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| Coolidge Street, Brookline |
Tarde de sábado, tarde de colada. 217 Kent Street dispone de una zona de lavado en el sótano con dos lavadoras y dos secadoras que funcionan con quarters. Hoy Matías me ayuda a cargar la cesta, el detergente y el puñado de monedas (4 dólares, 8 quarters por lavado y unas cuantas más para la secadora). En estos meses, ya dos, que llevamos aquí solo nos hemos cruzado con nuestros vecinos de enfrente, una discreta pareja con un niño de la edad de Matías y un bebé de meses, que se dirigen a nosotros en un inglés con marcado acento ruso. Los días de colada, cuando tenemos que recorrer los enmoquetados pasillos del complejo, son una ocasión propicia para el encuentro con otros habitantes del edificio. Sin embargo, nunca nos hemos cruzado con nadie. Vemos multitud de zapatos depositados a las puertas de los apartamentos, olemos, sí, los comistrajos que se cocinan y oímos voces, pero nunca nos topamos con otros. Tampoco nunca hemos coincidido en el lavadero con ningún otro vecino. Hoy no ha sido diferente y no deja de ser misterioso.
Tras la buena hora entre lavado y secado tenemos ya nuestra ropa limpia rebosante en la cesta. La vertemos en mi cama y nos disponemos a repartirla y doblarla. Placentera tarde de sábado. Sigue nevando.
"¡Papá!"- grita Matías.
"¿Qué pasa hijo?"
"Este calcetín no es nuestro y es muy raro..."
Observé que Matías lo blandía con cuidado, con la cara lívida y los ojos abiertos como platos.
En efecto era un calcetín enorme, con un gurruño en la puntera, como se quedan los calcetines que nunca fueron estirados antes de pasar por la lavadora y la secadora.
"Papá, hay algo dentro..."- dijo medio sollozando.
"Será el otro calcetín, que se ha quedado arrugado"
Palpé una superficie semi-rígida y abrí el calcetín con tiento, lo suficiente para poder echar un vistazo al interior.
"Papá, parecen unos dedos..."
Tragué saliva y con toda la calma que pude deposité el calcetín en la mesa de la cocina como si fuera una serpiente momentáneamente anestesiada.
"Llamaré ahora mismo a la policía", pensé. "¿Cómo han llegado esos dedos ahí? ¿Y la sangre?". Matías seguía abrumado, agarrándome la mano con firmeza. "Son unos dedos de un pie, ¿verdad papá?". "Tú quédate ahí sentado, Matius, no te preocupes".
"Pero, ¿dónde está el móvil? Mierda, creo que me lo he dejado en el lavadero" - pensé mientras buscaba por todos los rincones de la casa. "Matías, voy abajo un momento que creo que me he dejado el móvil". "No tardes, porfi". Me apresuré escaleras abajo y cuando llegué al sótano reinaba la oscuridad. "El interruptor, mierda, dónde está el interruptor... era por aquí". No se veía un carajo y temía estar metiéndome en una especie de almacén donde guardan los cubos de basura y el material para el mantenimiento del edificio. Un estruendo metálico me confirmó que me había introducido en una ratonera. En esas sentí un tremendo golpe en la cabeza. Y ya no sentí más.
Pudo pasar una hora, calculo, cuando empecé a despertar de un sueño denso. Me dolía la sien terriblemente y la luz me cegaba. Me levanté con premura. "Matías" - pensé de inmediato. Salí al pasillo y subí las escaleras de dos en dos, llegué como una exhalación y abrí la puerta de nuestro apartamento de par en par. "Matías" grité entre jadeos. Ni rastro, ni de Matías ni tampoco del calcetín que había depositado en la mesa de la cocina. "Matías" - grité con más fuerza. Junto a la puerta había una muleta. La cogí sintiendo una mezcla de infinita congoja y extrañeza. Me volví a llevar la mano al bolsillo del pantalón. "Dónde estará mi puto móvil".
Justo en ese momento se abrió la puerta, con sigilo. Eran Matías y un hombre de aspecto rudo, con un pañuelo de pirata cubriéndole la cabeza que enseguida me recordó al ciclista italiano Marco Pantani. Era un tipo alto, con la barba encanecida y vestía como un viejo guarda forestal. Sus ojos verdes penetraban como el hielo. "Primero pierdo el calcetín y ahora mi muleta" - dijo a media sonrisa en un español con marcado acento gringo. "Pero, hijo" - dije abrazándome a Matías, aún muy agitado y con la cabeza a punto de estallar. "¿Dónde estabas?" "¿Y esa sangre?" - me preguntó Matías tocándome la sien. "Nada, me he dado un golpe abajo, no es nada". "¿Y usted, quién es usted?". "Es Jack, papá, el del 15. Vino a buscar su calcetín y como tardabas me invitó a su casa". Matías se aproximó a mi oído y me susurró: "No tiene dedos en un pie...". "Tiene usted un hijo muy simpático", dijo Jack. "Siento la confusión.. Esto"- dijo levantándose la pernera- "... me ayuda a caminar más estable... Perdí todas mis falanges subiendo el Alpamayo, en Perú" - añadió. "Bueno, les dejo. Cualquier cosa ya saben donde estoy". Cogió su muleta y cerró suavemente la puerta.
"Ha vivido muchos años en Perú, papá. Por eso habla español... " - dijo Matías mientras se aprestaba a ver la tele tumbado en el sofá. "Es muy majo, pero el pie da mucho asco". "Por cierto, tu móvil estaba en el bolsillo del pantalón que echaste a lavar... me parece que necesitas uno nuevo".

jajaja¡¡¡¡¡, genial, muy Almodovariano.
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