sábado, 18 de febrero de 2012

CHILDREN'S

“Esto parece la feria de Torrelodones” – exclamó Matías, nada más entrar.

“Pues sí – pensé yo- o el Chuck E. Cheese’s” (ya saben, ese establecimiento del que ya hemos tenido ocasión de hablar aquí).

Y el caso es que donde habíamos entrado era en el macro-multi-archi-giga-super célebre “Children´s Hospital”, la meca mundial del tratamiento sanitario infantil, el hospital asociado a la Facultad de Medicina de Harvard, la joya del triángulo de oro de la curación que se concentra entre las calles Longwood y Huntington (en los otros vértices se ubican el Beth Israel Deaconess Medical Center y el Brigham’s and Women’s Hospital).

En el Children’s se practica cirugía in utero a partir de la semana 15 de gestación, se aplica la terapia génica más avanzada, los tratamientos más punteros en oncología infantil, se procede a las separaciones de siameses más arriesgadas. Dos premios Nobel de Medicina han prestado allí sus servicios. ¿Y ustedes vosotros qué hacían por allí, se preguntarán vosotros ustedes?

Pues con toda humildad, pidiendo perdón a todo el que nos salía al paso – y fueron muchos, como a continuación relataré-, recordando con mucha conciencia de culpa esas consignas de no acudir a urgencias “para cualquier tontería”, lo que este pasado jueves nos había conducido hasta el Children’s al hijo y al padre, es que alguien pusiera remedio a la “cualquier tontería” que había sobrevenido en el dedo de Matías cuando, con la osada certidumbre que dan los casi 5 años, se había puesto a pelar una naranja.

Además de la disculpa por delante, blandía, cual espada triunfadora o feraz cuchillo naranjero, mi VISA (sólo plata) y mi seguro (con franquicia de 100$). Tan a mano llevaba ambos salvoconductos (salvavidas, más bien) que se mancharon un poco con la sangre del accidentado dedo de Matías, lo cual acabó componiendo una arrebatadora metáfora visual del capitalismo sanguinario que subyace a la asistencia sanitaria en este país.

Eran las 6:15 pm cuando el policía apostado en la puerta nos pre-registraba y pedía que aguardáramos “en el pódium”, como si a continuación una señorita a la que le cuelga un micrófono de la quijada nos fuera a preguntar si queríamos mesa de fumador o no fumador, o ventana o pasillo, o si queríamos cambiar fichas, o a qué fiesta de cumpleaños acudíamos.  

La que apareció no mucho después – mientras aún nos entreteníamos con la visión de los ramilletes de globos, el gran acuario, las sillas de ruedas a las que se les han dado las formas típicas de los tiovivos, los legos y el gigantesco recorrido donde unas pelotas de golf suben y bajan por rieles y tubos siguiendo las viejas leyes de Sir Isaac- daba más bien el perfil de relaciones públicas de Ansorena, una mujer tipo Miss Moneypenny - ya saben, la secretaria con la que flirtea Bond cuando está de paso por la City camino de un nuevo sobresalto en un oleoducto de Turkmenistán-, a quien el desaguisado de la mano de Matías no le conmovió lo más mínimo. “Lo que habrá visto esta mujer de gafitas en la punta de la nariz y voz meliflua”, pensé.

Tras tomarle la tensión, pesarle, pedirnos más datos y quitarle la tercermundista gasa con la que habíamos taponado la sangría, nos empaquetó, junto con otras contingencias de menor cuantía, en un tour hacia la primera planta, allí donde se solventan las menudencias. Ustedes vosotros se representarán ahora como cicerone del grupo hasta esos dominios a un siniestro celador encorvado y de pecho paloma, que habla solo, maldiciendo la mala folla del gerente del hospital por mantenerle en ese turno. ¿Se lo imaginan, verdad? Pues nada más lejos de la realidad. Nuestro guía podría ser perfectamente uno de los apuestos danzarines del “Cantajuegos”.

¿A qué ahora mismo les viene a la mente esa bajada a la sala de rayos X en un montacargas chirriante, junto con un señor en pijama que lleva la percha móvil con el goteo, y donde se intenta meter también una señora en silla de ruedas a la que empuja otro celador mal encarado y a la que se le van cayendo las radiografías que guardan esos grandes sobres de color marrón primera deposición por la mañana que la pobre señora lleva en muy inestable equilibrio sobre sus rodillas?

Pues nada más lejos de la realidad del Children’s, oiga. Si no fuera por las caras compungidas o cabreadas de los padres acompañantes, los gestos de dolor de la niña al caminar, el dedo de mi hijo o el llanto del bebé febril en brazos de su inmensa madre, parecería que acabáramos de llegar al Hilton de Orlando donde nos disponemos a pasar una semana en Disneyworld.   

Por supuesto que toda esta desdramatización escénica está deliberadamente producida y el objetivo es retardar tanto como sea posible el duro encuentro con la realidad, es decir, que aunque sea para “nuestro bien”, venimos a que nos pinchen, cosan, enyesen o cosas aún peores. Es lo de aquél chiste del cura que en su sermón no para de describir las penitencias del Averno y finalmente es interrumpido por un feligrés que exclama: “padre si hay que ir al infierno se va, pero no nos acojone”.

En España, de momento, seguimos más bien en la idea de tenerlo clarito desde el principio, aunque he sido testigo de cómo, en escenarios tan melancólicos – aunque por otro lado tan espléndidos en cuanto a la asistencia sanitaria- como el hospital Niño Jesús de Madrid, se han hecho grandes esfuerzos por arrumbar las sombrías figuras de los arcángeles, y alguna que otra imaginería doliente, y aportar un poco de color y diversión. En el ‘Children’s’ es a lo bestia.    

Y también al pobre Matías le llegó su hora después de una valoración en la que intervinieron tres médicos, tres, calibrando hasta qué punto “el punto”, que fue lo que finalmente resultó como opción preferida (yo, y su madre, después de su aguante y bravura, le hemos dado “10 puntos” a la criatura). Y mientras terminaban de curarle y preparar el resto del llamado “paperwork”, especulaba yo con la “otra sangría”, la que, como primera medida antes de que el seguro intervenga, se iba a producir en mi VISA plata una vez que volviéramos al pódium. Y oiga, que no, que inmaculada quedó, impoluta, sin un rasguño. Miss Moneypenny corroboró todos nuestros datos y los de nuestra prima (de seguro) y nos dejó marchar.

Y el Matías y yo, como si nuestra siguiente misión estuviera a punto de iniciarse, o hubiéramos reventado la ruleta rusa, o nos hubiéramos llevado un Zurbarán por el irrisorio precio de salida, salimos de allí poniendo pies en polvorosa. ¿Mira que si el ogro del despiadado y mercantilizado sistema sanitario yanqui no va a ser tan fiero como se pinta? Es lo más probable que un día de estos nos llegue la factura – y tengamos que batallar con el ogro del aseguramiento- pero, mientras tanto, dedo arreglado – y muy bien arreglado, vive Dios- y VISA incólume. Qué más se puede pedir, amigos ustedes.     

1 comentario:

  1. -Pablo, es en un hospital español donde vas a tener dificultades cuando vuelvas.
    Mi felicitación a Matías por su entereza.

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