jueves, 29 de junio de 2017

PADRE

Gas (Edward Hopper, 1940)
Mañana, cuando aterricemos en Madrid, hará 85 años del nacimiento de mi padre. Él ya sólo cumple años en mi recuerdo y en el de las personas que le conocimos y quisimos. Tuvo una larga vida, muy dichosa pese a que nada permitía presagiarlo cuando a los 4 años quedó huérfano de padre, fusilado en Paracuellos, y, junto a sus 4 hermanos, tuvo que superar una guerra y posguerra marcada por la escasez. Una historia conocida y común entre los españoles de aquella generación. 
Hemos estado en Perú, con nuestros amigos los Hogan, Natalie y Joe, y sus hijos Keenan e Isabella. Hemos recorrido a pie durante 4 días la ruta del Salkantay, una aproximación deliciosa al Macchu Picchu que yo descubrí, de modo menos aventurero, hace ya más de 30 años junto con mis padres y mi hermana. Natalie es la tercera hija de Manuel Menendez a quien mi padre conoció en el Oak Ridge National Laboratory (Tennessee) allá por los inicios de la década de los 60 del pasado siglo. Hicieron muy buenas migas, tan buenas que mi padre se convertiría, años después, en el padrino de Natalie y posteriormente en su bridesmaid (el que acompaña a la novia al altar) el día de su boda. Manuel había fallecido trágicamente un año antes. Las buenas migas reverberan en las nuevas generaciones: Isabella, Keenan y Matías se disfrutan a rabiar cada vez que se ven, como Ana y yo con Joe y Natalie.   
En Oak Ridge mi padre vivió dos años, tal vez los más felices de su vida. Dos anécdotas colorean aquél período, dos historias que atesoro con mimo. Allí, me contó en cierta ocasión, conoció a una mujer con la que pudo haberse casado de no haber sido por la insistencia del párroco católico - mi padre lo era fervientemente entonces- en que habrían de educar a sus hijos en la fe católica. Ella era luterana y no comulgó con esa rueda de molino. Así que si estoy aquí es gracias a ese cura. 
La segunda historieta acaeció el día previo a su regreso definitivo a España. Mi padre repostaba siempre en la misma estación de gasolina camino del laboratorio y era atendido siempre por el mismo empleado, a quien se limitaba a pedirle que llenara el tanque, le daba las gracias y le deseaba buen día. Hasta el día en que repostó por última vez, cuando quiso despedirse para siempre de aquél empleado siempre tan solícito. La noticia provocó una perorata por parte del gasolinero de la cual mi padre, según él mismo confesaba entre risas, no entendió casi nada. Después de dos años su inglés había mejorado, qué duda cabe, pero no tanto como para poder seguir el cerrado acento de Tennessee de aquel buen señor. A su vuelta se matriculó en una academia de inglés, por aquello de conservar lo que tanto esfuerzo había costado, en la que conoció a mi madre... El resto es mi historia más inmediata. 
He vuelto a Perú, como he vuelto a tantos otros sitios que tuve la fortuna de conocer con mis padres, pero en un modo que, lo pienso ahora, tiene un punto de vindicación y también un algo de venganza. En Perú, como en Picos de Europa o Pirineos en su momento, no me fue dada la posibilidad de aventurarme por senderos arriesgados, esquiar o compartir el trayecto en tren con los locales. Ahora sí lo hago, y en la mejor compañía posible, la de Ana y Matías.  
Uno de los rompecabezas más endiablados a los que se enfrentan los filósofos morales tiene que ver con la reproducción deliberada de individuos que no tendrán una existencia feliz porque padecerán una patología o condición innata. Muchas parejas recurren a la fecundación in vitro para evitar precisamente ese resultado seleccionando el embrión libre de la enfermedad o discapacidad. Es más, pensamos intuitivamente que es un avance que la ciencia identifique el gen para evitar así esos nacimientos (piensen en el enanismo, el síndrome de Down, la sordera, o afecciones más graves). Pero muchos padres que no pudieron evitar el nacimiento de esos seres se enfrentan a esos celebrados avances con un razonable desasosiego: sin esa condición sus hijos - a los que adoran, cuidan y protegen- no habrían llegado a existir. Éstos, por su parte, difícilmente podrán reprochar a sus progenitores por no haber evitado su padecimiento, pues, de otro modo...
Claro que una desolación semejante cabe ser sentida por cualquiera de nosotros, "sanos" o menos sanos. Así al menos nos obliga a que pensemos R. J. Wallace en un libro inquietante (The View from Here): ¿Cómo tener en cuenta las cosas malas que han hecho posible nuestra existencia? ¿Cómo no lamentarlas si son objetivamente insidiosas? Yo soy el producto de la decepción de una luterana, pero, sobre todo y antes, de un fusilamiento injustificable; y también mi hijo, y todos en definitiva - aquí no se salva nadie- que existimos por mor de atrocidades sin fin. ¿Debería trocar mi haber llegado a ser por la eliminación de esas injusticias?
Nietzsche pensaba que no, que el hombre ha de vivir despojado de esa mochila de temor al mirar hacia atrás y tomar conciencia histórica de sus circunstancias. Si es que hubiera una posibilidad de volver a andar el camino, pensó Nietzsche como muchos otros antes que él, todo volvería a ser como ha sido en una suerte de eterno retorno. 
Sigamos pues. 
Retornando. 
Hasta mañana y hasta siempre. 

jueves, 15 de junio de 2017

DESAFÍO EN BROOKLINE

Por una vez, y sin que sirva de precedente, cambiamos el formato, día y hora. El telón empieza a cerrarse pero habrá nuevos programas... Esperemos que lo disfruten. El blog se toma un respiro para encarar la vuelta con aires renovados. Muchos besos y abrazos



domingo, 11 de junio de 2017

PHISHING

“Claro, la premisa es que tu discernimiento está nublado, no ves con claridad, te puede la urgencia, una cierta angustia. Y él se gana tu confianza precisamente mostrando su desconfianza ha-cia-ti. Eso te acaba de poner en sus manos”.

 



“No, no, fue todo a través de texto, por el móvil. Le interesaba, así, sin más. Joder. Y nada más colgar el anuncio. Me preguntó cómo me llamaba. Le dije y le pregunté: ¿y tú? Ernesto Solís, me dijo. Ah, y de ¿dónde eres? pregunté pensando que era latino. De California. Y ahí me extrañó porque seguimos la conversación en inglés. Yo le insistía en que teníamos que hacerlo por la mañana. El viernes sin más tardar... Que mi hijo, que si el cole. Mujer, la lista es fiable…”.

“De hecho esa noche se lo comenté a otros amigos: creo que lo he logrado. Sólo me faltaba enviarle los datos de la cuenta. Lo hice a última hora, lo demás ya lo sabía, dirección, oferta, todo... Me dio por pensar qué todo había ido muy rápido…”.

“A cada rato miraba, y nada… así toda la mañana del día siguiente…”


“Al final, frisando el mediodía recibo un texto suyo, farragoso, mal escrito, contándome que debía entrar en mi correo para completar el acuerdo. Que me incluía los gastos de envío que yo le abonaría, agárrate, 650 dólares, y que una vez completado ese pago automáticamente Pay-Pal me ingresaría en mi cuenta los 1.000 dólares acordados por los muebles. Y que revisara en mi carpeta de spam”

“Y en efecto, allí estaba el mensaje, en el spam, bien aparente con el logo y todo y con la instrucción de clicar en un enlace para “completar la operación”.






“Pero es entonces, al borde del precipicio, cuando cierras el círculo, cuando todas las piezas te encajan… cuando todo adquiere sentido: la pregunta inicial, casi ofensiva de si no le estarás tú engañando a él, manda cojones, ahora con esta perspectiva lo puedo decir y hasta reírme. El extraño nombre, la premura, sin haber visto siquiera el género… Y en el fondo pararte un momento y pensar que algo que tú vendes se ha transformado, en un extraño proceso de “nada-por-aquí-nada por-allá-dónde-está-la-bolita” en algo que tú tienes que pagar primero. Manda pelotas. Le llaman “phishing”, en el fondo una forma de desnudarte sin que te des siquiera cuenta. Y yo, chico, he estado muy, pero que muy cerca de caer en la red en pelota picada”. 


domingo, 4 de junio de 2017

CASUALIDADES

Jin-Kyung Joen (violín), Eugene Kim (cello), Tae Kim (piano) y Ronald Gorevic (violín)
Antes de introducir la última pieza del programa, Eugene agradeció al New England Conservatory la generosidad por haberle permitido celebrar sus 20 años de magisterio en el majestuoso Jordan Hall. "También tengo que agradecer" - añadió- "que venir aquí a enseñar, y tocar en Boston me permitió conocer a la que es hoy mi mujer, la maravillosa violinista que me acompaña". Bruno, su hijo, sentado junto a Matías en el patio de butacas, se sonrojó ostensiblemente.
Matías y Bruno se conocieron en el 2011 cuando coincidieron en la misma clase en el colegio St. Mary's, y ahora, casualmente, se han vuelto a encontrar sentados pupitre con pupitre en el Lawrence. No podíamos faltar a esta celebración aunque el programa - la Sonata de Cello y Piano de Barber, una pieza de Brahms y la Suite para dos violines, cello y piano para la mano izquierda de Korngold- no era fácil. 
Llegamos los tres - la tía Lola se nos sumó entusiasta en el último momento- con tiempo suficiente para ubicarnos bien, junto a Bruno y su abuela - cuyo inglés me resultaba ininteligible hasta que caí en la cuenta de que era coreano. Nada más sentarnos reparé en los saludos ostensivos de Lydia, una veterana ginecóloga que frecuenta los seminarios del Center, que vivió algunos años en la selva de Lacandona (Chiapas) tratando mujeres indígenas, y que ahora, por lo que nos explicó a gritos desde la fila 3, en su condición de jubilada está desarrollando un proyecto de musicoterapia y cuidados paliativos al final de la vida. "¡Qué casualidad!", dijo en su acento aún impregnado de mexicanismo. 
"Ah ¿pero ustedes hablan español?" - nos preguntó la señora que se sentaba justo delante de nosotros. "Yo soy de Costa Rica, me llamo Teresita Rodríguez. ¿Ustedes?". "Bueno" - dijo Lola. "Es un poco complicado... Yo soy de Madrid pero llevo ya muchos años afincada en Brookline. Mi cuñado y mi sobrino están aquí por un tiempo". "Este es mi marido" - dijo Teresita. "Es alemán". "¿Y viven aquí?". "No, hemos venido a ver a mi hermano. Vivimos en Alemania" - dijo él. "Yo soy profesora allí de Literatura española"- apostilló Teresita. "¡Anda, como yo aquí!" - replicó Lola. "Qué bárbaro, qué coincidencia". "Mi marido es físico" - dijo Teresita. "Anda, como mi hijo que se acaba de graduar en Reed College... ¡qué de casualidades!". 
Le había puesto en antecedentes a Matías sobre la peculiaridad de la última pieza: una suite compuesta para Paul Wittgenstein (sí, el hermano de Ludwig) un notable pianista que perdió su brazo derecho en la primera guerra mundial y no se resignó a dejar de tocar. Tras bucear en la historia de la música a la búsqueda de piezas para una sola mano, acabó encargando a compositores de primera fila (Ravel y Prokofiev entre otros) que le escribieran sonatas e incluso conciertos. Su compatriota Erich Korngold, un niño prodigio que a los 11 años ya era aclamado como compositor, fue uno de los que aceptó gustoso el encargo (la fortuna familiar de los  Wittgenstein permitía no reparar en gastos). 
"¿Y qué hará con la otra mano?" - le susurré a Matías mientras Eugene seguía presentando la pieza. "No sé, metersela en el bolsillo... o a lo mejor se la ata a la espalda o se la coge la señora esa que le está pasando las páginas de la partitura". 
A mediados de la década de los 30 del siglo pasado Korngold comenzó a componer para el cine de Hollywood. Corría el año 1938 cuando Hitler se anexionaba Austria. La casa de la familia de Korngold, judía, era confiscada, como tantas otras. La casualidad quiso que Korngold se encontrara en ese momento trabajando para la Warner, terminando la banda sonora de Las aventuras de Robin Hood, el clásico de Errol Flyn y Olivia de Havilland, una de las músicas de cine más celebradas de la historia. Nunca regresó a Austria, y, como él mismo declaró después, pudo vivir - aunque no mucho más pues murió a los 60 años- gracias al "príncipe de los ladrones". Así que la fortuna - la de la familia Wittgenstein- y el infortunio - de Paul Wittgenstein- se conjuraron para hacer posible un legado de incalculable valor: el de un repertorio más que digno para los pianistas accidentados o los mancos.  
Mientras la pieza llega a su finale, advierto que Matías no quita ojo a la mano derecha del pianista Tae Kim, tratando de comprobar si resiste impávida; y pienso en algo que leí recientemente: una casualidad evolutiva hizo posible que los pulpos no desarrollaran un dedo pulgar oponible. De otro modo serían hoy los reyes del mambo. Y ni les cuento las posibilidades sonoras a "ocho brazos" de las que disfrutaría un universo donde los humanos seríamos el aperitivo previo a las veladas musicales, o el plato estrella de la cena posterior en la correspondiente Casa de Galicia. 
Mejor no pensallo.