El fin de semana previo al llamado “Labor Day” (el 5 de septiembre) todos los estudiantes universitarios a lo largo del país “se mueven”. “Everybody is moving this weekend”, se repite por doquier en Brookline. “Moverse” quiere decir que se trasladan cientos o miles de kilómetros fuera del hogar paterno – algunos por primera vez, con lo que al “moverse” se suma el emanciparse- para alcanzar su apartamento – generalmente compartido- o habitación –generalmente compartida- en una residencia- o casa – generalmente compartida. No se mueven solos. Les acompaña la familia – sobre todo si el desplazado es primerizo- y un cargamento de enseres que incluye desde lo más básico – la televisión- hasta lo más prescindible – productos e instrumental para la limpieza doméstica. Todo lo que se porta es bastante grande y voluminoso, y se acarrea mucha morralla, condición ésta que permanece oculta hasta que, introducido todo en el nuevo hogar, se descubre que el espacio que se pretende habitar también es finito. Un “U haul” es, a este desplazamiento colosal, lo que el camello a los hombres azules del desierto. El modo de vida de los tuaregs sería imposible sin camellos, y, de la misma forma, la extraordinaria cultura de la movilidad estadounidense no habría germinado sin la existencia de estos vehículos con los que, por otro lado, el cine nos ha familiarizado (me vienen ahora a la cabeza los primeros compases de “Cuando Harry encontró a Sally”, cuando Sally llega a Nueva York a iniciar su carrera cargando sus trastos en uno de estos cachivaches).
Hay básicamente dos tipos de U haul, o por lo menos este observador ha conseguido establecer esta taxonomía básica. Están en primer lugar los remolques que se enganchan a un coche convencional, y que, tengo la impresión, sirven a un propósito modesto en cuanto a la cantidad y volumen de los trastos. Estos días, contemplándolos, a cientos, adheridos a coches repletos hasta la bandera de todo lo que en ese cajón con ruedas no cupo, he pensado que: a) o bien el estudiante en cuestión afronta su período universitario como una ocasión para el ascetismo, o b) el estudiante en cuestión va a comprar nuevo casi todo lo que necesite y se lo mandarán a casa. Conjeturo que, si es ese el caso, el estudiante es un niño de papá, y tal vez el hecho de que la mayoría de esos carromatos vayan acoplados a un 4x4 de gran cilindrada conducido por un individuo blanco, frisando los cincuenta y con cara de dirigir mucho, me permite aventurar esa hipótesis. Pero, bah, es una conjetura, otra más, como las de Lagarde o Barroso.
El segundo tipo de U haul es el camión o furgoneta, de tamaños variados, que van de lo gigantesco a la dimensión “cúmulo de galaxias”. A mí me tocó una intermedia, o sea, el típico vehículo que usamos para trasladar todo lo que haya cabido en la torre de Valencia desde que se construyó. El jueves y el viernes, cuando la movida comenzó – y uno se da cuenta de esto porque, de la noche a la mañana, aparecen los U haul copando todas las calles como si viviéramos una invasión de alienígenas – pensaba en quién tendría las narices de ponerse al volante de semejantes naves. No tardé mucho en descubrir que yo mismo las tuve que tener.
“You are all set”, me dijo el encargado del U haul de 270 Boylston St. Brookline, MA 02445 (nunca me olvidaré de esta dirección), una vez que me extendió la copia del contrato firmada (que, por supuesto, leí, discutí y negocié por extenso con él) y me dio un manojo de llaves. “Todo en orden”, pensaba yo, sí, para cualquiera de las siguientes alternativas funestas: a) morir en un accidente; b) morir en un accidente y matar a alguien (en número de 0 a n), y, todavía peor, c) matar a alguien en un accidente en el que yo sobrevivo, o, una alternativa ésta que casi no se puede ni pensar: d) colisionar con un coche de policía conduciendo yo ese camión exagerado y sobrevivir.
Un U haul tiene una puerta trasera que se abre como una persiana, pero el mecanismo requiere una fuerza inicial que logre vencer la contrapuesta fuerza gravitatoria, para, una vez derrotada, desplazarse todo ese tapiz metálico en sinuoso y armónico movimiento por el techo. Siendo el camión tan alto, el asa con el que tirar hacia arriba de la puerta queda situado prácticamente a la altura del hombro de un español medio nacido a finales de los 60. Ese es mi caso. Mi primer intento de abrir la puerta trasera no arrojó ningún resultado perceptible. Tan sólo un ligero crepitar de alguna bisagra mal aceitada. Tony, uno de los africano-americanos que por aquella campa deambulaban cansinamente entre docenas de U hauls, se aproximó hacia mí y mi bicharraco recién alquilado con una mezcla de conmiseración y enojo. Como el que espanta un mosquito molesto, abrió la cueva de Alí Babá produciendo el sonido que el huracán Irene, que había transitado por esta zona hacía una semana, no produjo. El universo entero se había precipitado en aquel espacio que no parecía tener confines. Yo, por mi parte, miré a Tony con una mezcla de terror cerval e inconmensurable admiración. Hay dos razones que explican la diferencia de resultados entre Tony y yo: a) Tony mide aproximadamente 30 centímetros más que yo, y b) el perímetro de su antebrazo (he dicho antebrazo, no bíceps que es lo típico, y mi comparación no puede quedar devaluada) es aproximadamente el de mi muslo. Me quedé corto: el de mis muslos.
Para igualar el provechoso resultado de la combinación de esos dos factores anatómicos que concurren en Tony pero no en mí, debía subirme a una especie de bordillo plataforma que sobresale del suelo del U haul, y, desde allí, hacer el lanzamiento de puerta. Esto le permitía a mi brazo disponer de mayor recorrido, aun a riesgo de desequilibrarme por el esfuerzo y caer (rendido y redondo) a sus pies. Otros empleados se aproximaban como aves carroñeras esperando poder estar en la primera fila del show. Le pregunté a Tony si cabía la posibilidad de desplazarme con el U haul por Boston con la puerta trasera abierta ya que lo que iba a llevar pesaba bastante, y, tal vez no se iba a mover mucho, y... Retiré la pregunta antes de que me contestara mientras él la cerraba con parsimonia. También calibré la posibilidad de preguntar al propio Tony cuánto cobraba por hora de alzado de muebles, pero en un rapto de optimismo agarré el asa y tiré arriba con fuerza, con toda la que pude como en el gong de las ferias. Milagrosamente, aunque con un sonido incomparablemente más pacato que el que había generado Tony, la puerta del U haul se abrió, y yo, que había resistido en equilibrio inestable, salté al suelo con una inusitada “self-assurance”. Tras enseñarme el mecanismo para bloquear la dichosa puerta (lo tuve que probar yo mismo no menos de 4 veces para que la “assurance” no se disipara), Tony se despidió con un – todavía más reafirmante: “You will be fine”.
Con las mismas me subí al vehículo, si bien, tras inspeccionar concienzudamente aquella cabina desde la que parece que todos los demás coches son de miniatura, tuve que volver a buscar a mi “U haul advisor” para preguntarle si el vehículo no tenía freno de mano. Y resulta, por lo que le entendí (no mucho), y por lo que pude comprobar empíricamente, que no. “You will be fine”, repitió. ¿Que este armatoste se puede dejar aparcado en una cuesta abajo, cargado de muebles, sin haber echado el freno de mano? Estos americanos son la hostia, me dije. A diferencia de Tertuliano, creí en Tony – que remedio me quedaba- aunque me pareciera absurdo y temiera en la existencia de un oscuro complot.
Fueron 6 horas exactas de ir de acá para allá con el bicho y con mi compañero de (mud)andanzas, el generoso Joel, que vino a mi rescate cual Trichet, en el último momento, y a quien nunca agradeceré bastante el gran favor que nos hizo prestándonos su tiempo, su entusiasmo y sus espaldas bilbaínas. Abrí por última vez esa persiana endiablada a eso de las 10:30 p.m., para sacar de aquel agujero negro un canapé que, allí perdido, al fondo del camión, bien parecía un canapé. Y lo hice como Tony, desde el suelo, como quien oye llover (sólo llovía en mi pecho). A las 11 p.m., más menos, dejaba con bien y bien sudado a Joel en 1129 Beacon Street para dirigirme a depositar sin un rasguño el muy rasguñado, aparcado, cargado, conducido y traqueteado U haul.
¿Qué es un U haul me preguntaba enfilando Boylston Street? Hay algo de intestino grueso en el U Haul, pensaba, de artilugio procesador que engulle y expulsa en cada estación del recorrido –la casa paterna, o la de los amigos o la vieja casa- un nuevo residuo de la que fue pasada rutina y es ahora cotidianeidad futura. “Está claro que tengo que cenar”, me decía en el momento en el que depositaba las llaves en el conveniente buzón del que U haul dispone en todas sus instalaciones para los que, como yo, acabamos fuera de hora. Estos tíos lo tienen todo muy, pero que muy bien pensado.
Imagino que NO cenaste el canapé. Buscando el origen del nombre U Haul, cuya similitud formal con el U Bahn de los alemanes me llamó la antención, acabé leyendo en Wikipedia que se trata del nombre de la empresa.
ResponderEliminarHombre: la proxima vez apárcalo con los bajos mirando al suelo, que por lo que se ve en la foto acabó perjudicado. Un abrazo Rafa T.
Bueno, Pablo, que esto va para un libro luego, cuando regreses a Madrid. Tu primera novela!!!
ResponderEliminarUn abrazo y espero la próxima entrega pronto.
Alejandra.
-Deliciosamente divertido, Pablo. Leerte aquí compensará la ausencia de tus comentarios tapieros.
ResponderEliminar¡U Haul! Hace veinticinco años viví unos meses en el Bronx neoyorquino y, como decía el recluta, "nosotros no teníamos ni intemperie". Recogiamos los muebles de la calle. Recuerdo la odisea de empujar casi un kilómetro un "canapé" empapado por la lluvia, ante el choteo de los hispanos.