domingo, 9 de abril de 2017

IVG

La primera vez que anduvimos por aquí, allá en el año 2011, trabamos amistad con una familia española de Murcia cuyos tres hijos acudían al mismo colegio que Matías: St. Mary's of the Assumption, un colegio que podemos describir como católico-liberal. Demasiado liberal para María L. (nombre ficticio) la madre de esta familia murciana, una mujer profundamente religiosa y profundamente buena. En aquellos días vivía con mucha angustia el hecho de que su hija pequeña, de 6 años (digamos Elenita), se había hecho íntima amiga de una niña que tenía "dos madres". "Pero no una en la Tierra y otra en el cielo, mamá" - reafirmaba Elenita con encantadora confusión- sino "dos madres de carne y hueso". "Y claro" - nos confesaba un día María L. a la salida del cole- "yo lo que no acabo de entender es que un colegio católico admita estas familias nuevas". La zozobra tornó en espanto el día en que la amiguita de Elena la invitó a su casa por su cumpleaños. "Yo he llamado a mi hermana y ya le he avisado de que se vaya preparando que esto va a llegar a Murcia". 
Buena parte de la semana he estado encerrado asistiendo a las jornadas "The Ethics of Making Babies" organizadas por el Center. El seminario ha contado con una equilibrada presencia de investigadores punteros en reproducción humana asistida - ginecólogos, obstetras, biólogos moleculares- y también de juristas, filósofos, antropólogos, economistas. Hasta una baronesa nos ha dignado con su presencia, la célebre Ruth Deech, que durante años fue la Presidenta de la Autoridad Británica en esta materia, la todopoderosa HFEA (Human Fertilisation and Embriology Authority). Y un público numeroso y activo. 
Desde que la humanidad ha dejado de concebir la procreación como un evento- algo que nos pasa- y la asume como una actividad - algo que hacemos- tener hijos es un asunto moralmente muy relevante y problemático Más todavía con la aparición de las técnicas de reproducción humana asistida o TRHA (básicamente la inseminación artificial y la fecundación in vitro). Pero la cosa viene de lejos: mucho antes del nacimiento de Louise Brown (1978), antes de que la reproducción artificial se hubiera instalado en nuestras vidas, muchos asuntos clínicos vinculados a la fertilidad humana generaban enormes quebraderos de conciencia. ¿Cómo obtener una muestra de semen para probar la infertilidad masculina si la actividad sexual sólo puede estar dirigida a la procreación, como dicen varias Encíclicas papales? El célebre ginecólogo católico Dr. Botella Llusiá - sí, el tío de Ana Botella- dio para ello con un ingenioso "truquillo". Lo denominó "coito condomatoso" y consistía en que la pareja - casada, por supuesto- tendría una relación sexual coital con un preservativo al que previamente se le habrían hecho unos orificios. De esa forma no se impedía absolutamente la posibilidad procreativa, y, al tiempo, se conseguirían algunos "restos" para el análisis. Pringosillo el apaño, vive Dios. También los musulmanes viven dilemas trágicos si quieren seguir las enseñanzas de su profeta, y los judíos otro tanto, aunque Israel es la meca de la reproducción artificial. Dada la presión demográfica interna y externa de los que no ven con buenos ojos su existencia, les va la vida en ello.   
Desde finales de la década de los 70 mucho ha llovido, las técnicas han mejorado y las posibilidades han aumentado en buena medida porque la Biología Molecular y la Genética han evolucionado espectacularmente: la criopreservación de gametos se ha refinado, el análisis genético preimplantacional permite evitar el nacimiento de niños con enfermedades terribles y también la procreación salvadora - la generación de un individuo con cuyo cordón umbilical o médula se podrá curar a un hermano que padece de ciertas patologías muy graves. 
Muchos de los debates nos son muy cercanos: la gestación por sustitución, el anonimato de los donantes, la comercialización de los gametos, y cómo todo ello impacta radicalmente sobre el derecho de familia; otras discusiones son más idiosincrásicas de Estados Unidos, país en el que la regulación sobre esta materia es casi inexistente, amén de enormemente dispersa dada su realidad federal, y donde la reproducción asistida es, fundamentalmente, un fabuloso mercado en el que se mueven ingentes cantidades de dinero y se generan perversos incentivos para inflar todo tipo de demandas. Hay una agresividad comercial inusitada - a base, por ejemplo, de "frozen eggs parties" donde se intenta captar a jóvenes veinteañeras para convencerlas de que congelen sus óvulos y "ganen tiempo" - y una conveniente exageración en la prevalencia y alcance de algunos trastornos (por lo demás muy discutidos en la comunidad científica) para comprar todo tipo de servicios relacionados con la (in)fertilidad. 
Lo más interesante llegó de la mano de los nuevos horizontes que se atisban: el trasplante de útero (una muy costosa y complejísima técnica quirúrgica que lidera un equipo sueco de la Universidad de Gotemburgo); la técnica de edición genómica conocida como CRISPR-CAS9, una herramienta sofisticada con la que se puede muy eficazmente "cortar y reparar" las secuencias defectuosas o mutaciones del ADN de un individuo y librarle así de una alteración genética grave (el precio es que con eso se modifica la línea germinal, es decir, esa reparación será heredada); la fecundación in vitro con transferencia de ADN mitocondrial, el modo con el que logramos tener hijos sin que la madre transmita una enfermedad mitocondrial (pero que implica la existencia de una doble maternidad genética, y, si hubiera además una madre de gestación, que 3 mujeres, ¿madres?, hayan intervenido en la reproducción); y, al fin, la gametogénesis in vitro (IVG), esto es, la posibilidad de re-programar células adultas - de la piel, por ejemplo- para, una vez en la fase de totipotencialidad transformarlas en células sexuales, es decir, gametos masculinos (esperma) o femeninos (óvulos).
El IVG ocupó buena parte de la ponencia de Hank Greely, un destacado profesor de la Universidad de Stanford que acaba de publicar un libro analizando estas derivas con el provocador, e inquietante, título de "The end of sex". No, no se trata, nos tranquilizó enseguida, de que vayamos a dejar de disfrutar de los placeres de la carne, sino de que en una, dos generaciones a lo sumo, el sexo va a dejar de ser el instrumento por excelencia para la procreación. Nos reproduciremos, nos aleccionaba Greely, mediante IVG y ello conllevará que los niños nazcan siendo genéticamente hijos de parejas que yo no tendrán que recurrir a los óvulos o el esperma de donantes, pero también que será posible que nazcamos de un único individuo que, en un colosal ejercicio de "onanismo cutáneo", quiera disponer de un óvulo y un espermatozoide fabricados con sus propias células. 
Siendo aquél un auditorio repleto de académicos - los seres más egocéntricos el planeta, como seguramente saben- más de uno y una, presos de la emoción, abrían la boca y los ojos como platos pensando en su criatura, no clónica pero sí únicamente "suya". Otros pensábamos, más bien, en que aunque esto ya no nos toca, nuestros nietos o bisnietos ya no serán seguramente más el fruto "de un empate del Atleti fuera de casa", como dijo celebremente el Dr. Cabeza, aquel excéntrico presidente del Atlético de Madrid, refiriéndose a la llegada de su hija más pequeña, muchos años después de haber tenido al anterior vástago. En fin, que como advirtiera María L., prepárense que todo esto va a llegar a Murcia.

Pd. Las jornadas concluyeron el viernes por la tarde, justo cuando llegaba Ana que nos visita esta semana. Fue ella la que recogió a Matías del cole. Por allí andaba también, en el barullo, Tom el niño al que Matías descubrió la brisca, que había empezado esta semana en este cole, y, más despistada, aún una dulce y apacible anciana a quien Ana no dudó en dirigirse: "¿Apuesto a que es usted Elizabeth?". "Apuesto  a que es usted una adivina española..."- respondió ella con fuerte acento germánico. Pensé que les interesaría saberlo ;-).     

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