domingo, 30 de abril de 2017

NERO

Rafael Soriano, Homenaje a Nicolás de Cusa (1994)
"Mira, te voy a contar una historia" - dijo E. 

Nero es un café con pretensiones de brindar calor hogareño, el tipo de coziness que estaría ausente en el más funcional y seriado Starbucks. Hay dos en Brookline y E. y yo frecuentemente nos obsequiamos, en el que se emplaza en Longwood Avenue, con un rato de charla y capuccino después de haber dejado a los hijos en el cole, camino de nuestros respectivos destinos; el de ella, la unidad de radiología en el Beth Israel Deaconess Medical Center.  
E. vino a principios de curso con su familia desde Badajoz y sus hijos acuden al Lawrence con Matías. Han sido para nosotros como una familia de acogida, un refugio constante, un apoyo impagable. E. quintaesencia la Medicina virtuosa, esa que Abraham Verghese describe como "la del poder de la mano", la del médico que no renuncia a tocar a pesar de que hoy disponga de un arsenal de sofisticadas pruebas por imagen. Y de eso, de imágenes, PETs, MRIs, ultrasonidos y ecografías E. sabe un rato. E. pertenece a esa estirpe de médicos vocacionales capaz de tildar de "preciosa" la fisiopatología del cáncer de estomago.  
  
Nicolás de Cusa, el teólogo, jurista y astrónomo alemán, uno de los iconos del humanismo renacentista del siglo XV, reverenciaba la generosidad de Dios por haber decidido encarnarse en nosotros, humildes Homo Sapiens, situados en la jerarquía cusiana justo a continuación de los ángeles. Si De Cusa hubiera conocido a E. otra jerarquía cantaría. E., que es un ángel encarnado, cree que la muerte no es el final de nada.  "¿Y has pillado alguna vez el alma con algún contraste de esos que inyectas?" E. se ríe y contesta rápida: "No, el alma no sabe de iones". 

Volví a visitar la exposición de Soriano - el pintor cubano- en el McMullen Museum de Boston College con motivo del symposium homenaje a nuestro buen amigo el teólogo Roberto Goizueta - otro cubano que ha triunfado en el exilio, aunque la herida de la Habana perdida de su infancia no ha dejado de sangrarle. Me recreé en esa sala en la que cuelgan, según Matías, "radiografías de fantasmas", lo cual me sigue pareciendo una tierna imposibilidad metafísica. O tal vez tenga yo mal entendida la ontología de los espíritus. 

E. me escucha ausente.  

"¿Qué historia es esa?" pregunté intrigado.
"He empezado a leer la novela Patria y me he acordado de un paciente que tuve, al poco de llegar yo al servicio. Me avisó el gerente del hospital por la mañana. No era la primera vez que atendía a un interno de la cárcel de Badajoz, pero este, me dijo, era "especial". Llegó en un furgón de la guardia civil, con un despliegue inusual. Iba esposado y me costó que los guardias le quitaran los grilletes. Tampoco me querían dejar a solas con él, pero yo me puse firme. En ese momento no sabía quién era, luego sí. Y no te lo pierdas, de Badajoz, un emigrante extremeño, aunque se euskaldunizó el nombre de pila. Cumplía condena por cuatro asesinatos. No de su mano. Era un delator que informaba de los policías que frecuentaban el bar donde trabajaba. Tenía un niño de año y medio cuando lo detuvieron. Llevaba más de diez años en la cárcel. Venía muertito de miedo, arrastrándose por los pasillos, con la cara de los milanos que hay en mi pueblo. "Me duelen mis partes", me dijo a media voz. Y ahí me tienes, examinándole  sus partes y pensando en si no había hecho yo mal sacando a los guardias. Yo muy seria, pero removida por dentro. Muchas veces venían con síntomas inventados, para salir un rato de la prisión, a veces las lesiones sí eran serias. De vez en cuando el guardia civil abría la puerta, me preguntaba: "todo bien doctora". No palpaba nada, pero no dejaba de pensar... de pensar mal... darle un sustito aunque fuera... un leve sonido, cambiar mi semblante como si hubiera detectado algo... "Yo no noto nada extraño, pero para mayor seguridad habría que hacerle una ecografía". "¿Tendré cáncer"?, me preguntó. Entonces le miré a los ojos, por primera vez. Algún brillo había, un angustia cierta. Y me dio hasta pena, te lo confieso, no de él ni por él, ni concretamente por sus víctimas, o los familiares de éstas, sino, no sé, como una pena universal. Se lo llevaron y nunca más supe de él".

La mirada de E. volvió a ausentarse. Aún sin haber retornado, me dijo con parsimonia: "Qué, ¿vamos al tajo?" 

"Va-mos", dije al ralentí. 

domingo, 23 de abril de 2017

HUG

Boston Marathon (Newton, Mass.) 17 de abril de 2017
"Llevamos diez años apostadas en la transición entre la Heartbreak Hill y la entrada en el campus de BC. Sí, hemos visto de todo. Y sentido: el sudor, las lagrimas, los escalofríos. Y olido también, ja, ja. Y hemos oído de todo. Sí, oyó bien: oído. Nancy y yo somos como las confesoras de la milla 22. Yo creo que hemos confesado a más gente que todos los jesuitas de BC juntos. Ja, Ja. Pensé que no me volvería a molestar el gemelo, qué rabia; me acuerdo todavía de su sonrisa, lo hago por él; si no fuera por esta maldita prótesis en los dedos de los pies; qué locura, qué locura; la gente es increíble; me espera mi hija en la meta; de repente tengo frío; hambre, tengo hambre, más que sed; sed, hambre no; cuando pille a Tom, joder; me llamo Juan Ma; te quiero, perdona que te lo diga; hace 2 años pesaba 200 libras; soy de Seattle, ¿lo conoce?; mi móvil es fácil; no me puedo agachar el cordón... digo ahorcar el corcho, el chocho...; la hostia en bote; la hostia en verso; perdona que me exprese así; sois bellas por dentro y por fuera; con Trump nos hundimos todos; ¿no te acuerdas de mí?"

La absolución también es gratis y está garantizada. Cosas de la maratón.   

domingo, 16 de abril de 2017

CONTEXTO

Henryk Ross
Hay un algo de misterio en la resignada mirada de este niño; una fibra de sosiego, de sabiduría incluso, de la que sólo da la madurez por lo ya vivido. Y sin embargo, parece tan niño. ¿Dónde va? Carga enseres rústicos, una bolsa apretada donde se debió introducir todo lo que pudo caber. Pregunto a Matías y sin más cree que se trata de "un montón de niños sufriendo". Lo dice por la cara de quien se atisba al fondo, un joven con el gesto contrariado. Matías ha transcendido enseguida ese gesto inquisitivo del primer plano. ¿A dónde voy? parece querer preguntar a la cámara. 
Marguerite (Henri Matisse, 1906-1907)
"Está mal pintada" - advirtió Matías nada más ver el cuadro de Marguerite, uno de los muchos que componen la exposición "Matisse in the Studio" ("Matisse en el estudio") que acaban de inaugurar en el MFA de Boston y que visitamos el sábado aprovechando la visita de Ana. "El ojo está mal, y no parece que tenga 12 años. Parece que tiene 30 o más. Yo la hubiera pintado mejor" - sentenció. La exposición sitúa las las obras de Matisse en el contexto de sus influencias más directas - telas, objetos, máscaras africanas- muchos de los cuales se abigarraban en su estudio.  
Marguerite, la mal pintada, fue el fruto de la relación que tuvo Matisse con una de sus  modelos (Caroline Joblau) aunque luego fue criada por la primera mujer de Matisse, Amélie. Marguerite aparece frecuentemente retratada por su padre con ese discreto pañuelo al cuello, que usaría seguramente para disimular la traqueotomía a la que tuvieron que someterla de urgencia por una difteria que padeció en su infancia y de la que se salvó de milagro. 
Durante la comida con Jack y Christine ponderamos la oportunidad de exhibir la obra y su "contexto de descubrimiento" que gustan decir los filósofos de la ciencia, es decir, el monto de circunstancias que hicieron posible el hallazgo o la creación, y permiten explicarla, y, eventualmente, valorarla. "Pero claro, el primer contexto de valoración es el museo mismo, el rito, la parafernalia de la cartela, la audio-guía... el nombre del artista y su condición de parte del canon" - recordaba Ana. Jack asentía, y evocábamos el experimento del violinista consagrado en el metro de Washington, el urinario de Duchamp... "A ver quién es el guapo - añadía yo- que se planta delante de la Gioconda y tiene los arrestos de poner un pero...". "Bueno, no está mal" - apuntó Matías tras ver una foto del cuadro en el móvil. "Mejor que la Margarita esa sí está". 
El contexto ayuda...    
Henryk Ross (circa 1943)
Ese brazalete ya nos dice mucho (a poco que sepamos algo más de nuestra  historia reciente que el desalmado portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer). Matías no iba desencaminado. 
Henryk Ross fue el fotógrafo oficial del departamento de estadística en el gueto de Lodz (Polonia) desde 1940 a 1944. Aprovechando esa circunstancia, tomó, de manera clandestina, miles de fotografías en las que se documenta la terrible cotidianeidad de los judíos allí confinados y su posterior deportación hacia los campos de Chelmno y Auschwitz. Ross, que también fue deportado, decidió ocultar en la tierra helada sus negativos anticipando la importancia que para las futuras generaciones tendría ese testimonio gráfico sobre la tragedia que se avecinaba. Tras ser liberado pudo recuperar de su escondite, si bien en muy mal estado, esos negativos. Coincidiendo con la exposición de Matisse, el MFA exhibe también esas fotografías restauradas en una muestra titulada "Memory Unearthed" ("La memoria desenterrada"). Sólo hace falta subir una planta y respirar hondo. 
En los años en los que Ross se afanaba por testimoniar la tragedia, Matisse vivió en su contexto, en su estudio de la no-ocupada Niza. Aún pudo exponer gracias a su condición de no judío, cosa que todos los artistas franceses tuvieron que acreditar bajo juramento para que su obra pudiera mostrarse.
Marguerite, la mal pintada, unida a la Resistencia fue detenida y torturada por la Gestapo en la prisión de Rennes. Deportada al campo de concentración de Ravensbrück consiguió increíblemente huir del tren y sobrevivir hasta el final de la guerra. Murió en 1982 con 87 años.
No puedo dejar de pensar en esa mirada, mitad confiada, mitad escéptica, con un hebra de complicidad, de elegante coquetería incluso, que Ross captó. No puedo dejar de pensar en el arrojo de Ross, en la fortuna de que la tierra, la nieve, el hielo - el contexto, de nuevo- fueran un nido propicio para la supervivencia del legado: que esa mirada traspase el tiempo para llegar a nosotros, y que nos siga interpelando, ahora y en el futuro: ¿por qué? 
Y no puedo dejar de pensar cuáles serían finalmente las vicisitudes de ese chaval, aunque, dado el contexto...    


domingo, 9 de abril de 2017

IVG

La primera vez que anduvimos por aquí, allá en el año 2011, trabamos amistad con una familia española de Murcia cuyos tres hijos acudían al mismo colegio que Matías: St. Mary's of the Assumption, un colegio que podemos describir como católico-liberal. Demasiado liberal para María L. (nombre ficticio) la madre de esta familia murciana, una mujer profundamente religiosa y profundamente buena. En aquellos días vivía con mucha angustia el hecho de que su hija pequeña, de 6 años (digamos Elenita), se había hecho íntima amiga de una niña que tenía "dos madres". "Pero no una en la Tierra y otra en el cielo, mamá" - reafirmaba Elenita con encantadora confusión- sino "dos madres de carne y hueso". "Y claro" - nos confesaba un día María L. a la salida del cole- "yo lo que no acabo de entender es que un colegio católico admita estas familias nuevas". La zozobra tornó en espanto el día en que la amiguita de Elena la invitó a su casa por su cumpleaños. "Yo he llamado a mi hermana y ya le he avisado de que se vaya preparando que esto va a llegar a Murcia". 
Buena parte de la semana he estado encerrado asistiendo a las jornadas "The Ethics of Making Babies" organizadas por el Center. El seminario ha contado con una equilibrada presencia de investigadores punteros en reproducción humana asistida - ginecólogos, obstetras, biólogos moleculares- y también de juristas, filósofos, antropólogos, economistas. Hasta una baronesa nos ha dignado con su presencia, la célebre Ruth Deech, que durante años fue la Presidenta de la Autoridad Británica en esta materia, la todopoderosa HFEA (Human Fertilisation and Embriology Authority). Y un público numeroso y activo. 
Desde que la humanidad ha dejado de concebir la procreación como un evento- algo que nos pasa- y la asume como una actividad - algo que hacemos- tener hijos es un asunto moralmente muy relevante y problemático Más todavía con la aparición de las técnicas de reproducción humana asistida o TRHA (básicamente la inseminación artificial y la fecundación in vitro). Pero la cosa viene de lejos: mucho antes del nacimiento de Louise Brown (1978), antes de que la reproducción artificial se hubiera instalado en nuestras vidas, muchos asuntos clínicos vinculados a la fertilidad humana generaban enormes quebraderos de conciencia. ¿Cómo obtener una muestra de semen para probar la infertilidad masculina si la actividad sexual sólo puede estar dirigida a la procreación, como dicen varias Encíclicas papales? El célebre ginecólogo católico Dr. Botella Llusiá - sí, el tío de Ana Botella- dio para ello con un ingenioso "truquillo". Lo denominó "coito condomatoso" y consistía en que la pareja - casada, por supuesto- tendría una relación sexual coital con un preservativo al que previamente se le habrían hecho unos orificios. De esa forma no se impedía absolutamente la posibilidad procreativa, y, al tiempo, se conseguirían algunos "restos" para el análisis. Pringosillo el apaño, vive Dios. También los musulmanes viven dilemas trágicos si quieren seguir las enseñanzas de su profeta, y los judíos otro tanto, aunque Israel es la meca de la reproducción artificial. Dada la presión demográfica interna y externa de los que no ven con buenos ojos su existencia, les va la vida en ello.   
Desde finales de la década de los 70 mucho ha llovido, las técnicas han mejorado y las posibilidades han aumentado en buena medida porque la Biología Molecular y la Genética han evolucionado espectacularmente: la criopreservación de gametos se ha refinado, el análisis genético preimplantacional permite evitar el nacimiento de niños con enfermedades terribles y también la procreación salvadora - la generación de un individuo con cuyo cordón umbilical o médula se podrá curar a un hermano que padece de ciertas patologías muy graves. 
Muchos de los debates nos son muy cercanos: la gestación por sustitución, el anonimato de los donantes, la comercialización de los gametos, y cómo todo ello impacta radicalmente sobre el derecho de familia; otras discusiones son más idiosincrásicas de Estados Unidos, país en el que la regulación sobre esta materia es casi inexistente, amén de enormemente dispersa dada su realidad federal, y donde la reproducción asistida es, fundamentalmente, un fabuloso mercado en el que se mueven ingentes cantidades de dinero y se generan perversos incentivos para inflar todo tipo de demandas. Hay una agresividad comercial inusitada - a base, por ejemplo, de "frozen eggs parties" donde se intenta captar a jóvenes veinteañeras para convencerlas de que congelen sus óvulos y "ganen tiempo" - y una conveniente exageración en la prevalencia y alcance de algunos trastornos (por lo demás muy discutidos en la comunidad científica) para comprar todo tipo de servicios relacionados con la (in)fertilidad. 
Lo más interesante llegó de la mano de los nuevos horizontes que se atisban: el trasplante de útero (una muy costosa y complejísima técnica quirúrgica que lidera un equipo sueco de la Universidad de Gotemburgo); la técnica de edición genómica conocida como CRISPR-CAS9, una herramienta sofisticada con la que se puede muy eficazmente "cortar y reparar" las secuencias defectuosas o mutaciones del ADN de un individuo y librarle así de una alteración genética grave (el precio es que con eso se modifica la línea germinal, es decir, esa reparación será heredada); la fecundación in vitro con transferencia de ADN mitocondrial, el modo con el que logramos tener hijos sin que la madre transmita una enfermedad mitocondrial (pero que implica la existencia de una doble maternidad genética, y, si hubiera además una madre de gestación, que 3 mujeres, ¿madres?, hayan intervenido en la reproducción); y, al fin, la gametogénesis in vitro (IVG), esto es, la posibilidad de re-programar células adultas - de la piel, por ejemplo- para, una vez en la fase de totipotencialidad transformarlas en células sexuales, es decir, gametos masculinos (esperma) o femeninos (óvulos).
El IVG ocupó buena parte de la ponencia de Hank Greely, un destacado profesor de la Universidad de Stanford que acaba de publicar un libro analizando estas derivas con el provocador, e inquietante, título de "The end of sex". No, no se trata, nos tranquilizó enseguida, de que vayamos a dejar de disfrutar de los placeres de la carne, sino de que en una, dos generaciones a lo sumo, el sexo va a dejar de ser el instrumento por excelencia para la procreación. Nos reproduciremos, nos aleccionaba Greely, mediante IVG y ello conllevará que los niños nazcan siendo genéticamente hijos de parejas que yo no tendrán que recurrir a los óvulos o el esperma de donantes, pero también que será posible que nazcamos de un único individuo que, en un colosal ejercicio de "onanismo cutáneo", quiera disponer de un óvulo y un espermatozoide fabricados con sus propias células. 
Siendo aquél un auditorio repleto de académicos - los seres más egocéntricos el planeta, como seguramente saben- más de uno y una, presos de la emoción, abrían la boca y los ojos como platos pensando en su criatura, no clónica pero sí únicamente "suya". Otros pensábamos, más bien, en que aunque esto ya no nos toca, nuestros nietos o bisnietos ya no serán seguramente más el fruto "de un empate del Atleti fuera de casa", como dijo celebremente el Dr. Cabeza, aquel excéntrico presidente del Atlético de Madrid, refiriéndose a la llegada de su hija más pequeña, muchos años después de haber tenido al anterior vástago. En fin, que como advirtiera María L., prepárense que todo esto va a llegar a Murcia.

Pd. Las jornadas concluyeron el viernes por la tarde, justo cuando llegaba Ana que nos visita esta semana. Fue ella la que recogió a Matías del cole. Por allí andaba también, en el barullo, Tom el niño al que Matías descubrió la brisca, que había empezado esta semana en este cole, y, más despistada, aún una dulce y apacible anciana a quien Ana no dudó en dirigirse: "¿Apuesto a que es usted Elizabeth?". "Apuesto  a que es usted una adivina española..."- respondió ella con fuerte acento germánico. Pensé que les interesaría saberlo ;-).     

domingo, 2 de abril de 2017

ELIZABETH

Riverway, Brookline
"¿Cuántos personas en el mundo estarán yendo en este momento a una piscina?" - pregunta Matías. 
"Pues, no sé, un montón"- respondo.  
"¿Y que sean padre e hijo?"
"Menos, pero también muchas".
"¿Y que sean de Madrid? ¿Y de la calle Jorge Juan? Eh, papá, eso ni de coña".
Como en el chiste de los búhos del genial Eugenio - ¿recuerdan?: ¿papá has dicho culo?- Matías puede prolongar ad infinitum la conjetura y después ponerme a prueba - aunque la hipótesis nunca es realmente falsada- con un escenario aún más improbable. Últimamente, vaya usted a saber por qué, le intrigan las casualidades inverosímiles; especular sobre coincidencias, conocer las serendipias que condujeron a descubrimientos cruciales. Y también los goles de chiripa. Lo imprevisto, vaya. 
Los sábados acostumbramos a ir al Evelyn Kirrane Aquatic Center - la primera piscina cubierta pública que se abrió en el país- y después, si hace malo, pasamos la tarde en la estupenda biblioteca pública de Brookline que dispone de espaciosas salas y de un sótano especialmente dedicado a los niños donde además de leer pueden, con moderación anglosajona, jugar y desfogarse. Hoy la temperatura es baja y cae un aguanieve (sleet lo llaman aquí) a rachas que nos congrega allí a muchos vecinos del barrio. 
La tarde discurre plácida, y, en un descanso de mi lectura, me acerco a los dominios infantiles donde descubro a Matías jugando a las cartas con un niño desconocido y una señora mayor de aspecto muy dulce que presumo ha de ser su abuela. Se dirige a mi en un castellano correcto, con fuerte acento germánico.
"Hola, me llamo Elizabeth. Estamos jugando a la brisca. Su hijo le ha enseñado muy bien a Tom". 
"Hola, habla usted español... Y ha aprendido a jugar también, por lo que veo". 
"No, yo ya sabía. Me enseñó Paco". Elizabeth me miraba de soslayo, tratando de no perder de vista el transcurrir de la partida. "Mucho gusto"- dijo tendiéndome la mano.
"¿Y quién es Paco?"
"Oh, era mi marido. Un gallego muy guapo". 
"¿Pero usted de dónde es, Elizabeth?"- le pregunté mientras me arrimaba una silla. 
"Yo soy alemana, de Lübeck. Paco de Betanzos". 
"Anda, yo conozco Lübeck, una ciudad medieval, muy bonita".
"¡Qué casualidad! ¿De verdad ha estado allí?"
"Sí, sí... ¿y dónde conoció a Paco?"
"En un hotel en Londres". 
"¿Estaban de turismo?"
"No, no... " - Elizabeth se reía estruendosamente. "Yo hacía camas y él trabajaba de camarero. Era guapísimo"- sus ojos marinos chisporroteaban. "Nos casamos a los 4 meses de conocernos. Yo tenía 19 y el 21. Su familia no quería... Porque era extranjera, alemana..."
"¿Y su familia, qué decía?"
"No, mi madre no vino tampoco, y mi padre... a mi padre lo habían matado". 
"¿En la guerra?"
"No, los nazis. No quiso ir al Ejército porque era Testigo de Jehová. Lo mataron en el campo de Sachsenhausen, en el 40, yo tenía once años. Como Tom ahora. ¿Y Matías?"
"No, él tiene 9, cumple pronto 10. Lo siento mucho... ¡Pero está usted estupenda para tener 88 años! ¿Tom es su nieto?"
"No, no. Es de Honduras. Su papá es un vecino que está trabajando esta tarde. Conduce un coche Uber. Yo le cuido muchas tardes... La mamá se queda con la bebé. Luego Paco y yo nos vinimos a Nueva York a trabajar, en el 54. También en un hotel. Y la recepcionista le miraba mucho a Paco, y le hacía bromas. Él era ya maître e iba tan elegante... Ya teníamos a Sara nuestra primera hija. Ella vive en Seattle. Y yo le dije a Paco que si me engañaba con aquella recepcionista lo mataba"- las risas atrajeron esta vez a la bibliotecaria que nos miró con reprobación. 
"Y no lo mató, Elizabeth". 
"No, Paco lo pensó bien" - dijo riendo de nuevo con ganas. "Son muy estrictos aquí, parecen alemanes...".
Nos despedimos con una calidez extraña, casi entrañablemente, deseando volver a coincidir nuevamente en la biblioteca o en la piscina a la que también acuden los fines de semana. "Yo fui muy buena nadadora" - me insistía mientras se montaba en un todoterreno mastodóntico. "Y veo que sigue conduciendo". "Sí, me enseñó Paco. Le encantaban los coches. Y las mujeres" - gritó desde la ventanilla. Atisbé su carcajada mientras iniciábamos nuestra vuelta a casa. "Qué abuela tan maja, y no veas cómo juega a la brisca, y a las tres en raya. Es la caña" - apostilló Matías. 
El lunes, camino el cole, había follón en el cruce de Longwood con el puente del Riverway, camino de los hospitales. La gente se concentraba mirando hacia las vías del T. Una cinta impedía el acceso a las escaleras por las que se baja al riachuelo. A lo lejos resplandecían las sirenas. Oímos comentar a una mujer que había escuchado que se había tirado una señora mayor al paso del tren. Matías me agarró de la mano, con firmeza, y me miró fijamente. 
"Ni de coña".