Pensaba titular esta entrada “fenomenología del corrillo
infantil”, pero no quería ahuyentarles (si es que no están ya suficientemente
ahuyentados). El título era, en todo caso, descriptivo de lo que me propongo
hoy que no es sino narrarles un interesante episodio ocurrido el pasado domingo
en el MET (así llamamos la gente bien de toda la vida al Metropolitan Museum of
Art de Nueva York). Pero procedamos en orden.
Nosotros – o sea, mi familia nuclear, compuesta, como se
sabe, por un núcleo estable y un electrón cuya posición y velocidad nunca puede
determinarse con absoluta precisión- nos hallábamos en Nueva York (como decía Marita, una amiga pija del Estudio: "quién no va
a Nueva York cada dos meses")
aprovechando la muy favorable circunstancia de que los acogedores Alfonso y
Liz, junto con sus electrones Diego y Ana, se han trasladado recientemente al
Upper East Side (no puedo referirme de otro modo a la confluencia de la 77 con
York Avenue, discúlpenme).
El domingo se levantó jarreando, con lo que nuestros
planes de seguir explorando la ciudad se frustraban. La solución se llama “Museo”
– un lugar que a muchos electrones no gusta especialmente, sobre todo si son “de
cosas antiguas”. Pero para eso se han inventado - ¡oh loado seas inventor!- los tours o programas infantiles, tan frecuentes en este país donde los electrones son tan preciados. Al pequeñuelo se le enrola en una visita en
la que una monitora o monitor les trata de persuadir de lo muy impactante que
va a resultar en sus vidas deambular por una sala donde se acumulan decenas de
estatuas grecolatinas. Los padres acompañamos la actividad, y, de cuando en
cuando, nos despistamos un par de minutos para mirar de reojo otra sala,
pendientes siempre de que el electrón no salte de orbital, es decir, que no
quiera comprobar si la peana de Perseo va a seguir sometida a las fuerzas de la
gravitación macroscópica una vez que el pequeñuelo le ha pegado una patada a la
dicha peana.
Han sido varias las ocasiones en las que hemos
aprovechado este encomiable servicio, concretamente en el MFA (así nos
referimos los cultos al Museum of Fine Arts de Boston), y ello me ha permitido ir
elaborando un linneano catálogo de géneros, y sus correspondientes especies, de
los pequeñuelos que se concitan en torno al monitor@. Aunque la taxonomía es
aún incipiente, creía, cuando empezaba la actividad en el MET, que ya podía
identificar las más importantes especies. Descubrí que no. Que una nueva especie inaudita se agazapa, acecha y ataca. Sigan, sigan leyendo.
En cuanto los niños se reunieron en
el corrillo – lo que ahora, con grandilocuencia ateniense, se llama “asamblea”-
junto a la mística monitora – apréciese en la foto cómo al final de la
actividad les pide a los niños que “den gracias” al planeta por ser el día de
la tierra- atisbé dos miembros del primer género: el responsivus persistensis, es decir, ese niño que siempre levanta la mano
al ser interpelado el grupo. Hay varias especies, y un pequeñuelo de rasgos
asiáticos me pareció claramente un responsivus
enciclopedicus, esto es, un pequeñuelo que aun no habiendo cumplido los 6 conoce
a la perfección los avatares de la mitología griega. Está también el responsivus exasperantis, que también
levanta la mano, se le da la palabra, y no dice nada, o bien tarda mucho en
decirlo, y la monitor@ se ve obligada a mantener al resto de electrones
calladitos para que el responsivus
exasperantis no se convierta en responsivus
deprimensis. Mayores problemas plantea, sin embargo, el responsivus a boleius, o sea el responsivus que, a diferencia del enciclopedicus, no sabe casi nada pero
quiere decir lo primero que se le pasa por la cabeza, venga o no a cuento. El
monitor@ se ve entonces obligado a tratar de encauzar la respuesta en la
dirección más adecuada, o a reírse, para, de nuevo, no provocar una mutación
que convierta al responsivus en rabiosus, frustrensis o en algo incluso peor como bipolarensis. Desgraciadamente, nuestro
ecosistema de corrillos infantiles está superpoblado de a boleius: la especie enciclopedicus
y el género de los prudensis, modestus o timidus están sin embargo en peligro de extinción.
Al corrillo se incorporó, un poco tarde, un responsivus a boleius. Lo calé a la
legua, en cuanto se sentó y levantó la mano. Era de los más peligrosos. Un raro
ejemplar con trazas de responsivus a
boleius graciosillensis. Quise prevenir a nuestra mística monitora pero no
me dio tiempo. En ese momento ella recordaba a los pequeñuelos las reglas del buen
comportamiento en el museo; los responsivus
enciclopedicus, así como algún modestus
al que la monitora inquiría para que los enciclopedicus
no monopolizaran el corrillo, ya nos habían ilustrado sobre alguna de las
prohibiciones. Por si no lo saben, en Estados Unidos son muy cuidadosos de nunca
formularlas como tales, como deberes de “no hacer”, no vaya a ser que el
pequeñuelo se traume al saberse en un mundo donde no puede hacer lo que le da
la real gana, como otros que se van a Botsuana. No, al niño se le prohíbe mediante el permiso o deber positivo de
hacer lo contrario a lo prohibido; verbigracia, que no está prohibido correr en
el museo (“don’t run”), sino que debes o puedes “andar” (“walking feet”).
En esas andábamos cuando algún responsivus exasperantis, tras momentos de duda, dijo que no se
podía “paint in the painting” (“pintar en el cuadro”), lo cual provocó una
carcajada sonora en pequeños y mayores – sonora y nerviosa en los adultos, para
qué negarlo, pues algunos proyectamos la ocurrencia... La monitora, en esa
línea de “no frustración del destinatario de las normas”, se rio también ("oh, qué positivo todo y qué alegres y ocurrentes estamos a pesar de la lluvia") y
tradujo la prohibición a: “paint in the sketch paper” (allí donde los pequeñuelos
iban a desplegar toda su inmaculada creatividad). Y hablando de inmaculada
creatividad; entonces...
Entonces, el responsivus
a boleius graciosillensis levantó sus alas, digo, su mano, y con toda su
inocencia infantil, dijo: “no raping” (“prohibido violar”). El silencio – frío
como la espada del Perseo que nos vigilaba- sólo se rompió cuando alguien cayó
en la cuenta de que la monitor@ había fibrilado. Menos mal que en Nueva York
abundan los médicos y los desfibriladores portátiles. Menudo jaleo. Y el a boleius graciosillensis como si con él
no fuera la cosa. Menuda pieza. Lo dibujé bien en mi cuaderno de campo, y anoté
su edad, un ejemplar de 5 añitos. ¿Qué será de él dentro de 15?
Magistral como siempre, Pablo. Un niño de cinco años es un perverso polimorfo, como dice Freud, pero sólo en un sentido lato, de impulsividad primaria, amoral e inconsciente. Los adultos que llevan sus escrúpulos al grado de ridículo que tú reflejas con tanta gracia se merecen el susto de la monitora.
ResponderEliminarDesternillante el relato (y tan certera y acerada como de costumbre la apostilla de Serafín). ¿Qué va a ser de nosotros cuando no tengamos sesión semanal?
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