jueves, 14 de junio de 2012

BYE
¡¡Hola, hola!! Perdonar que no os hayamos escrito antes. Llegamos ayer, 19 de agosto, y tenemos todavía las maletas casi sin abrir y todo un poco empantanado. Nos recibió una lluvia fina. Menos mal que Mariana y Malcolm habían aparcado el coche cerca de la salida.
Madre mía, lo que nos queda por montar y colocar… Escribo estas líneas apresuradas simplemente para dar cuenta de que aquí estamos, bien dispuestos a vivir lo que tenga que venir, con grandes ilusiones y algunos temores e incertidumbres… Cuánto horizonte de expectativas... Nos ha dado tiempo a contratar ya el U-haul para la mudanza a nuestro apartamento en 4 Davis. ¿Cómo será? También he decidido empezar un blog de esos e iros contando aventuras y desventuras. He pensado titularlo “The Boston bloge”. Suena bien, ¿no? Ahí va el enlace:
Sigue lloviendo fino. Las mejillas se humedecen, aunque estoy a cubierto. Es raro. O tal vez no.
¡¡¡Un gran abrazo!!!
Pd. Adiós Brookline, hasta siempre a tantos y tantos amigos queridos a los que no olvidaremos. Gracias. Gracias a los que leyeron y comentaron, o sólo leyeron, o ni siquiera, pero que estuvieron presentes en el recuerdo o en la compañía de muchos días en circunstancias diversas. Adiós a las grandes cosas pero sobre todo a las pequeñas: a un beso furtivo y torpe que nos dimos en la cocina una tarde de octubre (me pillaste desprevenido); adiós al bochorno que uno experimenta en el autobús 66 cuando se sienta al fondo; adiós al tramo de bordillo donde Matías se ha subido impenitentemente camino del cole; adiós al deseo de que perdiera el equilibrio para poder cogerle la mano. Adiós. Hasta siempre. Bye.

martes, 12 de junio de 2012

CAPE

Hay lugares que imantan de forma tal que uno se va de allí a rastras. A mí me ocurrió esto en El Chaltén, en la Patagonia argentina hace ya algunos años, y más recientemente me ha pasado en el Cape (como llamamos la gente bien de toda la vida a “Cape Cod”), a donde nos llegamos el pasado fin de semana para despedirnos de Nueva Inglaterra con todos los honores. Todo, salvo los mosquitos en mi caso, invita a instalarse con el desdén de quien no tiene que preocuparse de nada porque es muy rico: el delicioso paisaje de marismas y playas infinitas, el rumor de las mecedoras en los porches, los pájaros que avivan con sus colores el cielo de azul cielo.

Un aliciente más para no retornar fue descubrir, mientras paseábamos por la Main Street de Chatham, este anuncio que figura a continuación. La Reverenda Pastora o Pastora Reverenda (no se exactamente cómo va el orden de títulos en la Iglesia Metodista) Nancy Bischoff no ha podido tener, en estos tiempos que corren, mejor tino que programar este sermón: “No Worries” (algo así como “No hay que preocuparse”).

De nuevo nos asaltan las dudas. Sea dicho para empezar que se intuye aquí, en esta estrategia de los Metodistas, una rabiosa adaptación a la época que nos tocó vivir en la que no queremos sorpresas ni perder un segundo de nuestro valioso tiempo. Me barrunto yo que la Reverenda Pastora encargó en su día a la división “Preaching Management” de Boston Consulting un proyecto para optimizar la afluencia de parroquianos, y los amigos de la dicha firma dieron con esta radiante solución. Tiene sus inconvenientes, eso sí. Como ocurre con los programas de televisión, mostrar tan claramente tus cartas puede incitar a una cierta contraprogramación que te reste audiencia. Yo si fuera el párroco de la iglesia baptista del lugar, o de la católica, contratacaría sin dudarlo: “Sermon: Vicio nefando, gastos protocolarios y altas magistraturas del Estado”, for example.

Pero volvamos a nuestros “Worries”. No nos pudimos quedar, y bien que lo lamentamos, a la homilía. ¿De qué pudo haber hablado la Prelada Pastora Bischoff? De vuelta a Boston se nos ocurrían varias alternativas que fui consignando fidedignamente para someterlas a su escrutinio:

a)   en el infierno no hace tanto calor como se dice.

b)   no es tan difícil que el camello entre por el ojo de la aguja.

c)   el mayordomo de Benedicto XVI ha perdido la memoria y los documentos.

d)   se ha encontrado petróleo en el subsuelo de Seseña.

e)   este verano no reprogramarán Verano Azul.


Mientras las anotaba, y cruzábamos el puente de Bourne abandonando, esperemos que no para siempre, esta maravillosa isla, justo cuando el sol refulgía a punto de ser engullido por el horizonte, pensaba: “¿pero de qué demonios se van a preocupar estos habitantes del Cape si resulta que ya llegaron al paraíso?” Que se lo hayan merecido o no, ay amigos, es otro cantar.


lunes, 11 de junio de 2012

LUCY (2)

"A la mujer que encontró a nuestra gata Lucy después de que se perdiera el 30 de marzo. ¡POR FAVOR DEVUÉLVANOSLA! Nosotros, nuestros tres hijos, y su hermana Tess la echamos de menos desesperadamente y ¡usted no tiene derecho a quedarse con ella!..."

Y bla, bla, bla, que si una mujer apareció conmigo por el Angell Memorial Hospital, que si el chip cantó La Traviata, y bla, bla, bla-bla-bla, bla-bla-bla, bla-bla-bla, que si la mujer puede que viva en Washington Street, que si conocen ustedes a alguien que recientemente ha “adoptado” a una Calico joven que les llamen… Y bla, bla.
Aquí Lucy de nuevo. Para volver a poner los puntos sobre las íes. Tiene guasa que entrecomillen el “adoptado”. Ellos, la familia disfuncional y desesperada, me acogieron, rescataron, protegieron, todo sin comillas, pero sin preguntar, claro. Y me instalaron el chip ese, que ya ves tú lo que prueba. Y lo de mi “hermana Tess” que me echa de menos… casi me caigo de la mecedora al leerlo. Las hermanas de Cenicienta la trataban mejor que a mí esa bruja que me tenía todo el día lamiéndole las patas.
Pues sí, que andaba yo ya un poquito cansada de la vida arrabalera y apareció este alma de Dios y me he ido con ella, de mutuo acuerdo y con los términos de nuestra convivencia muy, muy claritos: leche del 2% a discreción – no consigo quitarme estas lorzas-, arrullo 100% a demanda – mía, claro-, mecedora eléctrica con vibrador ajustado al lomo, bolas de lana nueva cada semana y tele en mi cuarto con los Aristogatos en programación permanente. De momento, la cosa funciona. Pero veremos, que al principio todo es de color rosa y una ya está muy escaldada. ¡¡Miau!!

lunes, 4 de junio de 2012

BEISBOL


La escena parecía sacada de una viñeta de Charlie Brown, el creador de Peanuts (Snoopy en nuestros pagos). Unos niños – ocho o nueve años- perfectamente ataviados y pertrechados. Un público atento como si estuviéramos en una final de las grandes ligas. Un campo de césped impoluto y líneas perfectamente trazadas. Un equipo arbitral que ni la troika comunitaria que nos va a empezar a sacar las alfombras a ventilar cualquier día de estos. Andábamos de excursión, bajo una fina y persistente lluvia, camino de Milton Academy a rendir una visita sentimental (en ese paraíso académico transcurrió para mí buena parte del curso 1984-85) y nos llamó la atención el jolgorio y la puesta en escena. Mientras Matías se desfogaba en los columpios, Ana y yo nos involucrábamos crecientemente en el desarrollo del juego.

“¿Tú con quién vas?” – me preguntó repentinamente.

“Hija, dame un poco más de tiempo que uno no se compromete afectivamente con un equipo así como así… Los de naranja me caen un poco mal” – dije fijándome en su pitcher, altísimo para su edad y también altanero en los modos.

“Yo voy con los de naranja” – dijo ella.

“Pues yo con los de verde”- dijo él, o sea yo.

Entonces me fijé en la camiseta de los de míos y pude leer: “Al Thomas Funeral Home” (“Al Thomas Funeraria”). Por si no me creen, ahí va el testimonio gráfico, como dicen los periodistas deportivos pretenciosos.

   

¿Y a ustedes qué les parece?

Yo recuerdo que cuando hicimos un equipillo de fútbol en Moralzarzal, una localidad de la sierra de Madrid donde pasé muchos veranos de mi infancia, no conseguíamos sponsor ni atados. Claro que no se nos ocurrió ir a la funeraria.

El caso es que, con la curiosidad, me convertí en “notario de la actualidad de Milton”, como diría otro periodista deportivo pedante, y pregunté a un señor mayor que seguía con mucha atención los lances del juego. Oigan que tenía yo el olfato periodístico subido: ¡el mismísimo Al Thomas! El empresario de la muerte, digo, del Tránsito, y, para más inri, el abuelito del número 12. Ahora ya se entendía todo.

Al lleva años en el negocio y ha construido toda una exitosa red de funerarias por el condado. Por lo que me contó nadie embalsama como ellos. Mientras me explicaba el proceso – les ahorro los detalles- le sonó el móvil. Me retiré discretamente, aunque permanecí lo suficientemente cerca como para escuchar sus instrucciones. “No, dile a la maquilladora que no use ese producto. Ms. Thompson fue siempre sobria…”. Me sentía como en un episodio de Six feet under. Cuando colgó le conté de la revista Adiós, a la que me aficioné cual pornógrafo clandestino en la primera ocasión que tuve que acudir al tanatorio de la M30 de Madrid (si no la conocen ya están corriendo a por un ejemplar). Le expliqué que en uno de los números que recordaba haber devorado, había una sección de “Tanatocuentos” y que algunos eran muy meritorios.

Le fascinó la idea de editar una publicación parecida y enseguida se puso a especular sobre sus contenidos y título (me imagino que gracias a ese frenesí ha triunfado como empresario de la Despedida). “Seeya [que podríamos traducir como “Taluego” o “Talueguito”], me parece demasiado informal” - decía. “Tal vez “So long” o “Farewell” sean más adecuados…” – pensaba Al en voz alta.

“¿Y qué le parece “Al Thomas For Good” [“para siempre”] como título?” – le sugerí yo.

Se quedó paralizado, musitando, “Al Thomas For Good, Al Thomas for Good”, y pensé por un momento que acabaríamos esa tarde melancólica en Al Funeral Home con el mismísimo Al embalsamado y en “open casquet” (de cuerpo presente) y todos nosotros, niños vestidos de béisbol incluidos, velándole. Pero no, salió del trance y, bueno, no les digo más que me ha hecho una oferta en firme para ser el director de “Al Thomas For Good”. Y tal y como veo que están las cosas me lo estoy pensando. Y ya se me van ocurriendo algunas ideas. Para empezar, mi equipo – los verdes- necesita un slogan, y qué mejor que convocar, en el primer número de “Al Thomas For Good” un concurso de “Tanatosloganes”. ¿Se animan? Ahí va el mío:

“Al Thomas Funeral Home
Run to Heaven”. ¿Les gusta? ¡Seeya!

lunes, 28 de mayo de 2012

lunes, 21 de mayo de 2012

COUNTWAY

Una vez a la semana – y a veces dos si se celebra el Seminario de la gran Marcia Angell, ex editora jefa del New England Journal of Medicine, o si hay sesión del Harvard Ethics Consortium, donde se revisan casos del Comité de Ética del Children’s Hospital- acudo a la biblioteca de la Facultad de Medicina nombrada en honor de Francis A. Countway quien fue presidente de la división estadounidense de la poderosa industria química británica “Lever Brothers” (la del jabón Lux), germen de la todavía más poderosa multinacional Unilever, y que a su fallecimiento donó 3 millones y medio de dólares (año 1965) a la Facultad de Medicina.  

La biblioteca alberga el Warren Anatomical Museum que tal vez les suene a ustedes porque en él está depositado el cráneo del famoso Phineas Gage, el operario que a mediados del siglo XIX sufrió un terrible accidente mientras barrenaba en un terreno en el que se construía una vía ferroviaria. El pobre Phineas debió calcular mal, o se despistó, el caso es que la vaina metálica de uno de los cartuchos de dinamita le atravesó literalmente la cabeza, paseándose impunemente por su lóbulo frontal y dejando tras de sí un orificio en el occipital que da gusto (y susto, sobre todo susto) verlo. Y oiga, que sobrevivió, aunque, nunca mejor dicho en este caso, “no volvió a ser el mismo”, como de manera tan sugerente ha documentado el neurólogo Antonio Damasio en el libro El error de Descartes, obra que ha convertido definitivamente a Gage en toda una celebrity y a los estudios en torno a las bases neurológicas del comportamiento moral en una de las disciplinas de más rabiosa actualidad.

Los viernes por la mañana, cuando acudo a una de esos eventos a los que antes me refería, paso respetuosamente por la vitrina donde, cual brazo incorrupto de Santa Teresa, se guarda el agujereado cráneo y me inclino admirado. Pero hasta ahora, en mis visitas a la Countway, siempre deslumbrado por la fortuna de Gage, no me había fijado en esto cuando devolvía o sacaba libros en el mostrador de la primera planta:




El post-it, por si no lo pueden leer, dice: “Su querido personal de préstamo” (Your lovely circulation staff). A continuación una serie de nombres, Beth, Emily, Cooper, Stacie, Keith, Joshua. Uno de ellos es ilegible, pero, en fin, eso es lo de menos. Fíjense en la fotografía y reparen en que entre Beth y Keith, si es que los nombres van de izquierda a derecha y de arriba abajo y el busto no cuenta – ¿Hipócrates?-, hay un individuo de nombre Cooper que, bueno, es sospechoso de, en fin, de ser un perro, ¿no? Y, ¿cómo no le van a asaltar a uno las preguntas? Más que cuando atisba el cráneo de Gage.

Así que después de un par de noches tardando en conciliar el sueño, elucubrando sobre si la legislación del Estado de Massachussetts en materia laboral está tan avanzada que incluso la barrera de la especie se ha levantado para la contratación (que no se entere la del ramo en España); especulando sobre la posibilidad de que usen la lengua de Cooper para impregnar el adhesivo que indica cuándo hay que devolver el libro, me he decidido finamente a inquirir. Así fue la conversación:

Yo: Este Cooper, ¿es un compañero vuestro?

Keith: Sí.

Yo: Pero, parece un perro….

Keith: Lo es. Es un perro sanador (healing dog).   

Yo: ¿Cómo?

Y sí, pensé lo que ustedes ahora mismo, aunque los modos de expresarlo verbalmente puedan variar en el espectro que va de “¡coño!” a “¡la caraba!” pasando por “¡cágate loro!” o los más gráficos todavía “¡cágate lorito!”, “¡toma del frasco carrasco!” y “¡chúpate esa mandarina!”. La conversación siguió, claro, yo no me podía quedar así, que me debo a ustedes.

Keith: A Cooper le vienen a ver pacientes diversos, personas con depresión, autistas, que pasan con él un rato y les equilibra. Está aquí, si quieres pasa.

Y claro, este bloguero intrépido pasó, y…

Decepcionante. Ni fu ni fá. El perrillo, pues hombre, no destaca por nada, es lanudo, como en la foto, pequeñajo, no molesta y está más bien a su bola (de lana, mayormente). O yo estoy muy equilibrado o Cooper está en huelga de celo porque también le han recortado el salario en aras a la consolidación fiscal. Y mira que le conté que ya nos volvemos en plena vorágine, que andamos medio depres por lo que nos vamos a encontrar, pero al can no parecía interesarle gran cosa.

Cuando salía del corralito (uy, perdón) donde tienen a Cooper para que reciba a sus pacientes, y daba las gracias a Keith por el hallazgo, pensaba en que a quien a lo mejor habría venido muy bien la compañía de Cooper era a Gage. Pero ya es pelín tarde. Me temo.  

lunes, 14 de mayo de 2012

UPS

Sí, United Postal Service, aunque fonéticamente es la interjección que aquí se usa para denotar que uno ha tenido un desliz, un error, un lapsus (en inglés se escribe “oops”). Este año electoral ha habido un comentadísimo “oops”: el del precandidato republicano Rick Perry – a la sazón gobernador de Texas- cuando, en un debate televisado, no recordaba el nombre de la tercera agencia estatal que cerraría si llegaba a ser presidente. Ay, ay, ay, oops, oops, oops, que ya me voy por las ramas…

Sí que era una agencia, sí (la de UPS), adonde acudí con el afán de empezar a organizar algunos detalles logísticos de nuestra vuelta a la patria. Y saben lo que les digo después de mi visita: que es la UPS la que debía tener en la cabeza el gobernador tejano. Por lo siguiente que paso a contarles.

¿No han vivido ustedes más de una vez una aplastante sensación de intromisión cuando entran en un establecimiento público? Ya saben, cruzan la puertay tienen un pálpito nada más ver el geto del dependiente. Este individuo o individua mira concentrado la pantalla del ordenador, pero es obvio, dada esa concentración – ni la del matemático Andrew Miles cuando repensaba su fallida estrategia para resolver el teorema de Fermat-, que lo que hay en la pantalla en ese momento es:

a)   Un “angry bird” calculadamente catapultado en pleno vuelo hacia el monito.

b)   El vídeo clandestino de Pedro J. Ramírez en su encuentro con Exuperancia Rapú Muebake remasterizado.

c)   Las imágenes captadas por una webcam pirata instalada en el gimnasio de la estación de bomberos de Long Island.  

A usted le ha tocado esta tarde el dudoso privilegio de ser un OVNI (Objeto Visitante Numantinamente Impertinente). Y esto no sale gratis.

Este OVNI que les habla tuvo la osadía de interrumpir a Jenny, la empleada de UPS de la sucursal de Brookline, con la cósmicamente banal pretensión de saber las tarifas y otros requisitos para mandar cajas a España.

Jenny no quitaba ojo de la pantalla. La que sigue es una transcripción del jubiloso intercambio, y, en cursivas, lo que Jenny en realidad pensaba y quería decir: 

Jenny: Buenas tardes, ¿de qué modo puedo ayudarle esta tarde? (a ver si este pesado sólo quiere un sello de 25 centavos que está a punto de declararse el sobrino Matthew).

OVNI: Sí. Yo quisiera saber qué cuesta mandar cajas, qué modalidades de envío hay, si las cajas las debo comprar aquí…

Jenny: Depende del peso (sí hombre, cómo que te voy a ahorrar yo el trabajo de investigar online).

OVNI: Ya, ya me imagino, pero eso es precisamente lo que quiero que me diga.

Jenny: Está todo online, en nuestra página (Diosss, Matthew, díselo ya… pesado este tipo).

OVNI: Pero seguro que con usted va ser mucho más entretenido averiguarlo. Especialmente cuando termine de mirar lo que ocurre en esa pantalla. Puedo esperar.

Como si le hubiera mentado a la madre. La tal Jenny me miró, como dicen en México, con “ojitos de pistola”, y debió pensar:

Jenny: Te vas a cagar

Sí, en ese momento la tal Jenny se transformó en una opositora a Registradora de la Propiedad dispuesta a cantar el tema, es decir, proporcionarme tal cantidad de información que habré deseado no haber cruzado nunca el umbral de su territorio. Su felina sed de venganza no encontraba límites.

Jenny: ¿Dónde es el envío? (Te vas a cagar que te voy a dar las dimensiones de las cajas y los pesos en todos los sistemas métricos usados desde que Lucy, la australopiteca, salió de su Etiopía natal)- dijo (y pensó) dándome la espalda.

OVNI: España, dije yo con voz trémula, como si fuera el ministro Guindos en la reunión del Eurogrupo.

Jenny: Mmmm (Te vas a cagar españolito que me he perdido la declaración del sobrino Matthew). En ese momento Jenny consultó un enorme tomo y fue comprobando, uno por uno, si mi pretensión era la de enviar alguno de los artículos prohibidos.

Tras una absurda retahíla, llegamos a un momento climático en nuestro encuentro, cuando Jenny, con indisimulada media sonrisilla, preguntó:

Jenny: ¿Restos humanos? (toma…)

OVNI: No, no creo que sea el caso (a lo mejor los tuyos, guapa).

Jenny: ¿Naipes? (anda, qué curioso…).

Jenny se olvidó del último episodio de Downton Abbey, de mi presencia incordiante, y comentó a su compañero:

Jenny: Me pregunto por qué está prohibido enviar naipes a España.

Y entonces… entonces llegó el éxtasis para este OVNI servidor de ustedes, pues la respuesta del colega, una respuesta dada con el tono de quien ya fue investido como Registrador de la Propiedad con plaza en propiedad, fue:

Colega enteradillo: En los países católicos el juego está muy mal visto. También debe pasar con Italia.

OVNI: Toma jeroma. Éste no se ha enterado aún dónde van a instalar Eurovegas Europa, por no decir que desconoce el hijoputa, la brisca, el tute, el mus, la escoba, la canasta, el dominó, la rana, la pocha, la taba, el bingo del Canoe, el casino de Torrelodones, las cirsas, los trileros de la calle Preciados, Doña Manolita, el cuponcito, el rasca, el gordo, el niño, la quiniela, la loto, la bonoloto… ¿Y lo del país católico?  

Todo esto lo pensaba mientras seguía en estado catatónico. Todavía me dura.







  












  




lunes, 7 de mayo de 2012

CREDIT

A los filósofos aficionados, como este humilde servidor de ustedes, nos encantan las paradojas: ¿puede una aspiradora aspirarse? (¡oh!) ¿Puede Dios hacer una piedra tan grande que ni él mismo pueda levantarla? (je, je) ¿Si un grano no hace un montón de arena, y dos tampoco, tres tampoco… tres mil trillones tampoco? (¡hala!); Yo cretense afirmo que todos los cretenses mienten (mmm). Y así tantas y tantas que, con distintos nombres (a veces debidos a un griego ocioso dado a hacerse paradojas mentales), han ido jalonando el pensar filosófico a lo largo de la historia. Hoy les presento una variante del género “paradoja de la circularidad”, por cortesía de GE Capital Retail Bank, Creditor. Con todos ustedes (chan, chan…): la “paradoja del crédito”.

Cuando abrí el buzón y vi una carta procedente de Orlando pensé: ya se han enterado los del ratoncito que nos vamos pronto y quieren que pasemos por caja. Pero no, no era publicidad de Disneyworld sino de esta compañía que les he mencionado a la que no tenía el gusto. Un individuo llamado Credit Manager (cosas peores se han visto tipo “Darwin Antonio” o “Condoleeza”) me informa, con un pesar genuino, que habiendo recibido una solicitud de una línea de crédito (“credit program”) por mi parte, en este momento no podía ser satisfecha. Al alivio (uff, no dice “jamás” sino “at this time”) siguió la perplejidad. ¿Cuándo he pedido yo una línea de crédito? Los mortales pedimos créditos, y, “líneas de crédito”, o “ayudas públicas para inyectar liquidez en el sistema financiero”, los consejeros delegados de los bancos. ¿A ver si Rato me ha falsificado la firma? Seguí leyendo y ya caí en la cuenta. Había solicitado un crédito aquella mañana de sábado en la que una amable asiático-americana dependienta del GAP de Harvard Street, tras preguntarme si lo había encontrado todo bien (como si realmente quisiera un informe completo sobre el local, el género, sus uñas de manicura francesa, o incluso mi estado de ánimo aquella mañana) me dijo si no quería sacarme el carnet de GAP, o tarjeta o blasón, ustedes me entienden, para, de esa manera, pagar 30 dólares menos en la factura.  Suelo decir que no cuando me tientan con estos carnés. Entre otras razones porque me viene a la mente el gesto de quienes, delante de mí en la cola, se disponen a pagar en uno de estos establecimientos, y pasan tarjetas y tarjetas – como una echadora de cartas- hasta llegar a la que les ha fidelizado con el sitio en cuestión (que puede ser desde un restaurante de comida rápida hasta una tintorería, pasando por una óptica o la cadena de perfumerías Gilgo). Si lo piensan un poco es como si delante de su novia o pareja mostrarán impúdicamente todo su arsenal de cartas de amor de antiguos amores, ¿o no?

Pero en fin, sea como fuere, esa mañana tenía yo baja la aversión al riesgo, y, oiga, que 30 dólares son 30 dólares. Así que dije que sí. La amable dependienta de uñas de manicura francesa se puso a teclear frenéticamente en lo que pensaba era meramente una caja registradora – pero que resultó ser más bien el oráculo de Delfos- y tras unos minutos me dijo que mi solicitud había sido rechazada. Y claro, me vino a la mente aquella genialidad de Groucho Marx, también dulce e inteligentemente paradójica: jamás me integraría en un club que tuviera como socios gente como yo. Pero de lo que no fui entonces consciente es de que había pedido un “credit program”.

Credit Manager de Orlando me informa del resultado del concurso – ya enseguida descubrirán porqué lo digo- en un modo en el que se ha eliminado todo residuo de narración. Hay varias opciones denegatorias – entre las cuales no figura, por ejemplo, ser CEO de algún banco de inversiones de Wall Street- y Credit Manager se ha limitado a marcar con una cruz en la casilla correspondiente a: “nuestra decisión se ha basado en parte en un sistema de puntuación de crédito usado para evaluar su solicitud. La razón o razones por las que no puntuó suficientemente bien en comparación con otros solicitantes se indican a continuación: carecemos en nuestros archivos de suficiente historial de crédito”. Más claro agua: no tengo crédito.

Pero hablando de agua, el procedimiento de Credit Manager y G. E. Capital Retail Bank, Creditor, también me trajo a la memoria nuestras desdichas en natación sincronizada contra las rusas, y, qué quieren que les diga, me he sentido un poco como Gemma Mengual. Me dan ganas de escribir a Credit y pedirle explicaciones por mi “score” e inquirir a qué otros pelagatos les han puntuado por encima. Pero luego, cuando sigo leyendo, veo que el juicio de Credit se ha basado en ciertas “credit reporting agencies” cuya dirección me facilita ya como diciéndome: “reclamaciones al maestro armero”.

Y lo que me dan ganas de escribirles a estos amigos es que me expliquen cómo resuelven lo que podríamos llamar la “paradoja de la primera vez”, es decir, que si me deniegan un crédito porque no consta en ningún sitio que jamás me otorgaran uno ¿cómo a alguien le pudieron conceder el primero? O mejor, que no me lo expliquen que me voy a deprimir más.

Pero es que, bien pensado, la cosa puede ser todavía más kafkiana: ahora alguien, algún otro Credit Manager de estos, sí va a encontrar en mi “credit history” el estigma de mi descrédito, y seguirá así creciendo la bola que empezó, ingenuamente, en un GAP adonde acudí porque me hacían falta calzoncillos. Y todo por ahorrarme 30$. Maldita mi sombra…

domingo, 29 de abril de 2012

SPIRIT

 A las ya de por sí superlativas dificultades que encierra el reciclaje – sobre las que ya tuve oportunidad de abundar en una anterior entrada- en mi departamento han decidido añadir un obstáculo: dar las instrucciones en forma de jeroglífico. ¿O es que acaso no es un jeroglífico lo que se puede leer a la derecha?






Me he topado con este mensaje y nada más leer la segunda frase (“Ésta es Harvard. En Harvard, intentamos hacer todo bien”) ha surgido en mí la pulsión del mendigo que hurga, precisamente, en un cubo de basura, confiado en que encontrará desperdicio aprovechable, para el espíritu y el cuerpo, incluso alguna que otra joya. Y así ha sido, amigos, y así les ocurrirá a ustedes si se toman la molestia de leer todas las instrucciones.  ¿Qué me dicen del concepto “basura de la basura”; de los “alimentos de sobra de la sacudida”, o de los materiales reciclables que pueden ser “sacudidos hacia fuera en la basura”? Que manía con sacudir, ¿en qué andaría pensando el traductor? ¿Y de los materiales de esos envases que pueden ser “secos reciclados” que cabe “lanzar lejos”? Lejos, ¿dónde? ¿A la calle, al mar, a México?

El acabose acontece al final, como en las buenas pelis de suspense: “Estamos haciendo el intento esto en el alcohol de hacer todo bien en Harvard”. Aquí al traductor le ha traicionado obviamente el consciente, es decir, su profunda cogorza. No de otra forma cabe entender este galimatías. Anduve toda la mañana dando vueltas a la maldita frase, cortocircuitado en todas mis ocupaciones y preocupaciones académicas, reviviendo el espíritu de Jean-François Champillon. Y al final di con la piedra roseta que me sacó del laberinto: las instrucciones originales en el idioma del imperio. La frase de marras pretende verter al español la siguiente en inglés: “So in the spirit of trying to do everything well at Harvard, don’t recycle badly!” (“Por tanto en el espíritu de intentar hacer las cosas bien en Harvard, ¡no recicle mal!”). Así que “spirit” ha sido tomado por “espiritoso”, lo propio de las bebidas alcohólicas…. Acabáramos.

He informado del particular a la secretaria del departamento, la siempre dulce y eficaz Helena. Tengo el come-come de saber quién está detrás de la fechoría, y, sobre todo, quiénes son los destinatarios de ese esfuerzo en pos de la diversidad lingüística pues los latinos que pululan por aquí entendemos bastante bien inglés. Me responde la dulce Helena que no es asunto de su competencia, que son los del "green team" (al principio entendí "drink team", lo cual tenía ciertamente sentido). Sigo al acecho y les seguiré informando.

Mientras tanto, por si quieren recrearse con toda la disparatada traducción ahí les dejo el original “traicionado” más que “traducido”. En Harvard se intenta hacer las cosas bien (lo cual parece implicar que en otros lugares lo que intentan es hacerlas mal), pero como ven, no siempre les sale. Es un consuelo en estos tiempos de tanto desconsuelo y baja autoestima.

lunes, 23 de abril de 2012

MET

Pensaba titular esta entrada “fenomenología del corrillo infantil”, pero no quería ahuyentarles (si es que no están ya suficientemente ahuyentados). El título era, en todo caso, descriptivo de lo que me propongo hoy que no es sino narrarles un interesante episodio ocurrido el pasado domingo en el MET (así llamamos la gente bien de toda la vida al Metropolitan Museum of Art de Nueva York). Pero procedamos en orden.
Nosotros – o sea, mi familia nuclear, compuesta, como se sabe, por un núcleo estable y un electrón cuya posición y velocidad nunca puede determinarse con absoluta precisión- nos hallábamos en Nueva York (como decía Marita, una amiga pija del Estudio: "quién no va a Nueva York cada dos meses") aprovechando la muy favorable circunstancia de que los acogedores Alfonso y Liz, junto con sus electrones Diego y Ana, se han trasladado recientemente al Upper East Side (no puedo referirme de otro modo a la confluencia de la 77 con York Avenue, discúlpenme).
El domingo se levantó jarreando, con lo que nuestros planes de seguir explorando la ciudad se frustraban. La solución se llama “Museo” – un lugar que a muchos electrones no gusta especialmente, sobre todo si son “de cosas antiguas”. Pero para eso se han inventado - ¡oh loado seas inventor!- los tours o programas infantiles, tan frecuentes en este país donde los electrones son tan preciados. Al pequeñuelo se le enrola en una visita en la que una monitora o monitor les trata de persuadir de lo muy impactante que va a resultar en sus vidas deambular por una sala donde se acumulan decenas de estatuas grecolatinas. Los padres acompañamos la actividad, y, de cuando en cuando, nos despistamos un par de minutos para mirar de reojo otra sala, pendientes siempre de que el electrón no salte de orbital, es decir, que no quiera comprobar si la peana de Perseo va a seguir sometida a las fuerzas de la gravitación macroscópica una vez que el pequeñuelo le ha pegado una patada a la dicha peana.
Han sido varias las ocasiones en las que hemos aprovechado este encomiable servicio, concretamente en el MFA (así nos referimos los cultos al Museum of Fine Arts de Boston), y ello me ha permitido ir elaborando un linneano catálogo de géneros, y sus correspondientes especies, de los pequeñuelos que se concitan en torno al monitor@. Aunque la taxonomía es aún incipiente, creía, cuando empezaba la actividad en el MET, que ya podía identificar las más importantes especies. Descubrí que no. Que una nueva especie inaudita se agazapa, acecha y ataca. Sigan, sigan leyendo.
En cuanto los niños se reunieron en el corrillo – lo que ahora, con grandilocuencia ateniense, se llama “asamblea”- junto a la mística monitora – apréciese en la foto cómo al final de la actividad les pide a los niños que “den gracias” al planeta por ser el día de la tierra- atisbé dos miembros del primer género: el responsivus persistensis, es decir, ese niño que siempre levanta la mano al ser interpelado el grupo. Hay varias especies, y un pequeñuelo de rasgos asiáticos me pareció claramente un responsivus enciclopedicus, esto es, un pequeñuelo que aun no habiendo cumplido los 6 conoce a la perfección los avatares de la mitología griega. Está también el responsivus exasperantis, que también levanta la mano, se le da la palabra, y no dice nada, o bien tarda mucho en decirlo, y la monitor@ se ve obligada a mantener al resto de electrones calladitos para que el responsivus exasperantis no se convierta en responsivus deprimensis. Mayores problemas plantea, sin embargo, el responsivus a boleius, o sea el responsivus que, a diferencia del enciclopedicus, no sabe casi nada pero quiere decir lo primero que se le pasa por la cabeza, venga o no a cuento. El monitor@ se ve entonces obligado a tratar de encauzar la respuesta en la dirección más adecuada, o a reírse, para, de nuevo, no provocar una mutación que convierta al responsivus en rabiosus, frustrensis o en algo incluso peor como bipolarensis. Desgraciadamente, nuestro ecosistema de corrillos infantiles está superpoblado de a boleius: la especie enciclopedicus y el género de los prudensis, modestus o timidus están sin embargo en peligro de extinción.
Al corrillo se incorporó, un poco tarde, un responsivus a boleius. Lo calé a la legua, en cuanto se sentó y levantó la mano. Era de los más peligrosos. Un raro ejemplar con trazas de responsivus a boleius graciosillensis. Quise prevenir a nuestra mística monitora pero no me dio tiempo. En ese momento ella recordaba a los pequeñuelos las reglas del buen comportamiento en el museo; los responsivus enciclopedicus, así como algún modestus al que la monitora inquiría para que los enciclopedicus no monopolizaran el corrillo, ya nos habían ilustrado sobre alguna de las prohibiciones. Por si no lo saben, en Estados Unidos son muy cuidadosos de nunca formularlas como tales, como deberes de “no hacer”, no vaya a ser que el pequeñuelo se traume al saberse en un mundo donde no puede hacer lo que le da la real gana, como otros que se van a Botsuana. No, al niño se le prohíbe mediante el permiso o deber positivo de hacer lo contrario a lo prohibido; verbigracia, que no está prohibido correr en el museo (“don’t run”), sino que debes o puedes “andar” (“walking feet”).
En esas andábamos cuando algún responsivus exasperantis, tras momentos de duda, dijo que no se podía “paint in the painting” (“pintar en el cuadro”), lo cual provocó una carcajada sonora en pequeños y mayores – sonora y nerviosa en los adultos, para qué negarlo, pues algunos proyectamos la ocurrencia... La monitora, en esa línea de “no frustración del destinatario de las normas”, se rio también ("oh, qué positivo todo y qué alegres y ocurrentes estamos a pesar de la lluvia") y tradujo la prohibición a: “paint in the sketch paper” (allí donde los pequeñuelos iban a desplegar toda su inmaculada creatividad). Y hablando de inmaculada creatividad; entonces...
Entonces, el responsivus a boleius graciosillensis levantó sus alas, digo, su mano, y con toda su inocencia infantil, dijo: “no raping” (“prohibido violar”). El silencio – frío como la espada del Perseo que nos vigilaba- sólo se rompió cuando alguien cayó en la cuenta de que la monitor@ había fibrilado. Menos mal que en Nueva York abundan los médicos y los desfibriladores portátiles. Menudo jaleo. Y el a boleius graciosillensis como si con él no fuera la cosa. Menuda pieza. Lo dibujé bien en mi cuaderno de campo, y anoté su edad, un ejemplar de 5 añitos. ¿Qué será de él dentro de 15?

martes, 17 de abril de 2012

EL DÍA D(E) (DESPUÉS)

Estoy confuso y acartonado. Me parece que es primero de año y que anoche me tomé el chocolate con churros ese con el que “rematar la faena”. No me he puesto el chándal, como en aquellos tiempos de resaca post-fin de año, pero me acompaña una semejante confusión ontológica y epistemológica. ¿Qué pasó? ¿Cómo me lo pude beber todo? Porque debió ser todo el agua del condado lo que ingerí, amén de un “Powerade” asquerosamente dulzón pues, total, la faena estaba ya rematada hacía tiempo. Hay maratones que se acaban y otros que acaban con uno, y bien pronto puede llegar a descubrirse que es lo segundo lo que acontecerá. Hubiera preferido el chocolate con churros, aunque en ese momento alcanzáramos los 90º Farenheit (30 centígrados) - desde agosto no ha hecho tanto calor en Boston- y el vencedor del año pasado ya se había retirado hacía tiempo. ¡Qué magnífico consuelo! Claro que, siguiendo la entusiasta recomendación de mi amiga Alicia, allá por la milla 20 me metí para el cuerpo un canapé de anchoa para combatir la hiponatremia. “El maratón es una preciosidad”, me había escrito el día P(revio).
No sé si fue un maratón lo que (mal)corrí o más bien me pasó que andaba de despedida de soltero y los de la cuadrilla tuvieron la ocurrencia de llevarme a un Aquapark. Vuelvo a oír mis zapatillas chapoteando tras atravesar una vez más otra de las muchas duchas y mangueras que los infinitamente generosos vecinos de las localidades de Hapkinton, Framingham, Natick, Wellesley y Newton sacaron a sus jardines para aliviar nuestro sofoco. Me retumban todavía los gritos de ánimo, cuya sonoridad y recurrencia reverberará en mi memoria más allá del día después, y cuya taxonomía daría para una tesis en antropología cultural. Gracias a que, por recomendación insistente de Ana, escribí mi nombre en la camiseta, me vi constantemente interpelado, en esa forma tan fonéticamente encantadora que producen los anglohablantes. Ayer no fui “Pablo” sino “Pablou”, alguien que era “awesome” (impresionante), que “looked great” (tenía una pinta estupenda) que estaba siempre a punto “hacerlo” (llegar a la meta) aunque todavía anduviéramos por la milla 5. La magnitud de los adjetivos es directamente proporcional al aspecto cadavérico que el corredor presenta, y el mío, por lo que oía, debía ser ya de los que ameritan la extremaunción. Incluso fui un sujeto besable, allá por la milla 14, cuando un grupo bien nutrido de estudiantes de Wellesley College (sí, allí donde estudió Hilary Clinton) ofrecían besos con justificaciones tan contundentes como la de ser la ofertante de Hungría (“Kiss me because I am hungarian”).
Y no es que yo tuviera en ese momento animadversión alguna por lo magiar, vive Dios, sino que estaba para poquito y además con una sudorina que ya ni en Hungría aceptan. Era ese el momento en el que el cerebro también se esponja – ayer más que nunca, ciertamente. Desde que me he levantado un fogonazo me asalta en la forma de un cartel que rezaba “Go Mea”; y sí, ya para entonces también me había convertido en incontinente, con lo que hice caso al anuncio. Y ni me paré ni nada, en plena marcha. Mea, claro, debía ser una corredora, pienso yo ahora con mayor equilibrio electrolítico, aunque las piernas, lo que se dice las piernas, no pueden ser más de madera (sobre todo al bajar las escaleras).
Y en esas estábamos, ya hechos pis y todo, que entramos en Newton, la apacible localidad que alberga Boston College, al que se llega subiendo la temible “Heartbreak Hill” (la cuesta rompecorazones) ubicada en la milla 20 y a la que ya hice referencia en mi azucarada misiva del día P(revio), cuando todo es poesía, esperanza e ilusión. Allí, en la infame cuesta, me esperarían Ana y Mariana y ante ellas tenía que pasar con prestancia. No sé si lo conseguí del todo aunque ciertamente su presencia me proporcionó un nuevo impulso. Mariana e Ignacio tuvieron incluso la infinita paciencia de acompañarme unos metros, mientras Ana, convertida en una intrépida ciclista, se lanzaba al siguiente hito, allí donde mi hinchada se había concentrado con pancartas, banderas y una fanfarria digna de mejor causa. Antes de llegar a Coolidge Corner, en la milla 24, advertí de refilón a Inma y a Elizabeth, el preludio de la apoteósica bienvenida que los Joel, Lola, Alex, Ángela, Mariana, Maitane, Mikel, María Ángeles, Matías, Ana, Irene, Gabriel y Begoña me brindaron. Ni a Filípides le organizaron nada semejante al llegar a Atenas, y eso que yo tenía bien poco que comunicar. Tan sólo un débil, aunque profundamente sentido, “gracias”.
Y el resto, o sea, las dos millas de tránsito por Beacon, Kenmore y Boylston, y la meta y la entrada y el tiempo, y todo eso, pues, qué quieren que les cuente; lo de menos. El gentío, eso sí, ya en pleno centro de Boston, aún más entusiasta y ensordecedor. Y yo más parlanchín, y aunque mis piernas apenas si podían ya trotar, empecé a verlo todo más claro, tal vez por el efecto de la anchoa: “tiene razón Alicia” - me dije- “el maratón es precioso”. Sobre todo por la gente que te acompaña en la aventura. Ayyyy, que me he vuelto a poner poético...

domingo, 15 de abril de 2012

MARATÓN
Escribo cuando no estoy corriendo, sólo imaginando, aunque sólo corriendo se imagina con plenitud (para lo bueno y para lo malo). Escribo cuando aún no he salido de casa, con esa bolsa de plástico con tirantes que tan popular se ha hecho en las carreras de larga distancia, en la que habré metido los aperos de la supervivencia – geles, vaselina, gorra, agua, cinturón- y con la cabeza llena de los recuerdos de estos meses pasados en los que he corrido preparando una prueba que siempre es incierta, aunque en esta ocasión más si cabe: la nieve del Reservoir; la pista de Jamaica Pond, el viento impenitente - ¡cuánto te echaré de menos mañana Eolo!- los madrugadores viajeros que cruzan el Riverway, mi Pabloway, camino de la estación de Longwood; los fieles de la parroquia de Boston College y su mirar desconcertado cuando me ven pasar, triunfante, tras haber coronado la “Heartbreak Hill”. Escribo cuando tú estás durmiendo, cuando yo imagino que puedo seguir corriendo sin parar, a pesar del calor y del cansancio, y que la meta está ahí mismo, y que, en el camino, he visto a gente muy querida que me anima, y les he podido responder con sonrisa agradecida. Imagino, incluso, que estoy disfrutando de un cuerpo, el mío, que se mueve ligero, incluso contra un viento que nos viene a refrescar el ánimo. Imagino que imagino que lo que queda por delante no es para tanto, que lo he hecho muchas veces a mayor velocidad y pude salir del embate. Imagino que ya te has levantado y has abierto este blog, y me imaginas. Y entonces me impulsas. Imagino que cruzo la meta y te encuentro.