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| Charles River |
- "¿Y no crees que la inmortalidad es indeseable porque sin la perspectiva de morir, la vida carecería de sentido?"
La pregunta formulada por Michael Sandel, en su característico tono amable pero incisivo, parecía comprometer la muy complaciente descripción de Harari de las millonarias inversiones de algunos capitostes de Silicon Valley en pos de lograr la inmortalidad humana y el empeño de un candidato excéntrico a la presidencia de los Estados Unidos- Zoltan Istvan- en ganar la batalla a la mortalidad.
- Es que la vida no tiene sentido - respondió el autor de Homo Deus. A Brief History of Tomorrow.
La conversación, con motivo de la presentación del libro, se celebraba en el Brattle Theater de Cambridge y había concitado mucha expectación. Michael Sandel es un viejo conocido, autor de best-sellers filosóficos traducidos a un sinfín de lenguas, crítico de la primera hora del liberalismo político de Rawls y protagonista de un MOOC - "Justice"- que alcanza tantas visitas en Youtube como los arrumacos de los gatitos a los bebés y los stripteases caseros. Harari, un medievalista israelí formado en Oxford, es una estrella emergente de las ciencias sociales desde que publicara Sapiens.
Más que sentido es "estructura", pensaba yo. ¿Qué articulación damos a una vida humana indefinida o extraordinariamente longeva? Sabemos, más o menos, "lo que toca" cuando andamos por la cincuentena, cuanto tenemos 10 años o al entrar en la última senectud, pero: ¿qué corresponde hacer cuando se tienen 2300 años? Samuel Scheffler (Death and the afterlife) ha dicho, en la sintonía de Sandel, que más que la mortalidad individual nos preocupa - y desasosiega profundamente- la extinción del ser humano como especie. Si supiésemos a ciencia cierta, sugiere Scheffler, que la humanidad desaparecerá en el plazo de 10 años, ¿qué objeto tendría seguir investigando en la lucha contra la malaria, en el diseño de robots, en mejorar la distribución alimentaria en el planeta? ¿Cuál sería el propósito de pintar, escribir, esculpir, componer música "por amor al arte" si todo se acaba en breve plazo?
Al humanista conservador que es Sandel, la resignación (judía en este caso) de Harari ante la nueva agenda biotecnológica que afronta el ser humano le hacía removerse en su silla (para gozo del respetable, por cierto, que celebraba el descaro y la iconoclastia de Harari frente a la desesperación de Sandel).
"Lograremos descifrar las claves de la felicidad, que es en el fondo asunto de la bioquímica..." - conjeturaba Harari. "Hoy Netflix te recomienda una película, pero lo hace con un volumen de datos y un procesamiento muy tosco. En un futuro próximo verás la película con un sensor biométrico que captará un sinfín de parámetros - tu frecuencia cardíaca, segregación de adrenalina...- y sabrá mucho mejor qué es lo que te gusta, lo que te da miedo, terror... Netflix acabará haciendo una película o una serie dirigida específicamente a ti, a tus circunstancias, es una cuestión de mejorar el algoritmo... Netflix sabrá quién eres mejor que tú".
"¿Y será un algoritmo también lo que nos haga forjar amistades? ¿Tendremos en el futuro una aplicación que nos ayude a hacer amigos? ¿Será esa una amistad característicamente humana?" - inquiría Sandel.
"Por supuesto..." - Harari no se arredraba.
"¿Pero no es la casualidad, el hallazgo sorpresivo lo que confiere valor a la amistad, la serendipia?"- insistía Sandel.
"Es cuestión de programar la aplicación y pedirle que un porcentaje de los amigos que te busque sea producto del azar". Las risas se hicieron muy sonoras.
Rumiaba en el T de vuelta a casa sobre este marasmo de prospectiva; sobre el descubrimiento del sistema planetario Trappist-1, conocido esta semana, un lugar donde tal vez podamos seguir pintando la mona cuando nos hayamos cargado definitivamente la Tierra o el Sol ya no sea nuestro aliado; en fin, en esas especulaciones andaba cuando un anuncio llamó mi atención. Era uno más de tantos reclamos que uno encuentra en los vagones del T pidiendo voluntarios para experimentos y ensayos clínicos de nuevos medicamentos o terapias. No es extraño en una zona como esta que concentra tantísima investigación puntera. Muchos de los estudios se pagan bien. Este, concretamente, ofrece 345$ a los adolescentes de entre 14 y 15 años que quieran contribuir al estudio sobre conexiones neuronales en los jóvenes, datos que servirán para el Human Connectome Project con el que se pretenden cartografiar, como nunca hasta ahora, las conexiones neuronales del cerebro humano. Los voluntarios - y sus padres- se dice en el anuncio, serán encuestados sobre sus pensamientos y sentimientos y sometidos a resonancias magnéticas cerebrales. El futuro siempre ha estado aquí, pero ahora parece que más que nunca.
Llego a casa y abro el ordenador. Mi buen amigo Félix Ovejero, cual búho de Minerva al anochecer, comparte un poema, como hace de cuando en cuando (¿serendipia?). Es de Francisco Pino y se titula "Las huellas" (1983). Es un canto a la muerte. Atiendan:
"¿Habrá algo más hermoso que quedarse sin huellas?
Sólo el pájaro sabe de esta gracia
y el horizonte aquel que de la luz se arranca
sin dolor, con un leve marcharse ajeno al tiempo,
al calendario triste que siempre deja huella.
Andar, andar, andar esperando que un día
la tierra no nos sienta; querer la lejanía
donde el hombre se evade de los ojos.
¿Así será la muerte? Si es así será dulce.
Diluirse en el aire, ser el después sin rastro
de una nube. Y andando seguir y ver la tierra,
al fin sin nuestras huellas, con nuestros propios ojos"
No sé qué valores habría registrado el sensor de Harari, pero me cuesta mucho concebir cómo se "operacionaliza" la sensación de íntima rendición al leer esos versos. Un asombro que es sólo intuido en la primera lectura, pero que, después de cada verso, cuando se relee con reposo y se calibra hasta el espacio - también habitado- entre cada palabra, se confirma radicalmente en una sensación que es incluso de ahogo físico ante algo que bien puede ser descrito como "revelación". ¿De qué materia fuiste, Pino, qué conectoma pudo lograr tanto sentido, suscitar tanta emoción a quienes ahora rastreamos tus huellas poéticas gracias a los buenos amigos? ¿Pura serendipia? ¿Habrá algoritmo para tanta belleza?
Y ahora que lo pienso: ¿no fue Félix una amistad sugerida por Facebook?

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