sábado, 14 de enero de 2012

TRADER JOE'S
Dime en qué supermercado compras y te diré quién eres. En ningún otro país como en este se puede aplicar el dicho. Sí, ya sé que también en nuestro suelo patrio el lugar de la compra semanal nos identifica, pero lo hace con una brocha mucho más gorda. En Día compran los pobres y en la tienda Gourmet de El Corte Inglés los ricos, y, entre medias, toda una gama para la, digamos, clase media (con permiso del candidato republicano Rick Santorum, a quien pone muy nervioso dicha expresión porque, según él, en USA no hay “clases”). Aquí, las identidades asociadas al supermercado son mucho más sutiles y finas, acordes, en definitiva, con el hecho de que el caleidoscopio social en Estados Unidos tiene muchos más abalorios.
Si uno se ha parado a pensar en cuánta huella ecológica genera consumir frambuesas de Nueva Zelanda y no así las de New Hartford (Rhode Island); si conoce bien la cantidad de picogramos de plomo que alberga el salmón canadiense; si es sensible a las demandas de la guerrilla tamil; lee The New Yorker en su Kindle; cocina en un wok; hace pan naan los domingos; si no se pierde festival de cine étnico alguno que programen en el Coolidge Corner Theater; si ha donado un hornillo a los “Occupy Harvard” y no encuentra inconveniente alguno en que su hija – educada en las mejores escuelas privadas del Estado y con sobresaliente en todas las materias serias- haya decidido ingresar en una escuela de circo muy afamada en Madison (Wisconsin) porque quiere ser mimo, entonces pueden apostar a que compra en Trader Joe’s.
Desde que uno cruza la puerta de Trader Joe’s tiene la sensación de que se va a topar con una vaca despistada o que en cuanto doble un lineal pisará una caca de caballo. Impera la estética agraria, y el espacio asemeja una lonja de pescado, un granero de “La Casa de la Pradera”, o uno de esos colmados que salen en las pelis de vaqueros. Siempre hay gente de mantenimiento con pinta de cuáquero, que viste una camisa de cuadros, botas de trekking sin abrochar y porta un taladro. Y no, todo está perfectamente mantenido en Trader Joe’s; se trata de darle un toque todavía más “autogestión-autosupervivencia-yo me lo taladro y yo me lo como en favor del planeta” al negocio. Se trata, en definitiva, de añadir ruralidad, localidad, cercanía a la tarea de aprovisionarnos, pero eso sí, “pensando globalmente”, como dice la frase manida.
Nada de luminosos, digitalizaciones, rotulación electrónica: las etiquetas con los precios y los nombres de los productos parecen haber sido hechas durante una clase de manualidades en Sesame Street, con “Big Bird” (Caponata) dirigiendo el cotarro. A diferencia del supermercado al uso, que explota el espacio hasta hacer imposible que se puedan cruzar los consumidores sin tener que recular, los pasillos de Trader Joe’s son exageradamente anchos, y ello a pesar de que en Trader Joe’s los carritos son minúsculos (el cliente de Trader Joe’s compra y cocina como si viviera en una vila en la Toscana, o en un caserío guipuzcoano, pendiente de que ese día el rape haya venido especialmente magro o el tallo del berro esté particularmente jugoso esa semana).
El momento de pagar, el escenario y el rito, definen definitivamente a un establecimiento, y así ocurre señaladamente en Trader Joe’s. De nuevo recurriré al ejemplo más cercano: en Dia uno espera ser reconvenido por una cajera a la que resulta difícil entender cuando nos pregunta si queremos o no bolsa o nos pide algunos céntimos para redondear el cambio. En el tránsito hasta llegar a esa cajera, a ese momento de riña que ya anticipamos, nos fijaremos en la cinta donde depositaremos nuestros productos, y, a la vista de lo pringosa que se nos aparece, tendremos esa sensación ya descrita antes en este blog de que más de uno pegó un moco. En El Corte Inglés, una señorita Maroto de simpatía forzada, que probablemente dejó los estudios de Publicidad cuando se casó con su novio de toda la vida y vive ahora frustrada en un piso de Valdebernardo, nos informa de la posibilidad de escoger entre un juego de cacerolas - una promoción que coincide con feria “Ucrania en El Corte Inglés” de la quinta planta- o unos “cortibonos” canjeables en Perfumería y Pequeño Menaje del Hogar (no conviene en este punto animarse a preguntar por qué sólo en esos dos departamentos).
En estos pagos, el espectro de la cultura cajeril también se amplía. En Stop & Shop recibimos las últimas tentaciones de consumo en una suerte de tubo que nos envuelve con miles de reclamos (revistas del corazón chillonas, a las que también me he referido ya en este blog, así como innumerables variantes de chocolatinas, barritas, galletitas, m&m’s y otros agentes productores de caries y kilos basura). Yendo con un niño, resistirse a arrojar a la cesta o al carro uno de esos  reclamos supone una batalla comparable a la de Guadalcanal. Superado el trance, un cajer@ (en esto la paridad es mucho mayor aquí), con alta frecuencia asiático o africano-americano y con pinta de haber dejado los estudios mucho más prematuramente que la cajera Maroto, nos despacha con brevedad, pero con la amabilidad genuina de quien ha aceptado desde niño que no le puede pedir gran cosa a la vida.
En Wallgreens, el equivalente a alguna de nuestras cadenas de 24 horas, pero con un cierto toque almacén de perfumería Gilgo, he llegado a la conclusión de que las cajeras están dopadas con Prozac. No de otro modo cabe explicar que se nos cobre como si acabáramos de comunicarle a la cajera que las últimas voluntades de la Duquesa de Medina Sidonia la hacían heredera universal. Pocas veces he sentido un trato tan untuoso como cuando me toca pagar en Wallgreens. A mi tradicional, y pacata respuesta, “Fine” (“Bien”), a la, tradicional, rutinaria y cantarina pregunta de parte de la cajera, “How are you do-ing to-day?” (“¿Cómo estamos hoy?”), ésta responde a su vez: “I am so glad to hear that, my lord gracious” (“me siento tan feliz de escucharlo, oH señor mío”, o algo así). A mi agradecimiento (“Thanks”) se responde: “Your most very welcome, I hope you have a very pleasant morning” (“No tiene usted en absoluto que dármelas, espero que disfrute usted de una mañana placentera”). Es agotador, y, si me apuran, crispante (la simpatía en su versión más “gore” hace que uno añore radicalmente a la cajera del Día de la calle Alcalde Sáinz de Baranda).  
Pero volvamos a nuestro objetivo descriptivo. ¿Y en Trader Joe’s? Aquí uno se enfrenta rectamente con un “cura laico”, si es que lo podemos decir así, pues el momento de pagar se asemeja mucho a la confesión si no fuera porque falta el componente de privacidad y oscurantismo típicos de ese sacramento. Nada de túneles del último reclamo. Cuando el cajero advierte que nos toca, despliega, de uno de los laterales de la caja – que bien pudiera ser la mesa de trabajo de un ebanista- una tabla donde habremos de depositar nuestra cesta. El cajer@ tiene un doctorado en Antropología médica de la Universidad de Colorado at Boulder y lo primero que nos pregunta es el tipo de bolsa que queremos (“Paper” o “Plastic bag”). Por si se animan a venir por aquí, la respuesta correcta es siempre, insisto, siempre “Paper”. Si se inclina uno por la bolsa de plástico, el cajero decaerá en la sonrisa, y, con una enorme condescendencia, nos recordará cuántos derechos de emisión tendremos que comprar a partir de ahora para redimir nuestra complicidad en el genocidio medioambiental. Si somos buenos, en cambio, y pedimos bolsa de papel, puede que el menor que nos acompaña se vea obsequiado con unas pegatinas de nutrias y osos polares, y, nosotros, con una solución de equinacia que previene el cáncer de próstata. En todo caso, el amable cajer@ seguirá leyendo la edición bilingüe y anotada de la Metamorfósis de Ovidio que habíamos interrumpido odiosamente con nuestra vulgar compra semanal. 

2 comentarios:

  1. Excelente entrega, para variar.

    Pues sí: ¡Todo sea por la próstata! Más a ciertas edades (la mía, claro; tú, de momento, te puedes permitir alguna bolsa de plástico: eres joven).

    Lo cierto es que ya va siendo rutina: cerrar la semana laboral con una visita a este blog para despojarme de la carga acumulada.

    Con poco más, tienes un (estupendo) libro de reportajes medio hecho...

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  2. Gracias Jabo!! A ver cuando te escribo por derecho... Abrazos,

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