sábado, 14 de enero de 2017

YELENA

“… nunca tenemos razones para disfrutar, o sentirnos conmovidos por la música…” (Derek Parfit, On What Matters). La música, de acuerdo con Parfit, nos causará ciertas sensaciones – de gran regocijo o insoportable desagrado-, pero una persona no deja de ser racional por su indiferencia ante lo que es considerado musicalmente sublime (pongan ustedes su pieza favorita). Uno, en cambio, sí tiene razones para admirar una novela, una obra de teatro o un poema por las ideas que expresan.
Llegamos al 33 de Harvard Street, junto a una de las tiendas de juguetes más encantadoras de Brookline Village, urgidos por la necesidad diurética de Matías. Alcanzamos raudos la tercera planta y casi sin darle oportunidad a Yelena Gridneva - la maestra rusa recomendaba por nuestra amiga Vali- de despedirse de la alumna con la que acababa de concluir la lección, nos precipitamos en su estudio al grito (mío) de: “sorry he really needs to use the bathroom”. “Of course” dijo Yelena denotando su acento eslavo.
Matías salió del baño con cara relajada y mirada pilla. En susurros, mientras se despojaba del abrigo, me informaba de que: “Tiene las tetas muy grandes”. En fin, el observatorio del género (versión kids) se lo perdone; y a mí (la versión para adultos) también, pues la verdad es que así es.  
Yelena se ganó enseguida la confianza de Matías, haciéndole ver que ella también compartía la tradición del do, re, mi (además, claro, de dominar la notación alfabética predominante entre los anglosajones). Le sentó al piano y a mí en una discreta retaguardia. Miró su libro Bastien que nos trajimos desde España para hacerse una idea del nivel del pupilo – “this is very old-fashioned” dijo con cierto desdén- y le instó a que tocara algo. Matías no dudó un segundo en arrancarse con su pieza favorita, y, en cuanto acabó, Yelena le preguntó dónde estaba la partitura de eso tan bonito que había interpretado. “No la tengo. Es una composición de mi profesor en España”, dijo.
A partir de ese momento repasaron acordes y subtónicas, ritmos y pausas, modos de contar. Yelena le mostraba con un lápiz muy largo, que sujetaba entre el dedo índice y el corazón como si fuera una varita mágica, la razón de ser de la sintaxis musical y su íntima vinculación con la matemática. “Do you like Math? Is it your favourite subject?” - le preguntó. “No” – respondió Matías, “my favourite subject is PE” (Physical Education). Yelena celebraba los aciertos de Matías (“good job my friend”) y, de modo muy expresivo, emitiendo un sonidito como “ñi, ñi, ñi” (Matías lo imita mucho mejor que yo), le llamaba la atención sobre sus errores o precipitaciones. Los más graves provocaban un “ña, ña, ña” que a duras penas disimulaba la contrariedad. Por la intensidad de algunos de esos lamentos pareciera que con esa corchea a destiempo la imperfección del mundo se hubiera agravado sin remedio.
Entre ellos parecían entenderse y yo lograba concentrarme en mi lectura. Ocasionalmente la música desplazaba mi atención y también el ñi, ñi, ñi, o ña, ña, ña de Yelena y sus alabanzas a Matías siempre medidas y elegantes (“you are very artistic” le decía a media voz cuando ligaba bien las notas). Pensaba en mi ignorancia musical y en las razones de Parfit; en los modos extraños en los que el sonido logra inspirarnos. La música es esencialmente una forma de dividir el tiempo, leí en alguna ocasión.
“Aquellos años” se titula la última pieza de Pablo, mi cuñado. La primera vez que la escuché vi una pelota botando en unas escaleras, y detrás unos pies infantiles, raudos como los de Matías. La puerta de una gran casa que da al mar estaba abierta y la pelota, ahora empujada por el viento, vagaba libre por una  playa infinita. Detrás el niño, risueño, afanado por capturarla aunque en el fondo goza al no conseguirlo. Tiene toda la playa por delante. Y más. Tiene todo el tiempo del mundo, y la música lo sigue fraccionando. Infinitamente, como la recta que, esta semana, hemos aprendido que puede dividirse en números inferiores a la unidad y así expresar otra serie infinita de números (los temidos decimales). Pablo ve a su padre montando en bicicleta en Palamós y a su madre sonriendo en la piscina. Otros “verán” otras cosas, algunos no podrán dar cuenta de contenido representativo alguno y su experiencia al escuchar la obra será inefable (pero apuesto a que no indiferente).
Habrá también unos aquellos años de Matías – que tarden, que tarden, que la pelota no se pinche. Serán los años de Yelena, cuando casi no llega al baño y se sorprendió por sus descomunales pechos y sus ñi, ñi, ñi, ña, ña, ña que acompasaba a sus acordes torpes le provocaban una risa que apenas si podía disimular.

Ni, no ni, no ni, ni no ni no na… algo así suena “Aquellos años”. Imposible expresarlo bien con esta notación. Hay que escucharla. Hay buenas razones para querer hacerlo. Y para disfrutarla, con permiso de Parfit.  

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