“No, Gabi finalmente vendrá más tarde, si es
que viene. Está con su amiga [no registré el nombre], que tiene FOMO”.
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| Jamaica Pond (Brookline, January 2017) |
Acabábamos de llegar al
Barcelona, un exitoso local de tapas – uno de tantos que han proliferado en
este país, aunque éste engrosa la categoría de los muy dignos- ubicado en las
postrimerías de Beacon Street, ya llegando a Cleveland Circle. Elizabeth y
Roberto – a quién ya tuve ocasión de introducir cuando narré mi peripecia en
Cuty’s en la primera temporada de este blog- se disculpaban así por la ausencia
de su hija.
-
“¿FOMO?” – preguntó Ana. “¿Y eso qué es?”
-
“Fear
of Missing Out” – replicó entre risas Elizabeth.
-
“¿Fear of Missing Out? ¿Y eso qué es?”- insistí
yo.
En una traducción rápida se
podría decir que es el “miedo a perdérselo”. Así que la amiga de Gabi padece de
MIAPER (por seguir con el acrónimo: en estos tiempos es muy importante
poner un buen ramillete de ellos en nuestras vidas).
Quienes padecen de FOMO, por lo
que entendimos, no soportan la idea de no haber podido sumarse a un plan que,
en el momento en el que lo conocen, les resulta irresistible, algo a lo que
apuntarse como si no hubiera un mañana. Por ello esperan hasta el ultimísimo momento
para cerrar encuentros. Como Rick en la célebre escena de Casablanca. ¿La recuerdan?
Bien entrada la noche, Rick hace anotaciones en la barra. Yvonne (Madeleine
LeBeau) le pregunta: “Will I see you tonight?”. “I never make plans that far ahead” – replica Rick. Pues
eso.
Por supuesto que el FOMO, como
tantas otras patologías proclamadas como idiosincrásicas de nuestra condición
contemporánea, ha existido siempre, en la medida en que desde siempre hemos sufrido
los costes de la oportunidad, que dicen los economistas. La vida misma es un
constante saltar a una rama y ya no poder llegarse a otra, o tomar un camino y
abandonar para siempre otras veredas que se abrían al paso.
¿Qué hay de nuevo entonces en
lo que le ocurre a la amiga de Gabi? Lo novedoso no es la categoría sino la
escala, la dimensión en la que se puede producir la frustración por lo perdido
(“donde estará mi plan, el que pudo haber sido y no fue”, podríamos decir
parafraseando al Borges) dado el contexto – éste sí, rabiosamente actual- de
interacción a través de las redes sociales: resulta que nunca como antes se
puede acceder, de forma tan masiva e instantánea, a lo que mis “amigos” andan
haciendo y que yo, por comprometerme a cenar con estos españolitos recién
vueltos a Brookline y los padres de mi amiga, estoy “missing out”. La inmediatez
de la información multiplica el efecto angustiante de la oportunidad que se
escapa de una forma que ha explicado y explorado muy bien el genial psicólogo Dan
Ariely: no es lo mismo perder un vuelo por un minuto que por dos horas (¿no
utilizan ustedes la estrategia del avestruz al entrar en una estación de
cercanías para no sufrir el desasosiego de comprobar que por poco no pillaron
el último tren y ahora toca esperar 10 minutos?). No es lo mismo enterarse una
semana después de que hubieras podido ir a ver un estreno porque a un amigo le
sobraba una entrada, que comprobarlo cuando te subes en el taxi hacia otro
punto de la ciudad. La razón, explica Ariely, es que las posibilidades
representativas del universo paralelo son directamente proporcionales a lo
cerca que se haya estado de acceder a él.
El FOMO presupone varias cosas,
todas ellas problemáticas. En primer lugar un acusado inconformismo; una incapacidad
para aceptar las consecuencias de la decisión tomada; una proclividad
exacerbada al lamento (regret); una,
al fin, rutilante falta de madurez que se cifra en no haber entendido aún las
virtudes de la resignación, eso que tan bien se resume en la sentencia: lo
perfecto es enemigo de lo bueno.
Por otro lado, una epidemia de
FOMO, esto es, una actitud generalizada de maximización de las expectativas
ociosas, resulta auto-frustrante pues al final nadie da el paso de
comprometerse a hacer algo. Estamos así ante un típico dilema de acción
colectiva. El FOMO de la amiga de Gabi explota que los demás no padecemos del
dichoso miedo, o dicho de una forma menos caritativa: la amiga de Gabi es una
gorrona de libro.
El FOMO bebe de la fuente de
la inmediatez en la que hemos instalado el devenir de nuestras vidas. La amiga
de Gabi, como tantos otros, habría oteado el Instagram, o Facebook, o la red
social de última hora nada más sentarse en la mesa para averiguar la presunta
oportunidad que dejó escapar. Así vivimos, en directo y en tiempo real. Por
supuesto, en un sentido trivial nuestra vida es siempre “en directo y en tiempo
real” (no deja de ser vivir aquí y ahora la experiencia de evocar el pasado o
elucubrar sobre el futuro) pero nunca como ahora se ha sentido como una
urgencia dar noticia al universo entero de lo que estamos haciendo, sea esto
importante o banal (y esta última cogitación es, por cierto, ya bastante
banal).
El remedio es claro y no pasa
necesariamente por encerrarse en la habitación de Pascal para aburrirse
mortalmente (ahora que lo pienso, tal vez el pobre Pascal padecía de FOMO y de
ahí su llamada al encierro) sino en apagar la conexión en directo de la que
disponemos a juego de muñeca e índice. Y también en asumir algunas actitudes y
disposiciones de carácter para las que, supongo, la edad y experiencia ayudan: la
aceptación, la finitud de nuestras posibilidades y opciones – todo no puede
ser, y menos si ha de ser siempre lo mejor, aquí y ahora- el valor del
compromiso, la consideración de nuestros amigos nunca meramente como un medio.
Se trata en suma de compensar los efectos del FOMO con los del JOMO (Joy of Missing Out).
Gabi apareció enseguida, toda
risueña y esbelta, dispuesta a conversar y zamparse lo que hiciera falta. Su
amiga no. ¡¡No sabe lo que se perdió!!
Uy.

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