sábado, 25 de febrero de 2017

ALGORITMO

Charles River

















- "¿Y no crees que la inmortalidad es indeseable porque sin la perspectiva de morir, la vida carecería de sentido?"
La pregunta formulada por Michael Sandel, en su característico tono amable pero incisivo, parecía comprometer la muy complaciente descripción de Harari de las millonarias inversiones de algunos capitostes de Silicon Valley en pos de lograr la inmortalidad humana y el empeño de un candidato excéntrico a la presidencia de los Estados Unidos- Zoltan Istvan- en ganar la batalla a la mortalidad.  
- Es que la vida no tiene sentido - respondió el autor de Homo Deus. A Brief History of Tomorrow. 

La conversación, con motivo de la presentación del libro, se celebraba en el Brattle Theater de Cambridge y había concitado mucha expectación. Michael Sandel es un viejo conocido, autor de best-sellers filosóficos traducidos a un sinfín de lenguas, crítico de la primera hora del liberalismo político de Rawls y protagonista de un MOOC - "Justice"- que alcanza tantas visitas en Youtube como los arrumacos de los gatitos a los bebés y los stripteases caseros. Harari, un medievalista israelí formado en Oxford, es una estrella emergente de las ciencias sociales desde que publicara Sapiens.

Más que sentido es "estructura", pensaba yo. ¿Qué articulación damos a una vida humana indefinida o extraordinariamente longeva? Sabemos, más o menos, "lo que toca" cuando andamos por la cincuentena, cuanto tenemos 10 años o al entrar en la última senectud, pero: ¿qué corresponde hacer cuando se tienen 2300 años? Samuel Scheffler (Death and the afterlife) ha dicho, en la sintonía de Sandel, que más que la mortalidad individual nos preocupa - y desasosiega profundamente- la extinción del ser humano como especie. Si supiésemos a ciencia cierta, sugiere Scheffler, que la humanidad desaparecerá en el plazo de 10 años, ¿qué objeto tendría seguir investigando en la lucha contra la malaria, en el diseño de robots, en mejorar la distribución alimentaria en el planeta? ¿Cuál sería el propósito de pintar, escribir, esculpir, componer música "por amor al arte" si todo se acaba en breve plazo?

Al humanista conservador que es Sandel, la resignación (judía en este caso) de Harari ante la nueva agenda biotecnológica que afronta el ser humano le hacía removerse en su silla (para gozo del respetable, por cierto, que celebraba el descaro y la iconoclastia de Harari frente a la desesperación de Sandel). 

"Lograremos descifrar las claves de la felicidad, que es en el fondo asunto de la bioquímica..." - conjeturaba Harari. "Hoy Netflix te recomienda una película, pero lo hace con un volumen de datos y un procesamiento muy tosco. En un futuro próximo verás la película con un sensor biométrico que captará un sinfín de parámetros - tu frecuencia cardíaca, segregación de adrenalina...- y sabrá mucho mejor qué es lo que te gusta, lo que te da miedo, terror... Netflix acabará haciendo una película o una serie dirigida específicamente a ti, a tus circunstancias, es una cuestión de mejorar el algoritmo... Netflix sabrá quién eres mejor que tú".

"¿Y será un algoritmo también lo que nos haga forjar amistades? ¿Tendremos en el futuro una aplicación que nos ayude a hacer amigos? ¿Será esa una amistad característicamente humana?" - inquiría Sandel. 

"Por supuesto..." - Harari no se arredraba. 

"¿Pero no es la casualidad, el hallazgo sorpresivo lo que confiere valor a la amistad, la serendipia?"- insistía Sandel. 

"Es cuestión de programar la aplicación y pedirle que un porcentaje de los amigos que te busque sea producto del azar". Las risas se hicieron muy sonoras.

Rumiaba en el T de vuelta a casa sobre este marasmo de prospectiva; sobre el descubrimiento del sistema planetario Trappist-1, conocido esta semana, un lugar donde tal vez podamos seguir pintando la mona cuando nos hayamos cargado definitivamente la Tierra o el Sol ya no sea nuestro aliado; en fin, en esas especulaciones andaba cuando un anuncio llamó mi atención. Era uno más de tantos reclamos que uno encuentra en los vagones del T pidiendo voluntarios para experimentos y ensayos clínicos de nuevos medicamentos o terapias. No es extraño en una zona como esta que concentra tantísima investigación puntera. Muchos de los estudios se pagan bien. Este, concretamente, ofrece 345$ a los adolescentes de entre 14 y 15 años que quieran contribuir al estudio sobre conexiones neuronales en los jóvenes, datos que servirán para el Human Connectome Project con el que se pretenden cartografiar, como nunca hasta ahora, las conexiones neuronales del cerebro humano. Los voluntarios - y sus padres- se dice en el anuncio, serán encuestados sobre sus pensamientos y sentimientos y sometidos a resonancias magnéticas cerebrales.  El futuro siempre ha estado aquí, pero ahora parece que más que nunca. 
Llego a casa y abro el ordenador. Mi buen amigo Félix Ovejero, cual búho de Minerva al anochecer, comparte un poema, como hace de cuando en cuando (¿serendipia?). Es de Francisco Pino y se titula "Las huellas" (1983). Es un canto a la muerte. Atiendan:

"¿Habrá algo más hermoso que quedarse sin huellas?
Sólo el pájaro sabe de esta gracia
y el horizonte aquel que de la luz se arranca
sin dolor, con un leve marcharse ajeno al tiempo,

al calendario triste que siempre deja huella.
Andar, andar, andar esperando que un día
la tierra no nos sienta; querer la lejanía
donde el hombre se evade de los ojos. 

¿Así será la muerte? Si es así será dulce. 
Diluirse en el aire, ser el después sin rastro
de una nube. Y andando seguir y ver la tierra,
al fin sin nuestras huellas, con nuestros propios ojos"

No sé qué valores habría registrado el sensor de Harari, pero me cuesta mucho concebir cómo se "operacionaliza" la sensación de íntima rendición al leer esos versos. Un asombro que es sólo intuido en la primera lectura, pero que, después de cada verso, cuando se relee con reposo y se calibra hasta el espacio - también habitado- entre cada palabra, se confirma radicalmente en una sensación que es incluso de ahogo físico ante algo que bien puede ser descrito como "revelación". ¿De qué materia fuiste, Pino, qué conectoma pudo lograr tanto sentido, suscitar tanta emoción a quienes ahora rastreamos tus huellas poéticas gracias a los buenos amigos? ¿Pura serendipia? ¿Habrá algoritmo para tanta belleza?

Y ahora que lo pienso: ¿no fue Félix una amistad sugerida por Facebook?      

domingo, 19 de febrero de 2017

COLADERO


Coolidge Street, Brookline
Tarde de sábado, tarde de colada. 217 Kent Street dispone de una zona de lavado en el sótano con dos lavadoras y dos secadoras que funcionan con quarters. Hoy Matías me ayuda a cargar la cesta, el detergente y el puñado de monedas (4 dólares, 8 quarters por lavado y unas cuantas más para la secadora). En estos meses, ya dos, que llevamos aquí solo nos hemos cruzado con nuestros vecinos de enfrente, una discreta pareja con un niño de la edad de Matías y un bebé de meses, que se dirigen a nosotros en un inglés con marcado acento ruso. Los días de colada, cuando tenemos que recorrer los enmoquetados pasillos del complejo, son una ocasión propicia para el encuentro con otros habitantes del edificio. Sin embargo, nunca nos hemos cruzado con nadie. Vemos multitud de zapatos depositados a las puertas de los apartamentos, olemos, sí, los comistrajos que se cocinan y oímos voces, pero nunca nos topamos con otros. Tampoco nunca hemos coincidido en el lavadero con ningún otro vecino. Hoy no ha sido diferente y no deja de ser misterioso. 
Tras la buena hora entre lavado y secado tenemos ya nuestra ropa limpia rebosante en la cesta. La vertemos en mi cama y nos disponemos a repartirla y doblarla. Placentera tarde de sábado. Sigue nevando.
"¡Papá!"- grita Matías. 
"¿Qué pasa hijo?"
"Este calcetín  no es nuestro y es muy raro..."
Observé que Matías lo blandía con cuidado, con la cara lívida y los ojos abiertos como platos. 
En efecto era un calcetín enorme, con un gurruño en la puntera, como se quedan los calcetines que nunca fueron estirados antes de pasar por la lavadora y la secadora. 
"Papá, hay algo dentro..."- dijo medio sollozando. 
"Será el otro calcetín, que se ha quedado arrugado"
Palpé una superficie semi-rígida y abrí el calcetín con tiento, lo suficiente para poder echar un vistazo al interior. 
"Papá, parecen unos dedos..."
Tragué saliva y con toda la calma que pude deposité el calcetín en la mesa de la cocina como si fuera una serpiente momentáneamente anestesiada. 
"Llamaré ahora mismo a la policía", pensé. "¿Cómo han llegado esos dedos ahí? ¿Y la sangre?". Matías seguía abrumado, agarrándome la mano con firmeza. "Son unos dedos de un pie, ¿verdad papá?". "Tú quédate ahí sentado, Matius, no te preocupes". 
"Pero, ¿dónde está el móvil? Mierda, creo que me lo he dejado en el lavadero" - pensé mientras buscaba por todos los rincones de la casa. "Matías, voy abajo un momento que creo que me he dejado el móvil". "No tardes, porfi". Me apresuré escaleras abajo y cuando llegué al sótano reinaba la oscuridad. "El interruptor, mierda, dónde está el interruptor... era por aquí". No se veía un carajo y temía estar metiéndome en una especie de almacén donde guardan los cubos de basura y el material para el mantenimiento del edificio. Un estruendo metálico me confirmó que me había introducido en una ratonera. En esas sentí un tremendo golpe en la cabeza. Y ya no sentí más. 
Pudo pasar una hora, calculo, cuando empecé a despertar de un sueño denso. Me dolía la sien terriblemente y la luz me cegaba. Me levanté con premura. "Matías" - pensé de inmediato. Salí al pasillo y subí las escaleras de dos en dos, llegué como una exhalación y abrí la puerta de nuestro apartamento de par en par. "Matías" grité entre jadeos. Ni rastro, ni de Matías ni tampoco del calcetín que había depositado en la mesa de la cocina. "Matías" - grité con más fuerza. Junto a la puerta había una muleta. La cogí sintiendo una mezcla de infinita congoja y extrañeza. Me volví a llevar la mano al bolsillo del pantalón. "Dónde estará mi puto móvil". 
Justo en ese momento se abrió la puerta, con sigilo. Eran Matías y un hombre de aspecto rudo, con un pañuelo de pirata cubriéndole la cabeza que enseguida me recordó al ciclista italiano Marco Pantani. Era un tipo alto, con la barba encanecida y vestía como un viejo guarda forestal. Sus ojos verdes penetraban como el hielo. "Primero pierdo el calcetín y ahora mi muleta" - dijo a media sonrisa en un español con marcado acento gringo. "Pero, hijo" - dije abrazándome a Matías, aún muy agitado y con la cabeza a punto de estallar. "¿Dónde estabas?" "¿Y esa sangre?" - me preguntó Matías tocándome la sien. "Nada, me he dado un golpe abajo, no es nada". "¿Y usted, quién es usted?". "Es Jack, papá, el del 15. Vino a buscar su calcetín y como tardabas me invitó a su casa". Matías se aproximó a mi oído y me susurró: "No tiene dedos en un pie...". "Tiene usted un hijo muy simpático", dijo Jack. "Siento la confusión.. Esto"- dijo levantándose la pernera- "... me ayuda a caminar más estable... Perdí todas mis falanges subiendo el Alpamayo, en Perú" - añadió. "Bueno, les dejo. Cualquier cosa ya saben donde estoy". Cogió su muleta y cerró suavemente la puerta.
"Ha vivido muchos años en Perú, papá. Por eso habla español... " - dijo Matías mientras se aprestaba a ver la tele tumbado en el sofá. "Es muy majo, pero el pie da mucho asco". "Por cierto, tu móvil estaba en el bolsillo del pantalón que echaste a lavar... me parece que necesitas uno nuevo". 

domingo, 12 de febrero de 2017

GRAVEDAD

Una extraña fuerza universal tiene cautivados a los niños, desde Ankara hasta Brookline, pasando por Madrid, Guayaquil u Osaka: el reto de la botella. Si, como ocurre hoy con frecuencia, padece usted de ansiedad al comprobar cómo su vástago consume sus horas dándole a la tecla del móvil, la lap-top o la consola, tiene usted una solución fácil y casera a mano. Llene parcialmente con líquido (agua por ejemplo) una botella de plástico, cierrela bien y propongale al joven que logre que caiga de pie tras voltearse en el aire. El desafío se puede complicar hasta el infinito en función de cuál sea el lugar de aterrizaje que se fije, el número de vueltas o si cae de tapón. Fue el juego estrella en la fiesta del cole de Matías de hace un par de semanas. 
Caer, resistir, girar, impulsar, acciones posibles por el modo en el que se configuró nuestro universo. Esas condiciones de posibilidad de nuestra existencia - también de nuestros sueños eternos como volar- son efectos o causas que nos siguen maravillando, aún en la monótona repetición de un gesto que, por no ser nunca perfectamente idéntico, permite el resultado sorpresivo, el asombro, el afán de perseverar porque se ha estado muy cerca de lograr el pequeño milagro. El tiempo parece ya no poder durar en los ojos de un niño que una y otra vez comprueba que, a veces sí, las muchas veces no, la botella no cae de pie. 
Afirma Carlo Rovelli en sus maravillosas Siete breves lecciones de Física, que uno no alcanza meta alguna si no "pierde el tiempo". Se refería con ello al año en el que el joven Albert Einstein estuvo vagueando sin propósito ni rumbo, dedicado a pensar, quien sabe si lanzando también una botella. Y sí, tal vez fue entonces, cuando flotaba a la deriva en ese océano de tiempo inútil en el que se hallaba inmerso, cuando tuvo la revelación que le llevaría a poner patas arriba la física newtoniana: ¿y si no hay fuerza y el espacio ES la fuerza? Había parido la noción nuclear de la teoría general de la relatividad, uno de los más grandes descubrimientos de la historia de la humanidad. Faltaban, claro, las ecuaciones que dieran forma precisa a esa "curvatura del espacio" que provoca que la luz se desvíe, la Tierra rote y que los chavales pasen las horas tirando una botella al aire. Esa formalización llegó y con ella las predicciones exitosas, las confirmaciones de las hipótesis, que el ser humano llegue a la Luna, que una sonda aterrice en un cometa o una nave en Marte. 
Al arte de recomponer los huesos lo llamaron "al-Jabr" los árabes. Y desde aproximadamente el siglo IX así denominamos - "álbegra"- a la tarea de describir de manera abstracta una relación entre magnitudes. Hoy he vuelto a recordar - con un punto de amargura por el tiempo perdido y pasado- cuando me las vi por primera vez con una de esas ecuaciones - de primer grado- que había que resolver, recomponiendo la relación quebrada que diríamos en el espíritu de los matemáticos árabes. Era un luminoso verano en Moralzarzal, de piscina sin tregua, tardes de pipas y noches de confidencias. Mi padre me ayudaba con mucha pasión, y un algo de impaciencia, a entender esa extraña actividad consistente en "despejar la incógnita". 
Caen copos de nieve, o mejor dicho, se desplazan por el espacio. Me acuerdo de él, y de mi madre, y, parafraseando al personaje de Joyce en las postrimerías de The Dead, siento que mi ánimo lentamente se desvanece mientras oigo la nieve caer liviana a través del universo ("my soul swoones slowly as I heard the snow falling faintly through the universe") y escucho nitidamente los ecos de aquellas enseñanzas y de tantas otras conversaciones y cuitas, vanos, pero celebrados y añorados intentos de despejar incógnitas aún más profundas. 
La nieve se sigue acumulando, como los recuerdos que se apelmazan con mayor densidad y peso a medida que pasa el tiempo, siguiendo alguna ley universal aún por formalizar con rigor. La Tierra sigue contorsionando y la primavera espera su turno. 



domingo, 5 de febrero de 2017

GREASE

"¡Matías!, representan Grease en el BHS (Brookline High School). ¿Vamos?"
"Vale"
"Pues venga"
Dicho y hecho. Ayer tarde-noche allá que nos fuimos.
Grease... Creo que fue una de las primera pelis "de mayores" que vio Matías. 
¿Se acuerdan? Yo debía tener poco más que él ahora cuando la vi en el cine, allá por el 80. Todavía me acuerdo de lo mucho que se estilaron aquellos pantalones ceñidos, la camiseta de hombreras desvaídas que se marcó la Newton John en el número final y el baile tipo azafata-señalando-las-salidas-de- emergencia de la cuadrilla de Travolta en el garaje. En la tele proliferaban las imitaciones de la pareja y yo esperaba la salida de la revista Super Pop para hacerme con las pegatinas de los personajes.
¿Cómo harían hoy estos chic@s del BHS el musical? Las cosas han cambiado mucho desde aquellos inicios ochenteros (y no digamos ya desde la década de los 50 que el musical representa). La historia es heteropatriarcado a calzón quitado (nunca mejor dicho) y no hay numerito que no contenga un micromachismo. Les refresco la memoria: Danny Zuko (Travolta) ha tenido un amorete de verano con una australiana mojigata (Sandy Olsson, Olivia Newton-John) pero resulta que se reencuentran en el instituto Rydell. Danny es el líder de los T-Birds (bien podrían ser los T-Vultures, o "los Buitres de Moratalaz" si la cosa discurriera en el Juana de Castilla), una pandilla de pésimos estudiantes, pletóricos de testosterona y brillantina, afanados en follar y conducir (y a ser posible las dos cosas a la vez) en coches cuanto más estridentes y ruidosos mejor. Ellas, por su parte, son las Pink Ladies, preocupadas fundamentalmente de pelos, tetas y uñas, recelosas de, pero a la vez poseídas por, los despliegues zafiamente masculinos pero irresistiblemente encantadores de los T-Birds. Sandy no reconoce a este Danny Zuko, que fue un caballero en la playa pero ahora es "un tío de la calle", como diría Leo, uno de los mejores amigos de Matías. Sandy es acogida por las Pink Ladies, que la consuelan pero también instigan, sobre todo las más descarriadas, a iniciar el viaje hacia la madurez afectiva (lo puedo decir tipo T-Birds pero sé que me leen también niños). Y sí, tras varios avatares sobre los que no viene al caso pormenorizar ahora, Sandy se acaba "empoderando", como diríamos con la jerga que nos toca hoy, pero, eso sí, a base de convertirse en un putón verbenero por un día (el día de la fiesta de fin de curso cuando se produce la epifanía entre el tiro al blanco, el punching ball y los coches de choque mientras suena "You are the one that I want, u, u, u, honey").
Bueno, esta es mi lectura apresurada que seguramente no hace justicia a los muchos otros mecanismos de propagación del patriarcado presentes en el film. Me sorprendería, así, por un poner, que no haya alguna antropóloga cultural o filósofa queer que lea en la escena del "tuneamiento" del coche en el garaje toda una metáfora de la preparación para la violación colectiva masculina (rememoren ese motor entre las piernas de Travolta, descendiendo del cielo, esos movimientos pélvicos, el coche en sí como un falo flagrante... un cristalino llamamiento a la subyugación de "las idénticas"). Nota: si a algun@ no se le había ocurrido le cedo el "descubrimiento" sin royalties; eso sí, quiero crédito en el Post-Structural Journal of Gender Studies de turno donde aparezca. 
Entonces vuelvo a mi pregunta inicial, que me corroía desde el viernes noche: ¿cómo representarían Grease los chic@s del BHS, el instituto más orgullosa y conscientemente diverse, progressive, alternative, sustainable y sensible en millas a la redonda? ¿Qué sería de la escena en la que Zuko le intenta meter mano a Sandy mientras están en el drive-in? Recuerden que lo hace así, a las bravas, sin hablarlo previa y concienzudamente, como ahora se propende a que se haga en muchos campuses de este país ("¿has valorado la posibilidad de que te acaricie un seno? ¿cómo debemos afrontarlo y pensarlo después?"), ni formulario "sí es sí" ("si quieres que iniciemos una conversación sobre ello y luego ponerlo en práctica, firma aquí y aquí, Sandy, donde la cruz"); no, Danny-buitre recurre al viejo expediente de "te paso el bracete por detrás de la butaca y a ver si cuela". 
Mi curiosidad malsana no dejaba de tener fundamento: hace dos semanas asistíamos en este mismo auditorio a un concierto de grupos corales de estudiantes. Y, bueno, por lo que resultaba evidente habían separado a los grupos en masculinos y femeninos. O eso creía hasta que la portavoz de uno de esos grupos (que por lo que parecía desde la distancia de mi butaca estaba compuesto por chicas) anunció su grupo como "gender-fluid".
Así que, con esos antecedentes, no habría de sorprender que en el programa que nos distribuyeran a la entrada de la representación se incluyera un trigger warning (recuerden que en Grease hay un embarazo adolescente); para los no versados, es una de esas advertencias que se incluyen ahora obligatoriamente en muchos cursos en los que la temática aborda asuntos que pueden recrear traumas en el estudiante (si van a leer, pongamos, Tiempo de Silencio en un curso de Literatura española contemporánea, o una sentencia de violación en Derecho Penal o incluso Huckleberry Finn). ¿Habría un safe space junto al puesto de palomitas donde poner en común nuestro malestar y consolarnos, como hacen ahora en algunas facultades cuando vienen conferenciantes "incómodos, provocadores o que simplemente van a cuestionar la hegemonía neoliberal"?
Y en cuanto al musical, rumiaba yo que a lo mejor se iba a convertir, en las manos del adaptador del BHS, en algo así: Danny Velasquez es un cubano-americano de primera generación que ha pasado el verano en Myrtle Beach (South Carolina) sufriendo micro-agresiones constantes: su cobrizo tono de piel ha provocado que, cotidianamente, los lugareños - todos ellos orgullosamente WASP- le preguntaran por sus orígenes, y esto, aunque no inicialmente, pero sí por acumulación, como las picaduras de los mosquitos, ha acabado por minar su autoestima y su sentido de pertenencia. Danny ha nacido con los caracteres sexuales secundarios que, socialmente interpretados y configurados, asignan a los individuos el género masculino (y con ello todo un conjunto de privilegios y herramientas para la explotación). Danny está en el trance de reasignarse su identidad de género cuando conoce a Sandy Mendelson, una judía atea, pescatarian, que se confiesa pansexual y gender-non-conforming. Sandy le ayuda en su "transición" y poco antes de despedirse celebran un entrañable ritual en la playa, aprovechando una noche de luna llena, en el que Danny abandona definitivamente el pronombre "he" y pasa a ser referido como "zie" y ya nunca más como "Latino" sino como "Afro-Caribbean-American". Cuando la llama de un amor post-capitalista parece prender, tienen que separarse. 
Danny y Sandy se reencuentran sorpresivamente en el instituto Rydell. Danny se ha enrolado en el grupo de estudiantes que luchan por acabar con las explotaciones de fracking en las montañas de Kentucky, mientras que Sandy está comprometida con el SAWCA (Students for the Abolition of the Western Canon in Academia). Sandy y su grupo han logrado que en la asignatura de Calculus se amplíe el curriculum para incluir la aritmética ancestral de ciertas tribus polinesias. Últimamente pugna por sustituir el estudio de los retratos de Sargent en Historia del Arte Norteamericano. Su propuesta alternativa - analizar las expresiones artísticas que dejan los presidiarios en las letrinas de las cárceles de Centroamérica- no suscita consenso entre sus correligionari@s. Algun@s la tildan de colonial. Otr@s de postcolonial. Con esa frustración, a la que se suma el constante dudar de Danny sobre su posible proyecto parental y familiar poliamoroso, vive desencantada. Enterada de que Danny va a acudir a una concentración ante la sede de una importante empresa de ingeniería genética para protestar contra la distribución de arroz dorado en Sri Lanka, se disfraza de mazorca con la ayuda de varias miembr@s de su grupo, y reconquista el corazón de Danny. 
Con ese come-come especulativo anduve toda la mañana de ayer mientras hacía las labores propias de mi cis-género. Y así nos llegamos en el T (sin Birds) hasta el BHS. Y no di ni una. Ni trigger warning ni zarandajas. Y lo pasamos bomba el Matías y yo. Y salimos del recinto bailando cuales azafatas señalando las salidas de emergencia. Hasta me ha pedido gomina esta mañana, el tío... 
Esta noche repasamos El Segundo Sexo
Uh, uh, uh, honey... The one that I love... uh, uh, uh