“Claro, la premisa es
que tu discernimiento está nublado, no ves con claridad, te puede la urgencia, una
cierta angustia. Y él se gana tu confianza precisamente mostrando su
desconfianza ha-cia-ti. Eso te acaba de poner en sus manos”.
“No,
no, fue todo a través de texto, por el móvil. Le interesaba, así, sin más. Joder.
Y nada más colgar el anuncio. Me preguntó cómo me llamaba. Le dije y le
pregunté: ¿y tú? Ernesto Solís, me dijo. Ah, y de ¿dónde eres? pregunté
pensando que era latino. De California. Y ahí me extrañó porque seguimos la conversación
en inglés. Yo le insistía en que teníamos que hacerlo por la mañana. El viernes
sin más tardar... Que mi hijo, que si el cole. Mujer, la lista es fiable…”.
“De hecho esa noche se lo comenté a otros amigos: creo que lo he logrado. Sólo me faltaba enviarle los datos de la cuenta. Lo hice a última hora, lo demás ya lo sabía, dirección, oferta, todo... Me dio por pensar qué todo había ido muy rápido…”.
“Al final,
frisando el mediodía recibo un texto suyo, farragoso, mal escrito, contándome
que debía entrar en mi correo para completar el acuerdo. Que me incluía los
gastos de envío que yo le abonaría, agárrate, 650 dólares, y que una vez completado
ese pago automáticamente Pay-Pal me ingresaría en mi cuenta los 1.000 dólares
acordados por los muebles. Y que revisara en mi carpeta de spam”
“Y en efecto, allí
estaba el mensaje, en el spam, bien aparente con el logo y todo y con la
instrucción de clicar en un enlace para “completar la operación”.
“Pero es entonces,
al borde del precipicio, cuando cierras el círculo, cuando todas las piezas te
encajan… cuando todo adquiere sentido: la pregunta inicial, casi ofensiva de si no le estarás tú engañando a él,
manda cojones, ahora con esta perspectiva lo puedo decir y hasta reírme. El
extraño nombre, la premura, sin haber visto siquiera el género… Y en el fondo pararte
un momento y pensar que algo que tú vendes se ha transformado, en un extraño
proceso de “nada-por-aquí-nada por-allá-dónde-está-la-bolita” en algo que tú
tienes que pagar primero. Manda pelotas. Le llaman “phishing”, en el fondo una forma de desnudarte sin que te des siquiera cuenta. Y yo, chico, he
estado muy, pero que muy cerca de caer en la red en pelota picada”. 



Por lo menos la chica del cuento de Carver lo sacó a bailar. Vamos a peor, jeje.
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