, una cubana con un cáncer de pulmón en fase terminal, apuraba su largo cigarro sin quitar ojo a los bomberazos que desfilaban a su lado. "Me traerías los aretes que me dejé en la habitación, y el lápiz de labios" - le pidió a Jack antes de partir alzada por uno de aquellos titanes. "Apúrate chico".
"Me podían haber avisado y me hubiera ahorrado el viaje" - le espetó Jack al gerente, que, como hubiera dicho Florencia, andaba "vuelto loco y sin ideas" sorteando sillas de ruedas y goteros. El gerente no estaba para minucias así que Jack enfiló hacia South Station cuando ya daban casi las 11.
Camino de Park Street, donde cambiaría a la D line, rumiaba su año y pico en 217 Kent Street, en donde, salvo el simpático niño español y su padre, los del 22, el apartamento en el que acabó su calcetín con los dedos de pega, no había visto nunca a nadie. Y nunca es nunca. Y mira que había tocado puertas fingiendo necesitar algo de sal, o un mechero para encender las supuestas velas de una supuesta tarta en una supuesta fiesta de cumpleaños que celebraba en su madriguera 15. Después de un año en Brookline, conocía a tres putas y a unos cuantos viejos catatónicos deseando les fuera expedido ya el salvoconducto al otro barrio. Y pare usted de contar.
Entre la estación de Kenmore y Fenway decidió que el horno sería el mejor método. Cuando llegó a casa abrió la nevera y sacó todas las mazorcas que le quedaban, la mayor parte de ellas ya revenidas, y las depositó en la bandeja. Programó el horno a la máxima temperatura y colocó la bandeja tan cerca como pudo de los quemadores superiores. No tardaría. Y no tardó. Escasos minutos.
"¡Papá, que es ese ruido!" - gritó Matías desaforado desde la cama.
Me levanté de un salto y corrí hacia la puerta. El chillido era ensordecedor y desde fuera se oía el bullicio de los vecinos que salían de sus apartamentos asustados y somnolientos. Alguno dijo que del 15 salía mucho humo así que, sin mayor demora, nos calzamos las zapatillas y el abrigo y salimos pitando a la calle donde ya nos congregábamos todos. La noche era fresca y algunos bebés lloraban en brazos de sus madres. Me sorprendió ver tanta criatura, tanta gente. Nunca hubiera sospechado que en aquél edificio habitaran tantas almas.
"¿Pero alguien ha llamado a la puerta? ¿Saben si está? - oí que preguntaba un vecino. A lo lejos se oían ya las sirenas. Matías, disipado el peligro inminente, disfrutaba de lo lindo. "¡¡Ostras y la poli viene también!! Qué guay".
"Los pasaportes, tenía que haber cogido los pasaportes... Y el ordenador..."- pensaba yo mientras tanto. "Pero no parece que haya fuego... será alguien que se ha echado un pitillo, o que estaba cocinando... vaya usted a saber".
Matías me sacó de mis cavilaciones. "Mira papá es Jack". "¿Quién hijo?". "Sí, papá, el del calcetín con los dedos". En efecto, emergido de entre las sombras, apoyado en su muleta departía amablemente con una pareja asiática. En ese momento llegaban los bomberazos y mientras entraban parsimoniosamente al edificio (debían saber ya que la cosa era de poca monta) Jack seguía mariposeando entre los corrillos, cual anfitrión del cóctel, sonriendo y estrechando manos como hacen los candidatos en campaña.
Al poco salieron los bomberazos, instándonos a entrar y seguir nuestros dulces sueños, justo cuando Jack llegaba a nuestra altura. "Hola" - dijo con una sonrisa de oreja a oreja. "Hacía tiempo que no les veía". "Sí" - dije. "Menudo lío que se ha montado en un momento". "Un poco, sí" - replicó Jack mientras enfilábamos la puerta. "Me temo que ha sido mi despiste. Dejé unos maíces en el horno y se me fue... ¿cómo es lo que dicen ustedes? ¿el santo al techo?". "Al cielo"- corrigió Matías. "Sí, eso" - dijo Jack entre risas. "A mí me encanta el maíz" - dijo Matías. "Pues cualquier día les invitó a mi casa a cenar. Me sale muy bien... Pero tiene que ser temprano que luego tengo que ir a trabajar". "Claro" - dije yo.
"Bueno, y en cuanto haya cambiado mi cocina" - sentenció guiñando el ojo a Matías. "Good night Barbara"- dijo a una de las vecinas. "Good night John, bye Peter..."
"Buenas noches Jack".
Entre la estación de Kenmore y Fenway decidió que el horno sería el mejor método. Cuando llegó a casa abrió la nevera y sacó todas las mazorcas que le quedaban, la mayor parte de ellas ya revenidas, y las depositó en la bandeja. Programó el horno a la máxima temperatura y colocó la bandeja tan cerca como pudo de los quemadores superiores. No tardaría. Y no tardó. Escasos minutos.
"¡Papá, que es ese ruido!" - gritó Matías desaforado desde la cama.
Me levanté de un salto y corrí hacia la puerta. El chillido era ensordecedor y desde fuera se oía el bullicio de los vecinos que salían de sus apartamentos asustados y somnolientos. Alguno dijo que del 15 salía mucho humo así que, sin mayor demora, nos calzamos las zapatillas y el abrigo y salimos pitando a la calle donde ya nos congregábamos todos. La noche era fresca y algunos bebés lloraban en brazos de sus madres. Me sorprendió ver tanta criatura, tanta gente. Nunca hubiera sospechado que en aquél edificio habitaran tantas almas.
"¿Pero alguien ha llamado a la puerta? ¿Saben si está? - oí que preguntaba un vecino. A lo lejos se oían ya las sirenas. Matías, disipado el peligro inminente, disfrutaba de lo lindo. "¡¡Ostras y la poli viene también!! Qué guay".
"Los pasaportes, tenía que haber cogido los pasaportes... Y el ordenador..."- pensaba yo mientras tanto. "Pero no parece que haya fuego... será alguien que se ha echado un pitillo, o que estaba cocinando... vaya usted a saber".
Matías me sacó de mis cavilaciones. "Mira papá es Jack". "¿Quién hijo?". "Sí, papá, el del calcetín con los dedos". En efecto, emergido de entre las sombras, apoyado en su muleta departía amablemente con una pareja asiática. En ese momento llegaban los bomberazos y mientras entraban parsimoniosamente al edificio (debían saber ya que la cosa era de poca monta) Jack seguía mariposeando entre los corrillos, cual anfitrión del cóctel, sonriendo y estrechando manos como hacen los candidatos en campaña.
Al poco salieron los bomberazos, instándonos a entrar y seguir nuestros dulces sueños, justo cuando Jack llegaba a nuestra altura. "Hola" - dijo con una sonrisa de oreja a oreja. "Hacía tiempo que no les veía". "Sí" - dije. "Menudo lío que se ha montado en un momento". "Un poco, sí" - replicó Jack mientras enfilábamos la puerta. "Me temo que ha sido mi despiste. Dejé unos maíces en el horno y se me fue... ¿cómo es lo que dicen ustedes? ¿el santo al techo?". "Al cielo"- corrigió Matías. "Sí, eso" - dijo Jack entre risas. "A mí me encanta el maíz" - dijo Matías. "Pues cualquier día les invitó a mi casa a cenar. Me sale muy bien... Pero tiene que ser temprano que luego tengo que ir a trabajar". "Claro" - dije yo.
"Bueno, y en cuanto haya cambiado mi cocina" - sentenció guiñando el ojo a Matías. "Good night Barbara"- dijo a una de las vecinas. "Good night John, bye Peter..."
"Buenas noches Jack".

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