domingo, 1 de abril de 2012

TAPAS
Entré en el local y vi esto:


¿Creen ustedes que cabía albergar la esperanza de una cena española, pero de las de verdad, de las de convocar añoranza, llorar de emoción como plañidera, volverme todo ñoño en recuerdo del terruño? (reparen, please, en el recurrente uso de esa Ñ tan nuestra de Españñññña, Españñññña que ahora empleo con ansia reivindicativa y compensadora del fiascazo). Pues no, no fue el caso. Lloré, sí, pero de pena. Y también de rabia cuando me sirvieron el “Pisto manchego” y los “Boquerones” que pedí con ilusión renovada. Pero no, no vayamos tan deprisa en el relato de los acontecimientos.

¿Qué coño hacía yo en “La Tasca” de la 1612 Commonwealth Avenue el pasado jueves 29 en compañía de un pintoresco grupo de estadounidenses de variados orígenes étnicos, edades, pelajes y pesajes? Pues satisfacer, un tanto a regañadientes, la petición de una buena excolega de Boston College de mi mujer, ahora dedicada a ciertas labores administrativas en “Team in Training” una de las muchas organizaciones de “caridad” (charities), ONG’s en la jerga más actualizada y políticamente correcta, que se dedican a canalizar dinero para sufragar buenas causas a través del esfuerzo de correr un Maratón: Boston, París, y, ahora también, el renovado Rock&Roll Madrid Marathon que se disputa el próximo día 22 de abril.
Trece - número que tampoco augura nada bueno- gachís y gachós de por estos lares parten próximamente para afrontar ese reto tras haber recaudado la nada despreciable cantidad de, como poco, 4.000 dólares por barba que destinan, en este caso, a la lucha por la erradicación del linfoma y la leucemia. Durante semanas han sableado al personal de su entorno, a su red familiar y sobre todo social, o, en último término, a su propia economía doméstica, para así disponer de un dorsal y toda una pléyade de servicios durante los meses de entrenamiento. Y digo lo de la propia economía doméstica porque aquí los compromisos no son de mantequilla: la solicitud de participar para esa charity incluye un objetivo de recaudación – a partir del mínimo indicado-, un plazo para hacerlo, y, agárrense, un número de tarjeta de crédito donde, en su caso, se cargará el monto que reste hasta sumar el objetivo comprometido. Y lo de la panoplia de servicios también merece comentario aparte: el grupo cuenta con un entrenador que les hace un seguimiento y un programa de actividades entre los que se incluyen cenas donde se confraterniza y se comparten motivaciones y un entrenamiento colectivo todos los fines de semana al que acuden también otros voluntarios encargados de proporcionarles líquidos y avituallamientos en distintos puntos del recorrido por el que les toca transitar ese sábado o domingo. En fin, una suerte de “profesionalización del amateurismo atlético”, un modus operandi, que dista mucho, pero que mucho, de lo que yo he podido vivir entre quienes en Madrid y otras ciudades españolas corren habitualmente carreras populares.

Su espíritu es ciertamente distinto a la hora de afrontar el reto del Maratón: les mueve una mezcla de aventura y de necesidad de rendir tributo a quien, en este caso, ha padecido la enfermedad para la que trabaja esta ONG. Quieren dedicarles el maratón a esa persona, y, con ello, solidarizarse financieramente con la causa de su mejor tratamiento y eventual erradicación. Ustedes seguro que se han fijado en quienes al cruzar la meta de una de esas carreras ha elevado la vista al cielo (¡anda que no lo hacen futbolistas afamados!) o ha descubierto una camiseta que reza “Va por ti Paqui”, o proclamas semejantes. Pues esto viene a ser algo parecido pero con el parné por delante y mucho apoyo logístico.
Conocí a este grupo de solidarios trotamundos a principios de octubre, cuando la organización estaba “lanzando sus redes” para captar benefactores-corredores para el maratón de Madrid. La cita también fue en otro (mal)llamado “bar de tapas españolas”, pero apenas si nos dieron agua y aceitunas. Me querían para que les hablara de Madrid – sus maravillas- y la Maratón – sus peculiaridades. Me lo tomé como si me tocara presentar un paper en mi Departamento de Harvard, pensando que allí acudirían corredores de fuste, altos, robustos y fibrosos, remedos de las viejas glorias fondistas que ha dado este país – Prefontaine, Joan Benoit, Alberto Salazar. Pues no. Allí se concitó una colección de simpáticos “gorditos” – por decirlo con cariño- bisoños todos ellos en esto del correr, y con pinta de no tener la más mínima preocupación por el ritmo al que podrían correr en Madrid o su posible “marca”, y sí en cambio con mucha urgencia por saber donde en Madrid se bailaba flamenco, se compraban "estatuas Lladró" y se veían corridas (enseguida percibí lo impertinente que sería mi muy meditada “disección” del recorrido de la carrera). Alguno se vanagloriaba de haber terminado una media maratón (en un tiempo que me tuvo que repetir porque creía que era la marca que había hecho en la Maratón, y, si era el caso, podría estar cerca de batir el record del mundo). “Tuve que andar un par de kilómetros, eso sí”, añadía con honestidad angelical.

En fin, que yo salí de allí con bastante hambre y con mucha preocupación por el destino cardíaco de aquellos incautos. Para curarme y curarles en salud – y no vaya a ser que me estuvieran grabando y me cayera luego una demanda por “publicidad engañosa” o algo así, que en este país hay que tentarse la ropa- insistí en la dureza del trazado, las muy altas probabilidades de calor, y otras inconveniencias a añadir a la ya muy inconveniente distancia. Como el que oye llover: para esta segunda cita me llamaron porque habían batido todas las expectativas de inscripción.
Esos objetivos más que sobradamente cumplidos han debido traducirse en la existencia de fondos extra para agasajarme con algo más que aceitunas y agua, aunque, a la postre, me conformo con esta opción de régimen de preso saliendo de la huelga de hambre. Camino de la cita me preguntaba cuán enjutos estarían aquellos que conocí en octubre, si ya les habría picado el gusanillo competitivo y si la cena se iría a convertir en una retahíla de ritmos, proezas, pulsaciones, desfallecimientos y recuperaciones imprevistas, y toda esa épica un tanto pesada del corredor aficionado que ha descubierto la medida de todas sus cosas en la carrera popular.

Nada más cruzar la puerta de “La Tasca”, superado el impacto por la visión de la flamenca-stripper, identifiqué a dos de los del grupo de octubre en la barra. Me llamaron la atención dos cosas: la apoteósica jarra de sangría de la que se servían el segundo – si no tercer o cuarto copazo- y ¡que estaban más gordos que en Octubre! Y yo que había acudido, en esta ocasión, con todo un catálogo de restaurantes italianos en los que “reponer carbohidratos”, amén de comparativas y estadísticas relativas a las pérdidas de ritmo en la cuesta de la Ronda de Segovia.
Terminada mi exposición – mucha de la cual me parecía que resultaba de nuevo impertinente- nos lanzamos a “cenar de tapas”, con gran entusiasmo por la novedad de ese modo “tan español” de ingesta alimentaria. En Estados Unidos, y en otros países, la tal novedad ha supuesto unos pingües beneficios para el restaurador de turno – muchas veces, pero no siempre, un avispado emigrante español tan poco experimentado en el negocio de la cocina como los corredores de Team in Training en el Maratón- que no deja de poner precios abultadísimos a ridículas racioncitas de las que, claro, hay que tomarse varias para no salir corriendo al Dunkin Donuts de la esquina y completar.

Leí la carta con una mezcla de confusión y escepticismo (¿“Couscous israelí”?) con la advertencia, por parte de la organizadora, de que no se iba a compartir nada, es decir, que cada cual, muy protestantemente, se lo leía y se lo comía, en un ejercicio de impecable aniquilación del tapeo. Solo faltó que cada cual sacara su Iphone y se echara su partidita de "Angry Birds".
Sucumbí, sin más lectura, al “Pisto manchego”, como señalaba, y “de primero” me trajeron “Boquerones”, concretamente cuatro, por los que pude haber preguntado cómo se llamaban y dónde habían residido hasta ser pescados y llevados a la mesa y qué tipo de ocupaciones les habían alegrado la existencia. El hambre galopante se tornó en revoltijo cuando apareció mi anhelado pisto: una especie de mini-pizza de vegetales que tenía toda la pinta de ser un congelado de La Sirena. Indescriptible.

Me lo tengo merecido. Por acelerado, por no leer la descripción auténtica, la que dan al personal local, en su idioma y para sus gustos. Se la transcribo y traduzco, para que ustedes alcancen a comprender lo que de manchego tenía el dicho pisto, y lo que había de pisto en el plato. Ahí va: “Roasted Mediterranean vegetables in a fresh basil dressing served on a garbanzo bean pesto toasted flatbread (no nuts)”. O sea: “Verduras mediterráneas asadas con una salsa de albahaca fresca servida sobre un pan de pesto de garbanzos (sin nueces)”. Sólo faltaba, claro, que llevara nueces. Garrapiñadas, no te j..e.
Y hablando de nuts, pienso ahora si el paréntesis no será en realidad la advertencia de quien se conoce el percal y quiere avisar al incauto cliente (un camarero oriundo de Campo de Criptana que vela por la denominación de origen). “Nuts” en inglés también significa “tonto, bobo”, con lo que tal vez el paréntesis final debe leerse como: “No (no lo pidas) tonto”.

2 comentarios:

  1. ¡Me parto! Aunque bien mirado, lo de los garbanzos tampoco está demasiado mal. Claro que, añadidos al litro y medio de sangría, no sé yo qué tal para anfrentarse al maratón. Angelicos...

    Te imagino con el plano-perfil de Mapoma intentando reconducir a aquellas almas por el camino correcto, y ellos como quien oye llover. De paso, les tendrías que haber amenizado con una saeta. Habrías triunfado, seguro.

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  2. Ay, Jabo, cómo te eché de menos. Como te echaré de menos el 16, cuando me calce las zapatillas pues finalmente correré Boston... El 22 estaré pensando en tus andanzas (subsidiariamente en la de los "angelicos"). Mucho ánimo para esa recta final. Ya nos contaremos. Abrazos fuertes

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