miércoles, 4 de enero de 2012

GEORGIA (ON MY MIND)

Pudo ser perfectamente en la gasolinera de Rocky Ford, camino de Millen (Georgia), donde pasamos los últimos días del año entre balas (de heno, y también de las otras), caballos, quads y constantes muestras de generosidad sureña por parte de todos los que habían sido igualmente invitados a la espectacular granja del patriarca Hogan, cuyos orígenes irlandenses, su carácter recio y su profusión en el uso de expresiones malsonantes ("colorful language", nos había advertido su nuera, Natalie, con brillante eufemismo) se hacen inmediatamente presentes. También su hospitalidad.

Habíamos comprado un tentenpié y me disponía a pagar. Detrás se nutría la cola de clientes pintorescos, portadores todos ellos de la ropa, los gestos y rasgos de la exclusión social, algunos con dentaduras propias de otras latitudes o tiempos mas bien remotos. Muchos darían bien el perfil de “walt-martians”, los frecuentadores de los famosos establecimientos “Walt-Mart”, la mayor compañía del mundo por número de empleados, allí donde cabe comprar casi cualquiera cosa a precios increíbles y calidades dudosas. 

“Tiene usted un acento curioso” – me dijo la cajera. ¿De dónde es?”

“Adivine” – le reté. “Le doy una pista: del sur de Europa”

“¿Rusia?”

Veníamos de Savannah, la ciudad marismeña y costera donde se ubica “The Admiral Benbow”, la posada en la que arranca la aventura pirata de Robert Luis Stevenson, la ciudad en una de cuyas plazas da comienzo la película Forrest Gump con un travelling prodigioso de una pluma de ave flotando hasta caer a los pies de Tom Hanks, mientras una voz en off nos instruye que la vida es como “una caja de chocolates” pues nunca sabes qué te va a tocar. Es Savannah, para mí, la ciudad de los recuerdos, la ciudad cálida pero donde también se arañan, en verso de Valente, las heladas paredes de algunas ausencias, la de Manuel Menéndez (Manny) fundamentalmente; es la ciudad donde Mark, su hijo, me cuenta que a él la caja de chocolates de la vida le deparó un caramelo envenenado, y ahí sigue, intentando digerirlo, traspasada la cincuentena, recomponiéndose, junto a su madre Sandra que lo cuida sin reparo, aunque a él, por lo que me dijo al despedirse, le protege Jesús.

Es Savannah la ciudad de las islas y penínsulas, en una de las cuales se asientan Natalie y Joe Hogan con sus hijos Isabella y Keenan, y el fiel y paciente Turner, un Labrador de pelo negrísimo. Allí, en Turner’s Road, no cabe abrir la puerta de ningún jardín borgiano, sencillamente porque las propiedades no tienen verjas (aunque dentro no falten las armas), y, como en el poema “Llaneza”, he tenido la sensación de haber podido entrar en sus vidas hodiernas con la docilidad de la pagina que se pasa sin querer.

Es Savannah la ciudad de los porches y las campanillas, cuyo tintineo es un ardid del viento para que la melancolía no nos ahogue del todo; la ciudad donde los árboles lloran musgo, al que allí llaman “Spanish moss”, otra de las referencias a los vestigios españoles que abundan por su cuadriculado y bien cuidado “downtown”, esta vez sí, histórico. Es, y ha sido Savannah eso y mucho más durante nuestra ultima semana del año 2011. Ha sido tanto, tantas las impresiones y experiencias, tantos los recuerdos recuperados, que, si uno dispusiera de tiempo y competencia, no podría por menos que novelarlo. De momento, sigue on my mind.

1 comentario: