domingo, 29 de enero de 2012

BIRTHDAY

Durante estos meses hemos sufrido, digo, asistido ya a varios cumpleaños infantiles, lo cual nos ha permitido reunir un conjunto de experiencias singulares y elaborar el catálogo de festejos que les presentamos a continuación. Lo hacemos con el generoso afán de darles una cierta cartografía de expectativas y remedios para superar el trance, si es que los azares del destino hacen que tengan ustedes que asistir a uno de ellos por estos lares. Por razones de economía semántica, hemos dado un rubro elocuente a cada uno de los tipos de celebración, y proporcionamos una pequeña radiografía de la personalidad que anida tras el que nos invita, así como un sucinto análisis de cómo se desarrollan los acontecimientos en cada caso.


a) Cumpleaños “vamos a descubrir el mundo”: Los padres que nos invitan a este tipo de cumpleaños sufren una inclinación perversa hacia la originalidad, y una necesidad patológica de que entre todos “abramos los ojos a nuestros pequeñuelos” (perdonen que voy un momento al baño a vomitar…).

A este tipo de cumpleaños seremos invitados mediante una simpática tarjeta en la que el pequeñuelo habrá escrito su ilegible nombre y algunos otros dibujos mironianos. El descubrimiento del mundo se produce en un “museo” localizado en un lugar tan lejano de donde vivimos que, como dice nuestra amiga Vali, conviene no olvidar el pasaporte. Pasaremos la tarde anterior en casa, frente al Google Maps, cual Fitz Roys tratando de escudriñar la mejor ruta posible para sortear el Cabo de Hornos. Llegados al “museo” seremos instados a ir todos juntos descubriendo planetas, arbustos, fósiles (a miles), cadenas de aminoácidos, texturas de minerales, huellas de animales, inercias de pelotas de golf sometidas a caídas y fuerzas diversas, efectos lumínicos de las pompas de jabón, etc. Por supuesto a los pequeñuelos resulta imposible hacerles seguir la secuencia del descubrimiento: si ven un planeta le darán una patada y todo el equilibrio del sistema solar se irá a tomar viento; jugarán a tirarse pelotazos de golf a la cabeza y más de uno de los animales disecados sufrirá tal mordisco que quedará al borde de la resucitación.

El plato fuerte llega cuando todos juntos participamos en un taller de simulación de paleontología. Y no, no vale evadirse porque quedas fatal. Llegas al lugar y dejas que un mozalbete con rastas te endose un delantal, como de pescadería de la calle Alenza, unas gafas como de soldador, y te sientas, junto con tu vástago, en unas sillas de prescolar. Los cuádriceps te lo reprochan – y después, al levantarte, las lumbares. El ejercicio consiste en excavar un gran trozo de mazapán, duro como una peladilla, para encontrar los restos dispersos de un “arquetoris” (el pequeñuelo te recuerda entonces con desdén que se trata de un Archaeopteryx). Para ello dispones de un material absolutamente inapropiado que hace de la tarea algo largo y penoso. Una encomienda que, por supuesto, acometes tú solo, pues, mientras tanto, todos los pequeñuelos juegan al escondite inglés. Los padres de los pequeñuelos se van llenando progresivamente de cal, y con gran mimo – y no poco desconcierto- van apartando los pequeños huesillos del bicho. El pequeñuelo te jode de vez en cuando comentando lo mucho más avanzado que va el padre de Jeffrey, y tú le das al cincel a morir pues hay mucho en juego. Finalmente has acabado de desmenuzar el mazapán y te encuentras con más de cincuenta piececitas y unas instrucciones de montaje que sólo superan en parquedad e iconicidad las de la estantería Billy de Ikea. Estás literalmente perdido aunque tu hijo insiste en la facilidad de la cosa con afirmaciones tipo Rajoy en la campaña electoral: “Pero papi, es muy fácil, sólo tienes que seguir las instrucciones”.

Cuando has logrado armar parte de la columna vertebral del architerco ha terminado la actividad y la pizza espera. El padre de Jeffrey luce triunfante su Stegosaurus, y tú terminas de sacarte harina del mazapán de los faldones de la camisa.

b) Cumpleaños “Chuck e.Cheese’s”: a los padres que invitan a nuestro hijo a este establecimiento les pasa como a los que están dejando de fumar y piden a otro fumador dar una calada. Estos padres han logrado superar una ludopatía pero, de cuando en cuando, sienten una irresistible vis por vivir un poco del ambiente, sonidos y aroma de las salas de juego. Lo hacen de manera mediata, aprovechando el cumple de su hijo. Pues, en efecto, “Chuck e.Cheese’s” viene a ser como un baby-casino.

Un cumpleaños en “Chuck e.Cheese’s” discurre del siguiente modo. Provisto nuevamente de pasaporte, llegas a un descampado industrial y descubres, entre una tienda al por mayor de muebles y un restaurante de comida tex-mex capaz de albergar la convención republicana, un local presidido por un ratoncito sonriente disfrazado de baloncestista de los años en los que triunfaba Wayne Brabender en el Madrid. Abres la puerta, intrigado, y una eclosión sonora y lumínica te sume en un estado lisérgico del que no te recuperarás hasta pasadas 48 horas. Tu hijo sale corriendo y su contorno difuminado se pierde en un horizonte de sofisticadas máquinas de videojuegos donde cabe simular desde el motorista suicida hasta el Navy Seal que disparó la bala certera en Abbotabbad, pasando por perseguidores de dinosaurios chillones y exploradores de junglas amazónicas. Los padres convocantes te plantifican en las manos una bolsa de plástico cargada de fichas que tu hijo, mucho más sabedor que tú de la dinámica de “Chuck E. Cheese’s” te arranca cual banco español acudiendo a la barra de liquidez del BCE.

Ya estás cansado y acabas de llegar, así que claudicas y te sientas en unas grandes mesas corridas donde la contaminación visual y auditiva se rebaja un tanto, pero solo un tanto. A pesar de la reducción cognitiva que padeces, descubres que es allí donde se servirá una pizza aballetada y una soda color Oraldine con un regusto evocador del Clamoxyl. Allí también se procederá al soplo de velas, los cánticos y se te hará llegar un trozo de tarta de dudosa nata en la que previamente se ha impregnado una colorista escena de Toy Story III.

Pero antes de llegar a ese momento hay un proemio devastador para tu ya muy maltrecho ánimo y tu muy reducida confianza en el destino del género humano: la encarnación de Chuck, el ratoncito sonriente, que llega acompañado de dos mayorettes con un entusiasmo que ha tenido que ser psicotrópicamente inducido. Chuck invita al escenario al homenajeado y nos invita a todos a entonar “su” canción y acompañar la tonadilla con palmas por encima de la cabeza. Todo ese jolgorio se proyecta simultáneamente en muchas pantallas dispuestas por todo el local, junto a otras en las que se transmite en directo las últimas consecuencias de la primavera árabe, una carrera de motos y unos asiáticos cayéndose por unos troncos para solaz del personal. En ese momento descubres lo peor: nadie, salvo tú, desconoce el himno del ratoncito.

Sumido en el desconcierto miras al techo y entre la tenue luz descubres una discotequera bola de espejitos giratoria y sientes anonadarte, en el sentido más preciso del término, y esa otra parte tuya cree estar de nuevo en un lejano fin de año en el que accediste a acudir a una macro-fiesta de las afueras de Madrid atraído por promesas vanas de empezar el año con menos urgencias hormonales. A la confusión y la derrota se añadió entonces la náusea cuando alguien comentó el siguiente paso en ese protocolo infernal: ir derechitos a San Ginés a tomar el chocolate con churros. Esa náusea revive ahora.

Frente a todo pronóstico, como entonces, has superado el trago y los pequeñuelos protoludópatas vuelven a salir corriendo hacia las máquinas tragafichas. Al rato tratas de atisbar en qué andará tu hijo, y descubres que el padre de Jeffrey conoce a la perfección los entresijos de todos esos aparatos, y que su hijo lleva camino de “reventar la banca” a base de acumular unos tickets posteriormente canjeables mediante un proceso extraordinariamente engorroso en una especie de oficina bancaria donde te atiende un empleado inexpresivo. La cola supera la de los peores primeros de mes de Cajamadrid. Mientras que tu hijo ha conseguido un llavero corporativo del local, que incluye la inolvidable figurita del sonriente ratoncito Chuck, Jeffrey se bambolea ufano cargando una metralleta (de juguete). En fin, recuerden que “cheesy”, en inglés, significa de “poco valor”, “malo”.

domingo, 22 de enero de 2012

HYPERTEXT


Habrán notado, y espero que apreciado, que en esta bitácora no he incluido todavía un enlace a ninguna otra localización cibernética, eso que ahora vaporosamente empezamos a llamar “the cloud”, el ancho mundo de los muchos otros lugares en la malla donde localizar contenido textual o visual. No digo que esté mal hacerlo, pero sí me parece que, como tantas otras cosas, su abuso es pernicioso. A mí me ocurre, no sé a ustedes, que siendo de natural disperso, los hipertextos, es decir, estas páginas con recurrentes agujeros negros con los que irse de excursión, me distraen y me acaban agotando. Siendo de natural también curioso, no tengo límites, y cada uno de esos hipertextos me acaba produciendo el atracón que a otros les produce una buena pastelería: soy insaciable y a veces el viaje nunca me devuelve al punto de origen. Por otro lado, no siempre el pastelito al que nos hemos tirado al clicar uno de los muchos enlaces resultaba tan apetitoso. Y al regresar al que estábamos devorando, siempre ocurre, en mayor o menor medida, que se nos ha ido un poco el gusto, o sea, el hilo. Dicho todo lo cual, es muy de agradecer que quienes nos regalan con la generosidad de sus escritos, nos proporcionen también el tránsito a esas carreteras secundarias que nos permiten disfrutar de otros lugares interesantes fuera de la ruta principal.

Hoy voy a incumplir mi autoimpuesta consigna simplemente a modo de ilustración de lo que quiero advertir, como una especie de ejercicio imaginario de lo que hubiera podido ser y (afortunadamente) no fue, o de lo que puede llegar a ser el vehículo de nuestra expresión futura, nuestro modo de referirnos al mundo exterior o a lo que sentimos. Tomemos el final de La colmena, de Camilo José Cela:

“La mañana sube, poco a poco, trepando como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad; golpeando, casi con mimo, sobre los mirares recién despiertos, esos mirares que jamás descubren horizontes nuevos, paisajes nuevos, nuevas decoraciones.

La mañana, esa mañana eternamente repetida, juega un poco, sin embargo, a cambiar la faz de la ciudad, ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena…”.

A continuación, de esa misma reflexión, la versión hipertexto-multimedia-estos son mis sentimientos-y te los expongo-con multirecursos, de manera concisa y sin rodeos:

“¿Qué como me siento hoy?... Puaff, pincha aquí.

Y mira:


La vida es como una cucaña de esas…”.
¿Qué versión prefieren?

Pd. Podría poner muchos ejemplo de abusos hipertextuales, pero no he querido traicionarme remitiéndoles a ellos con ese mismo recurso. Seguramente ustedes ya tienen experiencia dilatada con esos textos, y, si no, les invito a que ustedes mismos descubran esos lugares, sin intermediarios resaltados en azul, o sean atraídos y luego engullidos durante la navegación en el universo internetiano, que también tiene su encanto.

sábado, 14 de enero de 2012

TRADER JOE'S
Dime en qué supermercado compras y te diré quién eres. En ningún otro país como en este se puede aplicar el dicho. Sí, ya sé que también en nuestro suelo patrio el lugar de la compra semanal nos identifica, pero lo hace con una brocha mucho más gorda. En Día compran los pobres y en la tienda Gourmet de El Corte Inglés los ricos, y, entre medias, toda una gama para la, digamos, clase media (con permiso del candidato republicano Rick Santorum, a quien pone muy nervioso dicha expresión porque, según él, en USA no hay “clases”). Aquí, las identidades asociadas al supermercado son mucho más sutiles y finas, acordes, en definitiva, con el hecho de que el caleidoscopio social en Estados Unidos tiene muchos más abalorios.
Si uno se ha parado a pensar en cuánta huella ecológica genera consumir frambuesas de Nueva Zelanda y no así las de New Hartford (Rhode Island); si conoce bien la cantidad de picogramos de plomo que alberga el salmón canadiense; si es sensible a las demandas de la guerrilla tamil; lee The New Yorker en su Kindle; cocina en un wok; hace pan naan los domingos; si no se pierde festival de cine étnico alguno que programen en el Coolidge Corner Theater; si ha donado un hornillo a los “Occupy Harvard” y no encuentra inconveniente alguno en que su hija – educada en las mejores escuelas privadas del Estado y con sobresaliente en todas las materias serias- haya decidido ingresar en una escuela de circo muy afamada en Madison (Wisconsin) porque quiere ser mimo, entonces pueden apostar a que compra en Trader Joe’s.
Desde que uno cruza la puerta de Trader Joe’s tiene la sensación de que se va a topar con una vaca despistada o que en cuanto doble un lineal pisará una caca de caballo. Impera la estética agraria, y el espacio asemeja una lonja de pescado, un granero de “La Casa de la Pradera”, o uno de esos colmados que salen en las pelis de vaqueros. Siempre hay gente de mantenimiento con pinta de cuáquero, que viste una camisa de cuadros, botas de trekking sin abrochar y porta un taladro. Y no, todo está perfectamente mantenido en Trader Joe’s; se trata de darle un toque todavía más “autogestión-autosupervivencia-yo me lo taladro y yo me lo como en favor del planeta” al negocio. Se trata, en definitiva, de añadir ruralidad, localidad, cercanía a la tarea de aprovisionarnos, pero eso sí, “pensando globalmente”, como dice la frase manida.
Nada de luminosos, digitalizaciones, rotulación electrónica: las etiquetas con los precios y los nombres de los productos parecen haber sido hechas durante una clase de manualidades en Sesame Street, con “Big Bird” (Caponata) dirigiendo el cotarro. A diferencia del supermercado al uso, que explota el espacio hasta hacer imposible que se puedan cruzar los consumidores sin tener que recular, los pasillos de Trader Joe’s son exageradamente anchos, y ello a pesar de que en Trader Joe’s los carritos son minúsculos (el cliente de Trader Joe’s compra y cocina como si viviera en una vila en la Toscana, o en un caserío guipuzcoano, pendiente de que ese día el rape haya venido especialmente magro o el tallo del berro esté particularmente jugoso esa semana).
El momento de pagar, el escenario y el rito, definen definitivamente a un establecimiento, y así ocurre señaladamente en Trader Joe’s. De nuevo recurriré al ejemplo más cercano: en Dia uno espera ser reconvenido por una cajera a la que resulta difícil entender cuando nos pregunta si queremos o no bolsa o nos pide algunos céntimos para redondear el cambio. En el tránsito hasta llegar a esa cajera, a ese momento de riña que ya anticipamos, nos fijaremos en la cinta donde depositaremos nuestros productos, y, a la vista de lo pringosa que se nos aparece, tendremos esa sensación ya descrita antes en este blog de que más de uno pegó un moco. En El Corte Inglés, una señorita Maroto de simpatía forzada, que probablemente dejó los estudios de Publicidad cuando se casó con su novio de toda la vida y vive ahora frustrada en un piso de Valdebernardo, nos informa de la posibilidad de escoger entre un juego de cacerolas - una promoción que coincide con feria “Ucrania en El Corte Inglés” de la quinta planta- o unos “cortibonos” canjeables en Perfumería y Pequeño Menaje del Hogar (no conviene en este punto animarse a preguntar por qué sólo en esos dos departamentos).
En estos pagos, el espectro de la cultura cajeril también se amplía. En Stop & Shop recibimos las últimas tentaciones de consumo en una suerte de tubo que nos envuelve con miles de reclamos (revistas del corazón chillonas, a las que también me he referido ya en este blog, así como innumerables variantes de chocolatinas, barritas, galletitas, m&m’s y otros agentes productores de caries y kilos basura). Yendo con un niño, resistirse a arrojar a la cesta o al carro uno de esos  reclamos supone una batalla comparable a la de Guadalcanal. Superado el trance, un cajer@ (en esto la paridad es mucho mayor aquí), con alta frecuencia asiático o africano-americano y con pinta de haber dejado los estudios mucho más prematuramente que la cajera Maroto, nos despacha con brevedad, pero con la amabilidad genuina de quien ha aceptado desde niño que no le puede pedir gran cosa a la vida.
En Wallgreens, el equivalente a alguna de nuestras cadenas de 24 horas, pero con un cierto toque almacén de perfumería Gilgo, he llegado a la conclusión de que las cajeras están dopadas con Prozac. No de otro modo cabe explicar que se nos cobre como si acabáramos de comunicarle a la cajera que las últimas voluntades de la Duquesa de Medina Sidonia la hacían heredera universal. Pocas veces he sentido un trato tan untuoso como cuando me toca pagar en Wallgreens. A mi tradicional, y pacata respuesta, “Fine” (“Bien”), a la, tradicional, rutinaria y cantarina pregunta de parte de la cajera, “How are you do-ing to-day?” (“¿Cómo estamos hoy?”), ésta responde a su vez: “I am so glad to hear that, my lord gracious” (“me siento tan feliz de escucharlo, oH señor mío”, o algo así). A mi agradecimiento (“Thanks”) se responde: “Your most very welcome, I hope you have a very pleasant morning” (“No tiene usted en absoluto que dármelas, espero que disfrute usted de una mañana placentera”). Es agotador, y, si me apuran, crispante (la simpatía en su versión más “gore” hace que uno añore radicalmente a la cajera del Día de la calle Alcalde Sáinz de Baranda).  
Pero volvamos a nuestro objetivo descriptivo. ¿Y en Trader Joe’s? Aquí uno se enfrenta rectamente con un “cura laico”, si es que lo podemos decir así, pues el momento de pagar se asemeja mucho a la confesión si no fuera porque falta el componente de privacidad y oscurantismo típicos de ese sacramento. Nada de túneles del último reclamo. Cuando el cajero advierte que nos toca, despliega, de uno de los laterales de la caja – que bien pudiera ser la mesa de trabajo de un ebanista- una tabla donde habremos de depositar nuestra cesta. El cajer@ tiene un doctorado en Antropología médica de la Universidad de Colorado at Boulder y lo primero que nos pregunta es el tipo de bolsa que queremos (“Paper” o “Plastic bag”). Por si se animan a venir por aquí, la respuesta correcta es siempre, insisto, siempre “Paper”. Si se inclina uno por la bolsa de plástico, el cajero decaerá en la sonrisa, y, con una enorme condescendencia, nos recordará cuántos derechos de emisión tendremos que comprar a partir de ahora para redimir nuestra complicidad en el genocidio medioambiental. Si somos buenos, en cambio, y pedimos bolsa de papel, puede que el menor que nos acompaña se vea obsequiado con unas pegatinas de nutrias y osos polares, y, nosotros, con una solución de equinacia que previene el cáncer de próstata. En todo caso, el amable cajer@ seguirá leyendo la edición bilingüe y anotada de la Metamorfósis de Ovidio que habíamos interrumpido odiosamente con nuestra vulgar compra semanal. 

miércoles, 4 de enero de 2012

GEORGIA (ON MY MIND)

Pudo ser perfectamente en la gasolinera de Rocky Ford, camino de Millen (Georgia), donde pasamos los últimos días del año entre balas (de heno, y también de las otras), caballos, quads y constantes muestras de generosidad sureña por parte de todos los que habían sido igualmente invitados a la espectacular granja del patriarca Hogan, cuyos orígenes irlandenses, su carácter recio y su profusión en el uso de expresiones malsonantes ("colorful language", nos había advertido su nuera, Natalie, con brillante eufemismo) se hacen inmediatamente presentes. También su hospitalidad.

Habíamos comprado un tentenpié y me disponía a pagar. Detrás se nutría la cola de clientes pintorescos, portadores todos ellos de la ropa, los gestos y rasgos de la exclusión social, algunos con dentaduras propias de otras latitudes o tiempos mas bien remotos. Muchos darían bien el perfil de “walt-martians”, los frecuentadores de los famosos establecimientos “Walt-Mart”, la mayor compañía del mundo por número de empleados, allí donde cabe comprar casi cualquiera cosa a precios increíbles y calidades dudosas. 

“Tiene usted un acento curioso” – me dijo la cajera. ¿De dónde es?”

“Adivine” – le reté. “Le doy una pista: del sur de Europa”

“¿Rusia?”

Veníamos de Savannah, la ciudad marismeña y costera donde se ubica “The Admiral Benbow”, la posada en la que arranca la aventura pirata de Robert Luis Stevenson, la ciudad en una de cuyas plazas da comienzo la película Forrest Gump con un travelling prodigioso de una pluma de ave flotando hasta caer a los pies de Tom Hanks, mientras una voz en off nos instruye que la vida es como “una caja de chocolates” pues nunca sabes qué te va a tocar. Es Savannah, para mí, la ciudad de los recuerdos, la ciudad cálida pero donde también se arañan, en verso de Valente, las heladas paredes de algunas ausencias, la de Manuel Menéndez (Manny) fundamentalmente; es la ciudad donde Mark, su hijo, me cuenta que a él la caja de chocolates de la vida le deparó un caramelo envenenado, y ahí sigue, intentando digerirlo, traspasada la cincuentena, recomponiéndose, junto a su madre Sandra que lo cuida sin reparo, aunque a él, por lo que me dijo al despedirse, le protege Jesús.

Es Savannah la ciudad de las islas y penínsulas, en una de las cuales se asientan Natalie y Joe Hogan con sus hijos Isabella y Keenan, y el fiel y paciente Turner, un Labrador de pelo negrísimo. Allí, en Turner’s Road, no cabe abrir la puerta de ningún jardín borgiano, sencillamente porque las propiedades no tienen verjas (aunque dentro no falten las armas), y, como en el poema “Llaneza”, he tenido la sensación de haber podido entrar en sus vidas hodiernas con la docilidad de la pagina que se pasa sin querer.

Es Savannah la ciudad de los porches y las campanillas, cuyo tintineo es un ardid del viento para que la melancolía no nos ahogue del todo; la ciudad donde los árboles lloran musgo, al que allí llaman “Spanish moss”, otra de las referencias a los vestigios españoles que abundan por su cuadriculado y bien cuidado “downtown”, esta vez sí, histórico. Es, y ha sido Savannah eso y mucho más durante nuestra ultima semana del año 2011. Ha sido tanto, tantas las impresiones y experiencias, tantos los recuerdos recuperados, que, si uno dispusiera de tiempo y competencia, no podría por menos que novelarlo. De momento, sigue on my mind.