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| Jin-Kyung Joen (violín), Eugene Kim (cello), Tae Kim (piano) y Ronald Gorevic (violín) |
Antes de introducir la última pieza del programa, Eugene agradeció al New England Conservatory la generosidad por haberle permitido celebrar sus 20 años de magisterio en el majestuoso Jordan Hall. "También tengo que agradecer" - añadió- "que venir aquí a enseñar, y tocar en Boston me permitió conocer a la que es hoy mi mujer, la maravillosa violinista que me acompaña". Bruno, su hijo, sentado junto a Matías en el patio de butacas, se sonrojó ostensiblemente.
Matías y Bruno se conocieron en el 2011 cuando coincidieron en la misma clase en el colegio St. Mary's, y ahora, casualmente, se han vuelto a encontrar sentados pupitre con pupitre en el Lawrence. No podíamos faltar a esta celebración aunque el programa - la Sonata de Cello y Piano de Barber, una pieza de Brahms y la Suite para dos violines, cello y piano para la mano izquierda de Korngold- no era fácil.
Llegamos los tres - la tía Lola se nos sumó entusiasta en el último momento- con tiempo suficiente para ubicarnos bien, junto a Bruno y su abuela - cuyo inglés me resultaba ininteligible hasta que caí en la cuenta de que era coreano. Nada más sentarnos reparé en los saludos ostensivos de Lydia, una veterana ginecóloga que frecuenta los seminarios del Center, que vivió algunos años en la selva de Lacandona (Chiapas) tratando mujeres indígenas, y que ahora, por lo que nos explicó a gritos desde la fila 3, en su condición de jubilada está desarrollando un proyecto de musicoterapia y cuidados paliativos al final de la vida. "¡Qué casualidad!", dijo en su acento aún impregnado de mexicanismo.
"Ah ¿pero ustedes hablan español?" - nos preguntó la señora que se sentaba justo delante de nosotros. "Yo soy de Costa Rica, me llamo Teresita Rodríguez. ¿Ustedes?". "Bueno" - dijo Lola. "Es un poco complicado... Yo soy de Madrid pero llevo ya muchos años afincada en Brookline. Mi cuñado y mi sobrino están aquí por un tiempo". "Este es mi marido" - dijo Teresita. "Es alemán". "¿Y viven aquí?". "No, hemos venido a ver a mi hermano. Vivimos en Alemania" - dijo él. "Yo soy profesora allí de Literatura española"- apostilló Teresita. "¡Anda, como yo aquí!" - replicó Lola. "Qué bárbaro, qué coincidencia". "Mi marido es físico" - dijo Teresita. "Anda, como mi hijo que se acaba de graduar en Reed College... ¡qué de casualidades!".
Le había puesto en antecedentes a Matías sobre la peculiaridad de la última pieza: una suite compuesta para Paul Wittgenstein (sí, el hermano de Ludwig) un notable pianista que perdió su brazo derecho en la primera guerra mundial y no se resignó a dejar de tocar. Tras bucear en la historia de la música a la búsqueda de piezas para una sola mano, acabó encargando a compositores de primera fila (Ravel y Prokofiev entre otros) que le escribieran sonatas e incluso conciertos. Su compatriota Erich Korngold, un niño prodigio que a los 11 años ya era aclamado como compositor, fue uno de los que aceptó gustoso el encargo (la fortuna familiar de los Wittgenstein permitía no reparar en gastos).
"¿Y qué hará con la otra mano?" - le susurré a Matías mientras Eugene seguía presentando la pieza. "No sé, metersela en el bolsillo... o a lo mejor se la ata a la espalda o se la coge la señora esa que le está pasando las páginas de la partitura".
A mediados de la década de los 30 del siglo pasado Korngold comenzó a componer para el cine de Hollywood. Corría el año 1938 cuando Hitler se anexionaba Austria. La casa de la familia de Korngold, judía, era confiscada, como tantas otras. La casualidad quiso que Korngold se encontrara en ese momento trabajando para la Warner, terminando la banda sonora de Las aventuras de Robin Hood, el clásico de Errol Flyn y Olivia de Havilland, una de las músicas de cine más celebradas de la historia. Nunca regresó a Austria, y, como él mismo declaró después, pudo vivir - aunque no mucho más pues murió a los 60 años- gracias al "príncipe de los ladrones". Así que la fortuna - la de la familia Wittgenstein- y el infortunio - de Paul Wittgenstein- se conjuraron para hacer posible un legado de incalculable valor: el de un repertorio más que digno para los pianistas accidentados o los mancos.
Mientras la pieza llega a su finale, advierto que Matías no quita ojo a la mano derecha del pianista Tae Kim, tratando de comprobar si resiste impávida; y pienso en algo que leí recientemente: una casualidad evolutiva hizo posible que los pulpos no desarrollaran un dedo pulgar oponible. De otro modo serían hoy los reyes del mambo. Y ni les cuento las posibilidades sonoras a "ocho brazos" de las que disfrutaría un universo donde los humanos seríamos el aperitivo previo a las veladas musicales, o el plato estrella de la cena posterior en la correspondiente Casa de Galicia.
Mejor no pensallo.

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