domingo, 2 de octubre de 2011

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KI
El pasado miércoles 28 de septiembre se celebró el año nuevo judío (Rosh Hashaná). Ese día de hace 5772 años se supone que Dios creó el mundo y al primer hombre, Adam. Este primero de año también es conocido como “Día del juicio” porque Dios nos juzga y nos inscribe en el Libro de la Muerte o en el Libro de la Vida, o bien nos hace esperar hasta el Yom Kippur (“Día del perdón”) para alcanzar el veredicto final. No sin razón, este período es conocido como el de los “días temibles”.
Todo esto me lo he aprendido porque fui amablemente invitado el viernes 30 a celebrar el Rosh Hashaná en casa de unos queridos amigos, y, claro, qué menos que saber uno a lo que va. Además de la correspondiente entrada en Wikipedia, me topé también con el muy práctico “The 8 Most Important Things to Know About Rosh HaShanah” que me ilustró convenientemente, como espero que haya quedado demostrado en el párrafo con el que he iniciado la entrada.
Pero una vez recibida la invitación y leídas esas dos fuentes empezaron mis dudas. ¿Qué debía hacer? Mis anfitriones son ambos profesores de universidad. Ingenieros, para más señas, y él creador de una exitosa empresa de alta tecnología. Tras leer la Wikipedia no les iba a llamar para sacarles del error: “¿Sabéis que de acuerdo con las mejores estimaciones de los geólogos, astrónomos y físicos la Tierra se formó hace más de 4.000 millones de años? ¿Y no os intriga el hecho de que Dios sea un semi-ignorante sobre nuestro destino, y tenga que esperar hasta el 8 de octubre (Yom Kippur) para aclarar nuestro estatus? ¿Pero no hemos quedado en que es omnisciente? Y si lo es, ¿entonces, qué pasa, que está jugando con nosotros? No me parece muy bien, la verdad. ¿Me lo podéis aclarar?”
No. Todas esas inquietudes eran improcedentes, y así me lo hizo ver Ana. “Se trata simplemente de una “cuestión cultural”, una tradición y ya está. No te lo tomes tan en serio”. “Ya – dije yo- y la kipá ¿qué? Te importa preguntarles si me la voy a tener que poner”.
El asunto de la kipá, ese solideo con el que los judíos se cubren la cabeza en las celebraciones religiosas, viene de antaño. Resulta que en 2009, coincidiendo con una corta visita a Boston, fuimos invitados por estos mismos amigos a celebrar con ellos la Pascua (Pésaj) con la que conmemoran la salida de los hebreos de Egipto tal y como se narra en el Éxodo. Se acordarán ustedes – quizá por la colosal cinta de Cecil B. DeMille “Los Diez Mandamientos”- que la liberación de los hebreos del yugo egipcio, y su nacimiento como pueblo, tuvo al mismo Dios como cómplice que mandó 10 plaguitas, 10, para que el Faraón se enterara de lo que valía un peine. Tras la de la sangre, las ranas y otras varias calamidades enviadas con toda furia, llegó el apoteosis con la décima que supuso nada más y nada menos que la muerte de todos los recién nacidos (Éxodo, 11:4). Cosas de los inescrutables caminos…
En aquella cena de hace dos años, decía, se repartieron las dichas kipás para que los caballeros nos cubriéramos. Yo, tras una tormenta interior de dudas, me negué y permanecí toda la cena con mi cabeza descubierta y un tanto afligido por la posible incorrección de mi gesto y lamentando también que no se haya inventado aún el “tocado ateo”, pues seguro que al sij de turno que llega con su turbante identificativo, o al budista con su cabeza pelona o al monje camaldulense con su capucha, no le hacen invitación alguna a pasarse de un Dios a otro y tiro porque me toca. Y tengo que decir que aunque nadie me lo afeó, aquél episodio me dio mucho que pensar. ¿Había sido ofensivo, falto de delicadeza, de respeto, una grosería incluso el no ponerme la kipá?
Tiempo después, el destino, o Yavé, vaya usted a saber, hizo que me topara con un artículo de un sesudo filósofo de Cambridge (Simon Blackburn, “Religion and Respect”) donde relata su renuencia a participar de la creencia ajena en una situación exactamente idéntica a la mía, y ello le da pie para elaborar algunas distinciones interesantes y pertinentes a propósito de la “tolerancia religiosa”, un ensayo que tuvimos ocasión de discutir animadamente en el departamento. Pero no, no se asusten, no les voy a soltar una matraca teórica sobre lo que dice Blackburn. Si lo traigo a colación es para que vean que estoy en buena compañía al haber pasado este trance, y que hay filósofos que también se ocupan de estas menudencias de la vida social.
En la cena de la Pésaj, a pesar de no observar el atuendo al que fui cortés y sutilmente invitado, fui completamente respetuoso, sin embargo. A medida que se les iba leyendo a los niños – y había varios presentes- los horrores de la historia bíblica, me tuve que contener las ganas de apostillar, con un tono igualmente sacerdotal: “en verdad, en verdad les digo, lean la vida maravillosa de quienes han hecho grandes descubrimientos para librarnos de enfermedades, de quienes nos han hecho desentrañar algunos misterios del mundo ampliando nuestro conocimiento, de los grandes matemáticos, inventores, artistas… y no piensen que son un pueblo aliado de semejante Dios sanguinario y que ello les da derecho a violar los derechos humanos básicos, etc. etc.”. Por respeto, me callé. Pero igualmente por respeto, mío y ajeno, me negué entonces, y el pasado día 28 durante la celebración del Rosh Hashaná, a cubrirme con la kipá. ¿Debería haber declinado la invitación a la cena sin hacerme mayores cruces y hacerles mayores feos?
Este comecome mío se evita, claro, siendo más pragmático, no atribuyendo tanta relevancia a la liturgia, pues muchas veces – y tal vez también en esta ocasión- los primeros que no le dan esa importancia que el no creyente sí le da con su negativa, son los propios participantes. Como saben bien, el viernes al anochecer empieza el Sabbath y está prohibido “hacer fuego”. A la anfitriona, fumadora compulsiva, la pillé varias veces fumando a escondidas, como una adolescente. “Es por respeto a mi suegra” – judía más ortodoxa y también presente en la cena. “Ya…” - dije yo. “¿Sabes que la sinagoga a la que acude mañana tiene un ascensor en constante movimiento que se detiene en todas las plantas para que así no tengan que darle al botón?” – me dijo con una sonrisa cómplice. “Ya…” – añadí. A mí, por otro lado, no me haría mucha gracia saber que quien me sigue el juego de mis creencias lo hace porque le importa una higa, y hoy se pone la kipá, y mañana se disfraza de Darth Vader si le invitan a una misa de seguidores de Star Wars, o, como en el ejemplo de Blackburn, se compromete de alguna forma con las patrañas de la secta Puerta del Cielo, un nutrido grupo de cuyos miembros se suicidó masivamente en 1997 para ser así “teletransportados” a la nave espacial que, según ellos, viajaba a la estela del cometa Hale-Bopp.  
Es verdad que, como se me ha dicho, tomarse muy, muy en serio el dogma ajeno te clausura en tu propia red de afinidades y te impide el trato social con personas que, por lo demás, son bondadosas, divertidas, enriquecedoras, interesantes, buenos amigos (aunque claro, uno no aceptaría ir a una cena de supremacistas blancos donde los anfitriones estuvieran disfrazados como los miembros del Ku Klus Kan y se recrearan historias de los tiempos legendarios en los que se linchaban negros). Pero, en todo caso, los que participan de la práctica no pueden pedir al extraño, en el nombre del respeto o la tolerancia a su fe, que claudique de lo que son, igualmente, sus creencias más firmes (la kipá, como tantos otros gorretes religiosos, no deja de simbolizar nuestra subordinación al Altísimo), o que participe, aunque sea por un rato, como una suerte de “judío a tiempo parcial”, de dicha fe, cuando, como es mi caso, considera que esas creencias, así como muchos de los preceptos morales y sociales que las acompañan, son absurdas, y, aun así, comprensibles asideros ante nuestro muy deprimente destino mortal.
Y hablando de nuestro destino… Apenas queda una semana para el Yom Kippur, ¡¡¡y yo con estos pelos!!!

4 comentarios:

  1. Fantástico post, me gusta porque enlaza con muchas conversaciones que hemos mantenido a lo largo de estos años. Me gusta porque lo veo cómo un capítulo turbutópico más, tras el "A dios" ( http://turbutopia.blogspot.com/2011/05/dios.html ), el "Libros, miedo y enredos" ( http://turbutopia.blogspot.com/2011/07/libros-miedo-y-enredos.html ) y el "Mi gran año cristiano" ( http://turbutopia.blogspot.com/2011/09/mi-gran-ano-cristiano.html ) no se me ocurre una forma mejor de completar una tetralogía religiosa a la que sin duda aún le quedan muchos capítulos por escribir.
    Me gusta porque demuestra que el respeto también reside en la reflexión interna, en dilucidar si nuestros propios actos son adecuados y sobre todo en la influencia que los mismos tienen sobre la vida y creencias de los demás (ojalá todo el mundo hiciese el mismo análisis de sus acciones).
    Y me gusta porque lo mínimo que se puede esperar de un profesor de ética es que sea coherente con la suya propia.
    Por lo demás una precisión y un reconocimiento de culpa. Existe un tocado que ha debido ser reconocido por la legislación austriaca, se trata de llevar en la cabeza un escurridor de pasta y lo practican los seguidores del pastafarismo (religión del Mostruo del Espagueti Volador creada por una tal Bobby Henderson en Oregón) http://es.wikipedia.org/wiki/Pastafarismo Te envío la foto del austriaco que ha conseguido que le permitan obtener su licencia de conducir con un colador en la cabeza un acto absurdo pero lleno de significado. http://www.planetacurioso.com/2011/07/14/austriaco-aparece-en-la-licencia-de-conducir-con-un-colador-en-la-cabeza/
    En cuanto a mi culpa, me refiero a haberme puesto la kipá para acceder al muro de los lamentos y en otras ocasiones algún que otro tocado para acceder a algunas mezquitas, templos o lugares supuestamente santos para diversos credos. Lo justifico porque mi pasión por estos temas está por encima de mi ética y prefiero cumplir ciertas obligaciones antes que perderme alguna experiencias.
    Eso es todo amigo, no me extiendo más porque es de muy mala educación bloguera escribir un comentario más largo que el propio post.
    Tú sigue así que yo seguiré leyéndote con pasión.
    Un abrazo

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  2. AHHH ESTE ME GUSTÓ MUCHO... ¿COMO NOS CONSEGUIMOS UNA COLUMNA EN 'EL PAÍS' PARA TUS AVENTURAS?
    QUE GUSTO LEERTE, QUERIDO PABLO,

    UN ABRAZO.
    ALEJANDRA.

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  3. Es interesante el problema que planteas. Mas que una norma general, hay que tener en cuenta los matices de cada situación. En ese dilema de respetos recíprocos, creo que debe prevalecer la amistad como bien más valioso. O sea, en tu caso, transigir con el rito, como te recomienda Ana, y luego introducir irónicamente en el diálogo tus reflexiones críticas. Después de todo, un amigo es alguien con quien se puede pensar en voz alta.

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  4. Acertadísimo, Pablo. Tienes mi voto para esa columna en 'El País' o libro sobre 'Cultural Shock'.

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