ABS
Fue una mañana de hace unos cuantos años. En el hotel Paraíso, en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), haciendo tiempo mientras me venían a buscar para impartir una sesión en un Máster sobre argumentación jurídica. Había fallecido Juan Pablo II y casi todos los canales de televisión transmitían las exequias desde el Vaticano. Fue entonces cuando supe de la existencia del “Camarlengo”, el cardenal encargado, entre otras cosas, de cerciorarse de que el Santo Padre ha muerto administrándole suavemente unos golpecitos en la frente con un martillo de plata e invocándole tres veces con intervalos de tres minutos. Empecé a darle y darle, y darle y darle al botón y, más allá del canal cien, después de unas brujas que leen el Tarot, un programa de jardinería doméstica, la venta telefónica de un limpiapelos de perro para el coche y un concierto de un grupo de rancheras tex-mex (Los Forajidos, creo recordar), después de todo eso, se me apareció cual La Española a Cristobal Colón.
Esa mañana fui consciente de los esfuerzos de tantas mentes en pos de lograr que el hombre común se asemeje, pecho para abajo, a los superhéroes de los dibujos animados sin que ello le suponga costes excesivos; ni físicos ni mentales. Esa mañana, lo confieso, me quedé prendado de los anuncios de abdominales, esos en los que se muestra un nuevo cachivache con el que lograr una tableta (no la de Jobs, que en paz descanse, la otra, la de la tripa). Me pirran. Lo confieso, aquí y ahora. Y ahora, otra vez en el Imperio y recién estrenado nuestro proveedor de cable “Comcast”, me he ido más allá del 100, y Dios mío, vuelvo a pecar unos minutejos cuando no me ven…
Después de algunos años de estudio, siquiera sea modesto y clandestino, he llegado a la conclusión de que estamos ante un género en sí mismo. Para mí, los anuncios de abdominales incorporan los elementos de la mejor tragedia clásica. No tienen nada que envidiar a las piezas de Sófocles, Esquilo o Moliére. Son como… cómo decirlo, entremeses, eso Entremeses, donde se convocan, sutilmente, las entretelas de nuestra condición, la vicisitud del alma humana en su transitar mundano.
Hay un canon, eso sí. Un buen anuncio de aparato para hacer abdominales tiene, en primer lugar, un escenario. Éste es, casi siempre, un interior, tipo sala de gimnasio, con un toque pelín pista de baile de la discoteca Vértigo de Moralzarzal (pueblo de la serranía madrileña, año 1983). A veces el drama se traslada a un exterior: una playa de arenas finas y palmeras, en, pongamos, Cozumel (México), donde ocasionalmente cabe advertir paseantes y curiosos que se paran a mirar el despliegue, e, incluso, al camarero de Vacaciones en el Mar, pero en versión yucateco, llevando una bandeja de brebajes coloristas.
Los personajes. El anuncio es conducido por un tipo rubio, hinchado como Chávez, y que viste una camiseta de largos tirantes dados de sí, una prenda que no aguanta un pase más por la lavadora. La camiseta está pero no está, es decir, apenas si cubre y tiene una doble e importante misión: hacerte especular sobre el número de pliegues abdominales que gasta el gachó, tal vez incluso más de los que son típicos en la anatomía del Homo sapiens sapiens, y, por otro lado, cuánto va a tardar la que se apuesta a su lado (de ella hablaremos luego) en arrancarle la camiseta de un bocado certero. Y es que el componente sexual permea este género de manera latente pero indeleble.
El que lleva la camiseta y se sitúa en primer plano es el monitor experimentado, el que ha visto de todo en el gimnasio y sabe bien lo que conviene. Es el que ha corregido resabios posturales y mitos varios sobre cómo lograr unas abdominales de película. Él nos va a persuadir de que ni subiendo las piernas, ni aguantando la respiración en la contracción, ni encima de una pelotita, ni con los codos aquí, o acullá, ni reteniendo los gases, ni ingiriendo grandes cantidades de líquidos, ni administrando enemas de café o aumentando la frecuencia del acto conyugal vamos a lograr lo que nos proponemos, que todo eso NO SIRVE PARA NADA, ABSOLUTAMENTE PARA NADA. Nuestra salvación está en Crunch Ex Plos III (las anteriores versiones ya se han superado).
Para ello, su compañera de presentación – una rubia de pelo cardado y uñas larguísimas, con unas mallas de la primera época de Eva Nasarre, que habla con el acento mexicano de las viejas películas de vaqueros, que te parece haber visto en otro canal al pasar, haciendo cochinadas con dos negros – da paso a todo un conjunto de historias de frustración de gente muy cercana, con la que nos podemos sentir plenamente solidarizados en su desazón abdominal. El común denominador de esa épica de esfuerzo y perseverancia es el cuello, es decir, los tremendos castigos que hemos tenido que infligir a nuestras cervicales por no disponer del Crunch Ex Plos III. Esto se muestra con unos primeros planos de gente en su casa, en chándal y calcetines blancos de felpa, metiendo los pies en el primer hueco del armario-pared que pillan, tirándose al suelo y esforzándose en subir el tronco hasta lograr tocar con la frente el cajón donde guardan la mantelería de los domingos. En ese momento, un zoom nos acerca a las cervicales, aparece una X muy grande, de color rojo, y, en el rostro del actor, una expresión descaradamente exagerada de dolor tipo pinchazo y resignación tipo “ni de coña llegaré yo a tener lo de Forlán cuando tras marcar un gol exhibe su poderío ventral”.
Aparece entonces el rubio de la camiseta y nos da una teórica de fuerzas, resistencias, tendones y músculos, junto con otro fulano, este sin camiseta, que muestra el correcto modo de proceder y cómo los ingenieros detrás del Crunch Ex Plos III han traducido correctamente al aparato el tipo de castigo que nuestro cuerpo viene mereciendo por pesado y fofo. Y tú te preguntas: ¿verdaderamente el moreno ha labrado esos abdominales a base de hacer presión en la tripa con ese artilugio, esa, esa… esa especie de ballesta de las películas de Robin Hood? Pero tienes fe.
El rubio y el moreno siguen hablando y la del pelo cardado apostilla, asiente y se ríe. Es muy característico en estos anuncios que el doblaje está particularmente desfasado, es decir, que por unos momentos seguimos oyendo la admonición del rubio a pesar de que en ese instante muestra una sonrisa equina mirándonos fijamente. Monitor y modelo para la ocasión nos ilustran además sobre las razones profundas del fracaso, por inutilidad, de otros aparatos con los que falsamente se nos ha prometido el oro y el moro en materia de músculo abdominal. Es sumamente instructivo y esperanzador. Téngase en cuenta, además, que con el Crunch Ex Plos III o semejantes, lograr un “poderoso abdominal” (este suele ser casi siempre el modo de enunciar nuestro objetivo) no exige sudor, ni largas sesiones de aburrido ejercicio aeróbico, ni restricciones dietéticas quiméricas. Es la hostia, y punto.
Al fondo, el corifeo, sí, como si se diera cita la Antígona en el Templo de Dionisio. En nuestro caso, se trata de un grupo de personas que se afanan desganados en algunos ejercicios gimnásticos. De cuando en cuando la cámara se posa en alguno de ellos y descubrimos que son uno de los nuestros: descoordinados, flácidos e inadecuadamente ataviados para la ocasión.
Pero hay un antes y un después en las vidas de quienes componen esa muestra representativa de la ciudadanía agobiada por el fracaso de su figura. Tras mostrar el correcto uso del Crunch Ex Plos III, y el exhaustivo análisis comparativo con otros métodos e instrumentos, el corifeo de visitadores médicos, contables o administrativos de aluvión se ha transformado en el ballet Zoom que acompaña a Norma Duval en sus reposiciones en el Cleofás. Ahora son todo turgencia, sonrisa y bienestar íntimo y público. Se suceden los volatines y los estiramientos imposibles mientras se abre el plano y el monitor insta a que llamemos al número que aparece debajo de la pantalla y nos aprovechemos de una oferta única y únicos aplazamientos en el pago.
Han pasado los años y ayer por la mañana les he vuelto a ver. Ellos no han cambiado, siguen como siempre, son eternos, como los dramas en su trasfondo. Ahora la ballesta se ha sustituido por un balancín semejante a una maxicosi para bebés (es el Total ABS Balance II) pero el fondo, ese fondo de palmeras, o espejos y fluorescentes, esa atmósfera de anhelos imposibles, permanece. Tenemos, eso sí, un Papa nuevo: el Benedict XVI.
Lo confieso: a mí también me pasa pero con los anuncios de utensilios de cocina!!!! Pero, ¿cómo puede haber tantos tipos de cuchillos, peladores, cortadores, escurridores de lechuga, freidoras, licuadoras...? Y, lo peor, ¿cómo es que yo no los tengo? Si los tuviera, seguro que entonces aprendía a cocinar...
ResponderEliminarDespués de leer tu artículo, cuando todavía estaba en Denver, bajé al gimnasio del hotel y mientras estaba haciendo los ejercicios para la rodilla me di cuenta de que en el televisor anunciaban el susodicho ABS. Y tienes razón, eso no es un anuncio, es un programa completo, un plan de vida...
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