"La esterilla, la sartén, la manta para el sofá...". Agus repasaba el contenido de la bolsa y a continuación el listado de los demás enseres y muebles que serían enviados y montados en su nuevo hogar en una semana, justo a tiempo para la llegada de la familia desde Badajoz. Al menos así lo había asegurado la amable empleada con quien había concretado todos los detalles. "El sofá Ekebol, la estantería Liatorp, la cama Brimnes...". "My name is Nancy", le dijo al terminar el papeleo del pedido.
Stoughton era un anónimo punto de la ruta 24, a 30 millas al sur de Boston, un lugar dispensable hasta que llegó Ikea, y a su rebufo unos cuantos centros comerciales más, mastodónticos todos ellos. Concentrado en su recuento, Agus casi tropezó con la amable Nancy, que, cambiada de indumentaria, se dirigía presta hacia su coche, el último que quedaba en el parking. "Bye", le oyó decir. Le sorprendió la oscuridad repentina, pero, sobre todo, comprobar el desierto infinito de asfalto en que había mutado lo que pocas horas antes era un océano de vehículos.
Agus sacó el móvil y se dispuso a abrir la aplicación de Uber. El indicativo de la batería arrojaba un escaso 3%. La pantalla parpadeaba, exhausta. Agus, raramente alterable, sintió que el corazón, casi nunca agitado, se desperezaba, como sólo hacía cuando un alumno que había fracasado estrepitosamente insistía en que su examen no era tan malo, o como cuando veía a sus hijos en la recta de llegada a meta. Las manos le sudaban. Con parsimonia aparecían en la pantalla los coches circundantes; la aplicación, el algoritmo, el ghost in the machine que se oculta en las sombras del cruce entre la oferta y la demanda, hacía sus cábalas tarifarias. "Vamos, me da igual", susurraba Agus. Finalmente apareció la oferta - que aceptó sin mirarla apenas- y su ángel de la guarda: Yusuf, en un Toyota Camry, a 4 minutos de trayecto. El corazón de Agus retomó su siesta bradicárdica.
Hacía calor aquella noche de principios de agosto, un calor húmedo multiplicado por la potencia de los grandes postes de luz que iluminaban el aparcamiento. "¿Por dónde vendrá este tío?" - se preguntaba. A lo lejos atisbó unas luces, las de un vehículo que circulaba por la calle paralela aminorando la marcha. Entonces recordó que había otra entrada. Se cargó a la espalda el saco azul y echó a correr como alma que lleva el mantero. "¡Eh, Yusuf!" El coche desapareció de su vista y al doblar la esquina le vio parado al final de la calle. "¡Yusuf!". Era bastante la distancia y Agus esprintó, como en sus mejores series de 400 entrenando la media maratón de Lisboa. La manta cayó del saco pero no era momento de pararse a recogerla. Le sonaba el móvil. Sería Yusuf. Frenó en seco, tiró la bolsa y sacó el móvil de su bolsillo. Chorreaba sudor. Un número desconocido apareció en la pantalla. Acertó con dificultad a presionar el botón de contestar y la pantalla ennegreció. El coche, a escasos 300 metros, arrancó de nuevo y se alejó irremisiblemente.
Agus recuperó el resuello y volvió sobre sus pasos. Recogió la manta y la dobló con mimo, con la íntima estrategia mental de no confrontar una realidad implacable que en el fondo atisbaba: eran más de las 10 de la noche, no había ni un alma en muchas millas a la redonda y se encontraba en una encrucijada de carreteras de imposible tránsito. Sacó el móvil y presionó con todas sus fuerzas el botón de encendido. Sin éxito.
Agus no tardó en concluir que lo que no puede llegar a ocurrir es perfectamente posible. Se acordó de su familia, sus amigos, la tertulia de los martes y las cenas de un viernes de cada tres en El Mirador, su dulce vida pacense en la que, a diferencia de Stoughton, Massachussetts, nada puede ser imprevisible. Trató de precisar cuándo exactamente llegaron a idear la aventura de venirse un año a Brookline, el balance de razones que dio sentido a liarse esa manta a la cabeza.
La manta... la sacó de la bolsa, junto con la esterilla y la sartén que agarró con firmeza amagando una amenaza creíble para el primero que se acercara por aquél páramo con intenciones sospechosas. Empezaba a refrescar pero la temperatura no bajaría mucho. Lástima que no se quedó con ninguno de los cojines o almohadas, ya en el trance de ser despachados a su recién alquilado apartamento. El reloj marcaba las 10:20. Miró hacia la autopista donde el tráfico aún era denso. Se podría acurrucar junto a la puerta, lejos de los focos. Algo dormiría. O no. Qué más daba. Mañana sería otro día. Cuando lo contara en Badajoz no se lo iban a creer. O si.
"¿Y qué, qué pasó al final?" - le preguntaba yo ansioso por conocer cómo acabó todo.
"Pues nada, me acurruqué como pude, encima de la esterilla, con la mantita en los pies y bien agarrado a mi sartén. Y me quedé frito. Hacía tiempo que no dormía tan bien, oye. Eran casi las ocho, a punto de abrir estaban, cuando me despertó una voz trémula. Entorné el ojo, con un despiste morrocotudo y un dolor de cervicales que todavía me dura; ¿y sabes quién era? No te lo vas a creer...".
"¿Quién?"
"La tal Nancy, que me miraba como el entomólogo que se encuentra una especie desconocida".
"Hombre, Agus, la verdad es que no es para menos..".
"Y nada, la Nancy, muy amable, tiró de móvil en cuanto le conté la historia y me llamó a un Uber. ¿Y sabes quién apareció?"
"¡Yusuf!"
"Los designios de Dios son inescrutables...".
"O más bien los de Uber".

Yo creo que la clave de todo es la sartén...
ResponderEliminar¡Qué bueno!