Ha sido la semana de MLK (Martin Luther King) y en el cole de Matías se ha honrado su legado recordando su biografía, así como la de otros importantes luchadores por la causa de la igualdad racial en Estados Unidos. La de Harriet Tubman, señaladamente, que a Matías le ha impresionado mucho.
Pero sobre todo ha sido la semana de las plataformas. El colegio de Matías publicaba el informe de alumnos (las notas, vamos) correspondiente al primer trimestre. En una plataforma, por supuesto, con su correspondiente ID y password provisional que tiene que ser cambiado antes de que Snowden sepa qué tal va tu vástago en "habilidades de lectoescritura" (si va entendiendo lo que lee el muchacho, vaya). Y cuando has cambiado la password - echándole un buen rato a la combinatoria- y has elegido tu pregunta de seguridad (sobre casi todas las sugeridas pude anticipar un estado de Alzheimer que me bloqueará a la hora de responder el color de mi primer coche, por un poner), entonces, digo, ya se te ha olvidado el ID y la plataforma te bloquea sistemáticamente a pesar de tu obstinado esfuerzo en barajar opciones que te permitan abrir la cueva como en Ali Babá. Así que, constatado el fracaso y agotada la paciencia, mensajito al canto a una dirección de ayuda cuyo gestor, cuando lo reciba, pensará que yo lo que necesito es llamar al teléfono de la esperanza. Y cuando no se te ha pasado el sofoco te acuerdas de que hay otra plataforma - en este caso la de la Comisión Fulbright- que espera que "subas unos documentos" y que llevas dos semanas mareando la perdiz, o sea, procrastinando.
Y hablando de procrastinar, el viernes sí que procrastiné. A tope, sin piedad, ni complejos, con el expediente de que "se vivía una jornada histórica". La cosa, como saben, iba también de plataformas, física en este caso; concretamente la de las escaleras de Capitol Hill donde estaba previsto que a las 12 el "president elect", Donald J. Trump, jurara su cargo de presidente de Estados Unidos ante John Roberts, Chief Justice de la Corte Suprema. Sí, esa escena que tantas veces hemos visto, uno de los iconos más importantes de la escenografía política contemporánea.
La retransmisión en la CNN empezó pronto y se cubrían todos los detalles, abriéndose varias pantallas a la vez si era necesario mostrar, por ejemplo, la salida de la iglesia de la futura primera dama acompañada de Trump, y, al tiempo, la espera de Michelle Obama aguardando en las escaleras de la Casa Blanca, o la llegada de los primeros invitados VIP a la plataforma. Se reparaba en todos los detalles: los vestidos, los personajes menos conocidos para el gran público, los orígenes del coro que amenizaba la ceremonia, el número de Biblias, y su procedencia, que emplearía el president elect y el vice-president elect (Mike Pence). Me llamó la atención la prestancia de Hillary Clinton, de un blanco de novia resplandeciente, rodeada de todos los que han sido presidentes en lugar de ella, capeando el temporal con mucha dignidad; y también el semblante y la actitud de Barron, el hijo menor del president elect, nerudianamente como ausente, hablando para sí, enfrascado en algo que parecía para él mucho más importante que toda aquella parafernalia.
Yo les confieso que vivía aquello con un punto de ensoñación, pensando que nada de lo que se anticipaba podría llegar a actualizarse. Que ocurriría finalmente como en la genial escena de los hermanos Marx en Una noche en la ópera: que a los polizones, disfrazados de héroes de guerra extranjeros, se les van cayendo las barbas a base de tantos vasos de agua y finalmente tienen que salir huyendo de aquella plataforma desde la que tenían que discursear a las masas que vitoreaban.
Se aproximaban las 12 y tuve un sueño, como el que proclamó tener MLK desde la plataforma del Lincoln Memorial, justo enfrente de dónde ahora Trump, con gesto amohinado, aguardaba su turno. Su semblante y gestualidad eran las del cliente del restaurante que se dispone a recibir las disculpas del manager porque la carne del faisán no estaba en su punto.
En mi sueño, como en el célebre relato de Andersen, un niño - Barron tal vez- gritaba: "pero si es Donald Trump". Entonces todos nos animábamos a romper el hielo cayendo de un guindo en el que consciente, pero calladamente, nos sabíamos. El primero John Roberts, que muy amablemente, pero con un punto de condescendencia por estar tratando con un adolescente gamberro, le rogaba a Trump que se apartara para que pudiera tomar juramento a...
Entonces Trump arrancó a hablar, me desperté y empezó la pesadilla.
Aun creo estar soñando.

¡Qué divertido (dentro de lo trágico)!
ResponderEliminar¡Pobre Barron! Por lo que se va viendo es el único incontaminado en medio de esta ciénaga.
¿Cómo contará todo esto Matías a sus nietos dentro de setenta años?