“… nunca tenemos razones para
disfrutar, o sentirnos conmovidos por la música…” (Derek Parfit, On What Matters). La música, de acuerdo
con Parfit, nos causará ciertas sensaciones – de gran regocijo o insoportable desagrado-,
pero una persona no deja de ser racional por su indiferencia ante lo que es
considerado musicalmente sublime (pongan ustedes su pieza favorita). Uno, en
cambio, sí tiene razones para admirar una novela, una obra de teatro o un poema
por las ideas que expresan.
Llegamos al 33 de Harvard
Street, junto a una de las tiendas de juguetes más encantadoras de Brookline Village,
urgidos por la necesidad diurética de Matías. Alcanzamos raudos la tercera
planta y casi sin darle oportunidad a Yelena Gridneva - la maestra rusa recomendaba por nuestra amiga Vali- de despedirse de la alumna con la
que acababa de concluir la lección, nos precipitamos en su estudio al grito
(mío) de: “sorry he really needs to use the bathroom”. “Of course” dijo Yelena
denotando su acento eslavo.
Matías salió del baño con cara
relajada y mirada pilla. En susurros, mientras se despojaba del abrigo, me
informaba de que: “Tiene las tetas muy grandes”. En fin, el observatorio del
género (versión kids) se lo perdone; y a mí (la versión para adultos) también,
pues la verdad es que así es.
Yelena se ganó enseguida la
confianza de Matías, haciéndole ver que ella también compartía la tradición del
do, re, mi (además, claro, de dominar la notación alfabética predominante entre los anglosajones). Le sentó al
piano y a mí en una discreta retaguardia. Miró su libro Bastien que nos trajimos desde España para hacerse
una idea del nivel del pupilo – “this is very old-fashioned” dijo con cierto
desdén- y le instó a que tocara algo. Matías no dudó un segundo en arrancarse con
su pieza favorita, y, en cuanto acabó, Yelena le preguntó dónde estaba la
partitura de eso tan bonito que había interpretado. “No la tengo. Es una composición
de mi profesor en España”, dijo.
A partir de ese momento
repasaron acordes y subtónicas, ritmos y pausas, modos de contar. Yelena le
mostraba con un lápiz muy largo, que sujetaba entre el dedo índice y el corazón
como si fuera una varita mágica, la razón de ser de la sintaxis musical y su íntima
vinculación con la matemática. “Do you like Math? Is it your favourite subject?”
- le preguntó. “No” – respondió
Matías, “my favourite subject is PE” (Physical Education). Yelena
celebraba los aciertos de Matías (“good job my friend”) y, de modo muy
expresivo, emitiendo un sonidito como “ñi, ñi, ñi” (Matías lo imita mucho mejor
que yo), le llamaba la atención sobre sus errores o precipitaciones. Los más
graves provocaban un “ña, ña, ña” que a duras penas disimulaba la contrariedad.
Por la intensidad de algunos de esos lamentos pareciera que con esa corchea a
destiempo la imperfección del mundo se hubiera agravado sin remedio.
Entre ellos parecían
entenderse y yo lograba concentrarme en mi lectura. Ocasionalmente la música
desplazaba mi atención y también el ñi, ñi, ñi, o ña, ña, ña de Yelena y sus
alabanzas a Matías siempre medidas y elegantes (“you are very artistic” le decía
a media voz cuando ligaba bien las notas). Pensaba en mi ignorancia musical y
en las razones de Parfit; en los modos extraños en los que el sonido logra
inspirarnos. La música es esencialmente una forma de dividir el tiempo, leí en
alguna ocasión.
“Aquellos años” se titula la
última pieza de Pablo, mi cuñado. La primera vez que la escuché vi una pelota
botando en unas escaleras, y detrás unos pies infantiles, raudos como los de
Matías. La puerta de una gran casa que da al mar estaba abierta y la pelota,
ahora empujada por el viento, vagaba libre por una playa infinita. Detrás el niño, risueño, afanado
por capturarla aunque en el fondo goza al no conseguirlo. Tiene toda la playa
por delante. Y más. Tiene todo el tiempo del mundo, y la música lo sigue fraccionando.
Infinitamente, como la recta que, esta semana, hemos aprendido que puede
dividirse en números inferiores a la unidad y así expresar otra serie infinita
de números (los temidos decimales). Pablo ve a su padre montando en bicicleta
en Palamós y a su madre sonriendo en la piscina. Otros “verán” otras cosas, algunos
no podrán dar cuenta de contenido representativo alguno y su experiencia al
escuchar la obra será inefable (pero apuesto a que no indiferente).
Habrá también unos aquellos
años de Matías – que tarden, que tarden, que la pelota no se pinche. Serán los
años de Yelena, cuando casi no llega al baño y se sorprendió por sus
descomunales pechos y sus ñi, ñi, ñi, ña, ña, ña que acompasaba a sus acordes
torpes le provocaban una risa que apenas si podía disimular.
Ni, no ni, no ni, ni no ni no
na… algo así suena “Aquellos años”. Imposible expresarlo bien con esta notación.
Hay que escucharla. Hay buenas razones para querer hacerlo. Y para disfrutarla,
con permiso de Parfit.
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