jueves, 29 de diciembre de 2016

Back!!

¡¡Hemos vuelto!! Sí, de nuevo en Brookline, dispuestos a desmentir aquello de que segundas partes nunca fueron buenas. Trajimos nuestras maletas cargadas de ilusión por este nuevo proyecto que ya se empieza a desplegar en la forma de trámites varios, compras de muebles y utensilios, y retomando este mismo blog que quedó interrumpido hace más de cuatro años. De momento moramos en casa de Lola y Andy, tan bien acogidos como siempre, disfrutando de unos días navideños de tiempo muy benigno para lo que aquí se acostumbra. El 1 de enero nos mudamos a nuestro apartamento de 217 Kent Street, pegadito al Lawrence School donde Matías acudirá al cole y a tiro de piedra del Center for Bioethics. A lo largo de estos 6 meses esta bitácora será nuevamente una "open house virtual" donde daré a conocer nuestras vivencias y alguna que otra cogitación al paso de nuestras experiencias cotidianas en este país nunca como ahora tan convulso política y socialmente. Me propongo abrir esta puerta una vez a la semana. Desde ya les invito a que estén atentos, pasen, vean y comenten. Un abrazo fuerte.

jueves, 14 de junio de 2012

BYE
¡¡Hola, hola!! Perdonar que no os hayamos escrito antes. Llegamos ayer, 19 de agosto, y tenemos todavía las maletas casi sin abrir y todo un poco empantanado. Nos recibió una lluvia fina. Menos mal que Mariana y Malcolm habían aparcado el coche cerca de la salida.
Madre mía, lo que nos queda por montar y colocar… Escribo estas líneas apresuradas simplemente para dar cuenta de que aquí estamos, bien dispuestos a vivir lo que tenga que venir, con grandes ilusiones y algunos temores e incertidumbres… Cuánto horizonte de expectativas... Nos ha dado tiempo a contratar ya el U-haul para la mudanza a nuestro apartamento en 4 Davis. ¿Cómo será? También he decidido empezar un blog de esos e iros contando aventuras y desventuras. He pensado titularlo “The Boston bloge”. Suena bien, ¿no? Ahí va el enlace:
Sigue lloviendo fino. Las mejillas se humedecen, aunque estoy a cubierto. Es raro. O tal vez no.
¡¡¡Un gran abrazo!!!
Pd. Adiós Brookline, hasta siempre a tantos y tantos amigos queridos a los que no olvidaremos. Gracias. Gracias a los que leyeron y comentaron, o sólo leyeron, o ni siquiera, pero que estuvieron presentes en el recuerdo o en la compañía de muchos días en circunstancias diversas. Adiós a las grandes cosas pero sobre todo a las pequeñas: a un beso furtivo y torpe que nos dimos en la cocina una tarde de octubre (me pillaste desprevenido); adiós al bochorno que uno experimenta en el autobús 66 cuando se sienta al fondo; adiós al tramo de bordillo donde Matías se ha subido impenitentemente camino del cole; adiós al deseo de que perdiera el equilibrio para poder cogerle la mano. Adiós. Hasta siempre. Bye.

martes, 12 de junio de 2012

CAPE

Hay lugares que imantan de forma tal que uno se va de allí a rastras. A mí me ocurrió esto en El Chaltén, en la Patagonia argentina hace ya algunos años, y más recientemente me ha pasado en el Cape (como llamamos la gente bien de toda la vida a “Cape Cod”), a donde nos llegamos el pasado fin de semana para despedirnos de Nueva Inglaterra con todos los honores. Todo, salvo los mosquitos en mi caso, invita a instalarse con el desdén de quien no tiene que preocuparse de nada porque es muy rico: el delicioso paisaje de marismas y playas infinitas, el rumor de las mecedoras en los porches, los pájaros que avivan con sus colores el cielo de azul cielo.

Un aliciente más para no retornar fue descubrir, mientras paseábamos por la Main Street de Chatham, este anuncio que figura a continuación. La Reverenda Pastora o Pastora Reverenda (no se exactamente cómo va el orden de títulos en la Iglesia Metodista) Nancy Bischoff no ha podido tener, en estos tiempos que corren, mejor tino que programar este sermón: “No Worries” (algo así como “No hay que preocuparse”).

De nuevo nos asaltan las dudas. Sea dicho para empezar que se intuye aquí, en esta estrategia de los Metodistas, una rabiosa adaptación a la época que nos tocó vivir en la que no queremos sorpresas ni perder un segundo de nuestro valioso tiempo. Me barrunto yo que la Reverenda Pastora encargó en su día a la división “Preaching Management” de Boston Consulting un proyecto para optimizar la afluencia de parroquianos, y los amigos de la dicha firma dieron con esta radiante solución. Tiene sus inconvenientes, eso sí. Como ocurre con los programas de televisión, mostrar tan claramente tus cartas puede incitar a una cierta contraprogramación que te reste audiencia. Yo si fuera el párroco de la iglesia baptista del lugar, o de la católica, contratacaría sin dudarlo: “Sermon: Vicio nefando, gastos protocolarios y altas magistraturas del Estado”, for example.

Pero volvamos a nuestros “Worries”. No nos pudimos quedar, y bien que lo lamentamos, a la homilía. ¿De qué pudo haber hablado la Prelada Pastora Bischoff? De vuelta a Boston se nos ocurrían varias alternativas que fui consignando fidedignamente para someterlas a su escrutinio:

a)   en el infierno no hace tanto calor como se dice.

b)   no es tan difícil que el camello entre por el ojo de la aguja.

c)   el mayordomo de Benedicto XVI ha perdido la memoria y los documentos.

d)   se ha encontrado petróleo en el subsuelo de Seseña.

e)   este verano no reprogramarán Verano Azul.


Mientras las anotaba, y cruzábamos el puente de Bourne abandonando, esperemos que no para siempre, esta maravillosa isla, justo cuando el sol refulgía a punto de ser engullido por el horizonte, pensaba: “¿pero de qué demonios se van a preocupar estos habitantes del Cape si resulta que ya llegaron al paraíso?” Que se lo hayan merecido o no, ay amigos, es otro cantar.


lunes, 11 de junio de 2012

LUCY (2)

"A la mujer que encontró a nuestra gata Lucy después de que se perdiera el 30 de marzo. ¡POR FAVOR DEVUÉLVANOSLA! Nosotros, nuestros tres hijos, y su hermana Tess la echamos de menos desesperadamente y ¡usted no tiene derecho a quedarse con ella!..."

Y bla, bla, bla, que si una mujer apareció conmigo por el Angell Memorial Hospital, que si el chip cantó La Traviata, y bla, bla, bla-bla-bla, bla-bla-bla, bla-bla-bla, que si la mujer puede que viva en Washington Street, que si conocen ustedes a alguien que recientemente ha “adoptado” a una Calico joven que les llamen… Y bla, bla.
Aquí Lucy de nuevo. Para volver a poner los puntos sobre las íes. Tiene guasa que entrecomillen el “adoptado”. Ellos, la familia disfuncional y desesperada, me acogieron, rescataron, protegieron, todo sin comillas, pero sin preguntar, claro. Y me instalaron el chip ese, que ya ves tú lo que prueba. Y lo de mi “hermana Tess” que me echa de menos… casi me caigo de la mecedora al leerlo. Las hermanas de Cenicienta la trataban mejor que a mí esa bruja que me tenía todo el día lamiéndole las patas.
Pues sí, que andaba yo ya un poquito cansada de la vida arrabalera y apareció este alma de Dios y me he ido con ella, de mutuo acuerdo y con los términos de nuestra convivencia muy, muy claritos: leche del 2% a discreción – no consigo quitarme estas lorzas-, arrullo 100% a demanda – mía, claro-, mecedora eléctrica con vibrador ajustado al lomo, bolas de lana nueva cada semana y tele en mi cuarto con los Aristogatos en programación permanente. De momento, la cosa funciona. Pero veremos, que al principio todo es de color rosa y una ya está muy escaldada. ¡¡Miau!!

lunes, 4 de junio de 2012

BEISBOL


La escena parecía sacada de una viñeta de Charlie Brown, el creador de Peanuts (Snoopy en nuestros pagos). Unos niños – ocho o nueve años- perfectamente ataviados y pertrechados. Un público atento como si estuviéramos en una final de las grandes ligas. Un campo de césped impoluto y líneas perfectamente trazadas. Un equipo arbitral que ni la troika comunitaria que nos va a empezar a sacar las alfombras a ventilar cualquier día de estos. Andábamos de excursión, bajo una fina y persistente lluvia, camino de Milton Academy a rendir una visita sentimental (en ese paraíso académico transcurrió para mí buena parte del curso 1984-85) y nos llamó la atención el jolgorio y la puesta en escena. Mientras Matías se desfogaba en los columpios, Ana y yo nos involucrábamos crecientemente en el desarrollo del juego.

“¿Tú con quién vas?” – me preguntó repentinamente.

“Hija, dame un poco más de tiempo que uno no se compromete afectivamente con un equipo así como así… Los de naranja me caen un poco mal” – dije fijándome en su pitcher, altísimo para su edad y también altanero en los modos.

“Yo voy con los de naranja” – dijo ella.

“Pues yo con los de verde”- dijo él, o sea yo.

Entonces me fijé en la camiseta de los de míos y pude leer: “Al Thomas Funeral Home” (“Al Thomas Funeraria”). Por si no me creen, ahí va el testimonio gráfico, como dicen los periodistas deportivos pretenciosos.

   

¿Y a ustedes qué les parece?

Yo recuerdo que cuando hicimos un equipillo de fútbol en Moralzarzal, una localidad de la sierra de Madrid donde pasé muchos veranos de mi infancia, no conseguíamos sponsor ni atados. Claro que no se nos ocurrió ir a la funeraria.

El caso es que, con la curiosidad, me convertí en “notario de la actualidad de Milton”, como diría otro periodista deportivo pedante, y pregunté a un señor mayor que seguía con mucha atención los lances del juego. Oigan que tenía yo el olfato periodístico subido: ¡el mismísimo Al Thomas! El empresario de la muerte, digo, del Tránsito, y, para más inri, el abuelito del número 12. Ahora ya se entendía todo.

Al lleva años en el negocio y ha construido toda una exitosa red de funerarias por el condado. Por lo que me contó nadie embalsama como ellos. Mientras me explicaba el proceso – les ahorro los detalles- le sonó el móvil. Me retiré discretamente, aunque permanecí lo suficientemente cerca como para escuchar sus instrucciones. “No, dile a la maquilladora que no use ese producto. Ms. Thompson fue siempre sobria…”. Me sentía como en un episodio de Six feet under. Cuando colgó le conté de la revista Adiós, a la que me aficioné cual pornógrafo clandestino en la primera ocasión que tuve que acudir al tanatorio de la M30 de Madrid (si no la conocen ya están corriendo a por un ejemplar). Le expliqué que en uno de los números que recordaba haber devorado, había una sección de “Tanatocuentos” y que algunos eran muy meritorios.

Le fascinó la idea de editar una publicación parecida y enseguida se puso a especular sobre sus contenidos y título (me imagino que gracias a ese frenesí ha triunfado como empresario de la Despedida). “Seeya [que podríamos traducir como “Taluego” o “Talueguito”], me parece demasiado informal” - decía. “Tal vez “So long” o “Farewell” sean más adecuados…” – pensaba Al en voz alta.

“¿Y qué le parece “Al Thomas For Good” [“para siempre”] como título?” – le sugerí yo.

Se quedó paralizado, musitando, “Al Thomas For Good, Al Thomas for Good”, y pensé por un momento que acabaríamos esa tarde melancólica en Al Funeral Home con el mismísimo Al embalsamado y en “open casquet” (de cuerpo presente) y todos nosotros, niños vestidos de béisbol incluidos, velándole. Pero no, salió del trance y, bueno, no les digo más que me ha hecho una oferta en firme para ser el director de “Al Thomas For Good”. Y tal y como veo que están las cosas me lo estoy pensando. Y ya se me van ocurriendo algunas ideas. Para empezar, mi equipo – los verdes- necesita un slogan, y qué mejor que convocar, en el primer número de “Al Thomas For Good” un concurso de “Tanatosloganes”. ¿Se animan? Ahí va el mío:

“Al Thomas Funeral Home
Run to Heaven”. ¿Les gusta? ¡Seeya!

lunes, 28 de mayo de 2012

lunes, 21 de mayo de 2012

COUNTWAY

Una vez a la semana – y a veces dos si se celebra el Seminario de la gran Marcia Angell, ex editora jefa del New England Journal of Medicine, o si hay sesión del Harvard Ethics Consortium, donde se revisan casos del Comité de Ética del Children’s Hospital- acudo a la biblioteca de la Facultad de Medicina nombrada en honor de Francis A. Countway quien fue presidente de la división estadounidense de la poderosa industria química británica “Lever Brothers” (la del jabón Lux), germen de la todavía más poderosa multinacional Unilever, y que a su fallecimiento donó 3 millones y medio de dólares (año 1965) a la Facultad de Medicina.  

La biblioteca alberga el Warren Anatomical Museum que tal vez les suene a ustedes porque en él está depositado el cráneo del famoso Phineas Gage, el operario que a mediados del siglo XIX sufrió un terrible accidente mientras barrenaba en un terreno en el que se construía una vía ferroviaria. El pobre Phineas debió calcular mal, o se despistó, el caso es que la vaina metálica de uno de los cartuchos de dinamita le atravesó literalmente la cabeza, paseándose impunemente por su lóbulo frontal y dejando tras de sí un orificio en el occipital que da gusto (y susto, sobre todo susto) verlo. Y oiga, que sobrevivió, aunque, nunca mejor dicho en este caso, “no volvió a ser el mismo”, como de manera tan sugerente ha documentado el neurólogo Antonio Damasio en el libro El error de Descartes, obra que ha convertido definitivamente a Gage en toda una celebrity y a los estudios en torno a las bases neurológicas del comportamiento moral en una de las disciplinas de más rabiosa actualidad.

Los viernes por la mañana, cuando acudo a una de esos eventos a los que antes me refería, paso respetuosamente por la vitrina donde, cual brazo incorrupto de Santa Teresa, se guarda el agujereado cráneo y me inclino admirado. Pero hasta ahora, en mis visitas a la Countway, siempre deslumbrado por la fortuna de Gage, no me había fijado en esto cuando devolvía o sacaba libros en el mostrador de la primera planta:




El post-it, por si no lo pueden leer, dice: “Su querido personal de préstamo” (Your lovely circulation staff). A continuación una serie de nombres, Beth, Emily, Cooper, Stacie, Keith, Joshua. Uno de ellos es ilegible, pero, en fin, eso es lo de menos. Fíjense en la fotografía y reparen en que entre Beth y Keith, si es que los nombres van de izquierda a derecha y de arriba abajo y el busto no cuenta – ¿Hipócrates?-, hay un individuo de nombre Cooper que, bueno, es sospechoso de, en fin, de ser un perro, ¿no? Y, ¿cómo no le van a asaltar a uno las preguntas? Más que cuando atisba el cráneo de Gage.

Así que después de un par de noches tardando en conciliar el sueño, elucubrando sobre si la legislación del Estado de Massachussetts en materia laboral está tan avanzada que incluso la barrera de la especie se ha levantado para la contratación (que no se entere la del ramo en España); especulando sobre la posibilidad de que usen la lengua de Cooper para impregnar el adhesivo que indica cuándo hay que devolver el libro, me he decidido finamente a inquirir. Así fue la conversación:

Yo: Este Cooper, ¿es un compañero vuestro?

Keith: Sí.

Yo: Pero, parece un perro….

Keith: Lo es. Es un perro sanador (healing dog).   

Yo: ¿Cómo?

Y sí, pensé lo que ustedes ahora mismo, aunque los modos de expresarlo verbalmente puedan variar en el espectro que va de “¡coño!” a “¡la caraba!” pasando por “¡cágate loro!” o los más gráficos todavía “¡cágate lorito!”, “¡toma del frasco carrasco!” y “¡chúpate esa mandarina!”. La conversación siguió, claro, yo no me podía quedar así, que me debo a ustedes.

Keith: A Cooper le vienen a ver pacientes diversos, personas con depresión, autistas, que pasan con él un rato y les equilibra. Está aquí, si quieres pasa.

Y claro, este bloguero intrépido pasó, y…

Decepcionante. Ni fu ni fá. El perrillo, pues hombre, no destaca por nada, es lanudo, como en la foto, pequeñajo, no molesta y está más bien a su bola (de lana, mayormente). O yo estoy muy equilibrado o Cooper está en huelga de celo porque también le han recortado el salario en aras a la consolidación fiscal. Y mira que le conté que ya nos volvemos en plena vorágine, que andamos medio depres por lo que nos vamos a encontrar, pero al can no parecía interesarle gran cosa.

Cuando salía del corralito (uy, perdón) donde tienen a Cooper para que reciba a sus pacientes, y daba las gracias a Keith por el hallazgo, pensaba en que a quien a lo mejor habría venido muy bien la compañía de Cooper era a Gage. Pero ya es pelín tarde. Me temo.