martes, 17 de abril de 2012

EL DÍA D(E) (DESPUÉS)

Estoy confuso y acartonado. Me parece que es primero de año y que anoche me tomé el chocolate con churros ese con el que “rematar la faena”. No me he puesto el chándal, como en aquellos tiempos de resaca post-fin de año, pero me acompaña una semejante confusión ontológica y epistemológica. ¿Qué pasó? ¿Cómo me lo pude beber todo? Porque debió ser todo el agua del condado lo que ingerí, amén de un “Powerade” asquerosamente dulzón pues, total, la faena estaba ya rematada hacía tiempo. Hay maratones que se acaban y otros que acaban con uno, y bien pronto puede llegar a descubrirse que es lo segundo lo que acontecerá. Hubiera preferido el chocolate con churros, aunque en ese momento alcanzáramos los 90º Farenheit (30 centígrados) - desde agosto no ha hecho tanto calor en Boston- y el vencedor del año pasado ya se había retirado hacía tiempo. ¡Qué magnífico consuelo! Claro que, siguiendo la entusiasta recomendación de mi amiga Alicia, allá por la milla 20 me metí para el cuerpo un canapé de anchoa para combatir la hiponatremia. “El maratón es una preciosidad”, me había escrito el día P(revio).
No sé si fue un maratón lo que (mal)corrí o más bien me pasó que andaba de despedida de soltero y los de la cuadrilla tuvieron la ocurrencia de llevarme a un Aquapark. Vuelvo a oír mis zapatillas chapoteando tras atravesar una vez más otra de las muchas duchas y mangueras que los infinitamente generosos vecinos de las localidades de Hapkinton, Framingham, Natick, Wellesley y Newton sacaron a sus jardines para aliviar nuestro sofoco. Me retumban todavía los gritos de ánimo, cuya sonoridad y recurrencia reverberará en mi memoria más allá del día después, y cuya taxonomía daría para una tesis en antropología cultural. Gracias a que, por recomendación insistente de Ana, escribí mi nombre en la camiseta, me vi constantemente interpelado, en esa forma tan fonéticamente encantadora que producen los anglohablantes. Ayer no fui “Pablo” sino “Pablou”, alguien que era “awesome” (impresionante), que “looked great” (tenía una pinta estupenda) que estaba siempre a punto “hacerlo” (llegar a la meta) aunque todavía anduviéramos por la milla 5. La magnitud de los adjetivos es directamente proporcional al aspecto cadavérico que el corredor presenta, y el mío, por lo que oía, debía ser ya de los que ameritan la extremaunción. Incluso fui un sujeto besable, allá por la milla 14, cuando un grupo bien nutrido de estudiantes de Wellesley College (sí, allí donde estudió Hilary Clinton) ofrecían besos con justificaciones tan contundentes como la de ser la ofertante de Hungría (“Kiss me because I am hungarian”).
Y no es que yo tuviera en ese momento animadversión alguna por lo magiar, vive Dios, sino que estaba para poquito y además con una sudorina que ya ni en Hungría aceptan. Era ese el momento en el que el cerebro también se esponja – ayer más que nunca, ciertamente. Desde que me he levantado un fogonazo me asalta en la forma de un cartel que rezaba “Go Mea”; y sí, ya para entonces también me había convertido en incontinente, con lo que hice caso al anuncio. Y ni me paré ni nada, en plena marcha. Mea, claro, debía ser una corredora, pienso yo ahora con mayor equilibrio electrolítico, aunque las piernas, lo que se dice las piernas, no pueden ser más de madera (sobre todo al bajar las escaleras).
Y en esas estábamos, ya hechos pis y todo, que entramos en Newton, la apacible localidad que alberga Boston College, al que se llega subiendo la temible “Heartbreak Hill” (la cuesta rompecorazones) ubicada en la milla 20 y a la que ya hice referencia en mi azucarada misiva del día P(revio), cuando todo es poesía, esperanza e ilusión. Allí, en la infame cuesta, me esperarían Ana y Mariana y ante ellas tenía que pasar con prestancia. No sé si lo conseguí del todo aunque ciertamente su presencia me proporcionó un nuevo impulso. Mariana e Ignacio tuvieron incluso la infinita paciencia de acompañarme unos metros, mientras Ana, convertida en una intrépida ciclista, se lanzaba al siguiente hito, allí donde mi hinchada se había concentrado con pancartas, banderas y una fanfarria digna de mejor causa. Antes de llegar a Coolidge Corner, en la milla 24, advertí de refilón a Inma y a Elizabeth, el preludio de la apoteósica bienvenida que los Joel, Lola, Alex, Ángela, Mariana, Maitane, Mikel, María Ángeles, Matías, Ana, Irene, Gabriel y Begoña me brindaron. Ni a Filípides le organizaron nada semejante al llegar a Atenas, y eso que yo tenía bien poco que comunicar. Tan sólo un débil, aunque profundamente sentido, “gracias”.
Y el resto, o sea, las dos millas de tránsito por Beacon, Kenmore y Boylston, y la meta y la entrada y el tiempo, y todo eso, pues, qué quieren que les cuente; lo de menos. El gentío, eso sí, ya en pleno centro de Boston, aún más entusiasta y ensordecedor. Y yo más parlanchín, y aunque mis piernas apenas si podían ya trotar, empecé a verlo todo más claro, tal vez por el efecto de la anchoa: “tiene razón Alicia” - me dije- “el maratón es precioso”. Sobre todo por la gente que te acompaña en la aventura. Ayyyy, que me he vuelto a poner poético...

4 comentarios:

  1. Bravo Pablo, usando palabras de Mariana, fue brutal!

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  2. Eres GRANDE Pablo, a tu lado el Rex que por algún extraño motivo acompaña tu post es un insecto.
    Como siempre, ¡ENHORABUENA!

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  3. Creo, por lo que cuentas, que puedo imaginar la intensidad de esa carrera que supondrá un hito en tu ya larga historia épica. Durante la lectura, he sido jubilado activando el aspersor de mi jardín, he sido anchoa, húngara y un poco de todos los que te animaron. No me extiendo más porque sabes que lo entiendo todo bien. Ahora, descansa y recuerda.

    Tienes que mandarle una copia a Murakami.

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  4. Impresionante tu hazaña, gracias por la crónica vibrante. Enhorabuena y un abrazo

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