La Universidad de Duke decidió, hará un par de años, prohibir el uso del "Modafinil" (en España "Modafinilo") entre sus estudiantes bajo la consideración de que su empleo es un supuesto de "deshonestidad académica". El Modafinil es un fámarco perteneciente a la familia de los
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| Pete's Café (Harvard St. Brookline, Mass) |
"pharmacological cognitive enhancers" (PCE) que se prescriben para tratar algunas patologías cognitivas, neurodegenerativas y psiquiátricas (de todas ellas la narcolepsia tal vez sea la indicación más típica) pero también es usado, y de manera no marginal, por aquellos que necesitan concentración o minimizar los efectos de la falta de sueño en una circunstancia particular. ¿Tiene Duke buenas razones para prohibirlo? ¿Constituye un modo "tramposo" de estudiar y ser evaluado?
Desde hace algún tiempo algunos colegas del Center for Bioethics debatimos este asunto y hemos acabado de pergeñar - a lo largo de esta semana- un último borrador en el que concluimos que definitivamente la política de Duke es equivocada: el Modafinil no genera efectos significativos para la salud (es mucho menos peligroso que la nicotina, por ejemplo) y no parece que desvirtúe el esfuerzo académico (al modo de los plagios), ni que corrompa la práctica misma consistente en aprender y demostrar lo aprendido, si bien una distribución no equitativa entre los estudiantes genera ventajas injustas en beneficio de quienes lo toman, ventajas que por tanto habría que corregir mediante la garantía de la posibilidad de igual acceso. ¿Si los estudiantes no lo pueden tomar, porque sí sus profesores?
Somos 4 los autores de este paper (un neurólogo de Harvard, un filósofo de Cambridge, la directora del Centro y este servidor-bloguero) y les diré, sin dar más pistas, que 3 de nosotros cuatro han tomado la dichosa pastilla cuando han tenido, por ejemplo, que dar una importante charla tras un largo vuelo trasatlántico, o sacar horas extra, y, en palabras de los usuarios, es "verdaderamente portentosa". El seminario que tuvimos el miércoles al respecto fue tan lúcido que llegué a pensar si no estaban los demás (yo no, lo juro, lo juro) en Modafinil ración doble. Entre bromas y veras nos planteábamos si no declarar al inicio del artículo que lo habíamos pensado, discutido y escrito recurriendo al Modafinil, precisamente como muestra de nuestro compromiso con la búsqueda de la verdad y el conocimiento sobre el asunto. Aunque, claro, en estos territorios de la filosofía moral, lo de la "verdad" se antoja quebradizo si no pretencioso. Si es que la verdad es la correspondencia con los hechos, ¿a qué hechos nos podemos referir al hacer juicios de valor? Coherencia, buenas razones, ajuste con otros principios que también suscribimos... y poquito más es a lo que podemos aspirar. Que no es poco, por cierto.
Y hablando de hechos: menuda semanita de "hechos alternativos" a cuenta de cuánta gente asistió a la ceremonia de toma de posesión del Presidente. Ya saben, el jefe de prensa de la Casa Blanca dijo en su primera aparición pública que había sido la mayor concentración de la historia y los hechos parecen desmentirle. Pero hay "hechos alternativos", se defendía la consejera máxima del presidente. Bueno, sí, hay muchos hechos alternativos. Imagínense. Relevantes, pues menos, digo yo. E interpretaciones alternativas a los hechos - que es lo que en el fondo quería decir la consejera- ninguna si de determinar una cantidad se trata. ¿O no?
La respuesta no es tan clara entre los trumposos y la cosa viene de lejos. En su época de "empresario audaz" (allá en la década de los 80) el propio Trump era muy dado a lo que él mismo denominaba "verdad hiperbólica", esto es, a una cierta exageración sobre el producto que vendía. Así, digo que el edificio vale x millones porque tiene 67 pisos pero en realidad tiene 57 (los otros diez son parte del dominio de "los alternative facts", o "flats" habría que decir en este caso). Esto de la verdad hiperbólica era lo que en Moratalaz (barrio en el que me crié) llamábamos "un trolón". Newt Gringrich, un político republicano ilustre, también nos ofrece una buena enseñanza de lo que tenemos entre manos: en plena campaña electoral no paraba de dar la matraca sobre el incremento de la criminalidad en Estados Unidos durante la presidencia de Obama. Una periodista le mostró los datos que desmentían esa afirmación, ante lo cual Gingrich, sin modificar el rictus, replicaba que la gente lo cree (que la criminalidad era mayor) "... el americano medio cree que esa tasa ha subido y eso es lo importante". Esse est percipi, que dijo el obispo Berkeley en otro contexto.
Y así llegó el viernes y se acabó el show de Trump. O siguió, aunque en la forma de tragedia para los miles de turistas, viajeros, residentes, refugiados, gente de toda condición que vio de la noche a la mañana impedido su acceso al país en una muestra insólita de despotismo desilustrado.
Mientras, Matías y yo disfrutábamos viendo casualmente El show de Truman, el primer encuentro que ha tenido Matías con el puzzle filosófico de la verdad. "¡Pero todo es mentira!" gritaba el pobre a cada rato. Casi nos da por llorar cuando finalmente el barco encalla contra los confines de la "¿falsa realidad?" (la caverna de Platón o Segismundo) en la que Truman había vivido y resiste la tentación de permanecer en la "ficción", pese a las advertencias de su "creador", despidiéndose de su público para renacer en el "¿mundo real?".
"La verdad es lo más importante", decía hoy Matías mientras nos dirigíamos a la inauguración de la exposición de Rafael Soriano en el McMullen Museum of Art de Boston College. "Hay que decir siempre la verdad". "¿Siempre?" - le desafiaba yo. Le hacía pensar en que para las relaciones sociales ir "con la verdad por delante", esto es, manifestar siempre lo que honestamente creemos no era muy conveniente. "Hombre papá, pero eso son mentirijillas y no cuentan. Hombre claro...". Parecía que lo había pillado (como diría él).
Llegamos puntuales al McMullen y por allí apareció Nancy Netzer, la directora. "How is everything Mataias?"- dijo nada más vernos.
"Very good... except for Trump", replicó, muy honesto, él.
Seguimos.

Lo que va a aprender Matías, atrapado entre las verdades alternativas de Trump, el permanente show del Hombre-Mentira y los dos Rafaeles Soriano, el pintor famoso y el famoso lanzador de béisbol. Para atiborrarse de Modafinil...
ResponderEliminar¡Muy bueno!