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| Rafael Soriano, Homenaje a Nicolás de Cusa (1994) |
"Mira, te voy a contar una historia" - dijo E.
Nero es un café con pretensiones de brindar calor hogareño, el tipo de coziness que estaría ausente en el más funcional y seriado Starbucks. Hay dos en Brookline y E. y yo frecuentemente nos obsequiamos, en el que se emplaza en Longwood Avenue, con un rato de charla y capuccino después de haber dejado a los hijos en el cole, camino de nuestros respectivos destinos; el de ella, la unidad de radiología en el Beth Israel Deaconess Medical Center.
E. vino a principios de curso con su familia desde Badajoz y sus hijos acuden al Lawrence con Matías. Han sido para nosotros como una familia de acogida, un refugio constante, un apoyo impagable. E. quintaesencia la Medicina virtuosa, esa que Abraham Verghese describe como "la del poder de la mano", la del médico que no renuncia a tocar a pesar de que hoy disponga de un arsenal de sofisticadas pruebas por imagen. Y de eso, de imágenes, PETs, MRIs, ultrasonidos y ecografías E. sabe un rato. E. pertenece a esa estirpe de médicos vocacionales capaz de tildar de "preciosa" la fisiopatología del cáncer de estomago.
Nicolás de Cusa, el teólogo, jurista y astrónomo alemán, uno de los iconos del humanismo renacentista del siglo XV, reverenciaba la generosidad de Dios por haber decidido encarnarse en nosotros, humildes Homo Sapiens, situados en la jerarquía cusiana justo a continuación de los ángeles. Si De Cusa hubiera conocido a E. otra jerarquía cantaría. E., que es un ángel encarnado, cree que la muerte no es el final de nada. "¿Y has pillado alguna vez el alma con algún contraste de esos que inyectas?" E. se ríe y contesta rápida: "No, el alma no sabe de iones".
Volví a visitar la exposición de Soriano - el pintor cubano- en el McMullen Museum de Boston College con motivo del symposium homenaje a nuestro buen amigo el teólogo Roberto Goizueta - otro cubano que ha triunfado en el exilio, aunque la herida de la Habana perdida de su infancia no ha dejado de sangrarle. Me recreé en esa sala en la que cuelgan, según Matías, "radiografías de fantasmas", lo cual me sigue pareciendo una tierna imposibilidad metafísica. O tal vez tenga yo mal entendida la ontología de los espíritus.
E. me escucha ausente.
"¿Qué historia es esa?" pregunté intrigado.
"He empezado a leer la novela Patria y me he acordado de un paciente que tuve, al poco de llegar yo al servicio. Me avisó el gerente del hospital por la mañana. No era la primera vez que atendía a un interno de la cárcel de Badajoz, pero este, me dijo, era "especial". Llegó en un furgón de la guardia civil, con un despliegue inusual. Iba esposado y me costó que los guardias le quitaran los grilletes. Tampoco me querían dejar a solas con él, pero yo me puse firme. En ese momento no sabía quién era, luego sí. Y no te lo pierdas, de Badajoz, un emigrante extremeño, aunque se euskaldunizó el nombre de pila. Cumplía condena por cuatro asesinatos. No de su mano. Era un delator que informaba de los policías que frecuentaban el bar donde trabajaba. Tenía un niño de año y medio cuando lo detuvieron. Llevaba más de diez años en la cárcel. Venía muertito de miedo, arrastrándose por los pasillos, con la cara de los milanos que hay en mi pueblo. "Me duelen mis partes", me dijo a media voz. Y ahí me tienes, examinándole sus partes y pensando en si no había hecho yo mal sacando a los guardias. Yo muy seria, pero removida por dentro. Muchas veces venían con síntomas inventados, para salir un rato de la prisión, a veces las lesiones sí eran serias. De vez en cuando el guardia civil abría la puerta, me preguntaba: "todo bien doctora". No palpaba nada, pero no dejaba de pensar... de pensar mal... darle un sustito aunque fuera... un leve sonido, cambiar mi semblante como si hubiera detectado algo... "Yo no noto nada extraño, pero para mayor seguridad habría que hacerle una ecografía". "¿Tendré cáncer"?, me preguntó. Entonces le miré a los ojos, por primera vez. Algún brillo había, un angustia cierta. Y me dio hasta pena, te lo confieso, no de él ni por él, ni concretamente por sus víctimas, o los familiares de éstas, sino, no sé, como una pena universal. Se lo llevaron y nunca más supe de él".
La mirada de E. volvió a ausentarse. Aún sin haber retornado, me dijo con parsimonia: "Qué, ¿vamos al tajo?"
"Va-mos", dije al ralentí.

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