domingo, 6 de noviembre de 2011

ABSTRACT
El hombre (o mujer) común que (para su fortuna o desdicha) no se dedica a estos menesteres de la vida académica, vive sin saber el número de revistas “científicas” que existen y los más increíbles dominios del conocimiento que cubren. Desconoce probablemente la existencia del Journal of Thermal Spray Technology, cuyo último número se abre con el artículo: “Microstructure and Thermal Cycling Behavior of Air Plasma-Sprayed YSZ/LaMgAl11O19 Composite Coatings” de Xiaolong Chen, Binglin Zou, Ying Wang, Hongmei Ma, y Xueqiang Cao (no intenten quedarse con los nombres).
Para poder navegar con algún éxito en las oceánicas aguas de la producción intelectual, existen los llamados “abstracts” que sirven al estimable objetivo de proveer al potencial lector de suficiente información sobre el argumento o asunto que quien firma el artículo se propone desarrollar más extensamente a lo largo del mismo. Son, por decirlo así, una garantía para que el “consumidor” sepa lo que se dispone a ingerir, y, en su caso, pueda rechazarlo a tiempo. A la proliferación de publicaciones se suma el hecho de que, con más frecuencia de la deseable, el autor es demasiado genérico al titular su trabajo, o, en el otro extremo del espectro, tiene una irrefrenable querencia literaria que vuelca, muy imprudentemente, en el título, o, al fin, busca descaradamente una audiencia que, si fuera honesto como los amigos del spray, sería sustancialmente más reducida. Imaginen que Xiaolong Chen, Binglin Zou, Ying Wang, Hongmei Ma, y Xueqiang Cao sí hubieran tenido ese arrebato por darse un baño de multitudes lectoras y hubieran titulado su trabajo: “Un adiós definitivo a la depilación de las ingles (Microstructure and Thermal Cycling Behavior of Air Plasma-Sprayed YSZ/LaMgAl11O19 Composite Coatings)”. Entonces, repentinamente, el último número del Journal of Thermal Spray Technology poblaría, no solo los estantes de la Widener Library de Harvard o las grandes bases de datos académicas, sino también esos entrañables módulos que, apostados junto a las cajas de los supermercados, despliegan los últimos números de las revistas de actualidad televisiva y del llamado “corazón” (yo, en particular, ansío ese momento de espera para pagar en la caja del Stop&Shop y así ponerme al día de la anorexia de Demi Moore, convenientemente amplificada en titulares chillones y horripilantes fotos en la portada de mi tabloide favorito, el In Touch Weekly).
Se cuenta que el editor de la versión castellana del clásico de la filosofía del lenguaje How to do things with words (J. L. Austin) quiso titularlo Cómo hacer cosas con la lengua, que, podemos conjeturar con bastante confianza, habría tenido muchos más lectores de los que finalmente tuvo. Me puedo perfectamente imaginar a buena parte de la audiencia que hubiera comprado Cómo hacer cosas con la lengua buceando impaciente y frustradamente en la discusión sobre la fuerza perlocucionaria de los enunciados y no hallando finalmente nada nuevo que poner en práctica en su vida íntima, o al jefe de la sección de crítica de libros del magazine Supertetas devolviendo el ejemplar a la editorial pues la reseña que se proponía hacer de Austin no iba a ser de interés alguno para sus lectores.
La garantía de los abstracts se refuerza con los “términos clave”, que permiten, de un plumazo, atisbar si aquello va o no con uno. El que sin duda debe ser trepidante trabajo de Xiaolong y compañía va acompañado de los siguientes términos clave o keywords: “composite, magnetoplumbite oxide, plasma spraying, thermal barrier coating, thermal cycling, YSZ”. Sin poner en duda la relevancia de la ciencia del spray térmico – aunque no deja de asombrarme que la dicha tecnología dé para una revista semestral, como supongo que a estos coreanos les sorprenderá que exista un Anuario de Filosofía del Derecho o los Anales de la Academia Matritense del Notariado- en este momento de mi vida, honestamente, pues chica como que no, que no me pica ahora mismo la curiosidad del comportamiento del ciclo térmico (no digo yo de otros ciclos); que ni fú ni fa, ni frú frú, como imagino hacen los sprays que estudian estos asiáticos.
Y todo esto de los abstracts viene a cuento de una próxima presentación en uno de los seminarios a los que asisto regularmente. El autor es un filósofo del MIT (sí, ese lugar en el que todo padre que cree haber transmitido su genialidad e inteligencia sueña como destino universitario para su hijo) y el “paper” lleva por título: “It is not so Easy to Separate People”, que, más o menos podríamos traducir como: “No es tan fácil separar a la gente”.
Uno se queda dudando, ¿no? Teniendo en cuenta que se presenta en el Edmond J. Safra Center for Ethics (uno de los muchos centros de investigación de la Universidad de Harvard) es plausible pensar que el autor se propone, no sé, evaluar las dificultades éticas que surgen a la hora de disolver una riña tumultuaria. Pensemos en una que pudiera tener lugar en la cola de la caja del Stop&Shop, sin ir más lejos, entre devotos y detractores de Demi Moore: si va uno con mucha prisa, ¿cabe rehusar intervenir como cuando declinamos dar limosna al pobre? O a lo mejor es que uno piensa que ya lo hará otro: ¿es eso justificación bastante? Estas han sido, y siguen siendo, típicas preguntas que se/nos hacen/hacemos cuando pensamos en el alcance de nuestros deberes de ayuda o solidaridad con los demás. ¿O alude el autor en realidad a los problemas que arrastra la discriminación por sexo o raza en la escuela, por ejemplo? ¿O a la liquidación de la sociedad de gananciales en una separación matrimonial? En esas cavilaciones andaba yo cuando leí el “abstract”. Ahí va:
“¿Cuándo es la siguiente consideración moralmente relevante, si es que lo es en algún caso?: ‘mi proceder de esta manera es mejor para esta persona, mi proceder de esta otra mejor para aquella. Pero el interés de esa persona en que proceda de este modo es MÁS FUERTE que el interés de la otra en proceder de aquella forma’. Aporto algunos recursos que provienen de la metafísica de la modalidad para abordar esta cuestión”.
“Coño, pues sí que es abstract el abstract”, pensé. Tras leerlo un par de veces más me acordé de esos alumnos recalcitrantes que, tras agotar toda su batería de razones por las que consideran injusto el suspenso, concluyen señalando: “es que esto (la asignatura de Filosofía del Derecho) es muy abstracto”. ¿Habré pasado a engrosar yo también la lista de los que sólo lidian cognitivamente con lo concreto, o muy concreto? Y es que, como en el caso de tantas otras categorías, la abstracción no es una cuestión de todo o nada sino de grado, y, a veces, abstraernos de los contextos particulares nos ayuda a ver mejor el bosque, como en la célebre imagen, pero, en otras ocasiones, un exceso de abstracción nos hace olvidarnos de lo verdaderamente importante y urgente.
Y hablando de contextos particulares, de separar gente, de lo perentorio y relevante, de ética… Déjenme hoy concluir intentando emular al bueno de mi amigo Rafa Tesoro, el sabio de las matemáticas que hace unos días nos ha hecho distraernos un poco de las tormentas financieras que vienen permeando las páginas de El País. Aquí les dejo un pequeño desafío que, como el suyo, tiene también un componente aleatorio como “problema” (en este caso moral, no matemático):

Sabemos que dentro de 3 años 6 millones de personas en el Tercer Mundo se verán afectadas de una enfermedad mortal X. En el primer mundo, esa enfermedad es remediable con una dosis Y de la medicina Z, pero administrar esa dosis a todos los enfermos de X es carísimo. A día de hoy, en el Tercer Mundo ese tratamiento es inviable. Tal vez la enfermedad X se puede paliar con una dosis menor, y entonces el tratamiento sería viable por ser más barato. Pero no estamos seguros de la eficacia de esa menor administración de la medicina Z. Una manera de probarlo es seleccionar dos grupos de enfermos de X en el Tercer Mundo: al primer grupo se le da un placebo (un medicamento sin efectos) y al otro grupo se le da la menor dosis de la medicina Z para comprobar si el tratamiento es eficaz. A los enfermos se les pide su consentimiento para participar, y se les informa de que, aleatoriamente, pueden estar en el grupo de los que reciben el tratamiento o en el grupo de los que reciben el placebo. ¿Es este un experimento éticamente admisible? Si no es el caso, ¿en qué condiciones sí lo sería?

Buenas noches y buena suerte.

5 comentarios:

  1. -FILÓSOFO:¿Con qué derecho, ¡oh, Lego, haces lo que haces? -LEGO: Entre nosotros eso es lo usual, siempre lo hemos hecho así. -F: ¡Eso no es una justificación! Repito una vez más: ¡legitímate! -L: Permíteme, Filósofo, una repregunta: ¿con qué derecho preguntas 'con qué derecho'?, y ¿con qué legitimación exigen tus cofrades de nosotros legitimaciones? -F: Entre nosotros eso es lo usual, siempre lo hemos hecho así.
    Siguiendo la moraleja de este diálogo de mi actual filósofo favorito, Odo Marquard, la justificación absoluta es inviable y la hipertrofia deontológica acaba por cargarse el bien limitado que podemos hacer. En la vida real hay que tomar decisiones con información incompleta, un poco de forma chapucera para un espíritu cartesiano. Asi que, con dudas y dispuesto a cambiar de opinión si hay nuevos datos, yo sí aprobaría el experimento.

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  2. Sera, me sumo a Marquard, ya sabes que hay quien apuesta por un "consecuencialismo de los derechos" (Amartya Sen, sin ir más lejos) y probablemente me parece el justo medio. El problema planteado está - hecha abstracción de los detalles- de la formidable polémica que suscitó un conjunto de ensayos clínicos que los americanos hicieron en África para conseguir remedios eficaces - más baratos- en la lucha contra el SIDA. El llamado "control con placebo" está prohibido cuando hay una medicación que ya se ha probado efectiva, pero, como bien tú dices, en este caso no había opciones... Más complicado es el asunto - o más fácil moralmente si quieres- cuando no estamos en presencia de una posible novedad sino que se trata de un medicamente a añadir a y competir con, los ya existentes. Algún caso (terrible) ha habido de ese tipo de ensayo en bolivia con bebés... Gracias por estar siempre ahí, Sera. Como verás la próxima entrada intenta recuperar - más mal que bien, me temo- los territorios de la chanza...

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  3. Bueno, yo podría poner el ejemplo de American Journal of Potato Research como ejemplo de curiosidad científica.

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  4. Laura dice:
    Todas las pruebas de fármacos en humanos (previos análisis en laboratorio y animales) se hacen con ese diseño de experimentos que se llama cruzado ciego y está totalmente admitido por los comités de bioética si el consentimiento informado es claro, completo y veraz y además se asegura a los pacientes. En España esto está contemplado en la nueva ley de la ciencia y la compañía aseguradora suele ser HDI seguros.

    Otra cosa es la opinión personal respecto a aspectos estrictamente éticos.


    En fin, fácil no es el tema

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  5. Hola Fernando!!! Muy bueno el apunte, pero dile a Laura que en España - y se supone que en el mundo entero- el ensayo contra placebo está prohibido cuando hay un medicamento efectivo (de otra forma se viola el principio de "no maleficencia"). Aquí el quid del asunto está en cómo interpretaron los investigadores estadounidenses - se trata de las pruebas que se hicieron para el cóctel contra el SIDA- el requisito de "existir un medicamento efectivo". En su interpretación ese medicamento, en el tercer mundo, no existe, es decir la "existencia" debe contextualizarse a las circunstancias (todas, también las económicas) de la zona. Insisto, esa prueba no hubiera podido hacerse en Estados Unidos. El caso es que a mí me parece que, aunque sea triste, su interpretación es correcta, sobre todo porque de lo que estamos hablando es de una experimentación que va a salvar vidas cuando no existe un tratamiento en el Tercer Mundo (en términos "realistas". Otra cosa es hacer pruebas contra placebo simplemente para introducir un medicamento más (una "me too drug" que llaman aquí) en el mercado. Entonces no me parece admisible. Qué bueno escucharos!! Un fuerte abrazo,

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