Una extraña fuerza universal tiene cautivados a los niños, desde Ankara hasta Brookline, pasando por Madrid, Guayaquil u Osaka: el reto de la botella. Si, como ocurre hoy con frecuencia, padece usted de ansiedad al comprobar cómo su vástago consume sus horas dándole a la tecla del móvil, la lap-top o la consola, tiene usted una solución fácil y casera a mano. Llene parcialmente con líquido (agua por ejemplo) una botella de plástico, cierrela bien y propongale al joven que logre que caiga de pie tras voltearse en el aire. El desafío se puede complicar hasta el infinito en función de cuál sea el lugar de aterrizaje que se fije, el número de vueltas o si cae de tapón. Fue el juego estrella en la fiesta del cole de Matías de hace un par de semanas.
Caer, resistir, girar, impulsar, acciones posibles por el modo en el que se configuró nuestro universo. Esas condiciones de posibilidad de nuestra existencia - también de nuestros sueños eternos como volar- son efectos o causas que nos siguen maravillando, aún en la monótona repetición de un gesto que, por no ser nunca perfectamente idéntico, permite el resultado sorpresivo, el asombro, el afán de perseverar porque se ha estado muy cerca de lograr el pequeño milagro. El tiempo parece ya no poder durar en los ojos de un niño que una y otra vez comprueba que, a veces sí, las muchas veces no, la botella no cae de pie.
Afirma Carlo Rovelli en sus maravillosas Siete breves lecciones de Física, que uno no alcanza meta alguna si no "pierde el tiempo". Se refería con ello al año en el que el joven Albert Einstein estuvo vagueando sin propósito ni rumbo, dedicado a pensar, quien sabe si lanzando también una botella. Y sí, tal vez fue entonces, cuando flotaba a la deriva en ese océano de tiempo inútil en el que se hallaba inmerso, cuando tuvo la revelación que le llevaría a poner patas arriba la física newtoniana: ¿y si no hay fuerza y el espacio ES la fuerza? Había parido la noción nuclear de la teoría general de la relatividad, uno de los más grandes descubrimientos de la historia de la humanidad. Faltaban, claro, las ecuaciones que dieran forma precisa a esa "curvatura del espacio" que provoca que la luz se desvíe, la Tierra rote y que los chavales pasen las horas tirando una botella al aire. Esa formalización llegó y con ella las predicciones exitosas, las confirmaciones de las hipótesis, que el ser humano llegue a la Luna, que una sonda aterrice en un cometa o una nave en Marte.
Al arte de recomponer los huesos lo llamaron "al-Jabr" los árabes. Y desde aproximadamente el siglo IX así denominamos - "álbegra"- a la tarea de describir de manera abstracta una relación entre magnitudes. Hoy he vuelto a recordar - con un punto de amargura por el tiempo perdido y pasado- cuando me las vi por primera vez con una de esas ecuaciones - de primer grado- que había que resolver, recomponiendo la relación quebrada que diríamos en el espíritu de los matemáticos árabes. Era un luminoso verano en Moralzarzal, de piscina sin tregua, tardes de pipas y noches de confidencias. Mi padre me ayudaba con mucha pasión, y un algo de impaciencia, a entender esa extraña actividad consistente en "despejar la incógnita".
Caen copos de nieve, o mejor dicho, se desplazan por el espacio. Me acuerdo de él, y de mi madre, y, parafraseando al personaje de Joyce en las postrimerías de The Dead, siento que mi ánimo lentamente se desvanece mientras oigo la nieve caer liviana a través del universo ("my soul swoones slowly as I heard the snow falling faintly through the universe") y escucho nitidamente los ecos de aquellas enseñanzas y de tantas otras conversaciones y cuitas, vanos, pero celebrados y añorados intentos de despejar incógnitas aún más profundas.
La nieve se sigue acumulando, como los recuerdos que se apelmazan con mayor densidad y peso a medida que pasa el tiempo, siguiendo alguna ley universal aún por formalizar con rigor. La Tierra sigue contorsionando y la primavera espera su turno.
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