domingo, 8 de abril de 2012

LUCY
(¡NUESTRA GATA LUCY SE HA PERDIDO! ¡Por favor ayúdennos a que vuelva a nuestra casa de la calle Linden! (esta es una vieja foto – Lucy ahora pesa más y está más prieta y con pelo). Lucy se perdió ayer (viernes) por la mañana, 30 de marzo. Es una Calico y tiene dos años y medio. Es una gata casera así que probablemente esté aterrada de estar en el exterior. Si la ven y escapa, por favor llámennos y acudiremos a recogerla. ¡Muchas gracias! Ginnie, Kathy, Katie, John y Meg. 12 Linden Street 617 277 2384).


Miau. Soy Lucy, la gata Calico de la foto. Es para mondarse. En fin, vamos por partes. No me he perdido, me he pirado harta de esa familia de histéricos encabezada por Meg, la pequeña, que está todo el día tratándome como si fuera imbécil y empeñada en que beba leche de avellanas – que es como decir vino de manzana- para cuidar mi línea. Ella, ella es la que anda a todas horas persiguiéndome para que haga abdominales, ella, a la que sus amigas en secreto llaman “Mega”, y no les tengo que explicar por qué. Y el caso es que la niña empezó haciendo de modelo infantil y salió en la tele y todo anunciado yogures. Aterrada estoy de seguir en ese barullo de casa de la calle Linden. No se si han oído ustedes hablar de Samuel Cartwright, un médico de Louisiana que allá por 1854 calificó como una tendencia “patológica” el irrefrenable ansia de escapar que tenían muchos esclavos negros: "drapetomanía" lo llamó el tío (y no, no empiecen ahora a abrir otra ventanita para buscar este dato en Wikipedia, yo les doy mi palabra de gata de que es verdad lo que les digo). Pues lo mismo padezco yo. "Inside cat", "inside cat"... tiene bemoles el tema, esto es como si decimos que los niños que se mueren de hambre en el Tercer Mundo son inapetentes.
Y es que el cartelito de marras con el que han sembrado las aceras de Brookline miente desde la primera palabra: “Our”, “nuestra”. ¡Pero habrase visto! Estos disfuncionales se creen que soy de su propiedad. Y todo porque un día al pediatra que trataba al pre-delincuente de John se le ocurrió que, para suscitar su empatía “aletargada”, debían comprarse una “mascota”. Y aquí me tienen, 6 años después, sin haber suscitado nada. Y John ya hecho todo un delincuente, un día sí y otro también arrestado por actos vandálicos varios. Y Kathie, su madre, insistiendo en que todo ha sido su culpa por haberle parido por cesárea. Y ahora insiste en que yo necesito un “psicólogo de gatos”, bueno, “psicóloga”, porque según ella la perspectiva de género es muy importante. Qué manía les ha entrado con que estoy deprimida.
Bueno, a Ginnie, el padre y a Kathy, la mayor, les importó un rábano en el fondo. Él dice ser quiropráctico y tortura en casa. Me consta que se propicia a tres de sus clientes, en la propia salita junto al dormitorio conyugal. Y Kathie en Babia, mejor dicho, en sesiones de “retrocesión” con un sanador tradicional de origen nigeriano que la ha persuadido de que en sus otras vidas fue una reina inca que practicaba sexo en grupo. Y Kathy… lo de Kathy es todo virtual, sus quehaceres, su higiene, su actitud, su vida al fin, que discurre ya casi sólo en una pantalla junto a 5 ordenadores, si he contado bien, y varias multi-copiadoras de DVDs. Y los padres pensando que tienen una pequeña Steve Jobs en casa. El día que aparezca el FBI se caerán definitivamente del guindo.
Así que ustedes me entenderán si les ruego que me dejen en paz si me ven por ahí, disfrutando con los gatos arrabaleros de Brookline, persiguiendo ratones, escarbando entre la basura, haciendo el amor en los tejados, compartiendo raspas de sardina del atlántico norte. Aunque dudo que me reconozcan. La foto es horrorosa, recién levantada, sin haberme aseado ni nada. Y el pelo, sí, tengo más, como se dice en ese cartel ignominioso, pero teñido, que me habían salido canas por el encierro. Y no es plan. Miau. 

domingo, 1 de abril de 2012

TAPAS
Entré en el local y vi esto:


¿Creen ustedes que cabía albergar la esperanza de una cena española, pero de las de verdad, de las de convocar añoranza, llorar de emoción como plañidera, volverme todo ñoño en recuerdo del terruño? (reparen, please, en el recurrente uso de esa Ñ tan nuestra de Españñññña, Españñññña que ahora empleo con ansia reivindicativa y compensadora del fiascazo). Pues no, no fue el caso. Lloré, sí, pero de pena. Y también de rabia cuando me sirvieron el “Pisto manchego” y los “Boquerones” que pedí con ilusión renovada. Pero no, no vayamos tan deprisa en el relato de los acontecimientos.

¿Qué coño hacía yo en “La Tasca” de la 1612 Commonwealth Avenue el pasado jueves 29 en compañía de un pintoresco grupo de estadounidenses de variados orígenes étnicos, edades, pelajes y pesajes? Pues satisfacer, un tanto a regañadientes, la petición de una buena excolega de Boston College de mi mujer, ahora dedicada a ciertas labores administrativas en “Team in Training” una de las muchas organizaciones de “caridad” (charities), ONG’s en la jerga más actualizada y políticamente correcta, que se dedican a canalizar dinero para sufragar buenas causas a través del esfuerzo de correr un Maratón: Boston, París, y, ahora también, el renovado Rock&Roll Madrid Marathon que se disputa el próximo día 22 de abril.
Trece - número que tampoco augura nada bueno- gachís y gachós de por estos lares parten próximamente para afrontar ese reto tras haber recaudado la nada despreciable cantidad de, como poco, 4.000 dólares por barba que destinan, en este caso, a la lucha por la erradicación del linfoma y la leucemia. Durante semanas han sableado al personal de su entorno, a su red familiar y sobre todo social, o, en último término, a su propia economía doméstica, para así disponer de un dorsal y toda una pléyade de servicios durante los meses de entrenamiento. Y digo lo de la propia economía doméstica porque aquí los compromisos no son de mantequilla: la solicitud de participar para esa charity incluye un objetivo de recaudación – a partir del mínimo indicado-, un plazo para hacerlo, y, agárrense, un número de tarjeta de crédito donde, en su caso, se cargará el monto que reste hasta sumar el objetivo comprometido. Y lo de la panoplia de servicios también merece comentario aparte: el grupo cuenta con un entrenador que les hace un seguimiento y un programa de actividades entre los que se incluyen cenas donde se confraterniza y se comparten motivaciones y un entrenamiento colectivo todos los fines de semana al que acuden también otros voluntarios encargados de proporcionarles líquidos y avituallamientos en distintos puntos del recorrido por el que les toca transitar ese sábado o domingo. En fin, una suerte de “profesionalización del amateurismo atlético”, un modus operandi, que dista mucho, pero que mucho, de lo que yo he podido vivir entre quienes en Madrid y otras ciudades españolas corren habitualmente carreras populares.

Su espíritu es ciertamente distinto a la hora de afrontar el reto del Maratón: les mueve una mezcla de aventura y de necesidad de rendir tributo a quien, en este caso, ha padecido la enfermedad para la que trabaja esta ONG. Quieren dedicarles el maratón a esa persona, y, con ello, solidarizarse financieramente con la causa de su mejor tratamiento y eventual erradicación. Ustedes seguro que se han fijado en quienes al cruzar la meta de una de esas carreras ha elevado la vista al cielo (¡anda que no lo hacen futbolistas afamados!) o ha descubierto una camiseta que reza “Va por ti Paqui”, o proclamas semejantes. Pues esto viene a ser algo parecido pero con el parné por delante y mucho apoyo logístico.
Conocí a este grupo de solidarios trotamundos a principios de octubre, cuando la organización estaba “lanzando sus redes” para captar benefactores-corredores para el maratón de Madrid. La cita también fue en otro (mal)llamado “bar de tapas españolas”, pero apenas si nos dieron agua y aceitunas. Me querían para que les hablara de Madrid – sus maravillas- y la Maratón – sus peculiaridades. Me lo tomé como si me tocara presentar un paper en mi Departamento de Harvard, pensando que allí acudirían corredores de fuste, altos, robustos y fibrosos, remedos de las viejas glorias fondistas que ha dado este país – Prefontaine, Joan Benoit, Alberto Salazar. Pues no. Allí se concitó una colección de simpáticos “gorditos” – por decirlo con cariño- bisoños todos ellos en esto del correr, y con pinta de no tener la más mínima preocupación por el ritmo al que podrían correr en Madrid o su posible “marca”, y sí en cambio con mucha urgencia por saber donde en Madrid se bailaba flamenco, se compraban "estatuas Lladró" y se veían corridas (enseguida percibí lo impertinente que sería mi muy meditada “disección” del recorrido de la carrera). Alguno se vanagloriaba de haber terminado una media maratón (en un tiempo que me tuvo que repetir porque creía que era la marca que había hecho en la Maratón, y, si era el caso, podría estar cerca de batir el record del mundo). “Tuve que andar un par de kilómetros, eso sí”, añadía con honestidad angelical.

En fin, que yo salí de allí con bastante hambre y con mucha preocupación por el destino cardíaco de aquellos incautos. Para curarme y curarles en salud – y no vaya a ser que me estuvieran grabando y me cayera luego una demanda por “publicidad engañosa” o algo así, que en este país hay que tentarse la ropa- insistí en la dureza del trazado, las muy altas probabilidades de calor, y otras inconveniencias a añadir a la ya muy inconveniente distancia. Como el que oye llover: para esta segunda cita me llamaron porque habían batido todas las expectativas de inscripción.
Esos objetivos más que sobradamente cumplidos han debido traducirse en la existencia de fondos extra para agasajarme con algo más que aceitunas y agua, aunque, a la postre, me conformo con esta opción de régimen de preso saliendo de la huelga de hambre. Camino de la cita me preguntaba cuán enjutos estarían aquellos que conocí en octubre, si ya les habría picado el gusanillo competitivo y si la cena se iría a convertir en una retahíla de ritmos, proezas, pulsaciones, desfallecimientos y recuperaciones imprevistas, y toda esa épica un tanto pesada del corredor aficionado que ha descubierto la medida de todas sus cosas en la carrera popular.

Nada más cruzar la puerta de “La Tasca”, superado el impacto por la visión de la flamenca-stripper, identifiqué a dos de los del grupo de octubre en la barra. Me llamaron la atención dos cosas: la apoteósica jarra de sangría de la que se servían el segundo – si no tercer o cuarto copazo- y ¡que estaban más gordos que en Octubre! Y yo que había acudido, en esta ocasión, con todo un catálogo de restaurantes italianos en los que “reponer carbohidratos”, amén de comparativas y estadísticas relativas a las pérdidas de ritmo en la cuesta de la Ronda de Segovia.
Terminada mi exposición – mucha de la cual me parecía que resultaba de nuevo impertinente- nos lanzamos a “cenar de tapas”, con gran entusiasmo por la novedad de ese modo “tan español” de ingesta alimentaria. En Estados Unidos, y en otros países, la tal novedad ha supuesto unos pingües beneficios para el restaurador de turno – muchas veces, pero no siempre, un avispado emigrante español tan poco experimentado en el negocio de la cocina como los corredores de Team in Training en el Maratón- que no deja de poner precios abultadísimos a ridículas racioncitas de las que, claro, hay que tomarse varias para no salir corriendo al Dunkin Donuts de la esquina y completar.

Leí la carta con una mezcla de confusión y escepticismo (¿“Couscous israelí”?) con la advertencia, por parte de la organizadora, de que no se iba a compartir nada, es decir, que cada cual, muy protestantemente, se lo leía y se lo comía, en un ejercicio de impecable aniquilación del tapeo. Solo faltó que cada cual sacara su Iphone y se echara su partidita de "Angry Birds".
Sucumbí, sin más lectura, al “Pisto manchego”, como señalaba, y “de primero” me trajeron “Boquerones”, concretamente cuatro, por los que pude haber preguntado cómo se llamaban y dónde habían residido hasta ser pescados y llevados a la mesa y qué tipo de ocupaciones les habían alegrado la existencia. El hambre galopante se tornó en revoltijo cuando apareció mi anhelado pisto: una especie de mini-pizza de vegetales que tenía toda la pinta de ser un congelado de La Sirena. Indescriptible.

Me lo tengo merecido. Por acelerado, por no leer la descripción auténtica, la que dan al personal local, en su idioma y para sus gustos. Se la transcribo y traduzco, para que ustedes alcancen a comprender lo que de manchego tenía el dicho pisto, y lo que había de pisto en el plato. Ahí va: “Roasted Mediterranean vegetables in a fresh basil dressing served on a garbanzo bean pesto toasted flatbread (no nuts)”. O sea: “Verduras mediterráneas asadas con una salsa de albahaca fresca servida sobre un pan de pesto de garbanzos (sin nueces)”. Sólo faltaba, claro, que llevara nueces. Garrapiñadas, no te j..e.
Y hablando de nuts, pienso ahora si el paréntesis no será en realidad la advertencia de quien se conoce el percal y quiere avisar al incauto cliente (un camarero oriundo de Campo de Criptana que vela por la denominación de origen). “Nuts” en inglés también significa “tonto, bobo”, con lo que tal vez el paréntesis final debe leerse como: “No (no lo pidas) tonto”.

domingo, 25 de marzo de 2012

EMPALABRADO

En Medellín un taxista se llama John Jairo, hay un banco de nombre “Pichincha”, me dicen, a veces, hombre “empalabrado” y a veces “mijito”, y siempre “con mucho gusto”, tras decir yo “gracias”, y “quiubo” al decir yo “hola” y “qué pena con usted” si se quieren disculpar, y el “típico” – arroz, fríjoles, huevo, chicharro de puerco – es comida de mulero, y se acompaña con jugo de lulo, y un estudiante de Filosofía que se llama Gonzalo gusta de leer a Pessoa y a Kierkegaard y acude a la universidad de Antioquia caminando – una hora- y allí come - su comida de todo el día- y Nora y Anibal, del Café Vallejo, ya me conocían y me “regalan” un “perico” – café con leche- como le dicen allá en Bogotá, y también una visita a la casa y a sus recuerdos y trastos, y a la habitación de Darío de cuyo morir supe leyendo El desbarrancadero, escrita por su hermano Fernando, un faraón de las letras, y al decir yo “adiós” en Medellín me dicen: “qué rico que viniste”.

En Medellín ya siempre he vuelto.
Quiubo.

miércoles, 14 de marzo de 2012

PUSEY

Desde los cuentos de Canterbury hasta las novelas de Coetzee; de los bardos celtas a Bob Dylan; de Shakespeare a David Mamet o a Woody Allen; del Tratado de la Naturaleza Humana de David Hume a los escritos de Jefferson en The Federalist, pasando por El viaje del Beagle de Darwin, el idioma inglés, la lingua franca con permiso del chino, ha sido el vehículo para la expresión de los más conmovedores sentimientos, los anhelos más profundos, las más altas aspiraciones y las más sofisticadas bromas o descripciones del mundo que nos rodea.

And yet, en el idioma inglés habitan algunas palabras que, por su carácter traicionero, deben ser inmediatamente derogadas o modificadas. Por Decreto-ley si hace falta.

La razón de esta medida está en que una leve, levísima incluso, diferencia fonética precipita una divergencia semántica de notables consecuencias – cósmicas, incluso- sobre el mensaje transmitido, y, con ello, sobre el relieve moral del hablante y las expectativas futuras en cuanto a su comportamiento. Los tres escenarios que describo a continuación ilustran bien lo que quiero decir y permiten desde ya tener nuestras tres primeras candidatas a la modificación o derogación en su caso. Las palabras en cuestión son “beach”, “dessert” y “pusey”.

Primer escenario: a finales de la década de los 80, principios de los 90 (no recuerdo exactamente el año, aunque sin duda era verano) la familia de Lora (o sea la mía) llega al elegante hotel “The White Elephant” en la encantadora isla de Nantucket (Massachussetts). El patriarca de la familia, o sea mi padre, mostrando una urgencia incomprensible (nunca gustó de las arenas ni del nadar) inquiere aceleradamente al conserje por la playa más cercana. Lo que quería decir, en inglés, es:

“Excuse me, where can I find the nearest beach?”

pero lo que dijo, en (su) inglés es:

“Exqius mi, guer can ay fain de nirest bich”

Y lo que entendió el conserje fue:

“Excuse me, where can I find the nearest bitch?”

Lo que traducido al español significa:

“Disculpe, ¿dónde podría encontrar la puta más cercana?”

La presencia de una señora que bien podría ser su mujer (lo era efectivamente) y dos jovenzuelos que bien podríamos ser sus hijos (tal era el caso) que no se inmutaban ante la apremiante demanda de mi padre, bien explica la paralizante confusión, el cortocircuito verbal que durante unos eternos segundos sufrió el conserje del hotel. Y lo peor del caso es que cuanto más se afanen ustedes en procurar decir “playa”, o sea, “beeeeeeeeeeaaaaaaaaaaaach”, y no “puta”, o sea, “bich”, más probabilidades hay de que la cosa acabe yendo de “putas”. Ello me permite postular la siguiente ley universal del manejo de la lengua inglesa: “el deliberado y premeditado esfuerzo fonético es inversamente proporcional al éxito semántico”.  

Segundo escenario: este es más reciente. Hará un par de semanas fuimos invitados a una fiesta junto con unos muy buenos amigos españoles que también andan por aquí. Sabedores los anfitriones de que pertenecen a un grupo de baile folclórico en su ciudad de residencia, fueron emplazados para que nos bailaran una jota. Antes degustamos una opípara cena, y este amigo nuestro andaba todavía terminando el postre cuando llegó la hora de su baile. Ni corto ni perezoso se puso a ello, junto con su mujer, mientras el resto de invitados asistíamos admirados a su despliegue de coordinación. A los cinco minutos, tras varias vueltas y volatines, quiso decir:

“Now is difficult, with all this dessert”

Pero lo que dijo (en su inglés), mientras se frotaba el estómago buscando la complicidad compasiva del auditorio es:

“Nau is dificult, wiz al dis désert”.

El auditorio no entendía muy bien porqué nuestro amigo aludía a la existencia de un “desierto” en su tripa, hasta que alguien cayó en la cuenta de que se refería al postre.

Tercer escenario: esta misma mañana acudí a la excelsa Widener Library, la joya de la corona de la Universidad de Harvard donde tenía que encontrar un libro. De acuerdo con la base de datos el libro se encuentra en un depósito de nombre “3 Pusey”. Ni corto ni perezoso, me dirijo al bibliotecario apostado en el “reference desk” – un tipo con pinta de trabajar en Trader’s Joe- y le quiero preguntar:

“How can I get 3 Pusey”. Nada más decirlo, justo cuando ya no hay remedio y él empieza a esbozar una sonrisa que luego se tornó en amplificada risilla, cuando ya es imparable la bola de nieve que en forma de chascarrillo para deleite de sus compañertes acabará siendo mi ingenua pregunta, caigo en la cuenta de la traición. Si hubiera dicho:

“Jau can ay get 3 piusi”, y no “Jau can ay get 3 pusi”, el bibliotecario no me habría tomado por el sátiro vicioso que le pregunta “cómo conseguir tres coños”. Coño. 

En fin, que ni mi padre en Nantucket.

Corolario: eviten a toda costa estas traicioneras palabras, y si resulta que se encuentran en la Widener Library del desierto de la isla de Nantucket y alguien les invita a bailar una jota después de almorzar, sencillamente no hablen.

domingo, 4 de marzo de 2012

SKY-MALL

Bigfoot, the Garden Yeti Statue: LargeCasi todo lo que hoy implica viajar en avión es atroz. Desde las táctiles máquinas de  auto-checking hasta la torsión a la que nos somete, al cuerpo y a la maleta, la carencia de espacio en la aeronave exprimida en su ocupación al modo de los presidios en Centroamérica, pasando por el peor trance de todos: los controles de esfínteres, digo, de seguridad a los que se nos viene obligando desde los atentados del 11-S. Así lo he vuelto a experimentar recientemente en mi viaje a Madison, Wisconsin. Pero de lo poco que merece rescatar del viaje en avión es la oportunidad de hojear esas revistas corporativas que las líneas áreas introducen en los bolsillos de los asientos para que, si no tenemos mejor opción de lectura, matemos el tiempo. Se descubren auténticas joyas. Hoy les hago partícipes de una, concretamente la oferta de escultura de exterior de la compañía “Toscano” que pueden encontrar en el catálogo de Sky Mall incluido en la revista Hemispheres, la que edita y distribuye la compañía United Airlines en sus vuelos.

El mundo de la escultura de exteriores y jardines es fascinante. Toscano, una compañía cuyo lema es “espere lo extraordinario para la casa y el jardín” (expect the extraordinary for home and garden), es líder del sector y ciertamente hace honor a dicho lema. ¿Qué les parece si no una de las posibilidades para su jardín – o interior, porqué no- con la que ilustro la entrada de esta semana? Se acabaron las menudencias en forma de gnomos, las copias de jarrones etruscos y otras pretenciosas decoraciones. Hagan paso que llega “Bigfoot: the Garden Yeti Statute” al muy conveniente precio de 125 $.

Hay otras alternativas que nos permiten transportarnos desde las faldas del Himalaya a la sabana  africana – el “walking crocodile”, la “black panther”- o a los profundos ríos de Wyoming – el “Catch of the Day Grand Bear Sculpture”, un colosal oso dando dentelladas a un salmón-, pero sin duda la “propuesta” (¿o instalación?) que más me ha conmocionado es el “Zombie of Montclaire Moors”. De hecho, su visión, en medio de una violenta turbulencia en la aproximación al aeropuerto de Cleveland, cortó de cuajo mis nauseas.

Pueden ustedes ver a continuación la presentación que nos hace de la pieza el “product manager" (Matt Genandt). Antes de que pinchen más abajo, permítanme que les haga algunas indicaciones sobre lo que van a ver, y firmen después el descargo de responsabilidad por los efectos de la contemplación del clip.

a)   A mí me da la sensación de que Matt Genandt fue el modelo para hacer el Zombie de Montclaire. No sé cuál me da más miedo.

b)   Reparen bien en la naturaleza "despedazable" de la cosa y en el mucho potencial expresivo que con ello se logra en el jardín – o interior, porqué no.

c)   Fíjense de qué manera tan ingeniosa y simpática explota el Responsable Zombi del producto, quiero decir, del Producto Zombi, la condición desgajable del ídem para saludarnos y decirnos adiós.  

Y ahora, si tienen cataplines, pinchen más abajo. Suerte.

domingo, 26 de febrero de 2012

STONER

Las clasificaciones de los individuos son tan diversas como aquella célebre de Borges relativa a los animales. Tengo un amigo que divide a quienes conoce entre aquellos a los que se imagina copulando y a los que no, y otro que se refiere a los taciturnos y melancólicos como individuos a los que “les duele vivir”.

La persona de quien les voy a hablar hoy se situaría en la intersección de esos dos diagramas de Venn, es decir, no me lo puedo imaginar en plena cópula, y, cada vez que me encuentro con él, siento ganas de proporcionarle infinito consuelo.

Le llamaré “Stoner” en homenaje al personaje de esa gran novela de John Williams – con quien presumo que comparte mucho de su estoicismo-, pero además porque en la edición de clásicos del New York Review of Books, la portada incluye este retrato que he situado al inicio de la entrada: un calco de quien hoy es protagonista de esta semblanza.

Stoner es alto, frisa los cincuenta y trabaja entre libros - los de una afamada biblioteca de zoología comparada de una prestigiosa universidad de esta ciudad. Pero también vive entre ellos – los que, junto con revistas y periódicos diversos, carga siempre en un enorme bolsón negro. Stoner es bizco y combate su presbicia con unas gafas que apenas dejan ver sus ojos grises, todo lo cual no merma un cierto atractivo. Stoner habla bajito y tartamudea. Ambas circunstancias han hecho de nuestra interacción todo un reto desde que, allá por septiembre, nos cruzamos por primera vez en la entrada del colegio a donde acude su hijo, compañero y amigo del mío, a quien, por razones demasiado obvias y evocadoras llamaré Guillermo (sobre él más enseguida).

Cuando he logrado entender a Stoner me he encontrado con alguien que conoce bastante bien la historia reciente de España, los entresijos de la política europea y la deriva de las revoluciones populares en el medio oriente. Stoner rehúye hablar sobre la pugna entre los candidatos republicanos de quienes se avergüenza como compatriota con lo que presumo que es demócrata, si no algo todavía más prometedor. 

Mi encuentro con Stoner se produce algunas mañanas cuando le veo bajar por la cuesta de la calle Harvard como un ave zancuda persiguiendo a Guillermo, rápido e indómito como un felino. Stoner no puede competir con él: a la pesada bolsa une su condición de supinador, lo que le resta eficacia en la zancada. Guillermo viene al colegio en camiseta, indefectiblemente, haga 10º o -10º. Su padre trata de añadir una segunda capa – qué menos- al cuerpo de su vástago, sin resultado casi nunca. Viéndoles bajar en esa suerte de pilla-pilla, Stoner y Guillermo componen la curiosa estampa de un mundo invertido, un mundo en el que un torero ya veterano corre detrás de una vaquilla intentando dar al menos un capotazo. Contemplándoles muchas mañanas pienso que Guillermo está destinado a batir el récord de ser la persona más joven que más tiempo pernocta en alguna cima himalayense.

Hace tres viernes Guillermo bajaba la cuesta corriendo, como siempre, pero esta vez en pijama. Colegí que, como a mí, le había ocurrido a Stoner que pensaba que la “pajama party” que iban a celebrar en el colegio era ese viernes – cuando resulta que era la semana siguiente (la party en cuestión consiste en “trasladar” al aula los primeros momentos tras el despertar, haciendo un desayuno conjunto al que los niños llegan con su pijama y su fetiche de los sueños, el osito, o su mantita, o su pequeña Marilyn en la escena del respiradero de La tentación vive arriba). Así se lo dije a Stoner con un tono de complicidad en la negligencia parental: “A mí me ha pasado lo mismo, pero el pajama party no es hoy”. Se sonrió y me confesó que no era un error de fecha, sino que no les había dado tiempo a hacer la colada esa semana y no tenían nada que poner a Guillermo. Para algunas madres y padres españoles cuyos hijos van al St. Mary’s, la “pajama party” constituía todo un desafío (alguna de las madres me comentó que había reservado un pijama limpio para ese día, no el que hubiera usado el niño la noche anterior, sólo faltaba, y uno de esos niños españoles, de 4 años para más señas, no quería entrar en la clase sin ir “vestido para el cole”). Para Stoner y Guillermo el reto era más bien acudir en traje de chaqueta cruzada gris marengo.

La semana pasada compartí toda una mañana con Stoner y Guillermo. No había cole y decidimos aliarnos para afrontar la jornada de parque, pizza, helado y biblioteca. Todo transcurrió de manera placentera con los sobresaltos propios de la edad (la nuestra y la de ellos) y de los despistes de Stoner que lo mismo se queda mirando un pájaro que no había visto hasta entonces en ese parque, mientras su Guillermo se balancea más de lo necesario y debido en las “monkey bars”, que se transporta a los Urales mientras lee – en el original en ruso- muy concentradamente un oscuro poeta ucranio de entreguerras, lo cual es aprovechado por Guillermo (y Matías) para deleitar a los comensales de la pizzería con un campeonato de eructos. La reprimenda me tocó a mí, y también la limpieza de mocos de Guillermo, harto de verle desde primera hora ese gesto tan infantil y estomagante de poner continuamente la punta de su lengua como fútil dique de contención.

Camino de la heladería – la penúltima de las estaciones- pasamos junto a “Magic Beans” la mejor juguetería de Brookline. El instinto comercial, o algún taller-workshop sobre estrategias de mercado en la Taco Bell University, habían llevado a los dueños a la muy sabia decisión de mantener abiertas las puertas de par en par, en una apelación nada disimulada a que se cumpliera con la exhortación de nuestro Señor en el Evangelio según San Marcos (10, 14). Les recuerdo que era día de vacación. Para más inri, hacía bueno.   

Y bien raudos que se acercaron al Reino de los Juguetes Guillermo y Matías, que cuando nos quisimos dar cuenta andaban ya encaminados a una expropiación en toda regla de los medios de diversión. Pero la reacción más desconcertante fue la de Stoner, quien, lejos de ver en aquella tentación no evitada una posibilidad de que les tuviéramos otro rato entretenidos, se introdujo tienda adentro, poseído febrilmente, en posición de placaje, maldiciendo las tretas comerciales del juguetero, y del sistema todo, y, de paso, invitándome a mí también a sumarme a la operación antidisturbios: “yo cubro los Legos y tu los Playmobil”, vino a darme a entender, como si estuviéramos a punto de asistir a uno de aquellos muchos saqueos que se sucedieron en Buenos Aires tras la instauración del corralito.

El espontáneo operativo fue un fracaso rotundo. En su afán por disolver a Guillermo – la disuasión dialogada pronto se comprobó inútil- Stoner perdió varios de los libros que llevaba en su bolsón y a punto estuvo de perder también la vista del todo al tropezarse con un lineal y salir sus gafas telescópicas volando. Mientras, Guillermo y Matías siguieron tan campantes durante un buen rato, “pidiéndose” juguetes, esa actividad que, a esta edad, cuando la fuerza del “no” ha empezado a hacerles mella, resulta entrañable pues ellos ya saben que no va a ser el caso de que les compremos toda la tienda, pero soñar, simplemente soñar sigue resultándoles gratis y divertido. Hasta nueva orden, claro.  

En fin, que así se lo teorizaba yo a Stoner al concluir nuestra jornada laboral, digo, parental, mientras degustábamos un delicioso helado de J.P. Licks al que Guillermo añadía los “toppings” nasales propios de su cosecha, y, con infinita perversidad e infinito cachondeo de Matías, le daba a probar a su padre, quien… no, no se preocupen que no llegó a aceptar la malévola invitación. Un santo Stoner.   

sábado, 18 de febrero de 2012

CHILDREN'S

“Esto parece la feria de Torrelodones” – exclamó Matías, nada más entrar.

“Pues sí – pensé yo- o el Chuck E. Cheese’s” (ya saben, ese establecimiento del que ya hemos tenido ocasión de hablar aquí).

Y el caso es que donde habíamos entrado era en el macro-multi-archi-giga-super célebre “Children´s Hospital”, la meca mundial del tratamiento sanitario infantil, el hospital asociado a la Facultad de Medicina de Harvard, la joya del triángulo de oro de la curación que se concentra entre las calles Longwood y Huntington (en los otros vértices se ubican el Beth Israel Deaconess Medical Center y el Brigham’s and Women’s Hospital).

En el Children’s se practica cirugía in utero a partir de la semana 15 de gestación, se aplica la terapia génica más avanzada, los tratamientos más punteros en oncología infantil, se procede a las separaciones de siameses más arriesgadas. Dos premios Nobel de Medicina han prestado allí sus servicios. ¿Y ustedes vosotros qué hacían por allí, se preguntarán vosotros ustedes?

Pues con toda humildad, pidiendo perdón a todo el que nos salía al paso – y fueron muchos, como a continuación relataré-, recordando con mucha conciencia de culpa esas consignas de no acudir a urgencias “para cualquier tontería”, lo que este pasado jueves nos había conducido hasta el Children’s al hijo y al padre, es que alguien pusiera remedio a la “cualquier tontería” que había sobrevenido en el dedo de Matías cuando, con la osada certidumbre que dan los casi 5 años, se había puesto a pelar una naranja.

Además de la disculpa por delante, blandía, cual espada triunfadora o feraz cuchillo naranjero, mi VISA (sólo plata) y mi seguro (con franquicia de 100$). Tan a mano llevaba ambos salvoconductos (salvavidas, más bien) que se mancharon un poco con la sangre del accidentado dedo de Matías, lo cual acabó componiendo una arrebatadora metáfora visual del capitalismo sanguinario que subyace a la asistencia sanitaria en este país.

Eran las 6:15 pm cuando el policía apostado en la puerta nos pre-registraba y pedía que aguardáramos “en el pódium”, como si a continuación una señorita a la que le cuelga un micrófono de la quijada nos fuera a preguntar si queríamos mesa de fumador o no fumador, o ventana o pasillo, o si queríamos cambiar fichas, o a qué fiesta de cumpleaños acudíamos.  

La que apareció no mucho después – mientras aún nos entreteníamos con la visión de los ramilletes de globos, el gran acuario, las sillas de ruedas a las que se les han dado las formas típicas de los tiovivos, los legos y el gigantesco recorrido donde unas pelotas de golf suben y bajan por rieles y tubos siguiendo las viejas leyes de Sir Isaac- daba más bien el perfil de relaciones públicas de Ansorena, una mujer tipo Miss Moneypenny - ya saben, la secretaria con la que flirtea Bond cuando está de paso por la City camino de un nuevo sobresalto en un oleoducto de Turkmenistán-, a quien el desaguisado de la mano de Matías no le conmovió lo más mínimo. “Lo que habrá visto esta mujer de gafitas en la punta de la nariz y voz meliflua”, pensé.

Tras tomarle la tensión, pesarle, pedirnos más datos y quitarle la tercermundista gasa con la que habíamos taponado la sangría, nos empaquetó, junto con otras contingencias de menor cuantía, en un tour hacia la primera planta, allí donde se solventan las menudencias. Ustedes vosotros se representarán ahora como cicerone del grupo hasta esos dominios a un siniestro celador encorvado y de pecho paloma, que habla solo, maldiciendo la mala folla del gerente del hospital por mantenerle en ese turno. ¿Se lo imaginan, verdad? Pues nada más lejos de la realidad. Nuestro guía podría ser perfectamente uno de los apuestos danzarines del “Cantajuegos”.

¿A qué ahora mismo les viene a la mente esa bajada a la sala de rayos X en un montacargas chirriante, junto con un señor en pijama que lleva la percha móvil con el goteo, y donde se intenta meter también una señora en silla de ruedas a la que empuja otro celador mal encarado y a la que se le van cayendo las radiografías que guardan esos grandes sobres de color marrón primera deposición por la mañana que la pobre señora lleva en muy inestable equilibrio sobre sus rodillas?

Pues nada más lejos de la realidad del Children’s, oiga. Si no fuera por las caras compungidas o cabreadas de los padres acompañantes, los gestos de dolor de la niña al caminar, el dedo de mi hijo o el llanto del bebé febril en brazos de su inmensa madre, parecería que acabáramos de llegar al Hilton de Orlando donde nos disponemos a pasar una semana en Disneyworld.   

Por supuesto que toda esta desdramatización escénica está deliberadamente producida y el objetivo es retardar tanto como sea posible el duro encuentro con la realidad, es decir, que aunque sea para “nuestro bien”, venimos a que nos pinchen, cosan, enyesen o cosas aún peores. Es lo de aquél chiste del cura que en su sermón no para de describir las penitencias del Averno y finalmente es interrumpido por un feligrés que exclama: “padre si hay que ir al infierno se va, pero no nos acojone”.

En España, de momento, seguimos más bien en la idea de tenerlo clarito desde el principio, aunque he sido testigo de cómo, en escenarios tan melancólicos – aunque por otro lado tan espléndidos en cuanto a la asistencia sanitaria- como el hospital Niño Jesús de Madrid, se han hecho grandes esfuerzos por arrumbar las sombrías figuras de los arcángeles, y alguna que otra imaginería doliente, y aportar un poco de color y diversión. En el ‘Children’s’ es a lo bestia.    

Y también al pobre Matías le llegó su hora después de una valoración en la que intervinieron tres médicos, tres, calibrando hasta qué punto “el punto”, que fue lo que finalmente resultó como opción preferida (yo, y su madre, después de su aguante y bravura, le hemos dado “10 puntos” a la criatura). Y mientras terminaban de curarle y preparar el resto del llamado “paperwork”, especulaba yo con la “otra sangría”, la que, como primera medida antes de que el seguro intervenga, se iba a producir en mi VISA plata una vez que volviéramos al pódium. Y oiga, que no, que inmaculada quedó, impoluta, sin un rasguño. Miss Moneypenny corroboró todos nuestros datos y los de nuestra prima (de seguro) y nos dejó marchar.

Y el Matías y yo, como si nuestra siguiente misión estuviera a punto de iniciarse, o hubiéramos reventado la ruleta rusa, o nos hubiéramos llevado un Zurbarán por el irrisorio precio de salida, salimos de allí poniendo pies en polvorosa. ¿Mira que si el ogro del despiadado y mercantilizado sistema sanitario yanqui no va a ser tan fiero como se pinta? Es lo más probable que un día de estos nos llegue la factura – y tengamos que batallar con el ogro del aseguramiento- pero, mientras tanto, dedo arreglado – y muy bien arreglado, vive Dios- y VISA incólume. Qué más se puede pedir, amigos ustedes.