Traten de imaginar la siguiente escena: un aula de un colegio en España - público, privado o concertado- donde todas las mañanas alumnos y profesores recitan, frente a la bandera y con la mano cruzada sobre el pecho, la declaración arriba transcrita. Mmmm... improbable.
Me imagino la discusión en cualquiera de las instancias donde se podría debatir la procedencia de ese ritual - desde el APA o AMPA o AFA, el Consejo Escolar, Vistalegre III, hasta el Consejo de Ministros- y visualizo la hilarante secuencia de los Hermanos Marx en Una noche en la ópera cuando Chico y Groucho van arrancando cláusulas del contrato - "la parte contratante de la primera parte..."- hasta que no les queda casi ni una cuartilla. Pues aquí lo mismo: de la letanía no sobreviviría más que el "Yo" (y siempre que no hubiera alumnos holistas que se sintieran más bien representantes de algún colectivo supraindividual). Y de la bandera para qué vamos a hablar.
El célebre "Pledge of allegiance" fue originalmente escrito a finales del siglo XIX por un socialista cristiano, Francis Bellamy, para conmemorar la llegada de Colón al continente americano. Originalmente no contenía la referencia a Dios, que fue introducida por Eisenhower durante la guerra fría (1954), con la intención, se dice, de marcar distancias frente al comunismo, necesariamente ateo. Antes, en plena Guerra Mundial (1943), la Corte Suprema, en una de esas decisiones icónicas sobre el alcance constitucional de la separación Iglesia-Estado, dio la razón a unos Testigos de Jehová que alegaban no poder rendir tributo a la bandera - a ninguna- pues se lo prohíbe la Biblia (Éxodo 20: 4-5). De resultas de esta decisión (West Virginia v. Barnette) los niños están excusados, sin sufrir represalia académica o disciplinaria alguna, de seguir el rito, pero éste puede ser impuesto por las autoridades educativas de los Estados. Así ocurre en la inmensa mayoría de ellos; también en Massachussetts. Muchos padres - ateos, panteístas, agnósticos- siguen cuestionando la referencia a "Dios", aunque la Corte Suprema no ha vuelto a pronunciarse sobre el fondo de este asunto.
"Agustín y Shuo son los que mejor se lo saben" - me cuenta Matías. Agustín es de Badajoz y Shuo de Mongolia. Ambos se incorporaron al curso este año. "Se ponen la mano en el corazón y todo". "¿Y tú qué haces?"- le pregunto. "No, yo me lo sé, pero lo de la mano... no me sale".
El sábado nos refugiamos del frío y viento heladores y vimos "Race" (el título no puede ser más feliz), la película que, de modo un tanto telefilme-de-sobremesa-sabatina-amodarrada, narra la historia de la olímpica hazaña de Jesse Owens en los Juegos de Berlín de 1936.
Owens, nieto de esclavos de Alabama, despuntó como velocista y saltador de longitud en la Universidad de Ohio y logró ser seleccionado para el equipo olímpico cuando ya se tenía buena noticia de las políticas racistas impuestas por el Reich y en el propio comité olímpico estadounidense eran muchas las voces que apostaban por el boycott. El presidente del comité, Avery Brundage (papel convincentemente representado por Jeremy Irons) se sale con la suya y Estados Unidos, con ciertas concesiones arrancadas a los nazis, finalmente decide acudir a la cita. Es entonces cuando Owens se ve presionado por la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People) para renunciar en protesta por las muchas segregaciones que todavía los negros sufrían en Estados Unidos. "Bueno, pero si gana también eso es bueno para los negros" - decía Matías medio enojado ante la perspectiva de que finalmente claudicara. Mmmm.
Ya se sabrán ustedes la historia: ganó de modo apabullante en los 100 y 200, para disgusto nada disimulado de Hitler, y en el salto de longitud tuvo lugar un episodio que, en este contexto, no puede ser sino descrito como homérico. Owens tenía como temido rival a un alemán prototípico, alto y rubio como la cerveza, el mejor representante posible de la teorizada - y aplicada a fuego- supremacía aria: Luz Long, un nombre para engrosar el elenco de personajes de la saga de Star Wars. Owens y Long debían pasar holgadamente la fase de calificación, pero Owens hizo tontamente nulo en los dos primeros saltos. Es entonces cuando, reza la leyenda, Long le sugirió marcar la batida bastantes centímetros antes de la marca para así asegurar un salto válido y suficiente para pasar a la final. Y así ocurrió, y, como seguramente también saben, Owens se alzó igualmente con la victoria. La amistad que surgió entre ambos durante esa jornada, y el abrazo ostensible que se dieron al concluir la competición, añadió sal a la herida de la humillación de toda la jerarquía nazi allí presente. Long acabó sus días en Italia, luchando en la batalla de San Pietro contra las tropas aliadas. Hasta entonces mantuvo su amistad con Owens, intercambiándose cartas, y, a su muerte, aquél visitó al hijo de Long, Kai. "¿Pero por qué fue luego a la guerra si él no era nazi?" - preguntaba Matías con un punto de alarma. "Tal vez no tuvo otra..."- le explicaba yo. "Que se hubiera escapado". Mmmm.
No estaba previsto que Owens hiciera el relevo del 4x100, su cuarto y último oro, un logro que nadie nunca antes había alcanzado en unos Juegos Olímpicos y que sólo el portentoso Carl Lewis podría repetir muchos años después en Los Angeles (1984); se cuenta que los nazis pudieron persuadir a Avery Brundage (luego acusado por éste, y otros episodios, de filonazi) de que no corrieran los atletas inicialmente seleccionados para el relevo (Sam Stoller y Marty Glickman) dada su condición de judíos. Owens se mostró inicialmente contrario a sustituir a ninguno de ellos. "Sí hombre, ahí un poco egoísta, él, eh, que ya tenía 3 medallas y los otros, pues ¿para qué han ido entonces?"- gritaba Matías cuando finalmente los miembros de la delegación convencen a Owens de que con él en el relevo aumentan las probabilidades de ganar. "¡Ya hombre, pero no todo es ganar!" - insistía a voces Matías. "Y los pobres judíos, ¿qué?". Mmmm.
Hitler no llegó a darle la mano a Owens, como había hecho con el resto de ganadores. A su llegada a Estados Unidos tampoco fue recibido por Roosevelt en la Casa Blanca. Y la historia de la ayuda de Long para que Owens pudiera pasar a la final parece que fue una licencia del propio Owens para con ello engrandecer aún más la estatura moral de Long. La película culmina con un rutilante Owens del brazo de su mujer Ruth Solomon, ambos elegantísimos, camino del hotel Waldorf Astoria en Nueva York donde va a recibir un homenaje. En la puerta, un abochornado portero les informa de que para acceder tienen que dirigirse a la zona de servicio y atravesar las cocinas. Pese a las protestas de su entrenador, Owens acata la orden con educada resignación. "¡Pero encima!", chilla Matías desesperado. "Sí" - cavilo yo- "separate but equal" como pronunció solemnemente la Corte Suprema en una de sus insidiosas decisiones ya frisando el siglo XX (Plessy v. Fergusson, 1896) con la que se legitimaba la separación de negros y blancos en los espacios públicos, doctrina que imperó hasta que ese mismo tribunal decidió dar carpetazo final a la segregación, precisamente en las escuelas (Brown v. Board of Education), y precisamente el año en el que Eisenhower hizo comparecer a Dios en el Pledge of Allegiance. Mmmm.
"Papá, y yo ahora que digo el Pledge, ¿sigo siendo de España? ¿Y qué pasa si Mongolia entra en guerra con Estados Unidos? ¿Qué va a hacer Shuo?"
Mmmm.

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