domingo, 23 de octubre de 2011

CUSTOME

Les pongo en situación. Un típico gimnasio de colegio americano, como aquel en el que se celebra el baile del “Encantamiento bajo el mar” en Regreso al Futuro. Un disc-jockey, que piensa que está destinado a triunfar en el Pachá Ibiza, somete al personal a una imprudente selección de hits setenteros a un volumen insano. Una iluminación intermitentemente insuficiente, en la forma de destellos de colorines, favorece todavía más, si cabe, la sensación de que nada es cierto. Hay incontables criaturas desplegando una actividad física mareante que discurre en tres patrones: los que van de los 12 años hasta la muerte intentan seguir alguna coreografía colectiva del tipo “dale a tu cuerpo alegría Macarena”, un baile en el que se empeñan incondicionalmente, esto es, suene lo que suene, acompase o desentone clamorosamente, y con una coordinación que tiene un amplio margen de mejora. En este grupo se integran todos los que, por obesidad cuasi mórbida, apenas si deambulan en condiciones no festivas. Predominan las hadas de imposible miriñaque, las brujas con cara de no haber roto nunca un plato, los zombis andrajosos y los Dráculas con el color de tez de la late Amy Winehouse.

El segundo grupo lo conforman niños de entre 5 y 12, y todos rinden un sentido homenaje a Michael Jackson. También incondicionalmente. Aunque abundan los que han optado por extremar el realismo en la representación de algún martirio corporal infligido por un asesino en serie (hachas o puñales clavados en la cabeza, horribles heridas abiertas en la espalda, mucha tinta roja en la ropa) también hay espadachines, jedis, princesas, piratas, bomberos y un Obi Wan Kenobi peripatéticamente despistado al que yo, con jovialidad patriótica, tomé por Don Quijote (el padre me sacó del error, y yo pude comprobar pronto que su ignorancia sobre Alonso Quijano y su creador, era enciclopédica).

El tercer contingente, el de los más pequeños, estaba compuesto por superhéroes e insectos. Entre los primeros, mi hijo, de Batman, junto con otros niños de origen asiático y nombres que he escuchado muchas veces pero que nunca he podido reproducir con mínima fidelidad (no espero ya lograrlo). Advierto al Capitán América, a Thor, Superman, un ejército de Spidermans, una pareja de hombres Hulk, varias mariquitas, abejas y hormigas. Los miembros de este grupo no bailan, estrictamente hablando, sino que corren sin parar en círculos a lo largo de todo el gimnasio. No lo hacen todos en el mismo sentido, ni agrupados por pesos o tamaños, ni lejos de los que bailan en cualquiera de las dos modalidades antes descritas, ni de algunas de las columnas que siembran la superficie del gimnasio, columnas que, me parece a mí, sólo resultan visibles cuando el impacto es demasiado próximo. Creo advertir a Matías, a la caza del Capitán América y perseguido a su vez por Darth Vader a punto de probar la eficacia de su espada de luz. Mis gritos insistentes en que lleguen a algún tipo de acuerdo son en vano.

Dos imágenes me asaltaron en ese momento, justo cuando a mi lado pasaba un tipo vestido de cocinero con unas tijeras clavadas en un ojo. La primera es mi última experiencia psicotrópica, en sentido propio. Fue en el 92, el año de todos nuestros milagros (oh, qué tiempos aquellos) cuando junto con el resto de mis colegas de un curso de doctorado en Sevilla, decidimos falsar la hipótesis común de que “beber fino es como beber agua”. Yo sin duda lo conseguí. Aún no me explico de qué modo pude regresar al colegio mayor donde me alojaba. Formulado así, con esta síntesis, no hago suficiente justicia a lo homérico que tuvo que ser completar, en tal estado de embriaguez, todas y cada una de las pequeñas acciones que se encierran en el enunciado “volver al colegio Mayor”: subir el brazo para llamar a un taxi; mantenerlo y agitarlo sin espasmos; abrir la puerta del taxi (la que corresponde al viajero, no al conductor); introducirme dentro del taxi; decir “hola, buenas noches” de un tirón; recordar la dirección; decirla de un tirón; estar calladito durante el trayecto; no dormirme; bajar del taxi; llegar hasta la puerta del colegio mayor; sacar una llave del bolsillo; encajarla en una cerradura; subir un tramo de escaleras; localizar mi habitación; sacar una llave distinta, pero enojosamente parecida a la primera, y encajarla en la cerradura correspondiente; desvestirme; encontrar el pijama; ponerme bien el pantalón del pijama y la chaqueta (de botones); tumbarme en mi cama, y no en la de Agustín, mi compañero de curso, que dormía desde hacía horas; levantarme de la cama pues se estaba moviendo; llegar a la conclusión de que no había un terremoto en Sevilla; llegar al baño; abrir la taza del váter; vomitar con buena puntería y con el estruendo mínimo para no despertar a Agustín. Y recordarlo todo. Es increíble.

La segunda imagen es la del acelerador de partículas LHC (Large Hadron Collider) de Ginebra, ya saben, esa rosquilla kilométrica que nos ha costado un Potosí en la que los físicos más preclaros tratan de localizar el “bosón de Higgs”, para así confirmar o desmentir el denominado “modelo estándar” de la física de partículas. La idea consiste, si lo he entendido bien, en hacer que colisionen partículas subatómicas a velocidades y energías colosales para estudiar su comportamiento tras esos choques. Muchos que no practican la Física fundamental temen que el descubrimiento de partículas aún más fundamentales de paso a la necesidad de una nueva rosquilla, más grande y cara, con la que seguir con los choquecitos, y así hasta el infinito, y más allá, como dice el héroe infantil Buzz Lightyear.

Me pareció entonces que algún genio maligno se había confabulado para hacer de este gimnasio del St. Mary’s of the Assumption un espontáneo laboratorio donde estudiar las reacciones físicas y psicológicas de los preescolares acelerados irremisiblemente por el imán de la música festiva y el jolgorio de los disfraces, un remedo del LHC pero que en este caso habría de responder a Large Hostion in Childhood o algo así. A punto de empezar a extraer leyes universales sobre el comportamiento de los batmanes, el spin de los spidermanes, la masa de los thores y la velocidad de los hulkes, conclusiones que, tal vez, me llevaran a poder publicar algo en el Journal of Catastrophic Interaction at Early Stages, una voz me sacó de mi ensueño:

“Pero Pablo, ¿tú te has visto?”

Cuando tu pareja te llama por tu nombre puedes tener por muy probable que la has cagado.

Distinguía a Ana difícilmente, pues, aunque ella no iba disfrazada, mi mascara (una especie de gigantesca calavera de color deposición) me impedía tener una buena visión periférica. Después se me ha insistido en lo muy cercano al rigor mortis de la palidez del rostro de Ana al comprobar que aquel ser, ese ente supra-atómico pero ciertamente sub-normal, que llevaba su (de ella) vestido de tirantes color marengo, prieto, prieto, ya probablemente dado de sí, dejando al aire sus peludos brazos, su pechambre peluda y sus peludas patorras, sí aquel que para darle todavía un toque más desmesurado a su “propuesta”, calzaba un zapato mocasín en un pie, y una de sus zapatillas de correr en el otro, y, por supuesto, oh qué originalidad tan original, calcetines distintos en cada pie, sí, aquel Norman Bates en versión Puerto Hurraco, ese, era SU (de ella) pareja, es decir el padre de SU (de ella y de él) hijo.

“¿No te convence mi custome?”

“Pablo, no me lo puedo creer Pablo, pareces un travelo”. La reiteración de mi nombre, el tono, pero, sobre todo, el empleo por parte de Ana de esa expresión tan “vulgar” como referencia del fenómeno de la transexualidad, confirmaban mi presagio.

“¿Pero no estamos en una fiesta de Halloween?”

“Sí, esto es Halloween, y no la fiesta de disfraces del Círculo de Bellas Artes… ¿no has visto cómo te miran los niños?”

“Pero qué van a mirar, si no paran de dar vueltas como locos…”.

“Claro, huyendo de… de esta cosa… Pero si te salen tetas y todo… Nos van a echar, mira, mira cómo te está observando la mamá de Kazuki… Por favor, ya te estás volviendo a casa a cambiarte”.

Salí del gimnasio con la prolongación de la espina dorsal entre las piernas, portando la máscara como acostumbran a hacer los esgrimistas victoriosos, aunque mi orgullo estaba herido. Por mucho que levantara la mano, y escondiera la máscara, no hubo taxista que tuviera a bien acercarme a 4 Davis Avenue. Eché a andar pensando en Sevilla, y en aquel año psicotrópico, y en lo maravilloso que sería que esos físicos del CERN hicieran de la rosquilla una máquina del tiempo para volver a ser niños y poder disfrazarnos de lo que nos sale de los protones. De “travelo”, incluso. Y poder dar vueltas corriendo sin parar, hasta que el sudor nos ahogue y nos derrote el cansancio.


5 comentarios:

  1. Sí, nos has puesto en situación..., pero queremos ver las fotos.

    ResponderEliminar
  2. Sera, de verás que no tengo, una pena, si no las pondría, tenlo por seguro pues creo que el disfraz era meritorio (en muchos sentidos). De todas formas tenemos más embates de Halloween a la vista...

    ResponderEliminar
  3. Pablo, me parto de risa, de verdad. Tenías que dedicarte a la literatura cómica.

    ResponderEliminar
  4. jajajajajajajajajajajajjajajjajajajajajajajajajajajajajajajajajajaajajajajajaj
    O sea
    XD XD XD XD XD XD XD XD

    ResponderEliminar
  5. :D te veo, Pablo, te juro que te veo! :D

    ResponderEliminar