domingo, 16 de abril de 2017

CONTEXTO

Henryk Ross
Hay un algo de misterio en la resignada mirada de este niño; una fibra de sosiego, de sabiduría incluso, de la que sólo da la madurez por lo ya vivido. Y sin embargo, parece tan niño. ¿Dónde va? Carga enseres rústicos, una bolsa apretada donde se debió introducir todo lo que pudo caber. Pregunto a Matías y sin más cree que se trata de "un montón de niños sufriendo". Lo dice por la cara de quien se atisba al fondo, un joven con el gesto contrariado. Matías ha transcendido enseguida ese gesto inquisitivo del primer plano. ¿A dónde voy? parece querer preguntar a la cámara. 
Marguerite (Henri Matisse, 1906-1907)
"Está mal pintada" - advirtió Matías nada más ver el cuadro de Marguerite, uno de los muchos que componen la exposición "Matisse in the Studio" ("Matisse en el estudio") que acaban de inaugurar en el MFA de Boston y que visitamos el sábado aprovechando la visita de Ana. "El ojo está mal, y no parece que tenga 12 años. Parece que tiene 30 o más. Yo la hubiera pintado mejor" - sentenció. La exposición sitúa las las obras de Matisse en el contexto de sus influencias más directas - telas, objetos, máscaras africanas- muchos de los cuales se abigarraban en su estudio.  
Marguerite, la mal pintada, fue el fruto de la relación que tuvo Matisse con una de sus  modelos (Caroline Joblau) aunque luego fue criada por la primera mujer de Matisse, Amélie. Marguerite aparece frecuentemente retratada por su padre con ese discreto pañuelo al cuello, que usaría seguramente para disimular la traqueotomía a la que tuvieron que someterla de urgencia por una difteria que padeció en su infancia y de la que se salvó de milagro. 
Durante la comida con Jack y Christine ponderamos la oportunidad de exhibir la obra y su "contexto de descubrimiento" que gustan decir los filósofos de la ciencia, es decir, el monto de circunstancias que hicieron posible el hallazgo o la creación, y permiten explicarla, y, eventualmente, valorarla. "Pero claro, el primer contexto de valoración es el museo mismo, el rito, la parafernalia de la cartela, la audio-guía... el nombre del artista y su condición de parte del canon" - recordaba Ana. Jack asentía, y evocábamos el experimento del violinista consagrado en el metro de Washington, el urinario de Duchamp... "A ver quién es el guapo - añadía yo- que se planta delante de la Gioconda y tiene los arrestos de poner un pero...". "Bueno, no está mal" - apuntó Matías tras ver una foto del cuadro en el móvil. "Mejor que la Margarita esa sí está". 
El contexto ayuda...    
Henryk Ross (circa 1943)
Ese brazalete ya nos dice mucho (a poco que sepamos algo más de nuestra  historia reciente que el desalmado portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer). Matías no iba desencaminado. 
Henryk Ross fue el fotógrafo oficial del departamento de estadística en el gueto de Lodz (Polonia) desde 1940 a 1944. Aprovechando esa circunstancia, tomó, de manera clandestina, miles de fotografías en las que se documenta la terrible cotidianeidad de los judíos allí confinados y su posterior deportación hacia los campos de Chelmno y Auschwitz. Ross, que también fue deportado, decidió ocultar en la tierra helada sus negativos anticipando la importancia que para las futuras generaciones tendría ese testimonio gráfico sobre la tragedia que se avecinaba. Tras ser liberado pudo recuperar de su escondite, si bien en muy mal estado, esos negativos. Coincidiendo con la exposición de Matisse, el MFA exhibe también esas fotografías restauradas en una muestra titulada "Memory Unearthed" ("La memoria desenterrada"). Sólo hace falta subir una planta y respirar hondo. 
En los años en los que Ross se afanaba por testimoniar la tragedia, Matisse vivió en su contexto, en su estudio de la no-ocupada Niza. Aún pudo exponer gracias a su condición de no judío, cosa que todos los artistas franceses tuvieron que acreditar bajo juramento para que su obra pudiera mostrarse.
Marguerite, la mal pintada, unida a la Resistencia fue detenida y torturada por la Gestapo en la prisión de Rennes. Deportada al campo de concentración de Ravensbrück consiguió increíblemente huir del tren y sobrevivir hasta el final de la guerra. Murió en 1982 con 87 años.
No puedo dejar de pensar en esa mirada, mitad confiada, mitad escéptica, con un hebra de complicidad, de elegante coquetería incluso, que Ross captó. No puedo dejar de pensar en el arrojo de Ross, en la fortuna de que la tierra, la nieve, el hielo - el contexto, de nuevo- fueran un nido propicio para la supervivencia del legado: que esa mirada traspase el tiempo para llegar a nosotros, y que nos siga interpelando, ahora y en el futuro: ¿por qué? 
Y no puedo dejar de pensar cuáles serían finalmente las vicisitudes de ese chaval, aunque, dado el contexto...    


2 comentarios:

  1. Muy bueno. ¡Magistral!

    Y la mirada de Matías, agudísima. Sin la explicación de la traqueotomía (contexto), uno hubiera pensado lo mismo que él...

    Algún día sabremos también qué había debajo del flequillo de Trump...

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