BIRTHDAY
Durante estos meses hemos sufrido, digo, asistido ya a varios cumpleaños infantiles, lo cual nos ha permitido reunir un conjunto de experiencias singulares y elaborar el catálogo de festejos que les presentamos a continuación. Lo hacemos con el generoso afán de darles una cierta cartografía de expectativas y remedios para superar el trance, si es que los azares del destino hacen que tengan ustedes que asistir a uno de ellos por estos lares. Por razones de economía semántica, hemos dado un rubro elocuente a cada uno de los tipos de celebración, y proporcionamos una pequeña radiografía de la personalidad que anida tras el que nos invita, así como un sucinto análisis de cómo se desarrollan los acontecimientos en cada caso.
a) Cumpleaños “vamos a descubrir el mundo”: Los padres que nos invitan a este tipo de cumpleaños sufren una inclinación perversa hacia la originalidad, y una necesidad patológica de que entre todos “abramos los ojos a nuestros pequeñuelos” (perdonen que voy un momento al baño a vomitar…).
A este tipo de cumpleaños seremos invitados mediante una simpática tarjeta en la que el pequeñuelo habrá escrito su ilegible nombre y algunos otros dibujos mironianos. El descubrimiento del mundo se produce en un “museo” localizado en un lugar tan lejano de donde vivimos que, como dice nuestra amiga Vali, conviene no olvidar el pasaporte. Pasaremos la tarde anterior en casa, frente al Google Maps, cual Fitz Roys tratando de escudriñar la mejor ruta posible para sortear el Cabo de Hornos. Llegados al “museo” seremos instados a ir todos juntos descubriendo planetas, arbustos, fósiles (a miles), cadenas de aminoácidos, texturas de minerales, huellas de animales, inercias de pelotas de golf sometidas a caídas y fuerzas diversas, efectos lumínicos de las pompas de jabón, etc. Por supuesto a los pequeñuelos resulta imposible hacerles seguir la secuencia del descubrimiento: si ven un planeta le darán una patada y todo el equilibrio del sistema solar se irá a tomar viento; jugarán a tirarse pelotazos de golf a la cabeza y más de uno de los animales disecados sufrirá tal mordisco que quedará al borde de la resucitación.
El plato fuerte llega cuando todos juntos participamos en un taller de simulación de paleontología. Y no, no vale evadirse porque quedas fatal. Llegas al lugar y dejas que un mozalbete con rastas te endose un delantal, como de pescadería de la calle Alenza, unas gafas como de soldador, y te sientas, junto con tu vástago, en unas sillas de prescolar. Los cuádriceps te lo reprochan – y después, al levantarte, las lumbares. El ejercicio consiste en excavar un gran trozo de mazapán, duro como una peladilla, para encontrar los restos dispersos de un “arquetoris” (el pequeñuelo te recuerda entonces con desdén que se trata de un Archaeopteryx). Para ello dispones de un material absolutamente inapropiado que hace de la tarea algo largo y penoso. Una encomienda que, por supuesto, acometes tú solo, pues, mientras tanto, todos los pequeñuelos juegan al escondite inglés. Los padres de los pequeñuelos se van llenando progresivamente de cal, y con gran mimo – y no poco desconcierto- van apartando los pequeños huesillos del bicho. El pequeñuelo te jode de vez en cuando comentando lo mucho más avanzado que va el padre de Jeffrey, y tú le das al cincel a morir pues hay mucho en juego. Finalmente has acabado de desmenuzar el mazapán y te encuentras con más de cincuenta piececitas y unas instrucciones de montaje que sólo superan en parquedad e iconicidad las de la estantería Billy de Ikea. Estás literalmente perdido aunque tu hijo insiste en la facilidad de la cosa con afirmaciones tipo Rajoy en la campaña electoral: “Pero papi, es muy fácil, sólo tienes que seguir las instrucciones”.
Cuando has logrado armar parte de la columna vertebral del architerco ha terminado la actividad y la pizza espera. El padre de Jeffrey luce triunfante su Stegosaurus, y tú terminas de sacarte harina del mazapán de los faldones de la camisa.
b) Cumpleaños “Chuck e.Cheese’s”: a los padres que invitan a nuestro hijo a este establecimiento les pasa como a los que están dejando de fumar y piden a otro fumador dar una calada. Estos padres han logrado superar una ludopatía pero, de cuando en cuando, sienten una irresistible vis por vivir un poco del ambiente, sonidos y aroma de las salas de juego. Lo hacen de manera mediata, aprovechando el cumple de su hijo. Pues, en efecto, “Chuck e.Cheese’s” viene a ser como un baby-casino.
Un cumpleaños en “Chuck e.Cheese’s” discurre del siguiente modo. Provisto nuevamente de pasaporte, llegas a un descampado industrial y descubres, entre una tienda al por mayor de muebles y un restaurante de comida tex-mex capaz de albergar la convención republicana, un local presidido por un ratoncito sonriente disfrazado de baloncestista de los años en los que triunfaba Wayne Brabender en el Madrid. Abres la puerta, intrigado, y una eclosión sonora y lumínica te sume en un estado lisérgico del que no te recuperarás hasta pasadas 48 horas. Tu hijo sale corriendo y su contorno difuminado se pierde en un horizonte de sofisticadas máquinas de videojuegos donde cabe simular desde el motorista suicida hasta el Navy Seal que disparó la bala certera en Abbotabbad, pasando por perseguidores de dinosaurios chillones y exploradores de junglas amazónicas. Los padres convocantes te plantifican en las manos una bolsa de plástico cargada de fichas que tu hijo, mucho más sabedor que tú de la dinámica de “Chuck E. Cheese’s” te arranca cual banco español acudiendo a la barra de liquidez del BCE.
Ya estás cansado y acabas de llegar, así que claudicas y te sientas en unas grandes mesas corridas donde la contaminación visual y auditiva se rebaja un tanto, pero solo un tanto. A pesar de la reducción cognitiva que padeces, descubres que es allí donde se servirá una pizza aballetada y una soda color Oraldine con un regusto evocador del Clamoxyl. Allí también se procederá al soplo de velas, los cánticos y se te hará llegar un trozo de tarta de dudosa nata en la que previamente se ha impregnado una colorista escena de Toy Story III.
Pero antes de llegar a ese momento hay un proemio devastador para tu ya muy maltrecho ánimo y tu muy reducida confianza en el destino del género humano: la encarnación de Chuck, el ratoncito sonriente, que llega acompañado de dos mayorettes con un entusiasmo que ha tenido que ser psicotrópicamente inducido. Chuck invita al escenario al homenajeado y nos invita a todos a entonar “su” canción y acompañar la tonadilla con palmas por encima de la cabeza. Todo ese jolgorio se proyecta simultáneamente en muchas pantallas dispuestas por todo el local, junto a otras en las que se transmite en directo las últimas consecuencias de la primavera árabe, una carrera de motos y unos asiáticos cayéndose por unos troncos para solaz del personal. En ese momento descubres lo peor: nadie, salvo tú, desconoce el himno del ratoncito.
Sumido en el desconcierto miras al techo y entre la tenue luz descubres una discotequera bola de espejitos giratoria y sientes anonadarte, en el sentido más preciso del término, y esa otra parte tuya cree estar de nuevo en un lejano fin de año en el que accediste a acudir a una macro-fiesta de las afueras de Madrid atraído por promesas vanas de empezar el año con menos urgencias hormonales. A la confusión y la derrota se añadió entonces la náusea cuando alguien comentó el siguiente paso en ese protocolo infernal: ir derechitos a San Ginés a tomar el chocolate con churros. Esa náusea revive ahora.
Frente a todo pronóstico, como entonces, has superado el trago y los pequeñuelos protoludópatas vuelven a salir corriendo hacia las máquinas tragafichas. Al rato tratas de atisbar en qué andará tu hijo, y descubres que el padre de Jeffrey conoce a la perfección los entresijos de todos esos aparatos, y que su hijo lleva camino de “reventar la banca” a base de acumular unos tickets posteriormente canjeables mediante un proceso extraordinariamente engorroso en una especie de oficina bancaria donde te atiende un empleado inexpresivo. La cola supera la de los peores primeros de mes de Cajamadrid. Mientras que tu hijo ha conseguido un llavero corporativo del local, que incluye la inolvidable figurita del sonriente ratoncito Chuck, Jeffrey se bambolea ufano cargando una metralleta (de juguete). En fin, recuerden que “cheesy”, en inglés, significa de “poco valor”, “malo”.
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