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| Riverway, Brookline |
"¿Cuántos personas en el mundo estarán yendo en este momento a una piscina?" - pregunta Matías.
"Pues, no sé, un montón"- respondo.
"¿Y que sean padre e hijo?"
"Menos, pero también muchas".
"¿Y que sean de Madrid? ¿Y de la calle Jorge Juan? Eh, papá, eso ni de coña".
Como en el chiste de los búhos del genial Eugenio - ¿recuerdan?: ¿papá has dicho culo?- Matías puede prolongar ad infinitum la conjetura y después ponerme a prueba - aunque la hipótesis nunca es realmente falsada- con un escenario aún más improbable. Últimamente, vaya usted a saber por qué, le intrigan las casualidades inverosímiles; especular sobre coincidencias, conocer las serendipias que condujeron a descubrimientos cruciales. Y también los goles de chiripa. Lo imprevisto, vaya.
Los sábados acostumbramos a ir al Evelyn Kirrane Aquatic Center - la primera piscina cubierta pública que se abrió en el país- y después, si hace malo, pasamos la tarde en la estupenda biblioteca pública de Brookline que dispone de espaciosas salas y de un sótano especialmente dedicado a los niños donde además de leer pueden, con moderación anglosajona, jugar y desfogarse. Hoy la temperatura es baja y cae un aguanieve (sleet lo llaman aquí) a rachas que nos congrega allí a muchos vecinos del barrio.
La tarde discurre plácida, y, en un descanso de mi lectura, me acerco a los dominios infantiles donde descubro a Matías jugando a las cartas con un niño desconocido y una señora mayor de aspecto muy dulce que presumo ha de ser su abuela. Se dirige a mi en un castellano correcto, con fuerte acento germánico.
"Hola, me llamo Elizabeth. Estamos jugando a la brisca. Su hijo le ha enseñado muy bien a Tom".
"Hola, habla usted español... Y ha aprendido a jugar también, por lo que veo".
"No, yo ya sabía. Me enseñó Paco". Elizabeth me miraba de soslayo, tratando de no perder de vista el transcurrir de la partida. "Mucho gusto"- dijo tendiéndome la mano.
"¿Y quién es Paco?"
"Oh, era mi marido. Un gallego muy guapo".
"¿Pero usted de dónde es, Elizabeth?"- le pregunté mientras me arrimaba una silla.
"Yo soy alemana, de Lübeck. Paco de Betanzos".
"Anda, yo conozco Lübeck, una ciudad medieval, muy bonita".
"¡Qué casualidad! ¿De verdad ha estado allí?"
"Sí, sí... ¿y dónde conoció a Paco?"
"En un hotel en Londres".
"¿Estaban de turismo?"
"No, no... " - Elizabeth se reía estruendosamente. "Yo hacía camas y él trabajaba de camarero. Era guapísimo"- sus ojos marinos chisporroteaban. "Nos casamos a los 4 meses de conocernos. Yo tenía 19 y el 21. Su familia no quería... Porque era extranjera, alemana..."
"¿Y su familia, qué decía?"
"No, mi madre no vino tampoco, y mi padre... a mi padre lo habían matado".
"¿En la guerra?"
"No, los nazis. No quiso ir al Ejército porque era Testigo de Jehová. Lo mataron en el campo de Sachsenhausen, en el 40, yo tenía once años. Como Tom ahora. ¿Y Matías?"
"No, él tiene 9, cumple pronto 10. Lo siento mucho... ¡Pero está usted estupenda para tener 88 años! ¿Tom es su nieto?"
"No, no. Es de Honduras. Su papá es un vecino que está trabajando esta tarde. Conduce un coche Uber. Yo le cuido muchas tardes... La mamá se queda con la bebé. Luego Paco y yo nos vinimos a Nueva York a trabajar, en el 54. También en un hotel. Y la recepcionista le miraba mucho a Paco, y le hacía bromas. Él era ya maître e iba tan elegante... Ya teníamos a Sara nuestra primera hija. Ella vive en Seattle. Y yo le dije a Paco que si me engañaba con aquella recepcionista lo mataba"- las risas atrajeron esta vez a la bibliotecaria que nos miró con reprobación.
"Y no lo mató, Elizabeth".
"No, Paco lo pensó bien" - dijo riendo de nuevo con ganas. "Son muy estrictos aquí, parecen alemanes...".
Nos despedimos con una calidez extraña, casi entrañablemente, deseando volver a coincidir nuevamente en la biblioteca o en la piscina a la que también acuden los fines de semana. "Yo fui muy buena nadadora" - me insistía mientras se montaba en un todoterreno mastodóntico. "Y veo que sigue conduciendo". "Sí, me enseñó Paco. Le encantaban los coches. Y las mujeres" - gritó desde la ventanilla. Atisbé su carcajada mientras iniciábamos nuestra vuelta a casa. "Qué abuela tan maja, y no veas cómo juega a la brisca, y a las tres en raya. Es la caña" - apostilló Matías.
El lunes, camino el cole, había follón en el cruce de Longwood con el puente del Riverway, camino de los hospitales. La gente se concentraba mirando hacia las vías del T. Una cinta impedía el acceso a las escaleras por las que se baja al riachuelo. A lo lejos resplandecían las sirenas. Oímos comentar a una mujer que había escuchado que se había tirado una señora mayor al paso del tren. Matías me agarró de la mano, con firmeza, y me miró fijamente.
"Ni de coña".

No, por favor
ResponderEliminarHabrá que esperar hasta el sábado...
ResponderEliminarVaya historia la de Elizabeth
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