En Medellín un taxista se llama John Jairo, hay un banco de nombre “Pichincha”, me dicen, a veces, hombre “empalabrado” y a veces “mijito”, y siempre “con mucho gusto”, tras decir yo “gracias”, y “quiubo” al decir yo “hola” y “qué pena con usted” si se quieren disculpar, y el “típico” – arroz, fríjoles, huevo, chicharro de puerco – es comida de mulero, y se acompaña con jugo de lulo, y un estudiante de Filosofía que se llama Gonzalo gusta de leer a Pessoa y a Kierkegaard y acude a la universidad de Antioquia caminando – una hora- y allí come - su comida de todo el día- y Nora y Anibal, del Café Vallejo, ya me conocían y me “regalan” un “perico” – café con leche- como le dicen allá en Bogotá, y también una visita a la casa y a sus recuerdos y trastos, y a la habitación de Darío de cuyo morir supe leyendo El desbarrancadero, escrita por su hermano Fernando, un faraón de las letras, y al decir yo “adiós” en Medellín me dicen: “qué rico que viniste”.
En Medellín ya siempre he vuelto.
Quiubo.
Pura poesía Pablo, veo que te ha inspirado la visita. Un abrazo.
ResponderEliminarJoel